De la teoría del caos y del desorden a la estética

Manuel Esperón Rodríguez & Diego Esperón Rodríguez #17 - Heidegger, Artículos

1. Introducción

Vivimos en un mundo caótico. La naturaleza, a pesar de todo, se aleja de obtener la tendencia de alcanzar su estado máximo de equilibrio, de orden y de completa estabilidad a través de la absoluta entropía. La entropía es el grado de desorden y de caos que existe en la misma naturaleza, y constituye el segundo principio de la termodinámica, el cual puede definirse como el desorden inherente de un sistema. Este principio nos dice que a cada instante, el universo que nos rodea se hace más desordenado, se deteriora y toma una dirección inexorable hacia el caos.

Pero  ¿hacia dónde nos dirige este caos del que no podemos escapar y que se encuentra sujeto a leyes físicas universales? Tratar de proponer un camino o una dirección al caos no es una tarea fácil, a pesar de que dentro del caos podemos incluso encontrar un orden; y más aún, que dentro de la naturaleza podemos ver fuerzas que se oponen a la entropía, y sistemas que se resisten a éste fluir. Éstos son los organismos compuestos por materia orgánica, y se contraponen a esta tendencia natural, a pesar de que constituyen sólo una ínfima parte de la materia y la energía del universo; organismos que nacen, crecen, envejecen y mueren.

 

El hombre, al ser un organismo compuesto por materia orgánica, ha cruzado los límites del orden y del desorden de manera esporádica y libre durante toda su existencia y en este ensayo se trata de trazar, si no una línea recta, si una línea punteada del caos hacia la estética.

2. El hombre: orden y desorden

Al principio el hombre buscaba principalmente a través de la ciencia un orden al mundo que lo rodeaba. En su libro ¿Tan solo una ilusión?, Prigogine nos menciona que desde sus comienzos, el hombre adoptó la idea de que la ciencia debía ser estética, y por lo tanto bella, y de igual manera, nos dice que la ciencia también debía ser un claro reflejo de la realidad.

Con el desarrollo científico y el paso del tiempo, la humanidad acogió de manera amplia la mecánica newtoniana, lo cual originó paradigmas para la interpretación causal de los fenómenos naturales. Posteriormente, surgió la geometría euclidiana, que representaba la interpretación de un orden a través de figuras basadas en cuerpos regulares.1 Sin embargo, mientras el hombre trataba de explicar ciertos procesos y fenómenos, iban quedando otras lagunas que no podían ser explicadas; como por ejemplo la forma de las montañas y de las nubes, el crecimiento irregular de las plantas, por mencionar algunos ejemplos.

De manera paralela, si hacemos un análisis de la evolución de los conceptos científicos en cuanto al origen del universo, su funcionamiento y la relación hombre-naturaleza, observamos que transcurrió por distintas fases, donde las ideas de orden y desorden se reflejaron tanto en conceptos religiosos, filosóficos y científicos. Briggs y Peat detallan este análisis, e indican que en la antigüedad el orden y el caos convivían en una “débil alianza”, pero con el surgimiento de la ciencia, estos conceptos e ideas cambiaron, porque con sus descubrimientos se eliminó la posibilidad de la existencia del desorden, con la idea de un universo cuya complejidad podría algún día desentrañarse. Estos autores continúan diciendo:

Los pueblos antiguos creían que las fuerzas del caos y el orden formaban parte de una tensión inestable, una armonía precaria. En ellos, el mito era la forma representativa de esa relación entre orden y caos. Como por ejemplo, los antiguos egipcios concebían el universo primitivo como un abismo sin forma llamado Nut; o en China, un rayo de luz pura, ying, surge del caos y construye el cielo, mientras la pesada opacidad restante, yang, configura la Tierra. Por otro lado, el mundo religioso cristiano también encuentra una reminiscencia mítica para definir esta relación entre orden y caos, a pesar de su carácter monoteísta dónde el universo bíblico comienza sin forma y vacío, hasta que Dios crea u ordena. En el mito se conjugan las fuerzas del orden y el desorden, en un juego que intenta abordar la realidad, describiéndola a través de signos, imágenes y reflejos de su percepción del mundo.2

Pero conforme el hombre fue evolucionando, empezó a complejizarse su visión del mundo, y en su incansable búsqueda por entender el universo, ya no era admisible la idea de entender los fenómenos en función de sus relaciones causales a través de un orden lógico. Nuevas ideas y teorías eran necesarias para explicar no sólo los fenómenos naturales, sino también incluso, los sociales.

