De la literatura a la ilustración. De la ilustración a la literatura

Mónica Romero Girón #18 - Literatura Infantil, Artículos

Pero yo estaba pensando una manera de multiplicar por diez,

y siempre, en la respuesta, obtener de nuevo el problema.

Lewis Carroll

En el segundo año de mi carrera, mis profesores de Lengua y Literatura Modernas Inglesas comenzaron a advertirnos que pensáramos en nuestro tema de tesina. ¿Sobre qué escribir aquel documento “tan importante” que cerraría uno de los ciclos que a muchos les da línea  para formarse una carrera profesional? Con 20 años y sin saber a qué me dedicaría el resto de mi vida, una vez que terminara mis estudios universitarios, tuve que comenzar a sentar cabeza y pensar en ese tema.

Mis trayectos entre la universidad y mi casa duraban alrededor de 3 horas. Entre los múltiples transportes que tomaba, se encontraba el metro, en particular, la línea verde que va de Indios Verdes a Universidad y la cual recorría casi en su totalidad. El metro, para mí, era más que un transporte público, y se convertía en una biblioteca en donde muchas veces comenzaba y terminaba los libros que nos dejaban de tarea. Pocas veces tenía tiempo de observar a mis compañeros de vagón; sin embargo, hubo un día en que al hacerlo me sorprendió que hubiera alrededor de siete personas más, de diferentes edades, leyendo el mismo libro: Harry Potter y la piedra filosofal de J.K. Rowling. La película acababa de estrenarse y había cautivado a muchas personas, tanto, que no quisieron quedarse con sólo ver el filme, sino que su sumergieron en el libro para poder hacer comparaciones, y como la historia continuaba y algunos de los siguientes libros ya habían sido publicados, podían tener la primicia de la continuación.

¿Qué tenía Harry Potter que no tuvieran otros libros para lograr que siete personas de diferentes edades lo estuvieran leyendo en un vagón del metro? Al llegar a mi casa tomé una copia del libro que un año antes había comprado simplemente porque estaba siendo muy vendido, mas no me había convencido de su importancia como para darle el tiempo que necesitaba para mis lecturas obligatorias. Comencé a leerlo y lo terminé en un par de días en los transportes que tomaba para distancias cortas. Días después empecé a buscar reseñas, críticas, artículos y todo relacionado con el libro. En una época en donde el internet no era tan común y accesible como ahora, uno como estudiante visitaba la hemeroteca, las bibliotecas e iba a los puestos de revistas a hojearlas para ver si había un artículo que interesara tanto como para comprarlas. Investigar sobre la relevancia de Harry Potter y las opiniones de algunos especialistas tanto en literatura como en cine fue un proceso que me tomó más del tiempo planeado, pero encontré una conclusión que ni yo sabía que estaba buscando: la importancia de la literatura infantil.

Harry Potter fue sólo un personaje que me llevó a mirar hacia un lugar no muy explorado en mi carrera, pues al recordar mis clases en la facultad me di cuenta de que en ninguna de ellas habíamos analizado libros escritos para niños en Inglaterra, país de la literatura que estudiaba y de donde era Harry. Mis conocimientos sobre la historia literaria de los libros para niños eran mínimos y requería de una investigación para cultivarlos; por lo tanto, ya tenía tema de tesina: la literatura infantil. Llegué con la maestra Claudia Lucotti, quien daba la materia de Literatura Medieval —por alguna razón concluí que si era especialista en este periodo, podría serlo también en literatura infantil— y le pedí ser mi asesora. Ella a su vez, me recomendó acercarme con la doctora Nattie Goluvob, quien ese momento impartía Literatura Americana y en cuya clase leímos Huckleberry Finn. Ambas maestras me asesoraron con mucho entusiasmo y recorrimos un camino juntas al que fueron sumándose más aliados. Ese andar comenzó a definirme profesionalmente.

Por supuesto, acotar el tema de la importancia de la literatura infantil fue toda una misión, y mi tema finalmente fue sobre The Water Babies de Charles Kingsley, libro que abre la época de oro de la literatura infantil en Inglaterra, dentro de la época Victoriana. En ella defiendo cómo un libro escrito para niños es relevante para la historia literaria. Y enfatizo el “sí”, porque para muchos profesores en esa época no lo era: no la discutían ni hablaban de ella en las aulas.

