Del taller, el trabajo periodístico y la creación en José Martí

Valentina Quaresma #41 - Hojear el siglo XX, #41 - Artículos

José Martí

 

Resumen

Este artículo busca analizar la idea de oficio y trabajo intelectual en la escritura de José Martí, como una comprensión filosófica y política de la vida en tanto proceso creativo y de convivencia humano, que encuentra su espacio de realización clave en periódicos y revistas, y en géneros aparentemente liminares como la crónica y el ensayo.

Palabras clave: crónica, taller, oficio, escritura, periodismo, José Martí

 

Abstract

This article analyses the idea of job and workshop in José Martí’s writing, as a philosphical and political understanding of life as a creative process and human coexistance, that finds its key realization in newspapers and magazines, and in apparently marginal gendres such as chronicles and essays.

Key words: chronicle, workshop, job, writing, journalism, José Martí

 

A mi padre, Hermínio Quaresma.
Todo lo que sé de ternura y resistencia,
lo aprendí de él.

El hombre crece con el trabajo
que sale de sus manos.
José Martí

 

José Martí

Martí era escritor. También era cubano, migrante, amigo, gestor revolucionario, niñera a ratos, el señor de la Edad de Oro a veces. Y periodista. Eso, casi siempre.

La incursión de Martí en el periodismo y las revistas culturales tendría que radiografiarse desde la profunda heterogeneidad de publicaciones con las que se involucró, en roles distintos de participación: como colaborador, fundador, divulgador. Aún con grados de intervención distintos en cada revista, es un hecho que su trabajo literario existe predominantemente en espacios de publicación periódica: En vida no publicó ningún libro. Los 27 tomos que integran hoy día su vastísima producción, se encontraban dispersos en periódicos y revistas de por lo menos veinte países.

Lo asombroso no es sólo la cantidad de esa producción, sino la voluntad de inmediatez y permanencia con la que Martí negocia la contradicción moderna, siempre en una colectividad emergente que no se desmarca del contexto finisecular que vive, y que proyecta la búsqueda de una nueva expresión, propia:

La crónica propone una épica con el hombre moderno como protagonista, narrado a través de un yo colectivo que procura expresar la vida entera, a través de un sistema de representación capaz de relacionar las distintas formas de existencia, explorando e incorporando al máximo las técnicas de escritura.[1]

En esa articulación que reúne la vida entera como materia de escritura, tomo como ejemplo de análisis un contrapunteo mínimo entre las revistas La América y La Edad de Oro, explorando los roles diversos de intervención que planteó Martí en estos espacios de publicación.

Estudiar revistas resulta difícil en gran medida por lo predominante de dos perspectivas de análisis que las ubican como referentes de una época, un periodo transitorio en la consagración mayor de un autor, o como realizaciones de un estadio ideológico que se refleja en la revista. Esto supone que el valor documental atribuido a estas publicaciones pre-exista, antes del momento de análisis del objeto: ver las revistas como una vía a la verdadera literatura autoral.[2]

La línea entre ambas aproximaciones a las revistas (además de ser muy tenue) enfatiza un principio semejante a los estereotipos con que géneros como la crónica son marginalizados tanto por el periodismo como por la literatura: la idea de la incomodidad teórica que causa la hibridez originaria, y la distinción (arbitraria) hecha entre alta cultura y cultura popular.

Al respecto, Annick Louis señala:

La dinámica que establecen las revistas entre sí, el conjunto que componen, puede ser considerada como un fenómeno particular, y como una de las influencias y circuitos de poder determinantes de una cultura en un momento histórico. Lejos de reflejar un período, las revistas con­stituyen agentes activos de su gestación y de su caracterización, sin los cuales resulta imposible aprehender el medio cultural y la identidad de una época.[3]

El giro metodológico de Louis implica un trabajo interdisciplinario que considere para el análisis “el texto, la plástica, la historia de lo impreso y de la edición”.[4] En este gesto, curiosamente, se refrenda el carácter de lo colectivo. Condición que me lleva a pensar que la producción de revistas apela a lo social, no sólo en su formulación (fundadores, autores de base, colaboradores) sino en los grupos de investigación que las teorizan e interpretan como objetos plenos de estudios: agentes, insistiendo en Louis, del campo cultural con que dialogan, como organismos vivos en interacción.