2.1. Hacia un mundo moderno: La Teoría del Caos

García-Margalejo menciona que “para el pensamiento moderno, normas como lo centrado, adecuado y correcto eran imprescindibles; pues representaban la posibilidad de influir directamente no sólo en el funcionamiento del mundo, sino también en su creación.”3

Y fue así, de estas necesidades e inquietudes, que surgió una teoría que se alejó de la búsqueda de la realidad y de la visión clásica de la ciencia, e introdujo nuevos e innovadores factores que revolucionarían no sólo las ciencias duras, sino que alcanzarían a todas las ciencias: la Teoría del Caos.

Esta teoría, no sólo constituyó una nueva perspectiva para comprender “la turbulencia dentro de la naturaleza, las caprichosas formas que exhibe y los patrones de conducta a los que obedece”4; sino que también se yergue como una poderosa herramienta para entender la etología humana y social, los fenómenos económicos, y la evolución de la ciencia y de la tecnología,  así como de los avances industriales.

La Teoría del Caos se fundamentó en los años sesentas, con el trabajo de Edward Lorenz. Su desarrollo empezó con Ilya Prigogine, ganador del premio Nobel de química en 1977, quien mostró que las estructuras complejas podrían resultar siendo las más simples. Esto es como si el orden viniese del caos. Henry Adams describió previamente esto con su frase: “el caos frecuentemente cría la vida, cuando el orden cría lo habitual”.

Muchos han sido los científicos que han aportado valiosos conocimientos a la formación de esta teoría, la cual en nuestro días, comienza a convertiste en una ciencia fundamentada en si misma. Y más aún, con los nuevos descubrimientos que sugieren que tanto el caos como la irregularidad, son elementos que tienen leyes propias: el orden se desintegra en caos y el caos construye el orden.

Para entender un poco más los fenómenos caóticos, Cazau señala que:

Si un fenómeno descrito no puede predecirse, ello puede deberse en principio, y como mínimo, a una de tres razones: a) la realidad es puro azar, y no hay leyes que permitan ordenar los acontecimientos; en consecuencia: resignación; b) la realidad está totalmente gobernada por leyes causales, y si no podemos predecir acontecimientos, es simplemente porque aún no conocemos esas leyes; en consecuencia tiempo, paciencia e ingenio para descubrirlas, y c) en la realidad hay desórdenes e inestabilidades momentáneas, pero todo retorna luego a su cauce determinista.5

Los sistemas son predecibles, nos dice Cazau, pero de repente y sin previo aviso, ni señales o advertencias, empiezan a desordenarse y caotizarse (donde se imposible formular predicciones), con la posibilidad de regresar a un nuevo estado de equilibrio o reposo. Este fenómeno ha provocado la necesidad de investigar el por qué ocurren estas inestabilidades; por qué el orden puede llevar al caos y el caos al orden y, eventualmente crear modelos para determinar, aunque sea paradójicamente, si dentro del mismo caos hay también un orden. La tercera acepción fue la elegida por quienes desde entonces, se concentraron en la teoría del caos, y por ende en diversas disciplinas científicas.6

2.1.1. La expansión de la Teoría del Caos

De esta manera, al ir ampliando sus ámbitos, crecer y enriquecerse, la Teoría del Caos incursionó en ambientes de investigación científica como la económica, la biología, las matemáticas, etcétera. Ever Uzcátegui escribe:

Algunas investigaciones comenzaron en la década de los 70, donde los fisiólogos empezaron a investigar el por qué en el ritmo cardíaco normal se filtraba el caos, produciendo un paro cardíaco repentino; los ecólogos examinaron la forma aparentemente aleatoria en que cambiaban las poblaciones en la naturaleza; los ingenieros concentraron su atención en averiguar la razón del comportamiento a veces errático de los osciladores; los químicos, la razón de las inesperadas fluctuaciones en las reacciones; los economistas intentaron detectar algún tipo de orden en las variaciones imprevistas de los precios. Poco a poco fue pasando a un primer plano el examen de otros fenómenos tan inherentemente caóticos y desordenados que, al menos en apariencia, venían a trastocar la imagen ordenada que el hombre tenía del mundo; como el movimiento de las nubes, las turbulencias en el cauce de los ríos, el movimiento de una hoja por el viento, las epidemias, los atascamientos en el tránsito de vehículos, los a veces erráticos dibujos de las ondas cerebrales, por mencionar algunos.”7