Luego de titularme, parecía que mi búsqueda de un tema había concluido simplemente en eso: en una tesina escrita satisfactoriamente para el propósito requerido que es la titulación. Pero la primera pregunta que me hice para comenzar mi investigación es la misma que me sigo preguntando todos los días (y gracias a la cual encontré mi carrera profesional actual): ¿qué es literatura infantil? Y después de un par de años de haber escrito esa tesina en donde en alguna parte la defino, al día de hoy que sigo investigando al respecto encuentro que aún que no hay una definición que sea absoluta.

De acuerdo con F.J.H. Darton, en su libro Children’s Books In England: Five Centuries of Social Life, la característica más sobresaliente de la literatura infantil es que habla al niño lector mediante un lenguaje entretenido que lo atrae de manera inherente, y no mediante mensajes primariamente didácticos, que son meramente instructivos, coercitivos, intrusivos o aburridos de leer. Darton hace mención a lo que la literatura infantil debe o no debe ser, mas no da una definición. Las características que menciona están basadas en la historia de los libros escritos para niños, cuyo único propósito inicial era instruir a los pequeños.

El siglo XIX comienza la época de oro de la literatura infantil en Inglaterra. Se le considera el siglo de su gran resplandor, porque justamente se modifica esta idea predominante según la cual los libros para niños debían educar e instruir. Escritores como Charles Kingsley (The Water Babies), Lewis Carroll (Alice in Wonderland), Rudyard Kipling  (The Jungle Book), Edith Nesbit (Five Children and It), Beatrix Potter (The Tale of Peter Rabbit), Mark Twain (The Adventures of Tom Sawyer), L. Frank Baum (The Wizard of Oz), Kenneth Grahame (The Wind in the Willows), por mencionar algunos, se dan a la tarea de escribir historia para niños que les permiten poner en práctica lo que más los caracteriza: su imaginación. Los autores no olvidan inculcar valores a los niños a través de sus historias; sin embargo, éstos son encontrados por cada uno de los lectores de manera natural. No se manejan las historias por miedo, no se infunde ese pavor a las consecuencias de haber desobedecido las reglas de los adultos. En estas historias, la fantasía, creatividad e imaginación están presentes, y pese a que en todas hay dificultades en diferentes niveles, siempre se maneja una esperanza que es —en la mayoría de las ocasiones— alcanzada si se toman las mejores decisiones; es decir, se reta y se forma el criterio del niño.

En este siglo XXI la industria editorial de libros infantiles es incomparable a la que se vivía en siglos pasados. Muchas editoriales han apostado por generar una oferta para este público y los amantes de la literatura “en general” se han acercado a ella también, no sólo como lectores sino como críticos y analistas. Finalmente, estos libros llegan a un tipo de lector gracias a mediadores: padres, maestros, tutores, amigos.

De la misma manera hay escritores que se dedican exclusivamente a la literatura infantil, otros que dividen sus tareas entre ésta y la literatura para adultos. Como siempre, hay buena y mala literatura en cualquier género y para cualquier público, pero los investigadores, estudiosos, promotores y toda aquella persona preocupada por compartir una buena literatura con el niño, aportan ideas y criterios para que lo que llegue a sus manos sea lo mejor. Al querer educar e inculcar valores a través de las historias de una manera obvia puede ser muchas veces un factor para crear textos forzados que pueden molestar a los niños y alejarlos de la lectura; si se se subestima su inteligencia y ellos se sienten engañados o manipulados, no seguirán leyendo.

