Imágenes que invitan a pensar: el “libro álbum sin palabras” y la respuesta lectora

Evelyn Arizpe Solana #18 - Literatura Infantil, Artículos

Dentro del conjunto de obras que se consideran como “literatura infantil y juvenil”, el libro álbum es uno de los ejemplares más sofisticados e innovadores ya que extiende una excepcional invitación al lector a terciar en un complejo juego entre la palabra y la imagen. Si acepta la invitación, el lector debe atender a los diversos elementos semióticos ofrecidos por el autor/ilustrador, crear puentes y llenar vacíos en una labor interactiva y recursiva de construcción de significados. ¿Pero qué sucede cuando un libro álbum no tiene palabras, es decir, cuando, aparentemente, el juego sucede sólo con las imágenes? ¿Cómo logra el lector reconstruir la historia plasmada sin el apoyo de un texto escrito? Este ensayo abordará estas preguntas, en primera instancia, a partir de reflexionar sobre la relación entre la palabra y la imagen que define el libro álbum y el “lector implícito”[i] y, en segunda instancia, a partir de lo que sabemos sobre el proceso lector a través de estudios con lectores “reales”.

Desde un principio, cabe señalar que este ensayo se basa en la convicción de que el libro álbum, con o sin palabras, puede ser uno de los mejores “maestros” para desarrollar la competencia visual. Esta competencia visual se entiende  aquí como el potencial de entender una imagen con profundidad y apreciarla de forma más consciente y quizá crítica, a través de un compromiso activo con un proceso interpretativo que a su vez incrementa y enriquece esta competencia. Por ende, cuantos  más encuentros tenga un lector con los libros álbum, será más capaz de comprenderlos y de extender esta comprensión a otros textos, tanto visuales como escritos (por supuesto que si se agrega a la lectura la intervención avisada de un mediador – padre, maestro, promotor de lectura- los encuentros pueden ser mucho más beneficiosos). Cuando el libro álbum presenta sólo imágenes, el compromiso del lector tiene que aumentar ya que deberá mirar con más cuidado, reflexionar más profundamente y colaborar más de cerca con el ilustrador, aprendiendo, de esta forma, algo más sobre el proceso creativo y el oficio del artista y del escritor.

El libro álbum: un género único

Al igual que otros tipos de literatura para niños y jóvenes, alrededor del libro álbum ha surgido una escuela crítica que incorpora ideas de la teoría literaria “para adultos” pero que extiende estas teorías a una literatura que se diferencia por las características del destinatario lector. En otras palabras, el hecho de que sea un adulto el que escribe para niños, en lugar de que un niño escriba para niños (tal como son los adultos los que escriben literatura para adultos), es lo que define a la literatura infantil y por lo tanto requiere de una perspectiva analítica particular. Esta perspectiva ha destacado el potencial literario de la literatura infantil y juvenil, ya que además de abordar una temática amplia, son frecuentes los estilos experimentales y lúdicos que incluso abarcan complejos recursos retóricos como la ironía y la parodia. En torno al libro álbum, esta crítica es realmente única ya que este tipo de literatura no tiene equivalente en la literatura “para adultos” y además presenta algunas de las formas más novedosas y variadas gracias a las múltiples posibilidades de interacción entre las palabras y las imágenes (es cierto que la novela gráfica y el cómic presentan algunas de estas características pero son géneros con cualidades muy particulares, como el uso de viñetas, globos o bocadillos y onomatopeya).

