Editorial

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“Filosofía para niños”

Hoy, para nadie resulta asombroso que para Deleuze y Guatari la filosofía es el arte de formar, de inventar, de crear conceptos, de ahí que el filósofo esté en poder del concepto. Nada nos impide ahora señalar la fatigosa manera de afirmar que la filosofía es la disciplina que consiste en crear conceptos y que estos tienen que ser conceptos siempre nuevos. Deleuze dixit.

Contra todo lo que se ha afirmado en la tradición la filosofía ésta no es ni puede ser contemplación, las contemplaciones, como dice el maestro francés, son las propias cosas en tanto que consideradas en la creación de sus propios conceptos. Pero tampoco es reflexión porque no se necesita una determinada filosofía o simplemente filosofía para reflexionar sobre cualquier cosa. La filosofía en modo alguno es comunicación, en rigor, la filosofía sólo versa sobre opiniones, para crear “consenso” y no concepto. Así tomadas las cosas, “la contemplación, la reflexión y la comunicación no son disciplinas, sino máquinas para constituir universales en todas las disciplinas”.

Todo esto es de una claridad meridiana, pero de pronto se nos hace incomprensible cuando pensamos en los mismos términos pero adjudicando nuestro candor a los niños. Es decir, ¿de verdad hay algo así como “filosofía para niños”? ¿Es el niño capaz de producir, inventar, recrear, crecer, armar conceptos? ¿Puede el niño estar en condiciones de comprender lo que significa la palabra “ser”, sí, esa, exactamente como dice Heidegger, esa palabra que tuvo en vilo la historia de Occidente? ¿Puede un niño comprender lo que es el transcurrir del tiempo? ¿No pertenece este género de preguntas más que a conceptos a “creencias” que están ahí preteoréticamente mucho antes de que nosotros podamos cuestionarnos si de verdad las cosas están como están y son como son? ¿Están estos niños en condiciones de plantear cuestiones como las que aquí apuntamos? Y otro problema derivado del anterior: ¿qué entendemos por “niño”? Esa categoría tan compleja y tan difícil de ceñir a unos estatutos, a unos ordenamientos, a ciertas fechas, a ciertas características. Una filosofía para niños implica, sin duda, replantear nuestras viejas nociones sobre qué es un niño, la infancia, por otra diferentes que tengan presentes todos los cambios que se plantean con las nuevas tecnologías, así como replantear los recursos, métodos y fines educativos. Al menos.

Este es un problema arduo. Desde luego que a todas estas cuestiones deberían de ser atendidas por personas preparadas y formadas en la filosofía. No es cuestión menor. Recuerdo como Foucault decía que “Hay momentos en la vida en los que la cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa y percibir distinto de como se ve es indispensable para seguir contemplando o reflexionando. Quizá se me diga que estos juegos con uno mismo deben quedar entre bastidores, y que, en el mejor de los casos, forman parte de estos trabajos de preparación que se desvanecen por sí solos cuando han logrado sus efectos. Pero ¿qué es la filosofía hoy -quiero decir la actividad filosófica- si no el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo? ¿Y si no consiste en vez de legitimar lo que ya se sabe, en emprender el saber cómo y hasta dónde sería posible pensar distinto?” Nada más justo, quizá sea eso, con mucho, lo que nuestro editor invitado intenta hacer cuando plantea que la filosofía para niños no es “hacer filosofía con o para los niños”, sino más bien es crear las condiciones para que el  niño sea capaz de cuestionar el mundo tal y como lo conocemos.

 

    Alberto Constante