Siesta: gestación y alumbramiento II

Nadina Rubiños #18 - Literatura Infantil, Dossier

Siesta es un libro de imágenes crudas tomadas del natural de mi pequeña Violeta durmiendo. Surgió como una necesidad imperiosa en un momento de mucha confusión. Necesité hacerlo. Tras la llegada de mis hijos, mi vida dio un giro tan rotundo, que me sumió en una crisis profunda. Hubo cambios estructurales, vistos por el mundo, en mi cuerpo, pero silenciosos en mi psique, que decantaron por un lado, en un renacer auténtico de mi persona y por el otro, en la creación trazo a trazo de las páginas de Siesta.

Violeta es mi segunda hija, y ser madre de nuevo me traía los recuerdos de las privaciones vividas a partir del nacimiento de mi primer hijo. Me llevó mucho tiempo aceptar lo que sentía: incomodidad al principio, porque algo no se ajustaba a lo esperado; angustia, por no sentir la felicidad completa que uno supone que ser madre le hará sentir y, finalmente, culpa, cuando entendí el por qué de mi ahogo. ¿Cómo podía ser que no sólo siendo madre de uno, sino de dos hijos, no fuese profundamente feliz? Yo misma no podía asumir lo que me pasaba. Pero así era, debía aceptar que la maternidad no lo era todo para mí. En mí día a día, todo se sucedía como una mimesis del día anterior, en un cansancio y un tedio insoportables. Mi voluntad se hallaba muda, olvidada. Sólo accionaba ante la demanda de mi cría, de día y de noche, con fiebre, hambre o frío. Pero mi momento iba a llegar, debía recuperarme, hacerme de mí, rehacerme.

En el dibujo también había un defasaje porque aunque no lo había dejado del todo, lo que dibujaba por entonces era la repetición de una repetición de una imagen de mi adolescencia. Mi dibujo representaba el pasado; era añejo, irreal, muerto. Dibujaba porque intuía que ese era el camino para acomodar estos cambios, pero era solo mi mano la que lo hacía, mi alma no estaba ahí. Entonces, la imagen que resultaba era engañosa, plagiada, vacía de quien realmente era. Yo había cambiado —mi cuerpo fue durante meses el reflejo de todos esos cambios— y me proponía adueñarme de ellos. Debía emprender una doble tarea: recuperar la autenticidad en mis trazos y reconocerme en esta nueva realidad. Dicho de otro modo, volver a plasmar en el papel una imagen que me represente tal y como me sentía en este momento. Recién cuando ajustase mi imagen psíquica a la nueva realidad,  podría ser yo, otra en mi arte. Y ese ajuste sería posible a través del dibujo. Debía entender para dibujar y sólo dibujando entendería. Esta sería la herramienta a través de la cual conseguiría superarme.

Y fue en esa bruma hogareña, con la limitación y el amor que esto implica, donde se vio venir. Se asomó lo inevitable. Un cambio, un despertar, un hacer nuevo. Siesta se gestaba en idéntica imitación a como lo había hecho Violeta unos meses antes. Mi entendimiento, atrasado, necesitaba revivir a conciencia ese crecimiento, ese desarrollo de lo nuevo en mi cuerpo, para poder instalarme ahora sin incomodidad, ni angustia, ni culpa en este incipiente transcurrir. Gestar, construir, plasmar, armar, alimentar, generar, hacer crecer, conseguir que los trazos, como otrora las células, se reprodujeran libremente sobre las futuras páginas de Siesta. Pero esta vez con mi voluntad, entendimiento y consentimiento por delante. Las líneas se conectaron tan profunda y honestamente entre sí como se retroalimentó nuestra sangre en el íntimo recodo de mi ser. Muchas veces me pregunté cómo lo harían otras madres, las que no dibujan, ni cantan, ni escriben. No lo sé. Pero en mi caso fue el dibujo, como en otras oportunidades, quien me tendió su pluma y me sacó de allí.