Cabe recordar que hay muchos libros con ilustraciones, pero que no todos se definen como libros álbum. En un libro álbum el texto e imagen no sólo son interdependientes sino que en la dinámica de su relación existen vacíos que invitan al lector a usar su imaginación. Los mejores autores dejan espacios a través de los cuales retan a los lectores a pensar, a ir de lo esperado a lo inesperado, de lo literal a lo metafórico. En inglés, es cada vez más frecuente ver la palabra compuesta “picturebook” porque refleja la idea de un artefacto integral que se distingue de  un “picture book” (dos palabras), es decir, un libro con imágenes. El término en español, “libro álbum”, logra capturar algo de esta esencia íntegra: es un libro (palabras) pero también un álbum (imágenes). Una de las definiciones más citadas en inglés, de Barbara Bader, captura muy bien esta esencia (a pesar de que todavía divide el término en inglés en dos palabras):

Un libro álbum es texto, ilustraciónes, diseño total; es obra de manufactura y producto comercial; documento social, cultural, histórico y, antes que nada, es una experiencia para los niños. Como manifestación artística, se equilibra en el punto de interdependencia entre las imágenes y las palabras, en el despliegue simultáneo de dos páginas encontradas y en el drama de darle la vuelta a la página.[ii]

Los críticos expertos en literatura infantil y juvenil que más han aportado a dilucidar esta  definición, explicando con detalle el funcionamiento del libro álbum son Perry Nodelman (1988), Maria Nikolajeva y Carole Scott (2001) y David Lewis (2001). Sus observaciones ayudan a comprender la naturaleza lúdica, irónica, alusiva y a veces ambigua del libro álbum, las diversas formas de interdependencia entre texto e imagen y su capacidad para crear significados en un lenguaje alternativo. También ayudan a comprender cómo construyen al lector. El argumento de Nodelman resalta que esto tiene consecuencias no sólo educativas sino socio-culturales: “Como artefactos de nuestra propia cultura, los libro álbum requieren y ayudan a construir lectores y espectadores que tomarán su lugar en esa cultura”.[iii]

Nodelman continúa con un análisis de las características del lector implícito de un libro álbum: es un niño con conocimientos sobre las convenciones de un libro, de la narrativa y del mundo y, cuando se involucra activamente en el proceso de desciframiento, es capaz de encontrar el sentido de los signos presentados tal como fue la intención del creador. Por supuesto que sólo un lector “ideal” podrá concretizar todos los signos pero los creadores suelen ofrecer “pistas” y otros apoyos para que un lector “real” encuentre significados, incluso más allá de los que el creador ha imaginado. Como sugiere Nodelman, tanto las imágenes como el texto escrito son el resultado de contextos sociales, históricos e ideológicos (y del lugar del niño y el concepto de “infancia” dentro de estos contextos) y las respuestas de todo lector o espectador, a cualquier obra literaria o artística, son informadas por vivencias previas que incluyen experiencias y expectativas de prácticas letradas. En el libro álbum, las imágenes atractivas y las palabras cautivadoras revisan y extienden estas experiencias y conocimientos por medio de las ideas y sensaciones nuevas suscitadas por la exploración del lenguaje visual, los vínculos intertextuales y culturales y las emociones que los acompañan.

A estas alturas de la discusión sobre el libro álbum suele surgir la duda respecto a la capacidad de los niños para comprender los juegos, alusiones y recursos literarios de los libros más complejos. Las investigaciones que se han llevado a cabo sobre la respuesta lectora al libro álbum[iv] nos han mostrado que los niños traen cierta competencia visual a su lectura y que, con el apoyo del mediador o a través de encuentros frecuentes con los textos, pueden comprender elementos sofisticados. Olvidamos que están rodeados de un mundo visual y participan en prácticas visuales – ya sea a través de los medios, los videojuegos y las redes digitales – que implican descifrar y crear significados a través de la imagen. Los mejores libros álbum son los que enseñan al lector a través del placer y la interacción lúdica y a pesar de no tener la terminología para describirlos, los niños aprenden rápidamente cómo funcionan esos recursos. Estos libros álbum reflejan el respeto del autor/ilustrador hacia su lector y se distinguen de aquellos que los infantilizan a través de historias sentimentales y moralizantes y dibujos simplistas y pueriles.

