¿Debemos seguir buscando libros como lo hacíamos en el siglo XIX?

Javier Calvo Labat #36, Reseñas

 

 

Saquemos la calculadora y hagamos cuentas. Redondeando, solo en España se editan unos 90.000 libros al año. En Estados Unidos la cifra se eleva hasta los 440.000. Siguiendo los cálculos de Google, podríamos pensar que el ser humano ha editado hasta la actualidad unos 140 millones de obras. En resumen, y en su interpretación más alarmista, estos números supondrían que estamos ante un océano de posibles lecturas, que los lectores somos pececillos desorientados y que los nuevos autores -o al menos ese 99% que no es respaldado por una ambiciosa estrategia publicitaria editorial- están condenados a ver su libro diluirse entre el conjunto de la oferta posible como una minúscula gota de agua.

Preocupado por esta biblioteca de Babel en progresivo crecimiento, parte del mundo del libro entiende que hay que establecer límites a la edición para evitar la saturación de obras. Sin embargo, esto supondría un vano intento de ponerle puertas al campo. Cada vez más personas alrededor del mundo acceden a la alfabetización, los procesos de edición de libros se han abaratado y el fenómeno de los autores indies sigue creciendo imparable. Las cifras de edición, es inevitable, van a seguir aumentando. Quizá haya llegado el momento entonces de entender que las posibles soluciones al problema del catálogo mundial pueden venir desde otros elementos del mundo del libro. En este punto hay una pregunta que les quiero trasladar: ¿el problema es la edición del siglo XXI o los sistemas de búsqueda propios del XIX?

Porque el problema real, en definitiva, no es tanto el volumen de las cifras editoriales. El problema es más bien, que los lectores no encuentran libros diferentes y de su gusto, por un lado. Y por otro lado, a pesar de que deberíamos asegurarnos de ello, no sabemos dar cierta visibilidad a los autores nuevos o minoritarios, que en general se encuentran con insalvables dificultades para que alguien más allá de su círculo íntimo los descubra. Seguimos amontonando libros en géneros de poca concreción, generando listas interminables de obras sin posibilidad de filtrado efectivo,  condenando a los lectores a encontrar una aguja en un pajar, y a los autores a ver desaparecer su obra entre una marabunta de opciones.

Hacia una revolución horizontal y vertical

Quizá sea por costumbre, pero a ninguno nos resulta extraño entrar a una librería y encontrar los libros ordenados por categorías o géneros como los que siguen: “Ficción”, “Narrativa extranjera”, “Libros de bolsillo”, “Teatro”, “Literatura infantil y juvenil”… Les invito en este momento a imaginar aquellas veces en las que un amigo les ha recomendado un libro, también a escuchar atentamente la próxima vez que alguien lo haga. Si se fijan, no les costará descubrir que las etiquetas que habitualmente son usadas para catalogar lecturas no son, generalmente, usadas por los lectores. Recomendamos libros porque nos han gustado, atrapado o nos han cambiado la manera de ver el mundo. Porque nos han entretenido, hecho reír o alegrado el día. Porque el estilo del escritor es magnífico, es raro, nos sorprenden o miles de razones más. Jamás nadie me recomendó un libro alegando que: “Es de ficción” ¿A ustedes?

Cuando hablo con la gente del problema de catálogo que existe en el mundo del libro suelo comparar las bibliotecas o librerías con los supermercados de la actualidad, así la dimensión del absurdo se hace más evidente. Las librerías y bibliotecas siguen estando pensadas para facilitar el trabajo al bibliotecario, no tanto para facilitar la búsqueda al lector. Nos resultaría extraño y muy poco útil encontrar los productos de un supermercado catalogados bajo etiquetas como “Embalado en plástico”, productos “rojos”, o alimentos “extranjeros”, sin embargo asistimos impasibles por la costumbre a estanterías repletas de libros bajo el título “Libros de bolsillo”, “Ficción” -cajón de sastre donde prácticamente todo cabe-, o “Narrativa extranjera”. Igualmente el orden alfabético: impensable en cualquier supermercado, triunfa todavía en las bibliotecas, cuando, obviamente, es útil únicamente en caso de saber de antemano el nombre del autor, y por tanto condena al olvido a una inmensa mayoría de autores que, por supuesto, no cuentan detrás con un gran aparato publicitario. En el mundo editorial actual podemos hablar de una doble frustración: la del lector que no encuentra y la del autor que no es encontrado.

Hace dos siglos, uno incluso, cualquier iniciativa de reestructuración del catálogo mundial del libro, o de renovación de géneros habría supuesto naturalmente una empresa inabarcable. Ninguna biblioteca podría albergar todas las obras mundiales, ninguna institución podría dedicar el personal suficiente para volver a catalogarlas todas según otros criterios más útiles o diferentes. Una idea así entraba en lo utópico. En la era de internet, en cambio, todo es posible.

Si nos paramos un momento a pensar en ello, parece el momento histórico adecuado para un cambio en los sistemas de catalogación de obras, y también para una recatalogación. Una biblioteca física tradicional difícilmente podría contener todas las obras mundiales, pero la nube en internet aloja mucha más información sin problemas. Un grupo reducido de personas o una institución privada habrían de dedicar toda su vida a la empresa de recatalogar todas las obras mundiales según nuevos criterios, mientras que internet, gracias a la inteligencia colectiva, podría hacerlo mucho más rápido y con un mayor cantidad de voces, lo que otorgaría mayor pluralismo y valor. Nunca en la historia de la humanidad han habido menores índices de analfabetismo, lo que supone un auténtico ejército de lectores capaces de emprender un proyecto digital común. La Teoría de la Literatura, igualmente, a través del Postestructuralismo y la Estética de la Recepción, y ya desde hace décadas, ha propuesto al lector como el verdadero centro de la lectura, concediéndole el poder crear con cada lectura una significación única y nueva de la obra. Es decir, ya no es necesario que sean el autor o el gran crítico los responsables de la catalogación, sino que cada lector es en última instancia responsable de una lectura única y válida, y por tanto está legitimado para catalogar la obra según su propia experiencia lectora.

El futuro del catálogo mundial de libros pasa, por tanto, y hay muchos factores llamándonos a ello, por una redefinición horizontal que multiplique las opciones de categorización, y por una revolución de búsqueda vertical que permita la suma de criterios para obtener un cribado progresivo. Los lectores del mundo tenemos por primera vez la tecnología, la educación, las herramientas y la validación para tomar las riendas de la catalogación de la biblioteca mundial y su redefinición. No tanto por un afán revanchista o un mero ejercicio de transformación vacío, sino por el placer –y quizá deber- de crear un ecosistema editorial más democrático en el acceso a la visibilidad, donde lector y autor afines puedan gozar sin tantos problemas de la maravillosa posibilidad de interactuar y encontrarse.

 

 

Javier Calvo Labat 

Profesor de Lengua y Literatura y Co-fundador de Komilibro