Descubrirnos en el collage del habitar

Alberto Constante #9 - Arquitectura, Reseñas

Iñaki Ábalos, La buena vida, visita guiada a las casas de la modernidad, Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2000.

Esto no es una reseña, más bien es un viaje por lo decible y lo visible del mundo en su arquitectura.

Nada tan prometedor como un libro que nos habla de La buena vida. Porque el juego de la vida se trata de eso, de vivir una buena vida, el entramado de nuestra vida tiene que ser una apertura hacia ese juego que abre la vida misma porque la arquitectura simbólica que tiene es, como decía el viejo Aristóteles, de vivir una vida buena. Acabo de cambiar los términos, y ese pequeño cambio sintáctico entraña un cambio semántico. Vivir una vida buena significa crear una zona, un ámbito lo suficientemente abierto donde los seres humanos puedan morar, habitar. Así lo pensaron los antiguos cuando llamaron êthos a esa región en donde los humanos pueden morar, habitar, residir, poblar un lugar que va siendo su propio rostro, los actos con los que hace su propio ser en el mundo y el mundo mismo. Êthos, entonces, es el lugar de resguardo existencial y vital, zona privilegiada que constituye nuestro suelo firme, ese locus donde todos podemos sentirnos protegidos, y desde donde nos abrimos a todo lo que es porque ese êthos es el fundamento de la praxis, la raíz de la que brotan todos los actos humanos y de ahí ética.

Estoy persuadido de que nadie quiere vivir mal. El dramatismo que estremece y caracteriza nuestra forma de habitar el mundo –melodrama las más de las veces, oscuro y sobrecogedor, pero en otras ocasiones heroico y triunfal o comedia jubilosa- no proviene de la realidad misma, sino de la conmoción emotiva que nos provoca la indiferencia del mundo. Y aún con esto ¿no hemos querido todos que la vida sea algo bueno, digno de ser vivido? ¿De qué buena vida se trata cuando nos abrimos las páginas de La buena vida de Iñaki Ábalos?

Una meditación sobre el habitar es lo que nos encontramos, un periplo de preguntas que inquietan y acucian al lector porque es él quien tiene que dar respuesta a eso que denominamos como buena vida. ¿Qué es la buena vida? ¿Acaso del habitar depende la buena vida y la vida buena? Me parece que el conjunto de interrogaciones que construyen este discurso propician una respuesta que está implícita y que se abre en ambos sentidos. ¿Cómo habitar, es decir, como desplegar nuestro ser en el mundo a partir de esa forma en la que sólo el ser humano puede ser: habitar. Habitamos de múltiples maneras, poblamos el mundo de manera tal que formamos mundo. En este sentido, Iñaki Ábalos se introduce en una “visita guiada a las casas de la modernidad” develando los caminos y los juegos que se implantaron con el proyecto de lo que sería nuestro propio rostro, la geografía pasional de la modernidad.

La ambición del libro es enorme: “La buena vida estudia la relación que existe entre las formas de vivir, los distintos filones del pensamiento contemporáneo, y las formas de la casa, de proyectarla y habitarla” (p. 8) En este libro se revisa las formas múltiples de espacios domésticos reduciéndolos a la llamada ortodoxia moderna en el que el siglo XX se muestra como la historia apasionante y heterogénea de una colección de arquitecturas que se revelan como herencia irrenunciable, como el reto pertinaz de tener que estar siempre a la altura de un pasado que brilla por sus formas, herencia que, como decía Derrida, “consiste en ‘escoger su herencia’: ni aceptarlo todo ni barrer con todo”. Es decir, prevalecer en la idea de que la mejor manera de ser fiel a una herencia es serle infiel, no recibirla literalmente, como una totalidad, sino más bien pescarla en falta, captar su “momento dogmático”. Porque uno puede sentirse heredero, fiel en la medida de lo posible.