 

La ausencia de palabras y el lector implícito

Pero volvamos a la pregunta ¿qué pasa cuando no hay palabras y sólo una serie de páginas con imágenes? Un “libro álbum sin palabras” puede definirse como una narración donde la imagen visual carga el peso del significado y donde la ausencia de palabras no es un simple artificio, sino es relevante y concuerda con la historia y la temática.[v] Según esta descripción, el lector no se encuentra solamente con las imágenes sino con los espacios de las palabras ausentes y esto tendrá un impacto crucial en su proceso de mirar, leer y crear significados. Por parte de los autores/ilustradores de estos libros, la decisión de no incluir texto escrito no es una que  ha sido tomada a la ligera; de hecho, es una decisión que involucra mucho más trabajo de su parte porque no pueden valerse de ciertas facilidades que ofrece el lenguaje, como por ejemplo comunicar más directamente los pensamientos y emociones de los personajes. Además, tienen que procurar que la invitación al lector sea apoyada por recursos visuales como los colores, la línea, la perspectiva y  el diseño de la página, junto con algunas “pistas” que le ayuden a construir la historia.

El libro álbum “sin palabras” comienza a aparecer con más frecuencia a partir de  mediados del siglo XX y en las últimas dos décadas, artistas destacados han experimentado con este formato. Varios de ellos han obtenido premios por sus obras, por ejemplo Raymund Briggs, Mitsumasa Anno,  Quentin Blake, Tord Nygren, Istvan Banyai, Juan Gedovius, Shaun Tan, Suzy Lee, Chris Rashka, Barbara Lehman, Béatrice Rodriguez y Jerry Pinkney. Gabriel Pacheco, ilustrador mexicano reconocido y receptor de varios premios y menciones,[vi] y Magdalena Armstrong Olea, ganadora del XIV Concurso de Álbum Ilustrado A la Orilla del Viento, han hecho incursiones recientes en el terreno del “libro álbum sin palabras”. Bastan estos dos ejemplos para mostrar cómo el talento sus creadores ha producido obras distintas en cuando a recursos y técnicas visuales pero que logran abrir sendos espacios lúdicos donde el lector puede compartir el arte de contar sin palabras.

 

La bruja y el espantapájaros, de Pacheco, ofrece al lector un sugerente repertorio de suntuosos tonos azules y grises que, junto con las texturas, la perspectiva y las formas invitan al lector a adentrarse en un ambiente misterioso y evocador, donde se lleva a cabo el encuentro entre una bruja excéntrica y un espantapájaros solitario. El ilustrador coloca pequeñas pistas en las imágenes – un pájaro, una hoja roja, una bufanda- para señalar la construcción de una historia pero también deja vacíos y preguntas que tenemos que llenar con nuestra imaginación ¿por qué es distinta esa bruja? ¿a dónde van las demás brujas? ¿por qué sucedió la transformación del espantapájaros? ¿qué hace el pájaro con la hoja roja en el pico? ¿alcanzó la bruja a sus compañeras o decidió cambiar de dirección?

Trapo y rata, de Armstrong Olea, presenta un fuerte contraste con el libro de Pacheco tanto en el formato, los colores y el trazo de lápiz fino como en la multitud de detalles que enmarcan el ir y venir de los personajes. Incluso las palabras del título están formadas por objetos que añaden al signficado del la historia. Hay que mirar atentamente para encontrar los juegos y las bromas y para “leer” las emociones de los personajes, uno de los cuales ni siquiera presenta un rostro. A pesar del evidente triunfo contra los gatos, también nos surgen preguntas: ¿cuál es la relación entre la rata y el personaje con el trapo en la cara? ¿qué sucedió con la cucaracha? ¿volverán los gatos?