Quedaba, entonces, emprender el recorrido. Estaba claro que debía haber un giro rotundo en mi imagen, en qué se decía, porque el quién ya era otro. Me encontraba en casa con mi pequeña en brazos y muchas ganas de dibujar. Y comencé, justamente, a aprovechar sus siestas para hacerlo. La temática se imponía. Quedaba decidir el formato, el tamaño y la técnica que se usarían para la creación de Siesta. Y así resultó:

Formato: diversos. Trozos de papel olvidados, distintos gramajes, texturas, incluso colores diferentes. Cualquiera servía en este proyecto donde el cómo era casi experimental. Y se requerirían varios soportes, unos cuantos.

Tamaño: pequeño. Por dos limitaciones reales: el espacio físico y el tiempo. Dibujar a Violeta en sus siestas implicaba hacerlo, la mayoría de las veces, en su cuarto, a media luz y en silencio. No podía manipular grandes tamaños, sentada en el suelo o haciendo equilibrio sobre el barandal de su cuna. Por otro lado, ya me veía interrumpida en medio de la toma. Bastante cortado estaba mi sueño, por sus despertares nocturnos, como para provocar, adrede, la misma situación durante el día. Esto debía tener un efecto reparador, al igual que el sueño, no generar esa sensación de inacabado que sentía en muchas ocasiones al tener que salir corriendo de la ducha, o al interrumpir una conversación, o al dejar quemar la comida en la olla. Hacer varias tintas por cada sesión y continuarlas luego fue lo que decidí, enriqueciendo los paños y la ropa, agregando almohadones o estampas a sus sábanas.

Técnica: Tinta directa a pluma y plumín. Rápida, sencilla, auténtica, sin posibilidad de borrar, ni corregir, ni volver a hacer. A prueba y error. Lo que no va, no va, se tira y ya. Práctica, como un pañal. Directa, como su llanto.

Así fue que volví a nadar entre tintas y plumas, mientras Violeta hacía sus siestas. Nada más importaba cuando ella dormía, ni quién estuviera presente, ni cuántos platos hubiese por lavar, ni siquiera mi propio sueño. Mantener la respiración contenida y el pulso veloz fue necesario para poder captar al instante la imagen de su reposo. El más leve ruido, la brisa más suave podían perturbar su sueño y dejarme vacía, ausente de modelo y de tiempo. Pero si lograba, durante su descanso, plasmar en el papel trazos sentidos, aunque toscos por la incomodidad y la tensión que la propia situación generaba, entonces sí me alegraba por su despertar, por nuestro reencuentro. Y gozaba al abrazarla y contenerla y besarla. Así cobraba mayor sentido su siesta y mi trabajo encontraba su cauce. Ambas estábamos reconfortadas, por haber sublimado mediante el sueño o la creación nuestras cotidianeidades.

Así fue como la creación de este libro fue tomando su curso, dibujo tras dibujo. Luego terminé de componer las páginas con las diferentes telas, comencé a considerar la posibilidad de la encuadernación artesanal y elegí el siguiente texto para acompañar los dibujos:

“El manantial” de Rabindranath Tagore

¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que revolotea por los ojos del niño? Sí. Dicen que vive en la aldea de las hadas; que en la sombra de una floresta apenas iluminada por luciérnagas, cuelgan dos tímidos capullos de encanto, desde donde el sueño baja a besar los ojos del niño.

¿Sabe alguien dónde nació la sonrisa que está jugueteando por los labios del niño dormido? Sí. Cuentan que en el ensueño de una mañana de otoño, limpia de rocío, el pálido rayo joven de la luna nueva, rozando el borde de una nube que se iba, hizo nacer la sonrisa que juguetea por los labios del niño dormido.

¿Sabe alguien dónde estuvo escondida tanto tiempo la dulce y suave frescura que florece en las carnecillas del niño? Sí. Cuando su madre era niña, embebía su corazón en un tierno y callado misterio de amor, suave y dulce frescura que ha florecido en las carnecillas del niño.

El camino de Siesta recién comienza, tras haber sido seleccionado para participar en la XII edición de la Feria de Libros de Fotos de Autor de Buenos Aires. De a poco, surgen posibilidades tanto de difusión y venta de los ejemplares artesanales, como de una posible edición comercial.

Mi día a día se proyecta en Violeta, en su vida y en mis dibujos; siento entonces que tuvo sentido gestarlos para luego parirlos y dejarlos ser.