Iluminar la palabra

Sandra Álvarez Hernández #18 - Literatura Infantil, Artículos

J’avais pour ces gravures un amour extraordinaire;

je les connaissais toutes par coeur (…)

je les attendais cinquante pages à l’avance;

ça me paraissait toujours un miracle de les retrouver.

Jean Paul Sartre, La nausée

 

Nadie pondría en duda que en 1439 Gutenberg cambió al mundo con la invención de la imprenta, a su vez el señor Gutenberg se encontraba en deuda con la civilización fenicia que en el segundo milenio antes de nuestra era inventó el primer alfabeto del mundo. El alfabeto fenicio fue adoptado y modificado por los griegos, y más tarde los romanos lo transformaron en el abecedario latino con el que doy forma a este ensayo. Pero la cuestión se encuentra en la relación que han forjado palabra e imagen a lo largo de todos estos años y que propició el nacimiento de los libros ilustrados.

Los libros existían antes del señor Gutenberg, la diferencia estaba en que se elaboraban uno por uno, en un trabajo lento y cuidadoso, que requería de la mano de más de un artesano. Tener un libro era un lujo en el siglo XIV, sin mencionar que el grueso de la población europea era analfabeta. Algunos de estos libros, objetos preciosos de colección, estaban bellamente decorados. Son famosos los grutescos que serpenteaban por los márgenes de los textos con figuras fantásticas y animales horribles, como aquellos que imaginó el Bosco en su célebre Jardín de las Delicias.[1] Las decoraciones, las letras capitulares, la hermosa caligrafía cuidadosamente elaborada, hacían de estos textos, obras de arte. Y eso sin contar el fino papel hecho a mano, la encuadernación en cuero y, en ediciones opulentas, los folios enmarcados con delicados filos dorados.

Lo cierto es que la imprenta convirtió este elaborado arte en lo que es hoy en día, una industria de material inagotable y poca calidad. Se podían elaborar numerosas copias de un mismo texto en poco tiempo y por menos dinero. Gracias a la imprenta la lectura dejó de ser un lujo para pocos, y los libros, con el paso de los años, se convirtieron en cosa de todos. Dentro del reducido y privilegiado público que gozaba de los libros elaborados a mano, la estética de la imprenta tuvo un recibimiento desfavorable. La gente que podía comprar un libro a la usanza antigua, lo hacía, por lo que los dueños de las imprentas idearon la manera de satisfacer a ambos públicos. Se imprimían volúmenes con el cuerpo del texto, pero se dejaba el espacio vacío para después dibujar las letras capitulares y los márgenes, de modo que aquellos clientes adinerados pudieran más tarde mandar a decorar sus libros. Algunos se quedaron con los espacio vacíos.

Por otra parte, las imágenes se elaboraban de manera mecánica desde hacía mucho tiempo. La civilización sumeria en el tercer milenio antes de nuestra era ya elaboraba unos cilindros de piedra que al rodar sobre arcilla blanda grababan sus diseños.  Se sabe que los chinos fueron los primeros en imprimir imágenes sobre tela, técnica que comenzaron a utilizar los europeos alrededor del 1300, pero la xilografía como tal, aplicada sobre papel se convirtió en una moda hasta el 1400 en occidente.

La imprenta de Gutenberg debe mucho a la mecánica de los grabados con madera, funcionaba a base de una serie de letras grabadas que se acomodaban sobre una plancha que se podía repetir varias veces. Unir letras con dibujos no era entonces una cuestión de dificultad mecánica, sino intelectual. ¿Bajo qué razón haría falta imprimir unas junto a las otras?

El primer libro ilustrado del mundo se imprimió bajo el título Meditaciones, de autoría del padre Turrecremata en 1467 en Roma. Las imágenes elaboradas expresamente para acompañar al texto que contenía los sermones del clérigo, eran copias de los frescos que decoraban la iglesia de Santa María de Minerva, donde el autor fungía como sacerdote. La decisión de añadir estas imágenes al texto se debía al papel que desempeñaban como apoyo al discurso del orador en las misas celebradas dentro de la nave eclesiástica.[2] De ahí el origen de la palabra ilustrar, que viene del latín illustrare que quiere decir dar luz sobre algún asunto. En la oratoria latina equivalía a la figura retórica griega de la enargeia, que consistía en dar fuerza al discurso de manera que mostrara a los ojos lo que se estaba diciendo.