Sin embargo, incluso hoy en día hay quienes nunca han visto un “libro álbum sin palabras” y se sorprenden de que existan. Quizá una de las razones por las cuales estos libros no son más conocidos o populares es que algunos padres y maestros los consideran sólo para niños muy pequeños que no saben leer (y por lo tanto no necesitan texto escrito). Si se tiene la creencia de que el propósito de un libro es enseñar a leer, ¿qué utilidad tiene un libro sin palabras? ¿Qué pueden aprender los niños? Además, ¿cómo es posible leerlo, si no hay nada que “leer”? Resulta irónico, por lo tanto, que algunos maestros, investigadores y otros profesionales de la educación los usen para apoyar el desarrollo del lenguaje y otras competencias, por ejemplo, para aprender un nuevo idioma o con niños con alguna forma de discapacidad .[vii] Además, como señalan Bosch y Duran, “Si entendemos la lectura como una forma de descodificación e interpretación de signos, los álbumes sin palabras también se leen.”[viii]

Por supuesto que es casi imposible encontrar un libro álbum que no tenga algunas palabras: en la portada (título y nombre del autor), en la contraportada o en las imágenes mismas, incorporadas en el nombre de una tienda, de una calle o en un cartel publicitario (en el libro de Pacheco, el sonido del monociclo de la bruja se traduce en la palabra escrita “Scritch”). Es por esto que en inglés se les conoce a veces como “nearly wordless picturebooks”. En español se utiliza el término “libro álbum sin palabras” y a veces también “lectura de imágenes” y los italianos usan un término en inglés, “silent books”. Esta idea del libro “silencioso” o “mudo” sugiere que es el lector quien tiene que aportar la “voz”. Así como el creador de la obra requiere toda su habilidad como artista y cuentista para ofrecernos una historia, el lector tiene que valerse de todas sus competencias narrativas, visuales y hasta dramáticas para darle esa voz al texto visual. 

 

Pensar como lectores y creadores

Las investigaciones[ix] que se han llevado a cabo sobre la respuesta lectora al “libro álbum sin palabras” ayudan a iluminar tanto la naturaleza de este tipo de obras como este proceso lector. Generalmente hay una sorpresa inicial ante la falta de la palabra escrita, pero cualquier preocupación acerca de esta ausencia tiende a desaparecer con rapidez cuando el lector se da cuenta de la libertad que esta ausencia le ofrece – y comienza a disfrutar de sus posibilidades creativas. Por supuesto que la destreza del lector para tejer la historia dependerá de sus prácticas letradas, de su experiencia previa con libros álbum, con o sin palabras, y también de la mediación que se le proporcione.

A pesar de que todo libro álbum exija un cierto grado de co-autoría, el “libro álbum sin palabras” es quizá el formato más exigente y la participación del lector debe ser por lo tanto mucho más activa.  En este proceso tienen que entrar los conocimientos previos y el bagaje cultural del lector, como también sus sensaciones y emociones. El proceso se guía por las preguntas “¿qué me hace sentir?” y “¿qué me hace pensar?”. El nivel de complejidad de los elementos visuales, por ejemplo el orden cronológico, determinará la sofisticación necesaria para el rol de co-creador. Esto significa un ritmo de lectura distinto, más pausado y concentrado y probablemente varias re-lecturas. Dado que el lenguaje verbal está ausente, el lector tiene que valerse de las herramientas proporcionadas por el único sistema semiótico, esto quiere decir atender a los elementos que ofrecen significados connotativos en el lenguaje  artístico. Implica poner más atención a los elementos gráficos, buscar los indicios y distinguir los vínculos que parezcan ser más significativos, hacer conexiones entre las secuencias en la página y de una página y echar mano de experiencias intertextuales. Significa crear hipótesis a través de expectativas y predicciones y revisarlas constantemente. Requiere identificar relaciones entre los personajes e inferir estados emocionales. Al hacer un papel más autónomo el lector también tiene que confiar más en sí mismo y tomar más riesgos pero también tolerar  ambigüedades. El resumen que hace Nières-Chevrel al referirse a la lectura de un “libro álbum sin palabras”, L’Orage (La tormenta) de Anne Brouillard,  puede aplicarse a casi cualquier libro álbum en este formato: “El libro exige toda la atención por parte del lector; quien debe afrontar los enigmas, construir hipótesis sobre la relación entre las imágenes y aceptar que no puede comprenderlo todo.”[x]

