Editorial #42: Pensar con(tra) Lacan

Reflexiones Marginales #42

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Una y otra vez se han anunciado y pronunciado los funerales del psicoanálisis y del estructuralismo. Se han decapitado cabezas de Freud y de Lacan. Sin embargo, aún siguen dando mucho de qué hablar, pensar, escribir, cartografiar. Y es que no es para menos, pues el psicoanálisis de Lacan nos conmina a pensar “la dimensión más radical de la existencia humana” –advierte Slavoj Zizek en su polémica obra Cómo Leer a Lacan; como todos sus trabajos teóricos, entre las humanidades y el panfleto político.[1] El legado de Lacan es múltiple, complejo, contradictorio, ambiguo, paradójico, difícil de evaluarse en una lectura monolítica. Es muy probable que no sea ni filósofo, ni teórico social, ni crítico de arte, ni experto en estructuralismo, lingüística, matemáticas, lógica, es más, ni siquiera en clínica, pero seguimos hablando de él y su obra, porque atraviesa con incansable y renovado vigor todos los umbrales, disciplinas e ismos. Quizá su enseñanza sea el permanente auto-cuestionamiento de todas las verdades, empezando por la misma noción de verdad.

Pensador singular, lector audaz, interprete nada convencional, elocuente maestro y orador, su obra singularísima se construye, se deconstruye, de forma constante se balancea sin detenerse, en las fronteras entre psicoanálisis, filosofía, arte y literatura, y con el paso del tiempo, su valía se va aquilatando. Si la lectura que hace Lacan de Freud es muy parcial, un ejercicio de arte perspectivista –para decirlo con Nietzsche–, tendríamos que seguir el sendero abierto de su pensamiento con y contra, en compañía de Lacan, pero también en y desde, otras compañías y compinches. Esta obra se propone rastrear algunos momentos, derivas, ideas, pensamientos, anécdotas, para pensar con, y hacia, pero también más allá, y más acá de Lacan, en los umbrales del psicoanálisis y de la filosofía. Se trata de textos que funcionan como máquinas de guerra para repensar la contemporaneidad. Son lecturas militantes en el sentido de que están comprometidas con cierto punto de vista y cierta práctica ético-política. Pensar e intervenir a partir –desde, hacia y contra– del psicoanálisis replanteado por el retorno a Sigmund Freud que instaura Jacques Lacan no es sino continuar una deriva que recrea, incansablemente en los linderos de la auto-interrogación humana. Más que modificar el juego de preguntas y respuestas, ha modificado por completo el estilo de cuestionarse.

Las aportaciones del psicoanálisis, y en particular del psicoanálisis de Jacques Lacan, son múltiples y diversas, y casi tienen la proliferación que sus ataques y diatribas. Se suele escuchar, cada vez más cansina y hueramente, que “el psicoanálisis no es ciencia” (pero tampoco es arte o filosofía), que “el psicoanálisis no tiene una fundamentación rigurosa” (o bien que es “pura charlatanería”). Y para escándalo de los seguidores de Lacan, así que como para despertar sonrisas malévolas en sus detractores, habría que decir que Lacan se reconoce como auténtico heredero de los sofistas, entendiendo por sofista en la antigua Grecia un maestro de sabiduría coloquial. El reconocimiento de una sabiduría ambigua y problemática, hace de Lacan un personaje singular. Por ende es común que olviden propios y extraños que es un saber anómalo y una práctica clínica que florece en los umbrales, como las flores más exquisitas que destellan en discretos oasis en pleno desierto. Llama la atención con que ahínco se cuestiona, la vehemencia de las invectivas por algo que no tendría nada que aportar, entonces, ¿por qué genera tanto revuelo e inspira tan procaz animadversión? No son gratuitas ni azarosas las críticas lapidarias contra el psicoanálisis, hay un malestar en contra suyo que delata el síntoma de una herida o injuria imperdonables, a saber, poner al desnudo la condición de orfandad desde los actos y palabras del ser humano en su ser y quehacer cotidianos. El cuestionamiento e impugnación abiertos por Lacan alcanza hasta la propia verdad del sujeto, y por tanto, hace cimbrar el edificio entero del pensamiento occidental.[2]