Susana Rotker, de manera orgánica semejante a la de Louis, considera sobre la división arbitraria entre arte/creación y producción:

Esta separación tiene como trasfondo, por un lado, difundidos estereotipos acerca de la “literatura pura”, de los géneros o del trabajo asalariado como incapaz de producir obras de arte; y, por otro lado, el prototipo del arte verdadero como consumo reservado a las élites, en detrimento de lo que parece inherente a lo masivo. El estudio de las crónicas periodísticas sugiere así una revisión de las divisiones establecidas entre arte y no arte, literatura y paraliteratura o literatura popular, cultura y cultura de masas.[5]

Los mismos autores contemporáneos a Martí (Manuel Gutiérrez Nájera, Rubén Darío…) se relacionaban conflictivamente con el ejercicio de escritura periodística, o contribuían tangencialmente, dada su propia revisión de la crónica, a la idea de frivolidad que aún hoy permea la interpretación del modernismo.

Rubén Darío

Rubén Darío escribe: “La tarea de un literato en un diario es penosa sobremanera. Primero, los recelos de los periodistas. El repórter se siente usurpado, y con razón. El literato puede hacer un reportaje: el repórter no puede tener eso que se llama sencillamente estilo.”[6] Mientras que Manuel Gutiérrez Nájera dice: “La pobre crónica, de tracción animal, no puede competir con esos trenes-relámpago. ¿Y qué nos queda a nosotros, míseros cronistas, contemporáneos de la diligencia, llamada así gratuitamente? Llegamos al banquete a la hora de los postres. ¿Sirvo a usted, señorita, un pousse café? ¿Queda alguna botella de champagne?”.[7] Y Julián del Casal se suma a la queja compartida: “Lo primero que se hace al periodista, al ocupar su puesto en la redacción, es despojarlo de la cualidad indispensable al escritor: de su propia personalidad”.[8]

Manuel Gutiérrez Nájera

Es cierto que Martí sufría igual que Darío, del Casal y Gtez Nájera las contradicciones que se decantan de la producción del trabajo periodístico, la tensión conflictiva del encuentro profesional entre literatura y escritura:

El enfrentamiento periodismo/literatura había comenzado formalmente […] Hasta los ochenta, el diario era además el lugar de las letras. Luego, la práctica de la escritura se diversificó, llegando a competir en el interior de una nueva división del trabajo. Es interesante, porque a la par, el escritor ocupaba un lugar destacado dentro de la modernización de los diarios, tanto que La Nación incluyó dentro de sus innovaciones justamente a figuras como Martí, Rubén Darío y Emilio Castelar. Estas innovaciones eran fuente de prestigio y no de escasos roces, porque, al mismo tiempo, existía la fuerte tendencia a que no se firmaran con nombre propio las notas […] y, a la vez, la creciente exigencia de una escritura cada vez más informativa y menos literaria.[9]

Julián del Casal

Sin embargo, de Martí quedaron documentados sus pequeños gestos de disidencia a esa lógica, tal como cuenta Blanche Zacharie, respecto a un editor que ultracorregía los textos que Martí enviaba al periódico (se especula, motivado por la necesidad de legitimarse como autoridad ante el autor cubano, que por entonces era ya reconocido como poeta):

Como lo que el señor [editor desconocido] quería era corregir, Martí decidió darle algo cuya corrección dejaría intacto el texto: puso en cada página alguna falta garrafal de ortografía o de puntuación. Al momento, el supervisor, viendo la falta, le ponía remedio, sin tocar el estilo, que era lo que quería el autor…[10]

Esa anécdota, además de enfatizar (con fines de engrandecimiento sí, cosa que habría que matizar) el carácter agudo del pensamiento martiano, es un episodio que muestra por un lado lo lúdico de su escritura, y su manera de resistir, en este caso a la revisión mordaz o a la violencia editorial que la escritura en diarios podía significar. Esto para señalar que la relación de Martí con el periodismo no estaba exenta de los reclamos que compartía con sus contemporáneos, pero que en definitiva interactuaba con el espacio híbrido de las publicaciones con mayor soltura. También con mayor fraternidad.

