Consonancias y disonancias de la polis

Marcela Venebra #10 - Hegel, Artículos

Música y política en el pensamiento antiguo

¿Qué es lo más justo?: el sacrificar.

¿Qué es lo más sabio?: el número;

pero después es el hombre que asignó nombre a las cosas.

¿Qué es la más sabia de las cosas en nuestro poder?:

la medicina; ¿Qué es lo más hermoso?: La harmonía.

Jámblico, Vida de Pitágoras 82 (Dk 58 c4)

El espacio antropológico de la antigüedad es un tejido acústico; el universo griego es un gran diapasón y la música un eje cosmogónico. La música es confluencia del pensamiento mítico y la reflexión filosófica, el conocimiento matemático y el misticismo cultual. A través de la música se conoce o, más precisamente, se revela la tensión armónica universal, regente del curso de los astros y el ánimo de los hombres. Núcleo primordial de la cosmología pitagórica, la harmonía es constante reunión, conciliación tendiente entre los principios contrarios, constitutivos del –precario– universo antiguo. Harmonía es “proporción que une, en todos los dominios, los elementos en discordia.”

i Los pitagóricos distinguen sus accesos o manifestaciones: la primera vía es sensible y se sirve de instrumentos musicales como vehículo, la segunda es inteligible y su fundamento son los números que rigen las formas y transformaciones sonoras del universo. El cosmos griego está formado por esferas en las que se mueven los cuerpos celestes, desplazándose en círculos a velocidades variables. Cada revolución emite una nota determinada, y harmonía es la escala que integran al combinarse. Para los pitagóricos el orden del cosmos es el de una lira de siete cuerdas: “Las siete esferas dan los siete sonidos de la lira y producen una armonía (es decir una octava), a causa de los intervalos que los separan dos a dos.”ii Surge así la Astronomía como ciencia de la música cósmica. Emerge el pensamiento matemático de la tensión entre un polo religioso-moral y otro filosófico-científico, aun en ciernes; se trata de saberes de un mismo orden, sin solución de continuidad la aritmética nace impregnada de aritmología.

La prolongación de los principios cósmicos en el transcurso social (también los individuos están sujetos a una realidad que los rebasa y de la que no pueden sustraerse: la tradición) determina la solidaridad entre la astronomía y la astrología; esta unidad transparece primero en las matemáticas y en la música. La música es un índice cósmico del orden moral. El ánimo y los afectos están sujetos –como todo en el universo– a una tensión armónica o tendencia equilibrante, cuya primera expresión es matemática, numérica.

El número es la traducción de un desgajamiento de la unidad cósmicaiii, y su conciliación añorada en los cantos de Orfeo, o en la representación de la armónica tirantez entre el dios del sueño y el dios de la locura (el extranjero, el nómada, el sin-lugar)… La peligrosidad de la música radica en su filo dionisíaco; su faz apolínea es cognitiva y temperante, su aspecto dionisíaco es extático y quiebra la solidaridad comunitaria: el éxtasis es individual. Entre Apolo y Dioniso se extiende un vínculo acústico: “El músico quedó en el medio, atrapado en las tensiones entre sus dos amos. Quizás el concepto de armonía simbolizaba para él el estado de equilibrio que había que lograr, el balance que se debía encontrar entre lo racional y lo irracional, la forma y la emoción.”iv La cualidad bipolar de la música está en la base de su instrumentación política que desembocaría a la larga en el autocontrol afectivo del ciudadano que en la realización de su voluntad racional pone en evidencia la vulnerabilidad de aquella solidaridad armónica del cosmos pitagórico.

Platón parece dar continuidad a la concepción de la música como un acceso al conocimiento del curso cosmológico, y en diversos momentos se plantea su valía formativa o educativa desde esa misma perspectiva. En la República –por ejemplo– la música es un saber paralelo a la astronomía, es una ciencia que debe enseñarse a los ciudadanos de forma necesaria, y más precisamente, a los guardianes de la polis:

Y también –agregué– creo que debemos prescribir el mismo método para las demás enseñanzas si queremos ser legisladores útiles (…)

La primera es la astronomía –respondí–, y de ella acabamos de hablar. La segunda es la que le corresponde.

– ¿Cuál?