En una reciente investigación, Travesías Visuales,[xi] obtuvimos evidencia de este proceso. En este proyecto, realizado en cuatro contextos internacionales  – Glasgow, Barcelona, Arizona y Bologna – niños inmigrantes entre 10 y 12 años de diversos países leyeron dos “libros álbum sin palabras”: Flotsam (Flotantes) por David Wiesner (2006) y The Arrival (Emigrantes) por Shaun Tan (2006).  En un principio les pareció extraño que no hubiera palabras pero pronto se dieron cuenta de que  su lectura tendría que ser distinta y que la información para armar la historia tendría que venir de las imágenes y por lo tanto, se dedicaron a mirarlas con cuidado. Además de discutir las obras de Wienser y de Tan y de responder a través de una serie de estrategias visuales[xii] tuvimos conversaciones con los chicos sobre la naturaleza de un “libro álbum sin palabras” y de lo que implicaban para el proceso lector. Uno de los chicos en Glasgow, Ali (originario de Afganistán) nos dijo que las palabras no eran necesarias porque las imágenes “van directas a tu cerebro”. En casi todos los contextos del estudio los niños mencionaron las palabras “pensar”, “adivinar” e “imaginar”. Sostuvieron que la intención del autor era hacerlos  “pensar más”. Se refirieron a la necesidad de mirar con detenimiento y de tomarse tiempo para reflexionar. Otro comentario similar en todos los contextos fue la idea de “hacer tus propias palabras o tu historia”, reflejando así su percepción de la participación activa exigida por el texto visual. Las respuestas de los lectores también mostraron que al encontrarse sólo con las imágenes sentían que se les permitía un margen más amplio de interpretación y que la responsabilidad de la voz narrativa les era delegada. Comenzaron a participar de manera más activa pero también lúdica, tanto física como verbalmente, supliendo las palabras ausentes a través de monólogos y diálogos, con su propia voz, con gestos y movimientos dramáticos.

Mi intención en este breve ensayo es mostrar el potencial del “libro álbum sin palabras” para apoyar la competencia visual de sus lectores y estimular su participación como creadores, no sólo de textos sino de mundos posibles. Incluso pueden fomentar la reflexión sobre la actividad misma de lectura y sobre los cambios que exigen los nuevos textos digitales. Esto puede lograrse con niños de todas edades siempre y cuando la invitación que se extienda sea abierta, flexible y respetuosa de la actividad lectora. En el caso de nuestra investigación con niños inmigrantes, abrimos espacios para valorar y ampliar  experiencias lectoras y la intervención de los mediadores ayudó en este proceso.

Sin embargo, por razones históricas que tienen que ver con el aprendizaje y las formas de poder que tienden a reproducirse en la escuela, la palabra escrita se considera de más peso y autoridad que la imagen. Estamos acostumbrados a depender de la palabra para otorgar validez a nuestra interpretación de un texto. Esto lo pudimos constatar en nuestra investigación, sobre todo cuando al final del estudio, Claude  (un chico en Glasgow originario del Congo) le pidió a los investigadores que le trajeran la versión de Emigrantes “con las palabras” para verificar la lectura de las imágenes hecha por el grupo de alumnos. Justamente es lo que dice Shaun Tan sobre :

No hay una guía para interpretar las imágenes, lo cual puede ser algo muy liberador. Las palabras tienen un tirón gravitacional asombroso sobre nuestra atención  y sobre cómo interpretamos las imágenes que los acompañan, como las leyendas debajo de una foto en la prensa. Sin palabras, una imagen puede invitar mucha más atención del lector que de otra manera alcanzará la oración más cercana y le permitirá gobernar su imaginación. (mi traducción)[xiii]

La experiencia vivida a través del “libro álbum sin palabras” puede apoyar el desarrollo de un niño de una forma significativa, no sólo como lector sino también como ser humano porque le proporciona un espacio flexible en el cual imaginar, reflexionar y crecer en su entendimiento tanto de la palabra y la imagen, como de sí mismo y los demás. Haciendo eco de muchos de los otros lectores participantes en Travesías Visuales, Hassan (en Glasgow, originario de Somalia) concluyó: “(el autor) está tratando de que pienses por ti mismo cuáles deben ser las palabras”.