Para Martí, la escritura periodística constituye un taller. Un espacio para experimentar. Una conciencia de los nuevos modos de narrar la realidad que la expresión de las crónicas podría suponer para imaginar incluso posibilidades históricas distintas.

Redescubrir las crónicas modernistas, especialmente las de José Martí, no es sólo hacer justicia a una vasta producción literaria que transformó la prosa hispanoamericana. Redescubrir las crónicas implica la aventura de la transgresión. Porque no es sino transgresión y aventura aceptar que una nueva literatura pueda surgir desde un espacio periodístico, o preguntarse qué es un género, y peor aún, qué es la literatura; por qué un texto es “arte” y otro no.[11]

El taller implica gradualidad, trabajo por procesos, el detalle fino de lo pequeño. Fundamentalmente, supone la analogía continua que Martí establece entre trabajo y vida: el gozo de crear y resistir. Esos guiños vitales suyos disuelven la frontera artificial entre periodismo y literatura, pero también desmontan el discurso de élite con que se funda un estereotipo de distinción entre cultura y cultura popular. “Las crónicas propondrían también una historia literaria no concentrada en el arte como un artefacto de élites, no aislada –como ha sucedido tan a menudo– del resto de los fenómenos sociales”.[12] Pero también entre arte y política. Vida: “La voluntad modernista de la forma o la autonomía no significó el divorcio de la vida, sino la defensa del valor propio de cada palabra, de las inacabables potencialidades de la expresión y las significaciones. Su toma de conciencia les permitió a los modernistas crear códigos, que a su vez generaron la capacidad de percibir otras versiones de la realidad”.[13]

Las revistas, en esa sintonía, implican movimiento, dinámica: convivencias rizomáticas en muchos órdenes. Tanto por el circuito de producción intelectual en que se insertan, como con el mundo al que aluden, los lectores, los espacios publicitarios.

Para Martí, la participación en revistas se vuelve en su discurrir una manera esencial de crear y sostener (periodicidad) espacios de discusión permeados por la idea de una colectividad creadora. Esto ocurre incluso en las publicaciones que podrían leerse como producto de su trabajo individual, como la Edad de Oro (julio-octubre de 1889), revista que, sin embargo, ha sido históricamente identificada como libro, y leída como tal. Sobre ese fenómeno de recepción señala Roberto Fernández Retamar:

La Edad de Oro fue editada originalmente en forma de cuatro revistas, según se dijo, y volvió a aparecer así al cumplir un siglo, en una edición facsimilar; pero salvo excepciones como ésa […] desde 1905 hasta la fecha se le ha solido leer como un libro; en todo caso, como un libro con cuatro partes, como una pieza de cuatro movimientos, cada uno de los cuales reitera el tempo del anterior. De tal manera, al comentar la publicación se habla, […] como si constituyeran bloques autónomos.[14]

A pesar de la conciencia dinámica que Fernández Retamar tiene de la lectura que cada apartado (originalmente número de la revista) propone, la revisión del texto como libro deja fuera de la experiencia de lectura los rasgos de profunda conciencia editorial de Martí.

La revista estéticamente, se parece mucho a un libro, y en ello se ve, si no la limitante gráfica, sí la formación de Martí como lector y su asiduidad o comodidad con el formato libro. Sin embargo, La Edad de Oro está claramente pensada como revista: la minuciosa atención que Martí puso en los formatos de circulación, la diagramación en las páginas con publicidad, el empleo de láminas y grabados con gran espacio en la maqueta de la publicación, la tipografía, los juegos básicos de colores[15], las secciones fijas y las cambiantes.