Aparentemente, la Teoría del Caos presentó un eslabón perdido en la ciencia, que como nos dice Cornejo-Álvarez: “prometía brindar una nueva perspectiva y una explicación para los eventos en ambientes dinámicos y turbulentos, haciendo a un lado los modelos mentales para administrar las organizaciones, típicos de la visión mecanicista”, y así, continua diciendo que el desarrollo de la teoría del caos “emergió precisamente en el momento en el que por el alto nivel de complejidad que guardan los sistemas en los que estamos inmersos, era imposible tratar de establecer relaciones causales entre eventos”. En donde sus principios describen principalmente el comportamiento dinámico de los sistemas, y en mucho menor grado, las relaciones causales, las cuales se tornan imposibles de medir.8

Con estos avances y alcances, en nuestros días, esta teoría empezó a enseñarnos que la naturaleza pretendía revolucionar la forma en la cual entendíamos la realidad, apegándose más a cómo es, y no a cómo pensábamos que era. Y, como menciona Alvarado-Planás, la aceptación e importancia de la teoría del caos radica en que, una gran parte de la naturaleza está invadida de desorden y de caos; sus sistemas son dinámicos y de tipo caótico, desordenado, impredecible e indeterminable.9

La visión del mundo, de la naturaleza y del cosmos entero cambió drásticamente. Ya no era necesaria la búsqueda de un orden esquemático que diera las respuestas a todos los fenómenos naturales, sociales y económicos, por mencionar algunos; el caos brindaba explicaciones más lógicas y más plausibles que permitían, irónicamente, acercarnos más al conocimiento de nuestro universo.

García-Margalejo propone que el caos en nuestros días es visto bajo una visión más clara, donde ya no es un elemento del cual hay que escapar o escondernos, sino que se reconoce como una actitud generadora de lo imprevisible, una cualidad deseable de nuestra sociedad posmoderna.10 Además, con el desarrollo de la ciencia y de la tecnología, se han traspasado las fronteras de las diferentes ramas del conocimiento, lo que ha ocasionando que el desorden tenga repercusiones en todos los campos.

Así, de repente nos encontramos en un escenario donde el desorden es el artista central para las teorías contemporáneas, porque éste ofrece un abanico de posibilidades, casi infinitas,  para evadir las estructuras del orden y de lo cotidiano, las cuales son percibidas cada vez más, como coercitivas. Pero al privilegiar el desorden, Hayles explica que en algunos casos, los teóricos no pueden librarse del peso de sus tradiciones disciplinarias, aun cuando quieran hacerlo (a pesar de que la mayoría de los científicos no quieren); de esta manera surgen estratos complejos en los que las evidencias y rastros de los antiguos paradigmas se sobreponen a los nuevos, y donde las resistencias al dominio están envueltas en impulsos hacia el mismo dominio. Evidentemente, al encontrarse en un mundo donde el orden limitaba la coherencia de los actos, aquellos que se atrevían a infringir las normas eran excluidos, criticados o eliminados, y esto tuvo como resultado, que algunas áreas (incluyendo la estética) se propusieran a sí mismas como transgresoras constantes de las normas, con el caos y el desorden como conceptos explicativos.11

 

3. De la Teoría del Caos y del desorden a la estética

García-Margalejo continúa diciendo que según las tendencias estéticas posmodernas predominantes, el desorden y el caos buscan violentar las formas de percepción de los sentidos4, y aquí se ha de agregar que esto mismo es lo que busca la estética, al estimular nuestros sentidos.

Por su lado, Alvarado-Planás menciona que:

Nuestro sentido de la belleza, y nuestra estética por tanto, nos lo inspira la coexistencia armónica del orden y del desorden, tal como existe en los objetos físicos: en las nubes, en los árboles, en las montañas y en los cristales de nieve. Las formas de todas estas cosas son procesos dinámicos que se han realizado en formas físicas, donde coexisten de modo inmanente, combinaciones concretas de orden y desorden.12

Así, apreciamos y sentimos un mundo gobernado por el caos, y nuestros sentidos se inundan con el desorden que nos rodea. González-Acosta escribe irónicamente y con muy poderosas razones:

Al final, descubrimos que la teoría del caos tiene mucho más que ver con la estética que con la ciencia. La teoría del caos no es arte, pero apunta en una dirección similar: la dirección que encontramos con las consoladoras imágenes de la naturaleza, la dirección hacia la que apunta nuestro esfuerzo para contactar con ese secreto ingrediente del universo al que llamamos espíritu.13

