Boleto encontrado en la banqueta

Daniel Saldaña #11 - Dispositivos de la mirada, Dossier

Lo que pasó fue que se canceló el vuelo a París. Dos francesas quemadas por el sol, con mochilas enormes, que probablemente habían recorrido México durante tres meses con ánimos de empaparse de la inocencia salvaje del tercer mundo, discutían en un español mal aprendido en hostales chiapanecos con la encargada de la aerolínea, que parecía novata o histérica por la poca pericia que exhibía en el manejo de una crisis tan frecuente. Las francesas exigían en tono perentorio que se les pusiera de inmediato en otro vuelo; habían tenido suficiente inocencia salvaje y querían estar en Europa, en cualquier lugar de Europa, lo antes posible.

Yo era el siguiente en la fila. Más taimado, sin ganas de armar demasiado escándalo, le pregunté a la señorita cuándo saldría el siguiente vuelo. Mañana. A la misma hora. Se cuidó de aclarar, nerviosa –previendo un estallido que tratándose de mí nunca llegaría– que me darían dinero para el hotel y para comer algo en el aeropuerto.

Para entonces el viaje a París había perdido ya todo su sentido, y llegar un día después no marcaría ninguna diferencia. El motivo que me había llevado a comprar, con casi seis meses de antelación, el boleto desde Guatemala hasta París, pasando por la Ciudad de México, se había desvanecido, o quizá solamente había perdido el aura de crucial importancia que tuvo en un inicio. Lo mismo podía haberme ido a Tijuana o a cualquier destino exótico de los anunciados en las pantallas parpadeantes.

Me tomé una cerveza carísima. Evadí las miradas hostiles de los mexicanos pudientes. Compré un libro de bolsillo con una historia ridícula sobre luchadores y me fui al hotel. Me dormí temprano y soñé que el viaje a París me importaba todavía. Al día siguiente me subí al avión convencido de que lo mejor, pese a la inercia, era comprar un boleto de regreso a Guatemala. Y a la luz de los eventos posteriores sé que tenía que haberlo hecho. Pero tomé el avión. Tiene de eso cuatro años justos.

Llegando al Charles De Gaulle abandoné el libro de luchadores en una sala de espera, impostando desprecio para nadie. El pase de abordar iba ahí, en la página 15 o 17, a lo mucho. No quise guardarlo como souvenir: no quería guardar nada de ese viaje que apenas comenzaba. Un pisado se me acercó a los pocos metros con el libro en la mano: “Se le cayó esto”, me dijo en un francés altanero que no parecía materno. Volví a dejar el libro, con el pase de abordar, en la siguiente sala.

¿Dónde decís que lo encontraste?


*Originalmente para un proyecto de Daniela Franco en:

http://loserskeepers.tumblr.com/post/9668263823/guatemala