Añade Fernández Retamar sobre esa noción editorial:

Sin embargo, Martí mismo, periodista insuperado, llamó la atención en su citada circular, sobre algunos elementos paratextuales (propios de un periódico, aunque no exclusivos de él) que es imprescindible tener en cuenta. Subrayó el número de páginas (“de dos columnas”) que tendría cada entrega, exaltó la calidad de la tipografía, la excelencia del papel y las láminas; de estas últimas dijo que servirían “para completar la materia escrita y hacer su enseñanza más útil y duradera” […] es capital, por ejemplo, que entre láminas aparezcan grabados de obras relacionadas con nuestra América, de tamaño no inferior a las provenientes de otras partes del mundo…[16]

Obviando la hipérbole retamariana sobre “lo insuperable” de Martí, me concentro en su mención a la materialidad de la revista, de la cual, como ya dicho, Martí tenía plena conciencia. Quizás en parte por la cercanía con el público infantil, al que toda la publicación va dirigida.

Es decir, que la relación entre trabajo editorial y de diseño no puede desligarse en la formación de la revista, de la relación que el propio Martí establecía con los públicos a los que dirigía sus textos y plataformas discursivas. En la Edad de Oro se permite jugar más con las posibilidades formales de reinvención gráfica que en la revista La América. Esto quizás pueda atribuírsele a la rotación de roles con que Martí intervino en ésta última. En 1883 fue colaborador, y hacia 1884 lo nombraron director:

La América, periódico dedicado a asuntos de agricultura, industria y comercio, venía publicándose desde 1883. A su primer propietario, E. Valiente, sucedió Ricardo Farrés. Deseando éste mejorar la calidad literaria del semanario, le pidió a Martí algunas colaboraciones.

La firma del Maestro, ya muy conocida y admirada, aumentó sin tardar el prestigio y la circulación e la revista, hasta que, al tomar Martí cada día una parte mayor en su confección, acabó por escribirlo casi todo y ser nombrado director.[17]

La América, tal como Blanche Zacharie de Baralt muestra en su testimonio, era una revista que cubría con reseñas y crónicas eventos asociados a la industria, la agricultura, y los ritmos de vida en las urbes americanas. El salto propuesto por E. Valiente supuso una redirección en la línea editorial de la revista, que pronto se convirtió en un punto de convergencia para muchos exiliados que, al retratar la vida cotidiana en sus países de origen frente a la vida que tenían en Estados Unidos, articulaban una discusión de la que años después Martí se nutriría para escribir Nuestra América.

El propósito de La América era ser el

auxiliar fidedigno de los productores de la América del Norte y de los compradores de la América del Sur, –el observador vigilante de los trascendentales y crecientes intereses de la América Latina en la América Sajona, el explicador de la mente de los Estados Unidos del Norte ante la mente de aquéllos que son en espíritu, y serán algún día en forma, los Estados Unidos de la América del Sur; la respuesta a todas las preguntas importantes que sobre este país pueden hacerse los nuestros; el punto de reunión y cita, en suma, de los intereses y pensamientos de las dos Américas.[18]

Y resalta en las palabras de Martí para justificar la existencia y supervivencia de la publicación, la idea de educación mutua, de punto de encuentro aún con la discordia. Ésta pone en evidencia la distancia entre las dos Américas, pero al leerlas desde esa potente prosopopeya “vivificando” la tierra como si se tratara de personas, Martí enlaza sus grandes preocupaciones vitales, sobre el encuentro humano, al deliberadamente poroso y múltiple carácter de las revistas. Como si, de algún modo, la expresión de estas preguntas sólo pudiera plantearse adecuadamente en un formato como el de la revista: que “caminara” (circulara), que se mantuviera andando.