En cuanto a la estética, Alvarado-Planás menciona que “según la concepción platónica, la naturaleza es la expresión corporal y viva del mundo arquetípico e ideal.” Este pensamiento ha influido de manera considerable en la historia de la estética a través del tiempo. El hombre, como ser curioso y reflexivo, ha observado la naturaleza, desde las estrellas hasta las partículas subatómicas, y siempre con una profunda admiración, e incluso con un sentimiento de posesión y temor, asumiendo por supuesto, que se comportan y rigen por leyes preestablecidas.14

Muchas de nuestras percepciones visuales y auditivas, o de cualquier otro de nuestros sentidos, van acompañadas por un cierto sentimiento de valor, el cual puede diferenciarse de las afecciones sensuales, emocionales, morales o incluso intelectuales. Y es a la estética, a la cual se le otorga, en primer instancia este sentimiento “estético”, y los objetos estéticos que lo producen. Las nuevas concepciones científicas sobre el caos, por lo tanto, están llamadas e incluso obligadas a provocar una verdadera revolución en todos los campos, no sólo científicos, sino artísticos y del pensamiento en general.

3.1. Estética vs. Belleza

Aquí incursionaremos en un paradigma que en ocasiones aun se encuentra arraigado no sólo en la ciencia, sino en muchas otras áreas del conocimiento, y es el de ligar a la estética con un concepto subjetivo de “belleza”.

Si analizamos el significado etimológico de la palabra estética, llegamos al verbo griego áiszo, que significa oler (el olfato es el rey de los sentidos), se forma aiszánome, que significa “percibir mediante los sentidos”; y de aquí se forma el sustantivo aistesis, con los significados de sensación y sentimiento; y de éste finalmente se forma el adjetivo aistetikós, que en su forma de plural neutro es “lo referente a las sensaciones”, “las cosas que se perciben por los sentidos y por los sentimientos.”15

Así pues, si vemos el significado etimológico de la palabra, llegamos a una idea diferente. Es aquí donde nos damos cuenta de que esta palabra griega nos habla de sensaciones y de sentimientos, no de belleza; y estas sensaciones son precisamente las que se ven alteradas por el caos. Así, este término prejuzga un alto nivel de subjetividad de la belleza, y pone el acento en las sensaciones que provoca su contemplación. Sin embargo, el hombre sigue viéndose en la necesidad de justificar su comportamiento a través de teorías que dicen que nuestras acciones se basan en la búsqueda de la belleza y no de la satisfacción por sí misma.

 

Definida fuera de la belleza, Arnal nos dice que “la estética encuadra mejor en la psicología que en el arte, del que pretende ser la filosofía”. Y ése es el fundamento estético de la percepción de cada uno, porque, continua diciendo, “al fin y al cabo las cosas son para nosotros como las percibimos, tanto si coincide nuestra percepción con la realidad, como si no”. Pero no se detiene ahí, continua: “la estética se ve obligada a estudiar y definir qué formas han de tener las cosas para que sean percibidas como bellas por la mayoría”. Y aquí interviene un nuevo distractor, ya que la sensación o experiencia que percibe cada persona, tiene más garantía de objetividad, mientras más coincidan en una misma forma de percepción.

Fue en la Ilustración (1750) cuando Baumgarten definió por primera vez a la estética como “todo lo perteneciente o relativo a la percepción o apreciación de la belleza”, era la ciencia que trataba de la belleza y la teoría fundamental y filosofía del arte. Aunque desde el siglo V a.C., la idea de una estética bella prevalecía en el arte, donde Sócrates introdujo el bien y la verdad como valores absolutos, y el valor moral de la belleza; mientras que Aristóteles implantó a la perceptibilidad, alegando que lo que no se puede percibir a la vista no es bello, ampliando este concepto a los conceptos de Dios, los cuerpos celestes, el hombre, etcétera.

 

Y con estas ideas el concepto de estética se vinculo a la belleza a través de la perceptibilidad. Y para bien o para mal del hombre, este vínculo ha perdurado hasta nuestros días.

Sin embargo, durante el Romanticismo (finales del siglo XVIII) evolucionó el realismo grotesco con una formalización de las imágenes grotescas carnavalescas. El grotesco romántico se presenta como terrible, la risa se atenúa, la muerte se muestra trascendente. Lo grotesco se empieza a ver ajeno al hombre, exterior al igual que la muerte. De igual manera, en el romanticismo se define lo “sublime” como extraordinario y fuera de lo normal. Para los románticos, es una belleza grandiosa y oscura, que se opone al equilibrio y serenidad neoclásicas; puede ser un ”horror agradable”, o algo que hace empequeñecer al hombre, causando su estupor, admiración, reverencia o respeto.16 Este concepto introdujo al arte una nueva visión, más cercana a la definición original de la estética, la cual se encuentra presente hasta el arte contemporáneo.