La literatura infantil no se debe confundir con un género narrativo, pues el que tenga un adjetivo (“infantil”) en este caso responde a que va dirigida a un público en específico que no es el adulto. En este sentido, su importancia ha llevado a expertos a crear estudios de cómo valorarla. Pero ¿cómo hacer crítica literaria cuando hay pocos lectores adultos que se dedican a su estudio? ¿Se toman las mismas pautas para valorar la literatura infantil que la literatura para adultos? En la introducción del libro Siete llaves para valorar las historia infantiles, dirigida por Teresa Colomer y publicada por Papeles de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, se muestran algunos puntos clave para valorar la literatura infantil. No son pasos que se deban tomar como receta, pero ayuda a comprender la difícil tarea de hacerlo y considerar todo lo que involucra un libro infantil a diferencia de uno para adultos. Dice Colomer:

La crítica sobre libros infantiles lleva un siglo debatiendo [cómo valorar los libros infantiles]. No es una cuestión banal, puesto que la selección de los libros para la infancia es una operación delicada en la que la sociedad se juega un futuro de nuevos lectores. La calidad literaria (¿qué es un buen libro?), los valores morales (¿cómo contribuyen los cuentos a socializar a los niños?), la opinión de los lectores infantiles (¿qué les gusta?), el itinerario de aprendizajes lectores y literarios que ofrecen los libros (¿cómo se va formando un lector competente?), o la relación entre el texto y otros elementos de la ficción infantil (la imagen, los elementos de juego o las nuevas tecnologías) son temas que han sido largamente debatidos.

Y las respuestas de estas preguntas, que se analizan con cuidado en el libro, nos ayudan a los adultos a comprender y valorar más la literatura infantil. Uno de los temas que está capturando más la atención entre sus estudiosos es la relación entre el texto y otros elementos de la ficción infantil, propiamente la ilustración.

Cuando capturaron mi atención aquellas personas leyendo en el metro, para saber qué libro tenían en sus manos, sólo tuve que observar la portada: un niño con gafas redondas, desalineado sobre una escoba y un rayo en la frente: cicatriz que lo hacía Harry Potter.

Si recordamos aquellos libros memorables de la época de oro de la literatura infantil en Inglaterra, nos daremos cuenta de que en algunos casos es imposible desconectar algunos textos de sus ilustradores, tal es el caso de John Tenniel con Alice in Wonderland, W.W. Denslow con The Wizard of Oz; Ernest Howard Shepard con The Wind in the Willows, y la misma Beatrix Potter con The Tale of Peter the Rabbit, autora que no sólo escribía sus historias, sino también las ilustraba.

Si nos remontamos a la historia de la literatura infantil, nos encontraremos que el Orbis Sensualium Pictus es el primero libro dirigido a los niños, plenamente ilustrado. Dado que el propósito era educar a los niños y debían hacerlo con éxito, las imágenes ayudarían a que sus lectores desarrollaran una memoria visual del texto, a que aprendieran mejor.

Las imágenes son un apoyo de los seres humanos en su primera infancia a relacionarse con el mundo exterior. Antes de hablar, observamos; y para darnos a entender comenzamos a señalar aquello que todavía no podemos pronunciar. Los niños, desde muy pequeños, desarrollan la relación entre las imágenes con sus sentimientos. Por otra parte, cuando comienzan su educación escolar, las letras son primero un conjunto de imágenes aisladas que no tienen sentido hasta que se agrupan y antes de escribirlas, las dibujan.

Este verano tuve la oportunidad de trabajar con niños entre 5 y 8 años. Tuve un grupo de tan sólo siete niños, y dos niñas comenzaban a aprender a leer y a escribir. Algunas veces me tocaba escribir palabras en el pizarrón que debían copiar en sus respectivas libretas. Recuerdo una ocasión en que había escrito unas cuantas palabras y una de las niñas de cinco años se levantó de su asiento, se acercó al pizarrón, lo observó y regresó a su lugar repitiendo en voz alta: “Un palito y una bolita. Un palito y una bolita”. Al tomar su lápiz y comenzar a dibujar, el resultado fue la letra “b”. Y así fue y regresó, del pizarrón a su lugar, una y otra vez, hasta dibujar la palabra completa: “book”.

De ahí que la ilustración sea un elemento de gran importancia para la literatura infantil. Los niños que todavía no saben leer, se relacionan con los libros a través de sus imágenes y, conforme crecen, las letras cobran sentido. Con todo, esto no quiere decir que conforme el niño vaya creciendo, los libros que leen deban contener menos ilustraciones o que éstas tendrán gradualmente menor importancia para ellos, pues en esta época la ilustración ha dejado de ser un elemento recurrente sólo para libros dirigidos a los más pequeños. De hecho, en este siglo XXI la ilustración ha evolucionado de tal manera que muchas editoriales se han aventurado a ilustrar textos dirigidos a niños de todas las edades, jóvenes y hasta adultos, pues todos parecen apreciarla cada día más.