Así, a modo de una metáfora, figura poética por excelencia, las imágenes comenzaron a tomar características que antes sólo se le habían otorgado a la palabra. Los diseños que acompañaban los textos tenían la función de recibir algo que no era propio de su naturaleza, como si las imágenes soportaran el peso del verbo para llevarlo a otro lugar: al deleite visual, a la comprensión pictórica o a enriquecer la experiencia lectora. Los primeros libros ilustrados gozaban de una belleza única. Tal es el caso de la Hypnerotomachia Poliphili,[3] bien llamado por los bibliófilos: el libro más bello del Renacimiento Italiano.

Se publicó por primera vez en una de las imprentas más famosas del siglo XV en Venecia, bajo el cuidado del célebre Aldo Manuzio. Su texto de naturaleza hermética estaba acompañado de 117 xilografías de calidad impecable. Por ejemplo, el arte del grabado requiere de mucho cuidado en la técnica de su elaboración. El grabado tallado en la plancha debe tener entre todas sus líneas la distancia adecuada para que al momento de agregar la tinta no se encimen una con la otra, y que al mismo tiempo no sea tan amplia como para provocar que el folio por su mismo peso toque la tinta sobre la plancha y se manche. Las xilografías de las aventuras de Polifilo debieron haber implicado un grado de dificultad mayor para sus impresores, no obstante, en gran parte de los ejemplares que conservamos, las ilustraciones son de calidad óptima.  A esto se suma por supuesto la belleza del texto como elemento tipográfico que resalta en el acomodo de los párrafos, rematados en muchos casos con detalles y las hermosas letras capitulares que imitan aquellas que se dibujaban a mano antaño.

Pero la clave de la celebrada belleza de Polifilo se encuentra en los paisajes descritos en su texto y seleccionados para su diseño en las modestas planchas. Entre ellos se encuentra el mismo Polifilo primero caminando por un oscuro bosque y más tarde, en otra plancha, dormido bajo un árbol. También una magnífica pirámide coronada por un obelisco y otros caprichos arquitectónicos, una serie de jeroglifos y acertijos pictóricos, cuatro triunfos comparables a aquellos de Alberto Durero, entre otros.

Aún contándose un centenar de estos diseños en un libro de sólo 477 páginas, las aventuras de Polifilo no se encuentran ilustradas en su totalidad. Si alguien se diese a la tarea de enumerar las incontables escenas dignas de retrato dentro del viaje de Polifilo, probablemente hallase que se trata de la mayoría aquellas que no gozan de un referente pictórico.

Este hecho puede deberse a una cantidad muy variable de razones. En primer lugar al talento del ilustrador, su comprensión de la obra o su relación con el autor del texto. En segundo lugar, del tiempo disponible para la elaboración de las planchas, así como el presupuesto acordado. En tercer lugar, de la disposición del impresor al arte de la xilografía. Podríamos añadir como cuarto factor el gusto del público a quien estaba dirigido e incluso, aquello que se haya buscado ocultar en un mundo censurado por la Santa Inquisición. Lo cierto es que el caso de la Hypnerotomachia Poliphili es común entre los libros de su época e incluso los posteriores. No todas las escenas podían ser retratadas, los libros estaban destinados a las palabras. Pasaría mucho tiempo todavía para que eso cambiara.

En los primeros libros ilustrados se debían seleccionar con cuidado las escenas que se iban a diseñar. Además era necesario acomodar el texto en las planchas de modo que las imágenes se localizaran cerca de la narración de los mismo sucesos. Pocas fueron las ediciones con el cuidado de la Hypnerotomachia, otros muchos volúmenes contenían imágenes dispersadas alrededor de párrafos entre los que era necesario buscar sus referentes.

Comprendí el encanto de nuestros libros ilustrados modernos a color, con pop-ups páginas lustrosas, e incluso recuerdo una edición de Caperucita Roja en holograma de mi infancia, gracias al libro de Jean-Paul Sartre, la Nausea.[4] Sartre siempre me había parecido un autor de esos que en cuentos como el de Alicia, nos dicen que son serios y que consideran que las ilustraciones son para niños chiquitos y que los volúmenes serios deben de prescindir de ellos. La Nausea fomentó en mí una admiración mayor al celebrado autor francés.