Es cierto, uno siempre se reconoce, ya se trate de la vida o del trabajo del pensamiento, como apunta Derrida, en la figura del heredero, y cada vez más, de manera cada vez más asumida. Al explicarnos de manera insistente sobre ese concepto o esa figura del legatario, uno puede llegar a pensar que, lejos de una comodidad garantizada que se asocia un poco rápido a esa palabra, el heredero siempre responde a una doble exhortación, a una asignación contradictoria: primero hay que saber y saber reafirmar lo que viene “antes de nosotros”, y que por tanto recibimos antes incluso de elegirlo, y comportarnos al respecto como sujetos libres. Sí, es puntual (y ese es puntual está inscripto en la propia herencia recibida); es preciso hacerlo todo para apropiarse de un pasado que se sabe que en el fondo permanece inapropiable, ya se trate por otra parte de memoria filosófica, de la precedencia de una lengua, de una cultura, o, en este caso, de la arquitectura que, en rigor, como lo trata Iñaki, se trata de la filiación en general. Por ello, la pregunta que parece estar a la base de todo el libro es : ¿Qué quiere decir reafirmar? No solo aceptar dicha herencia, sino reactivarla de otro modo y mantenerla con vida. No escogerla (porque lo que caracteriza la herencia es ante todo que no se la elige, es ella la que nos elige violentamente), sino escoger conservarla en vida. En el fondo, la vida toda, se orienta por esa tirantez interna de la herencia. Afirmamos y reafirmamos, acentuamos todo aquello de lo que no podemos renunciar y que en el fondo nos apropiamos. Esa reafirmación que al mismo tiempo continúa e interrumpe se asemeja, por lo menos, a una elección, a una decisión. Comenzando por la palabra “vida”. Habría que pensar la vida, esa que acentúa el autor de La Buena vida, a partir de la herencia, y no a la inversa. Habría que partir de esa contradicción formal y aparente entre la pasividad de la recepción y la decisión de decir “sí”, luego elegir, traspasar, desentrañar, y por consiguiente transfigurar, no dejar intacto, indemne, no dejar a salvo ni siquiera eso que se dice respetar ante todo. Y después de todo. No dejar a salvo: salvar, tal vez, todavía, por algún tiempo, pero sin ilusión sobre una salvación final. Somos herederos de un pasado, y ese pasado es la herencia que para ser herencia tiene que ser reinterpretada y reafirmada interminablemente.

La Buena vida, nos habla de las formas en las que esta herencia se ha mostrado, es decir, las formas en las que se ha pensado y proyectado “el espacio doméstico que sigue aún vigente entre los arquitectos (y que) no es más que una materialización de ciertas ideas arquetípicas en torno a la casa y los modos de vida que tienen su origen en uno de estos filones, el positivista…” (p.8), el único precisamente agotado y cuya validez ha concluido.

La Buena vida lo que nos relata son otras formas de comprender la vida misma, de cómo habitarla y asirla, de cómo creamos esa rejilla con la que miramos el mundo y lo describimos, esa forma de habitar, finalmente, el mundo. Por esto, este libro no es un manual de arquitectura, sino, si manual fuera, de habitar, de crear ese espacio, de hacer espacio, de la vida misma en su herencia, esto es: de los vínculos que hay entre lo visible y lo decible, entre lo no dicho y lo no visto, del espacio que se crea como espacio en tanto se hereda, se habita, se transcurre, se vive, y se piensa. En cierta medida podríamos decir que de lo que se trata es de la arquitectura en tanto práctica de sí mismo, como decían los griegos, es decir, del cuidado de sí. Cuidar de sí es aquello que Iñaki Ábalos nos dice cuando nos habla de “la cabaña” del filósofo Martin Heidegger, con maestría singular, con una dote filosófica indudable, sorprendente, Iñaki escribe de esa forma de arquitectura que él nombra como “Heidegger en su refugio: la casa existencialista”: “Habitar”, en el sentido de Heidegger, es una cualidad propiamente humana: Los mortales son; esto quiere decir: habitando soportan espacios sobre el fundamento de su residencia junto a cosas y lugares. Y sólo porque los mortales, conforme a su esencia, aguantan espacios, pueden atravesar espacios con un habitar que ha sido, hace ver cómo este habitar fue capaz de construir. La “habitabilidad” es una cualidad externa: hay que distinguir que la habitabilidad es una cualidad del lugar y de lo construido.