Despierta suspicacias y nunca ha dejado de estar exento de polémica. En las mismas huestes psicoanalíticas habría una estrategia de normalización, de integración y traducción del psicoanálisis de Freud a los campos disciplinares del saber e incluso de la psiquiatría, que sea una caricatura infiel del espíritu de Freud, es muy probable, pero en todo caso, es una lectura factible que la misma obra plural y en constante redefinición del doctor de Viena posibilita. El hecho de que más de una vez se haya definido a Jacques Lacan por su barroquismo y su exceso ya es indicación acerca de quién estamos hablando o tratando, o intentando tratar, aunque quizá sea alguien intratable. En el sentido más literal de una persona que nos encontramos y, francamente, no sabemos cómo tratarle, si de o de usted, si con respeto o camaradería franca o una mezcla de ambos afectos. Y ahí reside gran parte de su originalidad: en potenciar el malentendido, las palabra malditas, horadar el bendecir desde su maldecir originario, confrontar el lenguaje desde el mal y la finitud, o lo que también se ha dicho, una y otra vez, con diverso sentido y éxito: poner y disponer en juego la puesta en escena de la verdad del sujeto. Justo ahí ya estamos de frente con lo que podría ser el lenguaje y los gestos de Lacan, pero también justo ahí, estamos a punto de perderlo y perdernos, nunca dejamos de correr el riesgo de quedarnos con sus trucos, o mejor dicho, con el efecto de sus trucos verbales, cuando él, como buen prestidigitador, ya está en otra parte y con otras cosas. Por eso “el lacanismo” se vuelve peligrosa jerga de embaucadores que termina engañando al listillo que se cree que la está haciendo en grande, cuando lo único que hace es el ridículo sin provecho y sin aportar nada que letra muerta a un lenguaje inerte. Qué Dios nos guarde la hora de los papistas lacanianos que emulan sus gestos, sus muletillas, su dicción heideggeriana rebuscada y hasta su pose, para encubrir la pobreza más elemental de pensamiento.

Aquí hay diversas lecturas y apropiaciones de su obra, se asume, coherente con su ideario, implícita, otras explícitamente, la imposibilidad de tener una lectura total de Lacan, se trata de abrir el espacio de interrogación en los umbrales del discurso y de los saberes disciplinares, abrir las disciplinas, más allá de su disciplinamiento normativo, a la indisciplina y la búsqueda sin fin, pero con pesquisas creativas y rigurosas –hasta donde alcanzan nuestras entendederas: como decía mi abuela que en paz descanse. Quizá sea un interlocutor cercano, y al mismo tiempo distante y distinto, como Michel Foucault, quien entendió el asunto: proseguir la tarea emprendida por Kant que consiste en replantear las fronteras del entendimiento humano desde la apertura inédita de la experiencia del sujeto. Entender el entendimiento desde su alteridad inmanente y constituyente, no es poca cosa, y aquí en este punto, pese a su lejanía de estilo y de aliento, las obras y búsquedas de Lacan y de Foucault se hermanan, al igual que las de pensadores contemporáneos que están intentando hurgar ese enigma sin solución que nos exaspera sin desvelo: ¿qué o quién diablos es el sujeto? ¿Cómo es posible pensar y repensar la subjetividad? Los signos de interrogación también podrían ser de admiración. Admiración y perplejidad ante ese misterio que ya resultaba insondable en tiempos de San Agustín. Nosotros que no gozamos de su santidad intelectiva estamos aún más perplejos, y quizá sea esa perplejidad compartida lo que nos permite decir todavía: nosotros, en tiempos modernos y posmodernos donde toda identidad se licuifica, se fragmenta, se rehace. Las herramientas intelectuales y prácticas que nos proporciona su obra permiten otras lecturas de la subjetividad desde su juego incesante de subjetivación, sujeción, empoderamiento.

 

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Pensar con Lacan, en su compañía, en su legado, pero también en su polémica y querella no es sino retomar la estafeta del pensamiento en momentos álgidos donde parecería ser que las únicas certezas ostensibles son de incertidumbre, catástrofe y nihilismo, y aunque es deudor dicho ánimo posmoderno y desencantado de época de algunas derivas abiertas por el inter-juego entre estructuralismo y post-estructuralismo del psicoanalista francés, es también muy probable que tal estado de ánimo resulte ajeno a Lacan. Tal vez sea también una perogrullada decir que la deconstrucción de Jacques Derrida no es la deconstrucción de Jacques Lacan aunque cambien e intercambien posturas, posiciones e ideas. Sus efectos y afectos son de orden muy diverso, e incluso en algunos momentos divergentes, Lacan no hace filosofía, aunque se sirve de ella, Derrida no hace clínica aunque no sólo se sirve de ella, sino que, la critica y la cuestiona, pero echa mano de su heurística y se agencia una agenda de trabajo clínico para abismarse en los laberintos del falo-logocentrismo. Tal vez y quizá, pues con Lacan y Derrida nunca se está del todo seguro, ni siquiera de eso: de “no estar del todo seguro”, la propia duda se vuelve improbable y nos muestra sus facetas desconocidas. Empero, otra vez, “peligro”, “cuidado”, territorio lacaniano, es decir, territorio minado y peligro de explosión, los juegos verbales se trasmutan en fuegos pirotécnicos y nos podemos quemar. Así que vayamos despacio y con cautela.