Amy, el objeto del amor del protagonista de la Nausea, es un ser inexplicable a lo largo de la narración, siempre con peticiones extrañas que involucran unas situations privilégiées incomprensibles. La relación amorosa entre el narrador y ella no funcionó simplemente porque él no sabía reconocer los moments parfaits que hacía falta cultivar. En los pasajes finales de la historia la situación se aclara gracias a  la Histoire de France de Jules Michelet, cuyos diversos tomos fueron publicados en el siglo XVII y que, como describe Amy, sus ilustraciones se encontraban hasta cincuenta páginas alejadas de su referente textual. En la infancia, esto la había hecho pensar que al ser pocas y mal distribuidas, se trataban de situaciones privilegiadas, sólo ellas eran dignas de ilustración. Por ejemplo normalmente se mostraba la coronación de un rey o el lecho de muerte de algún protagonista de la historia. Ser rey sin duda era una situación privilegiada, así como morir, lujo que sólo podemos darnos una vez en la vida. Amy había crecido buscando los momentos perfectos que de ser correctamente escenografiados, podían convertirse en situaciones privilegiadas. Sobra decir que una de ellas era el amor, y que una tarde frente al Sena tomados de la mano hubiese sido digna de ilustración.

Estos primeros libros ilustrados provocaban diferentes reacciones. También Heinrich Schliemann, arqueólogo alemán, en su autobiografía afirma deber a un volumen ilustrado de Historia Universal para niños de Ludwig Jerrer su determinación a hallar la ciudad de Troya. Cuando tenía sólo siete años le regalaron este volumen en el que se dibujaba a Eneas con su padre sobre la espalda y su hijo tomado de una mano,  huyendo de una Troya en llamas. El joven Heinrich asumió que si alguien había podido retratar la ciudad, era porque había existido.[5] Gracias a este suceso hoy sabemos que los poemas homéricos tienen un fundamento histórico.

Los libros ilustrados como los conocemos hoy en día están en deuda con una larga tradición que involucra desde las primeras civilizaciones mesopotámicas, la retórica griega, el arte de la imprenta y otros tantos factores que no tienen cabida en este pequeño ensayo. Por otra parte, debemos a los libros ilustrados, además de los descubrimiento micénicos de Schliemann, toda una forma de pensamiento que apreciamos gracias a su expresión que nos ilumina a blanco y negro o a todo color.

En nuestros días los libros ilustrados no han dejado de ser una situación privilegiada en sí mismos. Aunque hoy contemos con una oferta incalculable entre colores, papeles y otros materiales, que una historia encuentre el equilibrio perfecto entre texto e imagen depende de muchos factores. Por ejemplo resultan indispensables los momentos importantes y su correcta representación para lograr que una ilustración sea más que un simple dibujo, puesto que el arte, sin importar la técnica, el tiempo o el espacio,  se encuentra en saber iluminar la palabra.


[1] Hieronymus Bosch, el Bosco, El Jardín de las delicias, pintura al óleo sobre tabla, 1500-1505, Museo del Prado, Madrid.

[2] Alfred W. Pollard, Italian Book Illustrations, London, Seeley and Co. Limited, 1894, p. 17.

[3] La autoría tanto del texto como de los grabados es incierta. Por mucho tiempo se adjudicó a un Francesco Colonna mencionado en un acróstico formado por las letras capitulares del libro. Existen amplias investigaciones publicadas a causa de una disputa académica entre Giovanni Pozzi y Mauricio Calvesi que se pueden consultar. Lo único cierto es que este libro apareció bajo el título Hypnerotomachia Poliphili, ubi omnia humana non nisi somnium esse ostendit, atque obiter plurima scitu sanequam digna commemorat en la imprenta de Aldo Manuzio en Venecia en 1499.

[4] Jean Paul Sartre, La nausée, Paris, Gallimard, 1938.

[5] Heinrich Schliemann, Autobiografía, Madrid, Almuzara, 2010.