  • Parece –expliqué– que así como los ojos han sido hechos para la astronomía, los oídos han sido para el movimiento armónico, y que estas dos ciencias son hermanas, como dicen los pitagóricos, en lo cual nosotros, Glaucón, convenimos.v

Ternas Pitagóricas

Pero si es tal la valía formativa de la música, cómo es que incide en el escucha, cuál es el papel del intérprete, ¿cómo y para qué ha de servir conocer la música? Para el pensamiento pitagórico la música es, igual que la aritmética, conocimiento de los principios últimos que rigen el curso del cosmos. Sin embargo, la metáfora de la armonía cósmica va perdiendo fuerza en el curso de su evolución (del desarrollo del pensamiento filosófico y su creciente distanciamiento del pensamiento mítico) y ya en el en el discurso aristotélico, la música es menos una cosmología que el índice de un dominio afectivo. La teoría de las esferas no cobra ya gran importancia en el pensamiento político de Aristóteles; el macrocosmos sobre el que tenían puestos los pies los pitagóricos parece ubicable a nivel del ciudadano, es decir, de la polis. La armonía tendiente de lo propiamente humano, radica y sólo se completa en el ámbito político constituido: el ser con otros conforme a reglas. La armonía que sostiene el cosmos no es, sin embargo, un hecho consumado respecto de la naturaleza humana, en ella el equilibrio armónico es el precario producto de un esfuerzo de resistencia y tensión arbitrado por la prudencia. La vida virtuosa es pues, una posibilidad política.

La paideia es la más recta y ancha calzada de la polis, pues la articulación política de lo social recae en el cultivo de la ciudadanía: “Que el legislador debe ocuparse sobre todo de la educación de los jóvenes nadie lo discutirá.”vi En el libro VIII de la Política aristotélica, la música es instrumento formativo, menos en el conocimiento cosmológico, que en el control y autocontrol de los estados anímicos. Se trata del cultivo de facultades que permitan al escucha identificar la peligrosidad de la música, su influencia en la compostura del ciudadano y su incidencia –por tanto– en el temperamento de la polis. Los afectos son acústicos y colorísticos, el brillo y la tesitura del temple es lo que el compositor busca imitar. Así como el escultor se atiene a reglas de proporción al trazar un escorzo, el intérprete, y sobre todo el escucha, debe estar atento a la pulcritud y precisión en el seguimiento de las reglas armónicas, que procuran un acceso mimético a los estados anímicos:

En las melodías, en sí, hay imitaciones de los estados del carácter y esto es evidente, pues la naturaleza de los modos musicales desde el origen es diferente, de modo que los oyentes son afectados de manera distinta y no tienen la misma disposición respecto a cada uno de ellos. Respecto a algunos se sienten más tristes y más graves, como ante el llamado mixolidio; ante otros, sienten más lánguida su mente, como ante los relajados, y en otros casos, con un estado de ánimo intermedio y recogido, como parece hacerlo el modo dorio únicamente, y el modo frigio inspira el entusiasmo.vii

El modo refiere la escala o tipo de melodía que se escucha o interpreta,viii cada modo se conforma por una secuencia ascendente de notas. Quizá la metáfora más clara para la comprensión de los modos sean las atmósferas; los modos mayores, como el mixolidio, procuran atmósferas brillantes, luminosas, apropiadas para los cantos épicos o sobre las hazañas de los grandes héroes, en tanto, el modo frigio excita el ánimo, es conductor de lo dionisiaco y lo orgiástico. El dorio en cambio, es un modo menor que conforma atmósferas ‘opacas’ o más oscuras, adecuadas para la entonación de himnos o cantos fúnebres.ix Para Aristóteles, la música, más que un telón de fondo de los estados anímicos, era su representación y estímulo mimético. Entre la música y los estados anímicos no hay un paralelismo sino un continuum que expresa la unidad viva del orden cósmico y el orden moral. Ya lo indica de hecho el papel pedagógico de la música, y su constante aparición en contextos políticos. Aun en Aristóteles la vinculación cosmológica entre música y política –con todo y su creciente disipación– parece todavía latente la mímesis afectiva de los modos. Suelda la música la razón, que va del transcurso cósmico al orden moral, entre uno y otro están los afectos y la voluntad de autodominio:

Es a propósito que se incluyó esta descripción de la armonía universal en un tratado sobre el Estado. Porque la polis, la ciudad-estado, requería armonía para poder funcionar bien. La armonía, para los griegos, sirvió como metáfora poderosa de la interdependencia de todas las partes del mundo como ellos lo conocían: los elementos de la naturaleza, las plantas, los animales, la especie humana, el estado, la tierra y el universo formaban una “cadena de ser” continua.x