En el verano de 2012 viajé un mes a Cuenca, España, para tomar las clases presenciales del máster de promoción de la lectura y literatura infantil que imparte el Centro de Estudios que lleva este nombre de la Universidad Castilla, La Mancha, que comencé en 2011. Este máster se estudia en línea con excepción de un verano para terminar el primer año y, para obtener el título, debía nuevamente hacer una investigación. Sabía que quería hacerla sobre algo que involucrara ilustración. Finalmente, el doctor Pedro Cerrillo (director del máster) me ayudó a aclarar mi dudas y mi investigación concluyó en un análisis entre texto e imagen en un libro álbum. Con ayuda de mi asesor de proyecto, el doctor Jesús Moya, mi investigación derivó en un artículo de investigación (inédito) que tiene como título Ilustración. Libro álbum o libro ilustrado. Análisis de las dinámicas de interacción texto-ilustración en El hombre que compró la ciudad de Estocolmo, escrito por Gianni Rodari e ilustrado por Javier Zabala. En éste, dedico un apartado al tema de la ilustración, el libro ilustrado y el libro álbum, el cual me ayudó a comprender mejor la ilustración en los  libros infantiles.

Núria Obiols Suari, en su libro Mirando cuentos, lo visible e invisible en las ilustraciones de la literatura infantil, resultado de una tesis doctoral sobre la historia de la ilustración en España del siglo XX, propone el siguiente concepto de ilustración: “Imagen fija que puede decorar, adornar, acompañar, o representar un texto” (Obiols 2004: 22).  Después de señalar este concepto en su libro, Obiols le dedica una gran cantidad de líneas a la explicación detallada de ésta, la cual es necesaria por el número de adjetivos que contiene. Cita los “objetos” en donde se encuentra esta imagen fija que acompaña al texto: carteles, revistas, periódicos, libros, etc., y la función que adquiere para cada uno de ellos. De la infinidad de libros que proponen un concepto de ilustración, decidí utilizar ésta para mi trabajo, ya que involucra dos palabras fundamentales: imagen y texto. Es decir, hasta el momento sabemos que la ilustración será un concepto en donde estarán relacionados una imagen con un texto. Además, los adjetivos mencionados dan la idea de que la ilustración no tendrá una sola función en particular, ésta dependerá de la interacción que tenga con el texto.

Antes de continuar, es importante mencionar que, cuando uno estudia la interacción entre el texto y la ilustración, muchas veces ésta se propone como aquella entre el texto y la imagen, cuando “imagen e ilustración no son sinónimos, y su diferencia radica en que, frente a la singularidad de la imagen, la ilustración constituye una unidad de comunicación a lo largo de la secuencia narrativa del libro; en definitiva, algo suelto versus algo seriado” (De Amo Sánchez- Fortún 2003: 142).

No pretendo cambiar el planteamiento de los autores ante estos dos conceptos; sin embargo, para poder seguir con la línea del trabajo y lo que se plantee, al hablar de las interacciones, relaciones, y/o dinámicas entre el texto e imagen, como lo manejan ellos, me referiré a la imagen como ilustración.

Existen varias definiciones de ilustración, debido a que se encuentra en diferentes soportes de comunicación, que al final y en su generalidad, lo que hace es comunicar. Nuevamente, Obiols da una definición general de ilustración tomando en cuenta varias de ellas de acuerdo con el soporte donde se encontraban y sus características:

La ilustración es un lenguaje artístico y la razón de su existencia radica en su relación con el texto. Compañero al que clarifica, pero, al mismo tiempo, lo elabora y decora. Y todas estas acciones hacen que la propia ilustración se convierta en una fuente de comunicación al margen del dictado del texto (Obiols 2004: 29).

Con esta definición podemos tener una idea más clara del concepto de ilustración, y debo señalar que el soporte que yo tomo en cuenta al referirme a la ilustración es el libro, en específico, el libro ilustrado y el libro álbum, que pertenecen ambos a la literatura infantil.