En lo práctico, esto significaba trabajo duro (escritura continua, búsqueda de patrocinadores, reparticiones clandestinas y amplias del material) y financiamiento. Tanto La América como Patria (periódico por él fundado como órgano del Partido Revolucionario Cubano), se sostuvieron gracias a los grandes donativos de tabacaleros e intelectuales colaborando juntos para mantener vivas las publicaciones:

Se necesita un periódico, como apunta José Martí, para que a la hora del peligro, vele por la libertad, contribuya a que las fuerzas independentistas sean invencibles por la unión, y evite que el enemigo nos vuelva a vencer por nuestro desorden. Y el 14 de marzo de 1892 surge Patria, el cual inicialmente aparece cada sábado, al precio de cinco centavos, y consta de cuatro páginas a cuatro columnas. Distribuido principalmente por correo, son los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso  e intelectuales cubanos y puertorriqueños residentes en Nueva York, quienes contribuyen financieramente al sostenimiento de esta publicación.[19]

El hecho de que el financiamiento proviniera de esos dos gremios tampoco es azaroso: enfatiza la noción de convivencia amplia con que Martí se suma a heterogéneos colectivos de trabajo. Esto con la persistente idea de disolver fronteras entre oficios y rangos de acción/creación.

Había colaboraciones que Martí hacía para revistas pequeñas en estructura, igualmente importantes para él, por la proyección de la discusión vital que sostenía sobre la experiencia en los talleres. Ese es el caso de su rol de colaborador continuo en El Avisador Cubano o El Porvenir:

El Avisador Cubano, la hoja que leía la emigración, era propiedad de su director, Enrique Trujillo, periodista de Santiago de Cuba, fugado de España, a donde había sido deportado por sus ideas separatistas. […] En su periódico, recién fundado, apareció el famoso reto de Martí “Invito a los cubanos de Nueva York a un reunión en Clarendon Hall, el 25 de junio de 1885, para responder a cuantos cargos quisieran hacerme mis conciudadanos.” […] El Porvenir sucedió a El Avisador Cubano, y fue durante algunos años el portavoz de la Junta y la Colonia, hasta que se fundó el Partido Revolucionario Cubano, del cual era Martí, Delegado. Se imponía entonces un órgano oficial del Partido y se fundó Patria, semanario dirigido por el Delegado y redactado muchas veces por él en su totalidad. [20]

Y quienes como Blanche Zacharie dan testimonio de convivencia, revelan sin querer[21] matices importantes de la producción textual de las revistas, pues visibilizan las redes de colaboración que hacían posible, materialmente, las revistas. Las redes de trabajo: “No tuvo Martí colaborador más devoto que el impresor Sotero Figueroa, puertorriqueño de color, sumamente inteligente y buen escritor. Con Gonzalo de Quesada, Guerra, Castro Palomino y algunos más, escritores fijos y de ocasión, se aseguraba la confección del periódico, aunque estuviera Martí de viaje.”[22]

De esta forma, en el gesto de colaboración de creación en red, se insiste en algo que Louis identifica en la práctica de análisis de las revistas, y que resuelve a mi parecer gran parte de la dificultad de la definición de tareas, y por tanto, del límite de acción o del valor en un sentido jerárquico, de los participantes en la formación de una revista:

desde el punto de vista metodológico, es esencial no presuponer tampoco que se trata de categorías definidas, sino de una función que se define por grados y que demanda una reflexión sobre los modos de inserción en una estructura. Esto significa abandonar la idea de que los términos ‘director’ y ‘colaborador’ permiten definir tareas específicas. Sin estudiar la dinámica de la estructura, a partir de las diferentes nociones de contexto mencionadas, resulta prácticamente imposible definir el posicionamiento de directores y colaboradores.[23]

Esta propuesta me parece muy sugerente para pensar que la división clara de tareas no existe, y comenzar a leer las prácticas de participación en las revistas como gradualidades más asociadas a un sentido de contribución, de trabajo en red, en el cual las voces textuales son tan importantes como la mirada depositada en el detalle visual del objeto. Pero también, en el cual la interacción significa, la mediación de la lectura importa para la difusión, y la consolidación de una mirada crítica en géneros tradicionalmente considerados marginales subvierte su orden en el formato mismo de búsqueda de una expresión.

