El fantástico mundo del señor Anderson

Llamil Brito Mena #18 - Literatura Infantil, Reseñas


Cuando el impulso de jugar repentinamente

invade a un adulto, esto no significa recaída

 en la infancia. Por supuesto jugar siempre

supone una liberación. Al jugar los niños,

rodeados de un mundo de gigantes, crean uno

pequeño que es el adecuado para ellos; en cambio

 el adulto, rodeado por la amenaza de lo real,

le quita horror al mundo haciendo de él una copia

 reducida.

Walter Benjamin

Pienso, entre más reflexiono, que el cine y la literatura infantil han tenido más desavenencias que días soleados. Y es que pareciera indudable que el cine funciona como natural canal para la realización de cada fantasía y espacio imaginario; sin embargo, esta libertad de alguna manera traiciona la parte más fascinante de aquella literatura, la posibilidad de hacer del aura de lo infantil algo mucho más que una anécdota pueril.

Esta breve reflexión no pretende ser un análisis de la agridulce relación entre el cine y la literatura infantil, una misión ya muy estudiada y que conlleva pensar en una filmografía de animación ascética, fallidos ejercicios de adaptación y una apuesta a la tecnología para solventar el talento. Hoy prefiero nombrar a un director que desde su ópera prima y consistentemente, ha pensado en términos que lo empatan con la mejor literatura infantil. Aquella donde adultos y niños conviven en igualdad de circunstancias, es decir, un paraíso donde se vive a partir de otros principios estéticos y se reformulan emociones que vinculan a cualquier tipo de lector (o espectador) de una manera intuitiva e íntima.

Pues existe un universo donde adultos que piensan, o más bien, actúan como niños. Niños que dejan de jugar a ser grandes y logran condensar los momentos más lúcidos para una reflexión sobre la vida. En este universo, un artista como Wes Anderson se desenvuelve con soltura. Su estilo ha convertido a su filmografía en un ecosistema rebosante de vida donde nunca se demerita la historia que se confabula en cada uno de sus parajes; sin embargo, logra superar la irremediable tiranía de la narrativa cinematográfica llevándonos a través de las anécdotas más poderosas que ha aportado toda una generación de cineastas.

Wes Anderson es un director fanático en un estilo y diversos temas, muchos, cercanos a los de la crema y nata de la mejor narrativa infantil norteamericana del siglo pasado, con los cuales se entiende como artista en todo el sentido del concepto. Así pues, podemos encontrar que con Maurice Sendak participa en todas las posibilidades de la imaginación del niño que crea universos para huir de un entorno donde se sabe incomprendido; junto con Charles M. Schulz y Peanuts explora el potencial sarcástico de una infancia donde los adultos no tienen nada que decir frente a la contundencia reflexiva sobre el amor y la vida que hacen los niños; y con Roald Dahl además de una particular vista a la irreverencia y la desobediencia, comparte una obra, la adaptación a Fantastic Mr. Fox. Una historia de familia donde, como en cada giro del director, el fracaso, la ansiedad de todo aquel inadaptado en el circo de la vida; pero sobretodo, una inconvencional relación de paternidad determinan el destino de esta película. Pero aquí, y por primera vez, el director y filósofo texano utiliza la animación para solucionar una fábula donde los personajes centrales son animales que piensan y viven desde la personificación humana, eso sí, sin perder nunca su instinto salvaje. Es este, ante todo, un viaje de texturas, encuadres, colores y movimientos. Un cúmulo de soluciones estéticas para hacer del stop motion una técnica que resuelva el cuidado artesanal que Anderson ha provisto eternamente a cada uno de sus proyectos. Sólo que aquí puesto a disposición de personajes que emulan un mundo de miniaturas y maquetas, donde podemos prácticamente tener una relación táctil.

La anécdota es por demás conocida para los asiduos a la obra de Dahl y para los ya devotos al cine de Anderson: Mr. Fox (en la voz de George Clooney) debate su existencia entre sus obligaciones familiares y su instinto animal, acompañado de una fauna que al igual que él, no están dispuestos a abandonar sus más básicos instintos, consecuentemente, causando disturbios en el mundo de los humanos. La preciosa fábula de Mr. Fox nos conduce a través de una odisea de robos, peleas animales y demás peripecias propias del reino animal, sin embargo, la trama está centrada en la dinámica familiar de la familia Fox, donde el hijo y la esposa del aventurero periodista, exigen una vida doméstica y responsable.        

Fantastic Mr. Fox es tan sólo uno más de las reflexiones desde la noción de infancia que ha hecho Anderson en su carrera. Más que una novedad, el planteamiento desde la literatura infantil es una constante en la filmografía del director quien desde distintos flancos ha convertido a sus personajes en hombres y niños que invierten, subvierten y juegan en sus roles respectivos. Pero más allá de la narrativa, cada película de este autor parece estar confeccionada desde el recuerdo íntimo de una infancia lejana. Desde la banda sonora que constantemente remite a música descatalogada pero vigente en los  recuerdos del niño que fue, hasta la reminiscencia de todo aquel diseño, vestuarios, en fin, imágenes de un pasado no tan lejano. Todo esto se encuentra en la adaptación de Anderson al cuento de Dahl, donde el propio Mr. Fox, en una apuesta tal vez autobiográfica, pretende regresar a los mejores tiempos de su vida, a partir del instinto y la aventura. Pues es esta película una puesta en escena del juego que mejor practica Anderson, el juego de la reminiscencia y la búsqueda de mejores tiempos.

El cine infantil y su insaciable necesidad por moralejas; las adaptaciones cinematográficas a la literatura infantil y su infatigable pretensión por traducir un idioma a un discurso se encuentran completamente ausentes en la perspectiva de Wes Anderson. No es difícil suponer su fascinación por todo aquel autor de libros infantiles que invirtieran el juego pasivo del niño y le concediera la posibilidad de ser un adulto con las mejores virtudes. Tampoco resulta imposible recrear la pasión por cada viñeta donde se exploraran mundos irreales, cuya única condición natural fuera el cuidado y la devoción imaginativa. La seriedad del cine de Wes Anderson es imponente, por momentos desbordante a la simpleza de su perspectiva, pero, ¿Es que Peanuts y Mr. Fox se tomaron alguna vez algo a la ligera?