Proseguiré con la propuesta de concepto del libro ilustrado y el libro álbum. Algunos estudiosos proponen una diferencia básica entre estos dos tipos de libros: la cantidad de ilustraciones que contienen cada uno en relación con el texto; es decir, una característica básica sería que el libro ilustrado cuenta con más texto que ilustraciones y un libro álbum cuenta con más ilustraciones que texto. No obstante, el número de ilustraciones en cada uno no es la característica principal que los distingue, sino la interacción que tienen las ilustraciones con el texto.[1]

Para sintetizar lo que se ha expuesto hasta el momento, utilizaré las definiciones que propone José Manuel de Amo Sánchez-Fortún, en su libro Literatura infantil: claves para la formación de la competencia literaria, las cuales, a su vez, están tomadas de las propuestas de otros estudiosos:

1. Libro de imágenes: aquel en que aparecen imágenes sueltas, sin relación secuencial entre ellas y en que no existe texto escrito. T. Durán (2002: 85) propone el neologismo “imaginario”.

2. El libro ilustrado es aquel en que se entrelazan la narración verbal y la visual. A su vez, puede dividirse al menos en dos categorías:

2.1. Libro ilustrado propiamente dicho, en el que las palabras llevan la narración primaria, mientras que la imagen es un soporte o elemento decorativo.

2.2. Libro álbum, en el que ambos aspectos (el verbal y el visual) son esenciales para una mejor comunicación (Nikolajeva y Scoot, 2000: 2269).

Debido a que la naturaleza de la ilustración se basa en la relación con el texto, no podemos quedarnos en el nivel de que la ilustración en el libro ilustrado es sólo un elemento decorativo. En algunas ocasiones, la ilustración aporta a la historia aquello que ni ella misma dice, “hace referencia a su contenido, pero se emancipan y nos comunican más cosas” (Obiols 2004: 29). Puede ser por el tipo de texto que no se detiene a una descripción, como en el cuento, pues lo que más lleva peso en la historia son los acontecimientos y hacer descripciones detalladas pausaría el tiempo de la narrativa. En estas ocasiones, el ilustrador podrá, con su trabajo, aportar a dar detalles sobre los elementos que en la narración escrita no se dieron. Un ejemplo es la ilustración de los cuentos clásicos en los cuales muchas veces se describen los personajes con adjetivos generales (hermosa, bello, valiente) que dan licencia al ilustrador para mostrar al personaje como se lo hayan imaginado, lo cual también nos hace, hoy en día, tener varias versiones ilustradas de estos personajes como Caperucita Roja, Alicia, Hansel y Gretel, por mencionar sólo algunos icónicos con más versiones ilustradas. Sin embargo, esto no sólo ocurre con los personajes de los cuentos clásicos, de hecho, en el cuento en general, siendo un género en el cual el narrador no profundiza demasiado en las descripciones, la creatividad del ilustrador puede ser infinita. Por supuesto, debe tomar en cuenta todo el contexto de la historia, es decir, no pondrá a una niña vestida con ropas del s. XIX, cuando la historia toma lugar en Nueva York del siglo XXI.

Por otra parte, las ilustraciones también aportan al conocimiento del lector. Seguimos en la línea del texto que no describe demasiado, y nos enfocamos en este momento en los escenarios. Así como en la historia no puede existir una descripción detallada del personaje y dar concesión al ilustrador para mostrarlo como él se lo haya imaginado, repito, sin dejar de tomar en cuenta el contexto, así existe la posibilidad de que no se haga descripción exacta del lugar en donde se desarrolle la historia, lo cual tal vez al ilustrador le toque o decida trabajar en su obra. Esto podrá aportar al lector el conocimiento de un vistazo al mundo, pues deberá plasmar en su obra aquellos lugares mencionados. Es decir, la historia (el texto) puede sólo mencionar que se desarrolla en Manhattan y no describir esta ciudad, la cual puede ser desconocida para muchos lectores; entonces, la ilustración podría aportar al conocimiento del lector al realizar una estampa del lugar; basta un vistazo del lector a ésta para que tenga un escenario general de dónde se desarrolla la historia.