Bibliografía

Arizpe, E. (2010) “Minority Voices Create Words for Wordless Picturebooks”.  Paper presented at the 32nd International Board on Books for Children and Young People IBBY Congress, Santiago de Compostela. http://www.ibby.org/index.php?id=1066

Arizpe, E. (2013) Meaning-making from Wordless (or Nearly Wordless) Picturebooks:  What Educational Research Expects and What Readers Have to Say, Cambridge Journal of Education 43 (2). 163-176

Arizpe, E. y Styles, M. (2004) Lectura de imágenes: los niños interpretan textos visuales, México: Fondo de Cultura Económica.

Arizpe, E., Colomer, T. y Martínez-Roldán, C. (en prensa). Visual Journeys through Wordless Narratives: An international inquiry with immigrant children and The Arrival.  Bloomsbury Academic.

Bosch, E. y Duran, T. (2009). OVNI: un álbum sin palabras que todos leemos de manera diferente .  AILIJ Anuario de Investigación de Literatura Infantil y Juvenil, 7 (2), 39-52.

Crawford, P. A. y Hade, D. D. (2000). Inside the picture, outside the frame: Semiotics and the reading of wordless picture books. Journal of Research in Childhood Education, 5 (1), 66-80

Iser, Wolfgang. 1987. El acto de leer. Taurus.

Lewis, D. Reading contemporary picturebooks. Picturing texts. London: Routledge Falmer, 2001.

Nikolajeva, M. y Scott, C. (2001). How Picturebooks Work. London: Garland.

Nières-Chevrel, I. (2010). El poder narrativo de las imágenes: El caso de L’Orage (La tormenta) de Anne Brouillard. En T. Colomer, B. Kümmerling-Meibauer y C. Silva-Díaz (Eds.) Cruce de miradas: Nuevas aproximaciones al libro álbum. Banco del Libro – Gretel.

Nodelman , P. (1988). Words about pictures. Athens: University of Georgia Press.

Nodelman, P. (2000). ‘Pleasure and Genre: Speculations on the Characteristics of Children’s Fiction’. Children’s Literature, 28 (1),  1-14.

Pantaleo, S. (2005), ‘Young children engage with the metafictive in picture books’. The Australian Journal of Language and Literacy, 28 (1) 19-37.

Pantaleo, S. (2007). “How could that be?”: Reading Banyai’s Zoom and Re-Zoom. Language Arts, 84 (3), 222-233.

Sipe, L. (2008) Storytime: Young Children’s Literary Understanding in the Classroom, Nueva York, Teachers College Press.

Tan, S. (2009). Silent Voices: Illustration and visual narrative. Colin Simpson Memorial Lecture. http://www.asauthors.org/lib/images/ColinSimpson/2009/Colin_Simpson_2009_Shaun_Tan.pdf


[i] Iser 1987.

[ii] Bader 1976, citada en Arizpe y Styles 2004, p.43.

[iii] Nodelman 2000,  p.41.

[iv] Por ejemplo Arizpe y Styles 2004,  Sipe 2008 y Pantaleo 2005.

[v] Nières-Chevrel 2010, p. 143.

[vii] Se pueden encontrar algunas referencias bibliográficas en Arizpe 2013

[viii] Bosch y Duran 2009, p. 40.

[ix] Por ejemplo: Crawford y Hade 2000; Pantaleo 2007; Bosch y Duran 2009; Arizpe, Colomer y Martínez-Roldán (en prensa).

[x] Nières-Chevrel 2010, p. 143.

[xi] Arizpe, Colomer y Martínez-Roldán (en prensa).

[xii] Arizpe 2010.

[xiii] Tan 2009.