La continuidad entre los órdenes de pensamiento, de experiencia y expresión, su unidad, es revelación primera de la filosofía. Es el filósofo quien descubre la solidaridad de los elementos de su universo, y al hacerlo inaugura un nuevo ámbito de relación que viene a enriquecerlo. La filosofía funda la vinculación del hombre consigo mismo, y en este plano –nos diría Cassirer hace tanto tiempo–xi presiente y padece su sujeción a un orden que lo rebasa y lo contiene, se mira a sí mismo atado a las leyes de su tradición. Acaso la constancia descubierta por vez primera en el movimiento de los astros, debía ser, casi naturalmente, transpuesta al orden social, así ocurrió en los grandes sistemas religiosos y en el desarrollo del pensamiento occidental. La posibilidad de la mímesis es tal, precisamente por esta continuidad o solidaridad intrínseca del universo antiguo. La mímesis soportó una teoría general del arte en Aristóteles y se basa precisamente en la posible “re-presentación” de la constitución natural del hombre, emergente en el esfuerzo por alcanzar tal armonía para su propia vida. Así, “si la mímesis era el método del artista, el carácter se refería a los efectos de su obra cuando se percibía.”xii. A través de un acto mimético el escucha (o el espectador de una obra de arte cualquiera) descubre ciertas semejanzas entre la obra percibida y su propio modelo de la naturaleza. Este es el principio que debe comprenderse mediante la educación musical, el beneficio –quizá secundario de este entendimiento– será la mejor distinción entre los modos musicales adecuados e inadecuados para el control anímico, en el entendido de que tal moderación es, como tal, cualidad fundante del ethos virtuoso.

El conocimiento de la música es cultivo de ciertas facultades temperantes del alma, su afección es total pues inunda cada esfera de la vida, de las que ha distinguido Aristóteles: la vida de acuerdo al placer, la vida política –vida con los otros– y la vida contemplativa, entregada a la comprensión de los primeros y últimos principios del mundo. Las modalidades vitales se corresponden con modalidades del ánimo, y estas tienen su índice en modos armónicos que el escucha debe conocer. El oyente educado es capaz de distinguir “los efectos de la música sobre el alma y el cuerpo (la doctrina del carácter), las fuentes de la creatividad artística, la forma de juzgar adecuadamente la música, el valor de la música para promover la buena ciudadanía y desarrollar los intereses del Estado y el lugar de la música entre las artes”xiii. Lo que importa es aprender a escuchar la música más que a ejecutarla, aprender a conducir el alma a estados en los que, a la manera de un diapasón, el individuo logra mantenerse en consonancia consigo mismo, en armónica unidad de su ser social, faz apolínea por excelencia, y sus apetitos y pasiones individuales, cualidad frigia o dionisíaca. No es enteramente deseable –en el discurso aristotélico– desarrollar grandes habilidades técnicas en la ejecución de la cítara o la flauta, basta con saber distinguir los rasgos estructurales de cada modo, y aprender a seguir con disciplina las reglas mismas de la ejecución musical. Aristóteles establece una clara división social entre ejecutantes profesionales y un auditorio educado. El primero se caracteriza por sus habilidades técnicas, el segundo, debe poseer el conocimiento que le permita deleitarse adecuadamente con la música, esto es, penetrar en ella no sólo como medio de goce, sino –y en ese mismo goce– como vehículo atemperante del carácter. “Sería conveniente en este aprendizaje que los discípulos no se esforzaran en certámenes propios de profesionales, ni en obras sensacionales y extraordinarias, como las que actualmente se han introducido en las competiciones, y de las competiciones han pasado a la educación, sino que se aplicaran a ella en la medida precisa para poder gozar de las buenas melodías y ritmos, y no sólo de la parte común de la música.”xiv El poder de la mímesis radica en hacer trasparecer con el mayor realismo posible, aquello que imita, la armonía del cosmos en el propio temple anímico: la tradición en toda su pureza y estatismo. Las cualidades de una ejecución sobresaliente son sólo distinguibles por quienes conocen la estructura formal y melódica en sus principios, tal es, en último término, el objetivo primario de la educación musical, distinguir las pulcras ejecuciones de las interpretaciones vulgares; los modos adecuados para alcanzar un estado de ánimo armónico y feliz, de aquellos más bien tendientes al caos acéfalo de las pasiones.

