Editorial

San Agustín con acerto que deslumbra nos había ya hablado de la “concupiscencia oculorum”, el pecado de ver. Nada tan excesivo como la mirada, lo que ve, lo que descubre, lo que abre, lo que une y desune, lo que abriga, lo que penetra… La fotografía es como una enorme mirada que intuye, separa, silencia, desvía, distancia, administra, descubre al otro y a lo otro y nos descubre a nosotros mismos ante nosotros mismos, en ese acto de desvelamiento de la realidad.

El fenómeno de la fotografía ha sido revolucionario y ha inquietado a mentes lúcidas, entre otras muchas, como Kracauer, Bergson, Sartre, Barthes o Benjamin, de este último nos quedan esas líneas finales de su “Pequeña historia de la fotografía”: “En este momento debe intervenir la leyenda, que incorpora a la fotografía en la literaturización de todas las relaciones de la vida, y sin la cual toda construcción fotográfica se queda en aproximaciones”. De igual manera sabemos que las formas actuales del espectáculo y de la vigilancia y el control social no serían siquiera concebibles sin la colaboración de los medios escópicos, entre ellos, particularmente la fotografía.

Sin duda, la fotografía no representa una mera reproducción de situaciones, cosas, objetos, afectos, composiciones, sino una intervención en el sistema de sentidos. La fotografía no refleja el medio, sino reacciona ante él. Se instala en las fronteras de los sistemas existentes de sentido para dotarlos de nuevos contornos y nuevas formas de interpretación. Su eficacia radica en la reacción que provoca. Hoy, dejamos a Ustedes el placer de la lectura y de la mirada en este número de Reflexiones Marginales que ha curado Idalia Sautto.

Alberto Constante