Cuestionar lo difuso de los roles de dirección/colaborador, supone cuestionar también la idea de autoría individual o colectiva. Una pregunta que hay que formular para interpretar la participación diversa de Martí en medios de difusión como las revistas, los periódicos. Lo que está en juego es la postura de creación individual, evidenciada en lo endeble de su formulación.

Martí desvanece en el aire lo sólido de esa idea de autoría en su mitificación de solitaria, en medio del conflicto de asunción de un lugar desde el cual enunciar la experiencia creadora moderna, pero como un acto libertario. Toda esta discusión se refrenda en la potente metáfora con que expresa una relación indisoluble y también conflictiva entre sujetos, palabra, géneros: El sentido del trabajo en el taller, del trabajo práctico, asociado a la vida, a la vida entera. El taller como espacio de creación manual e intelectual, tal como la vida humana, individual y colectiva:

Taller es la vida entera. Taller es cada hombre. Taller es la patria. Los hombres a medias, vuelven la espalda a los hombres enteros: les alzan la cola cuando los necesitan, y les besan el bolsillo, y les piden la compañía, y les adulan los mismos pecados; pero fabrican el mundo, con su odio de bastidores y sus cucharadas de polvos de arroz, de modo que el trono, y el pavo, sea de los hombres a medias. Los hombres enteros, los cubanos creadores, los cubanos fundadores suben, orgullosos, las escaleras de los talleres,–como acaban de subir las de los talleres del Cayo nuestros dos grandes músicos, Albertini y Cervantes. ¡Ni se escapó jamás del teclado soberano del uno, ni del violín impecable del otro, armonía semejante a la que en aquella visita de los hombres del trabajo de salón a los hombres del trabajo de la fábrica ascendió, como un himno de anuncio, como una promesa de paz, como una proclama de concordia. del silencio satisfecho de aquellos corazones! Por una víbora que a Cuba le nazca ¡cuánta águila hermosa![24]

El taller se extiende como metáfora desde la cual Martí construye una idea de gradualidad, de cosa en proceso. “Fabricar el mundo” como una noción de la manufactura que las acciones del discurso de los “hombres a medias” propician. Lo completo no compite con lo gradual: Martí entiende como mediano aquello que en los humanos destruye la entereza del espíritu. Y después de la violencia arrebatada con que distingue águilas de víboras, habla del descanso de la satisfacción. El sentido de reposo.

Entonces, sólo entonces, leemos en Martí que el descanso, el ocio, no son oposiciones al trabajo: Ambos conviven, se necesitan. El sentido de la totalidad del trabajo, es también el de los fragmentos comunicándose. Ahí se escucha un suspiro de descanso.

En la comprensión del trabajo como un conocimiento de lo colectivo.

Por son muchos los órdenes del trabajo: se trabaja y se vive en simultáneo. Se respira, se come, se crea, se trabaja. La imaginación, la mente, el ejercicio de la creatividad, del cuidado común, como estandarte para la libertad.

Crear para resistir.

 