Ahora bien, en muchas ocasiones se dice que en los libros ilustrados las acciones que representan las ilustraciones son sólo una literalidad de lo que dice el texto. Es cierto, hemos visto que en el libro ilustrado propiamente dicho, en particular, quien tiene la batuta de la narración es el texto y no la ilustración. Sin embargo, el que haya “sólo” una representación de la acción contada ayuda a que exista una consolidación de la acción. Si observamos los libros ilustrados, nos daremos cuenta de que, muchas veces, las ilustraciones que lo acompañan son de pasajes importantes en la historia, lo cual enfatiza ésta.

Con lo anterior, podemos ver que la ilustración nunca será un “simple elemento decorativo”, siempre tendrá algo que aportar: “El ilustrador británico Edward Ardizzone decía que las ilustraciones eran las que elaboraban el texto ya que éste no gozaba de espacio suficiente como para sugerir toda la riqueza que contiene” (Obiols 2004: 26). Y aunque una ilustración de una historia fuera totalmente descriptiva, el trabajo de trasladar las palabras en una imagen ya aportaría belleza al libro.

En el libro álbum, las ilustraciones además de aportar al texto todo lo anterior, son un elemento esencial para la narración. Hay quienes dicen que su característica esencial radica en que es un verdadero matrimonio entre el texto y la ilustración, en donde uno no puede sobrevivir sin el otro. Es decir, que el texto no se entendería sin las ilustraciones y viceversa. No obstante, el libro álbum va más allá de un engrane perfecto de una falta de mención de un acontecimiento en el texto que se diga con la ilustración; o de una ilustración que quiera transmitir algo y que no lo logre hasta no leer el texto. Un libro álbum no es un texto que omite palabras en la historia para que sean identificadas con una imagen, sino que la interacción entre el texto y la ilustración permite tener como resultado “un significado global [de la historia], que sería imposible por separado” (Nodelman, 1988). Y es que: “Hay algo que configura un rasgo característico de lo que hoy consideramos que es un álbum: la interdependencia compositiva que han creado el texto y la imagen” (Teresa Duran 2009: 205).

En un principio el proceso de los libros ilustrados y álbum, en particular, era que el escritor narraba sus historias y las mandaba a un ilustrador para que acentuara las imágenes que quería crear en los lectores. Sin embargo, hay personas que han roto ese proceso. En el siglo XIX, Beatrix Potter era escritora e ilustradora de sus cuentos, en este siglo XXI, hay muchos como ella. Y, por supuesto, el proceso para el autor de estos libros es diferente si se tiene la doble autoría. Teresa Colomer dice en su texto “Veer y leer: Historias a través de dos códigos” que:

Los libros escritos y dibujados por un mismo autor nacen de un proceso creativo singular en el que se realizan el texto y las ilustraciones de forma más o menos simultánea. En este tipo de obras no hay “primero” un texto y “después” unas ilustraciones; hay un todo narrativo en el que los límites entre un componente y otros son difusos, estableciéndose muchas veces relaciones de simultaneidad e interdependencia que difícilmente se encuentran en libros creados por dos personas.

La literatura infantil y la ilustración nunca podrán separase, nacieron al mismo tiempo, por lo menos en el registro de la historia de los libros dirigidos para niños. Y en su estudio y análisis siempre tendrán alguna relación, por mínima que sea.

Cuando los maestros de la facultad nos insistían en pensar en nuestro tema de tesina, creo que la pregunta que más tenía en mi mente era precisamente aquella que me hago cada vez que tomo el metro: ¿hacia dónde me dirijo? Nunca me imaginé que esa tarde que tuve la fortuna de ver a varias personas leer el mismo libro en un vagón del metro, no sólo me dirigía a mi casa, sino a un hogar que había olvidado y ahora reconstruyo con ladrillos de preguntas que cada día van formando un palacio enigmático. Porque la literatura infantil y su ilustración siempre serán enigmas en estudio que se recorren cada vez que se toma la línea del metro de la literatura infantil – ilustración o ilustración – literatura infantil, depende de dónde comencemos nuestro viaje.

 

 

 

 

Bibliografía

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[1] Debido a que este trabajo se enfoca en las ilustraciones que se encuentran en los libros infantiles, al hablar de texto, a partir de este momento, me referiré a aquel perteneciente a la literatura infantil.