***

Y es entre las ideas del orden y del caos que se balancea la estética moderna del siglo XX. Desde las artes plásticas, las artes visuales, la literatura, la música, el teatro, el cine y la fotografía, se han manifestado conceptos que surgen de las nociones de lo amorfo, de lo inestable, de lo caótico, la fragmentación, por mencionar algunos. En el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo, se creaban piezas desde la concepción del caos y lo monstruoso, con multiplicidad de visiones, que se oponían a la uniformidad y homogeneidad del orden y de la belleza. Así, el desorden resulta atractivo precisamente porque es lo contrario a las representaciones estereotipadas y recurrentes que nos encontramos cotidianamente.

 

En cuanto a la ciencia, Birkhoff nos dice que “en la medida en que la estética tenga éxito en sus aspiraciones científicas, debe proveer alguna clase racional para realizar comparaciones intuitivas.”17 Aquí el problema fundamental de la estética consiste en delimitar a qué clase de objetos estéticos pertenecen atributos específicos de los que el valor estético depende.

Mandoki define a la estética como la disciplina que se ocupa del análisis y la investigación de las relaciones de intercambio o comunicación que establece el hombre con su contexto social, conceptual y objetual en términos de su facultad de sensibilidad; así la idea de una estética bella es inadmisible.18

Por su lado, Birkhoff señala que la experiencia estética típica puede considerarse como integrada por tres fases sucesivas: 1) un esfuerzo preliminar de atención, requerido por el acto de la percepción, y que aumenta en proporción la complejidad del objeto; 2) el sentimiento del valor o cuantía estética que recompensa tal esfuerzo, y 3) la observación o comprobación de que el objeto se caracteriza por cierta armonía u orden, más o menos encubierto, que parece necesario para el efecto estético.19

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Desde el punto de vista físico-psicológico, según Birkhoff “el acto de la percepción de un objeto comienza con el estímulo de los órganos de los sentidos visual o auditivo, y continúa hasta que tal estímulo y la excitación cerebral resultante terminan”. Así, para que el acto de la percepción se lleve a cabo de manera idónea se requiere una cantidad considerable de atención:

El acto de la percepción tiene su correlativo psicológico encargado en especial, de asegurar que los ajustes motores requeridos en el acto de la percepción sean convenientemente llevados a cabo. Dichos ajustes se llevan a cabo de manera involuntaria y automática, y en términos fisiológicos, los estímulos provocan una corriente transferida en el sistema nervioso, la cual después de llegar a la corteza cerebral regresa a la periferia, siguiendo como corresponde a todo acto automático, un trayecto determinado por el hábito.20

Ahora bien, Birkhoff alude que aunque tales ajustes automáticos se realizan sin la intervención de ideas motoras, existe un bien conocido esfuerzo de atención, de tensión variable en el curso de la realización de tales ajustes. Éste constituye una parte definida e importante del sentimiento general característico del estado de atención.

Asimismo, el hecho de que se requiera algún tipo de interés para mantener la atención podría revelar que este sentimiento no tiene un tono positivo (agradable), sino más bien negativo. Si recordamos además que, los actos automáticos son resultado de actos idénticos realizados habitualmente, podemos convencernos de que quedan vestigios de las ideas motoras aplicadas originalmente, y de que ellas motivan esta sensación de esfuerzo.21

Estas ideas sobre la estética y la percepción alejan los conceptos subjetivos de belleza, y en su lugar nos llevan a una idea de alterar los sentidos; esto nos recuerda las palabras de García-Melgarejo: “así, algunas áreas de la estética se proponen a sí mismas como transgresoras constantes de las normas, llegando a proponer al caos y al desorden como fines de expresión plástica.”22 La labor artística debe despertar sensaciones, lo que es realmente la estética, sin importar si lo que presenta es “bello” o no.

De esta manera, llegamos a un entrecruzamiento entre el caos y la estética, donde ambos conceptos buscan despertar los sentidos y causar cualquier tipo de respuesta ante el mundo que nos rodea, ya sea una obra de arte, una teoría científica o la morfología de una cordillera. Encontramos que el caos se conecta con la estética. Y precisamente Cornejo-Álvarez menciona que otro de los descubrimientos importantes en la Teoría de Caos fue el de ver la realidad que nos rodea interconectada y llena de lazos de retroalimentación, donde cada partícula actúa para modificar el comportamiento del medio que la rodea, pero no en forma independiente, sino obedeciendo a un comportamiento integrado por el conjunto.