Bibliografía

  1. Martí, José, “En los talleres” en Obras completas, vol. 4, Ciencias Sociales, La Habana, 1992,.
  2. ———– “La América” en Obras completas, vol. 8, Ciencias Sociales, La Habana, 1992.
  3. García, Pedro Antonio, “Periódico Patria” en Portal José Martí, http://www.josemarti.cu/dossier/periodico-patria/, consultado el 27 de abril de 2017.
  4. Fernández Retamar, Roberto, “Entrada” en La Edad de Oro (edición faccsimilar), Oceano, México, 2005.
  5. Louis, Annick, “Las revistas culturales como Objetos de Estudio” en Ehrlicher, Hanno (ed.), Almacenes de un tiempo en fuga. Revistas culturales en la modernidad hispánica. Aachen, Shaker 2014.
  6. Rotker, Susana, La invención de la crónica, Fondo de Cultura Económica, colección Nuevo periodismo, México, 2005, p. 230.
  7. Darío, Rubén, “La enfermedad del diario” Escritos inéditos, ed. E.K. Mapes (Nueva York, Hispanic Institute, 1943).
  8. Gutiérrez Nájera, Manuel, “Crónica” en Obras inéditas, ed. E.K. Mapes (Nueva York, Hispanic Institute, 1943).
  9. Del Casal, Julián, Crónicas habaneras, comp. A Augier (Las Villas: Universidad Central de las Villas, 1963, pp. 287-288).

 

Notas

[1] Susana Rotker, La invención de la crónica, Fondo de Cultura Económica, colección Nuevo periodismo, México, 2005, p. 230.
[2] “El procedimiento consiste en atribuir una importancia particular a un fenómeno cultural y en estudiar la revista como su manifestación. En ambos casos las revistas aparecen como un valor ejemplar de otra cosa —de un pensamiento, una tendencia estética— que se genera en otra parte, y son analizadas como un espacio de exposición de éstos. Así, podemos decir que el problema esencial de estas aproximaciones es que las características de la revista son atribuidas previamente en vez de desprenderse de los objetos, lo cual determina las hipótesis propuestas.” en Annick Louis, “Las revistas culturales como Objetos de Estudio” en Ehrlicher, Hanno (ed.), Almacenes de un tiempo en fuga. Revistas culturales en la modernidad hispánica. Aachen, Shaker 2014
[3] Idem, p. 1.
[4] Idem.
[5] Susana Rotker, op. cit., pp. 24-25.
[6] Rubén Darío, “La enfermedad del diario” Escritos inéditos, ed. E.K. Mapes (Nueva York, Hispanic Institute, 1943), p. 7 [Citado por Susana Rotker, op. cit., p. 106].
[7] Manuel Gutiérrez Nájera, “Crónica” en Obras inéditas, ed. E.K. Mapes (Nueva York, Hispanic Institute, 1943), p. 7 [Ibid., p. 107].
[8] Julián del Casal, Crónicas habaneras, comp. A Augier (Las Villas: Universidad Central de las Villas, 1963, pp. 287-288). [Ibid. p. 106].
[9] Susana Rotker, op. cit., pp. 101- 102.
[10] Blanche Zacharie de Baralt, op. cit., “Nuestra casa” en op. cit., p. 61.
[11] Susana Rotker, op. cit., p. 225.
[12] Ibid.., p. 25.
[13] Ibid., p. 227.
[14] Roberto Fernández Retamar “Entrada” en La Edad de Oro (edición faccsimilar), Oceano, México, 2005, p. 18.
[15] La revista, por cierto era azul. ¿Azul modernista?
[16] Fernández Retamar, op. cit., p. 18.
[17] Blanche Zacharie de Baralt, op.cit., p. 94.
[18] José Martí, “La América” en Obras completas, vol. 8, Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 266.
[19] Pedro Antonio García, “Periódico Patria” en Portal José Martí, http://www.josemarti.cu/dossier/periodico-patria/, consultado el 27 de abril de 2017.
[20] Blanche Zacharie de Baralt, op.cit., pp. 94-95.
[21] Filtradas por la mirada y la posición ideológica, el propósito de las compilaciones testimoniales sobre Martí no es necesariamente la reconstrucción de las redes en que él se movía, sino abonar al reconocimiento de sus virtudes humanas, individuales, y de paso dar fe de su propio paso por la vida del escritor.
[22] Blanche Zacharie de Baralt, op.cit., p. 95.
[23] Annick Louis, op. cit., p. 12.
[24] José Martí, “En los talleres” en Obras completas, vol. 4, Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 398.