La función de visibilidad con la que opera la obra nos lleva a hacer evidente los arquetipos, mediante ciertos rasgos, con los que se ha compuesto la realidad arquitectónica del siglo XX pero que, al acentuar esos mismos rasgos se evidencia que la realidad es mucho más compleja y llena de matices que la mera arquitectura y que con esos rasgos “se muestra toda la fuerza y la vida de las cosas” (p.9). Las casas en este texto, tipificadas por una subjetividad que no atiende a criterios de objetividad, de academia, ni en lo absoluto de un orden por importancia, sólo nos quieren presentar los arquetipos con los que se construyó el siglo XX, es decir, las distinciones entre lo público y lo privado, el ordenamiento y la significación de lo que entendemos hoy por ciudad, ciudadanía, espacio público, entre otras categorías. La buena vida es un intento por disfrutar la arquitectura, por apreciar el gozo de habitar, de estar en el mundo mediante no conceptos sino por hablarnos desde la imaginación y con la fantasía a cuestas. Quizá por ello están “La casa de Zaratustra” en donde cuestiona la máxima creación de Mies van der Rohe “la casa de los tres patios” y se pregunta si en estas casas puede habitar algo más que la individualidad, algo así como el superhombre nietzscheano que ha superado toda sujeción…

Quizá por ello está “La máquina de habitar de Jacques Tati: la casa positivista” y corazón de la crítica de este libro pero, al mismo tiempo, “tratando de encontrar cuánto hay en ellas de nosotros mismos; reconociéndonos como herederos de aquella modernidad a través de sus tópicos, aún si creemos haberlos superado. Somos precisamente los arquitectos los que más dificultades encontramos, aún hoy, para identificar esos tópicos pues sin duda forman la columna vertebral de nuestro entrenamiento, de nuestra formación académica” (p.69).

A contrapelo de la casa de Mies, la casa de los Arpel, la ciudad recreada con una ironía feroz por Tati nos muestra una fina concepción de la arquitectura y del urbanismo en donde se dan cita los valores de la modernidad. Tati en el cine compone y estructura la casa modelo, la casa habitada por todos los arquetipos que dejaron de funcionar pero que siguen, como el dios de Nietzsche, viviendo como sombras: la familia, el orden y el progreso, órdenes de realidad, estabilizados por un tiempo teleológico en el que se ordena el mundo por la hipoteca de un pasado y un presente en aras de un futuro que aún no es. La interpretación del mundo que hace Tati está basada en las contradicciones entre la naturaleza y el artificio. Optando por lo natural-tradicional frente a lo artificial-moderno, al oponerlos continuamente para intentar demostrar las virtudes de uno sobre el otro. Esta misma oposición se produce en las edificaciones que aparecen en sus películas, sin embargo cuando se piensa en ellos, lo primero que se recuerda es su sátira de la arquitectura moderna como ámbito donde se producen unos comportamientos ridículos. La arquitectura adquiere así importancia, porque el director la convierte en inductora de un modo de vida que es objeto de su crítica, y para hacer esta crítica, debe enseñar, describir, los edificios en que están inmersos sus personajes. El pasaporte a ese otro reino del quehacer humano: el futuro, en donde lo privado es lo expuesto, lo visto, lo visible, el orden de la visibilidad en donde ella misma es represiva. La deriva del panóptico de Bentham, el mismo de Vigilar y Castigar de Foucault, de la interiorización de la vigilancia y el castigo, el moralismo atrabancado y brutal.

Anchor No creo que pueda hacer justicia a tan espléndido libro reseñando o comentando cada una de las siete estaciones que ocupa el libro; no creo poder mantener esa tensión y ese juego filosófico que Iñaki Dábalos con enorme maestría logra ver y comentar la arquitectura como simbólica de un mundo periclitado pero que, en rigor, sigue viviendo porque lo que vive es su espectro, lo no real, como lo más abstrusamente verdadero por sus efectos, por sus derivas, por todo eso que representa para nosotros los que nos descubrimos en sus líneas, en todo aquello que nos atraviesa, nos descubre como cicatrices en el cuerpo porque si la arquitectura es importante es por todo aquello que se cimenta en torno a lo que vemos y conocemos.

Quedan muchos temas por tratar, muchas interrogantes que se cierran como capullos de gusanos de seda esperando las metamorfosis para despuntar en el alba de otra arquitectura que nos permita, desde nuevos paradigmas técnicos y desde nuevas descripciones que nos darán un nuevo paisaje cultural, el mestizaje de una nueva estética donde se mezclen materiales, perspectivas, visiones, lo nuevo y lo viejo, lo visto y lo no visto, lo siempre abierto con lo cerrado. Un mundo donde habitar sea eso, un buena vida