Nos gustaría comparar esto con la metáfora que propone Lema sobre el caos y el rizoma (parte subterránea, generalmente horizontal, de un entretejido de raíces de ciertas plantas), donde menciona que “ésta puede enlazar figuras, materialidades, textos extraordinariamente distintos y lejanos, excéntricos, re-agenciar contextos, ambientes y reflexiones”. Continua diciendo que “la armonía de la faz de la tierra, de la mente, del contexto, del cosmos, el reencantamiento del planeta, podrían resurgir en los nuevos re-agenciamientos.”23 Aquí haríamos referencia al re-agenciamiento casi poético entre el caos y la estética.

No es un camino sencillo ni unidireccional. Partir del caos significa caotizar los conceptos y desordenarlos. Sin embargo, consideramos que la mejor manera de tratar de entender y comprender nuestro universo caótico es a través de la vía estética, donde nuestros sentidos perciben y aprecian el caos que nos rodea. Nos gustaría terminar con la propuesta de García-Margalejo, que propone al desorden como un “nuevo orden no determinado aún.” Y aquí agregaríamos que a través de la estética sería la mejor táctica para tratar de determinar dicho orden a través del trabajo multidisciplinario al que en la actualidad nos vemos sometidos. Científicos, artistas, incluso financieros, por mencionar algunos ejemplos, podemos trabajar y crear nuevos conceptos, teorías, obras de arte, etcétera, a través de estas interrelaciones que hemos mencionado.

 

Nota sobre los autores

1 Manuel Esperón-Rodríguez1*

Instituto de Ecología, UNAM, Ciudad Universitaria, UNAM 04510 México, D.F. Circuito exterior s/n anexo al Jardín Botánico Exterior. México, Distrito Federal

orcacomefoca@yahoo.com.mx

*Autor de correspondencia

2 Diego Esperón Rodríguez

Colegio Forger, Av. Ignacio Comomfort 395, C.P. 52177, Metepec, Estado de México

diego.esperon@yahoo.com.mx

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Notas

 

[1] Cornejo-Álvarez, A. Complejidad y caos. Cap. 4, p. 9/15.

[2] Briggs, J y Peat, D.F. Espejo y reflejo: Guía ilustrada de la teoría del caos y la ciencia de la totalidad, p. 12.

[3] García-Melgarejo, M.A. El desorden y el caos visual como constante en el diseño gráfico y su enseñanza: ¿culpa de la tecnología?, p. 40.

[4] Cornejo-Álvarez, A. Complejidad y caos. Cap. 4, p. 13/15.

[5] Cazau, P, La teoría del caos. Disponible en línea.

[6] Ibid.

[7] Uzcátegui, E, Notas sobre la prospectiva, Disponible en línea.

[8] Cornejo-Álvarez, A. Complejidad y caos. Cap. 4, p. 3/15.

[9] Alvarado-Planás, J, La Estética del Caos, Disponible en línea.

[10] García-Melgarejo, M.A. El desorden y el caos visual como constante en el diseño gráfico y su enseñanza: ¿culpa de la tecnología?, p. 41.

[11] García-Melgarejo, M.A. El desorden y el caos visual como constante en el diseño gráfico y su enseñanza: ¿culpa de la tecnología?, p. 40.

[12] Alvarado-Planás, J, La Estética del Caos, Disponible en línea.

[13] González-Acosta, FE, Complejidad ética y estética, p. 209.

[14] Alvarado-Planás, J, La Estética del Caos, Disponible en línea.

[15] Arnal, M, El Almanaque. Estética, Estética, Disponible en línea.

[16] Bajtín, M, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais, p. 102.

[17] Birkhoff, GD, Matemáticas de la estética, p. 13.

[18] Mandoki, K, Estética cotidiana y juegos de la cultura, p. 14.

[19] Birkhoff, GD, Matemáticas de la estética, p. 14.

[20] Ibid., p.14.

[21] Ibid., p.14.

[22] García-Melgarejo, M.A. El desorden y el caos visual como constante en el diseño gráfico y su enseñanza: ¿culpa de la tecnología?, p. 40.

[23] Lema, R, Caos, complejidad, creatividad: jugando con imágenes, p. 106.