Así como la tensión de las cuerdas de la lira determina el <<modo>> como representación de cada estado del alma, cada estado del alma responde a una mayor o menor tensión entre los impulsos disonantes y la prudencia, expresión de una voluntad racional que rompe el continuum de la armonía cósmica. La filosofía descubre la solidaridad ontológica de su universo, y en su descubrimiento la fractura. La armonía continúa en el alma o se quiebra en ella, la consonancia cósmica es vulnerada por la voluntad. El orden constante de las esferas girando sobre sus centros, es sólo una posibilidad asintótica y débil entre los hombres. La restauración asonante del continuum cósmico es necesariamente política en tanto las reglas de la polis son efectuaciones, índices morales, del orden universal.

Bibliografía

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Aristóteles, Política, Trad. Manuela García Valdés, Gredos, Madrid, 1988.

Brun, J., Los presocráticos, Publicaciones Cruz, México, 1995.

Cassirer, E., Las ciencias de la cultura, F.C.E., México, 1951.

Kirk, .G.S, Raven, .J.E., Schofield, M.M, Los filósofos presocráticos, Gredos, Madrid, 1970.

Latham, Alison. (Coord), Diccionario enciclopédico de la música, F.C.E., México, 2009.

Platón, La República, Trad. Antonio Camarero, EUDEBA, 1998.

Rowell, L., Introducción a la filosofía de la música. Antecedentes históricos y problemas estéticos, Gedisa, Buenos Aires, 1985.

Notas

i Brun, J., Los presocráticos, Ed. Cruz, México, 1995, 34.

iiTeón de Esmirna: “Exposition des connaissances mathématiques utiles pour la lectura de Platon”, trad. Cupuis, Paris, 1892; reed. Bruselas, 1966, p.65., citado en BRUN, J., Los presocráticos, Ed. Cruz, México, 1995.

iii “Para el pitagorismo (…) el número nace de la división de la unidad. ‘El Uno, desdoblándose, se duplica; uno ha producido dos’ (…) una concepción así del mundo conduce a una filosofía del encubrimiento en la que el número forma parte de la Unidad, lejos de que suceda que la unidad forme parte del número.” Brun, J., P., 29-30.

ivRowell, L., Introducción a la Filosofía de la música. Antecedentes históricos y problemas estéticos, Gedisa, Buenos Aires, 1985, 49.

v Platón, La República, Libro VII, 530, XII-d, Trad. Antonio Camarero, EUDEBA, 1998, 468. Es destacable que para Platón, la Harmonía (tal como la define en Leyes II, 665a) es básicamente una <<tonalidad>>, el orden relacional de un espectro sonoro, esto es, entre las alturas de los distintos sonidos. Los tonos, o las harmonías, responden, todavía desde una perspectiva pitagórica, a ciertos afectos y disposiciones éticas. En el libro III, 398-399e, del mismo diálogo describe esta clasificación ateniéndose a los modos adecuados para la formación de los guardianes, y con ello, a los instrumentos apropiados para su interpretación.

vi Aristóteles, Política, Libro VIII, 1337 a, Trad. Manuela García Valdés, Gredos, Madrid, 1988, 455.

vii Aristóteles, P., VIII, 1540 a-40, 1988, 468.

viiiNo es éste el único significado de “modo o modus”, pues refiere también a los modos rítmicos de la teoría de la música medieval. El significado que aquí usamos aquí es más amplio o abarcativo. Cfr. Latham, A., Diccionario de la música, “E. Modo.1.”, F.C.E., México, 2008, 966.

ixAristóxeno de Tarento –alumno de Aristóteles– completó esta clasificación de los modos y desarrolló la más importante teoría de la música desde Pitágoras. De hecho, la teoría de Aristóxeno rechaza por principio las especulaciones matemáticas de los pitagóricos.

xRowell, L., IFM, Gedisa, Buenos Aires, 1985, 52.

xi “Más próximo al hombre que el orden de la naturaleza se halla el orden que descubre en su propio mundo (…) el individuo se siente ya desde sus primeras reacciones, gobernado y limitado por algo que se halla por encima de él, que no está en sus manos dirigir. Nos referimos al poder de las costumbres que le ata y le guía.” Cassirer, E., Las ciencias de la cultura, F.C.E., México, 1951, 8.

xiiRowell, L., IFM., 1985, 57.

xiiiRowell, L., IFM, 1985, 47.

Anchor xivAristóteles, P., VIII, 1341 a-10, 1988, 471.