Editorial

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Siempre sorprende entrar al mundo de la filosofía, sobre todo cuando ésta es tan actual, tan cercana y tan distante al mismo tiempo, y ha sido creada con esa minuciosidad con la que se elaboran los grandes pensamientos, esos que abren preguntas, interrogantes que serpentean sin encontrar asidero alguno, que vibran como si fueran encuentros con lo que hemos sido y con lo que seremos. Digamos que ante lo que estamos es “al encuentro de una idea”.

La filosofía asombra pero ella nace del asombro, lo ha dicho Platón y lo repite Heidegger y no menos es la tarea que se ha propuesto uno de los pensadores más originales de nuestro siglo: Alain Badiou. Para el lector mexicano diré, parafraseando a Peter Hallward, que Badiou rescata la razón del positivismo, el sujeto de la deconstrucción, el ser de Heidegger, lo infinito de la teología, el acontecimiento de Deleuze, la revolución de Stalin, la crítica del estado de Foucault y entroniza la afirmación del amor al tiempo que reivindica una filosofía del sujeto sin la fenomenología, una filosofía de la verdad sin la adecuación, una filosofía del acontecimiento sin el historicismo.

Sin duda, Badiou es el pensador de las cuatro condiciones que permiten la creación de la filosofía: La política, el arte, el amor y la ciencia, “campos de la creación y de la invención”. Son, como él mismo ha dicho: “los lugares de la vida humana en los que se pueden extraer todas las consecuencias de un acontecimiento, de una ruptura en el orden ordinario de las cosas. Todo lo demás, en el fondo, es repetición”.

De Badiou trata este número que nuestras editoras invitadas, Angelina Uzín Olleros y María del Carmen Rodríguez, nos ofrecen para acercarnos a la obra de este pensador.

 

Alberto Constante