En todo caso, hay un antes y un después de Lacan en el pensamiento, la cultura, la política y las humanidades. Sus aportaciones, sin dejar de tener ahí, su epicentro, trascienden el psicoanálisis. Se ubican en los umbrales, en los intersticios. Su obra está en los márgenes tanto por elección propia como por vocación disruptiva. La disolución de una posible escuela lacaniana de pensamiento dinamita toda herencia transmisible o capitalizable. Su obra excede todo cálculo y estrategia de neutralización, por lo mismo, como ya se dijo, resulta intratable e ingobernable. La audacia de su pensamiento sacude toda perspectiva de adoctrinamiento. Otra vez, como mera hipótesis, se podría especular que su actualidad se funda en su inactualidad intempestiva e iconoclasta, pero también su deriva revolucionaria, poco o nada tiene que ver con las modas del 68. Su revolución de largo aliento, gusta el vuelo silencioso del pensamiento de Nietzsche y de Marx, con quienes mantiene una relación tensa e intensa de amor-odio, que no deja de producir serios dolores de cabeza a la intelectualidad bien-pensante de derecha e izquierda.

Pensar en compañía de Lacan significa, entre otras posibles cosas, atreverse a pensar el presente en compañía del pensamiento crítico e inquisitivo y, a la vez, proseguir el devenir iniciático de ser uno mismo en la soledad auto-vigilante, es decir, situarse en el intersticio entre la conversación y la soledad, la palabra y el silencio, la extemidad y la intimidad. La primera parte, “Más acá del rumor de las palabras: margen y silencio” ensaya perspectivas analíticas de lo escrito y lo pensado a partir de Los Escritos y Los Seminarios de Lacan. El Dossier “Pensar con(tra) Lacan” abre con la espléndida traducción que generosamente nos comparte Patricia Garrido de un texto de Jean Allouch titulado “[Escritos] Eso no aguanta” donde el autor expone una serie de consideraciones intempestivas en torno a la publicación de la obra seminal de Lacan en el contexto francés de posguerra y el breve diálogo polémico con Derrida en torno a la publicación de los Escritos. Por su parte, nuestro maestro Raymundo Mier nos invita a dilucidar el intrincado núcleo problemático entre el psicoanálisis de Freud y de Lacan a partir del encuentro-desencuentro con la filosofía de Kant y la obra enigmática de Sade. En “Escritos y el pliegue Barroco de Lacan”, Patricia Garrido Elizalde abre fuego con una introducción general, y aunque no deja de ser provisional, según reconoce la propia autora, concierne a una cuestión que atraviesa la obra lacaniana entera, a saber, pensar el juego de diferencias y complejidades que se generan entre la oralidad y el lenguaje escrito. Dilucida a partir de la escucha clínica un amplio abanico de perplejidades que abre Lacan entre lo dicho y lo escrito. Más acá del rumor de las palabras, allende el lenguaje, se sitúa lo imposible, tal y como lo susurra, en voz baja, Carlos Galindo en su sugestivo ensayo “Un margen, lo imposible de decir”; prosigue los planteamientos psicoanalíticos de Freud y de Lacan en los márgenes del lenguaje y del pensamiento, bordeando el silencio como ese resto inasimilable, imposible de eludir, pero también, imposible de aludir directamente.

La segunda parte “Más allá de los Escritos, el abismo de las palabras” nos muestra la actualidad del legado de la obra de Lacan medio siglo después de su publicación: “Los Escritos de Lacan y la re-escritura del sujeto en la sociedad contemporánea. Apuntes para una discusión del legado de Lacan” de Sigifredo Esquivel Marin despliega una larga apostilla a la cuestión de estilo, escritura y pensamiento a partir de la elucidación de los Escritos en torno al sujeto y la verdad en el pensamiento contemporáneo. Por su parte Carlos García y Luis Fernando Macías, con su particular estilo de cronistas subterráneos de la cultura nos acercan a lo no escrito y lo no dicho en Los Escritos que siguen dando mucho de qué hablar, y también, como lo constata su propio ensayo, mucho de qué escribir bajo la estela y estrella de Lacan y el psicoanálisis francés.

La tercera parte, “Allende la orfandad: subjetividad, ética y política” retoma derivas que se despliegan en los umbrales del pensamiento, del psicoanálisis y del arte contemporáneos. En “Falta de ausencia, existir en la angustia. Del pliegue barroco al corazón como objeto a” Alejandra Cantoral Pozo y Alfredo Emilio Huerta reconstruyen algunas narraciones caballerescas que, guardan aún el encanto del amor trovadoresco, pero nos permiten repensar las complejas e intrincadas relaciones entre muerte, vida y finitud en el mundo occidental moderno, y para variar, lo hacen a caballo entre filosofía, literatura y psicoanálisis. Marco Antonio Jiménez en “Ética y constitución de Subjetividad. Caminos de Lacan” retoma una cuestión que hoy más que nunca resulta urgente volvernos a plantear: la relación entre ética, verdad y sujeto de cara a las apremiantes vicisitudes de nuestro tiempo. Cierra este ejercicio colectivo “Elementos para una teoría sobre la autoridad simbólica” de Rigoberto Martínez Escárcega quien efectúa una deconstrucción creativa con explosivos psicoanalíticos, literarios y políticos para hacer cortocircuito en la ideología contemporánea.

Lejos del encomio o la diatriba, la presente obra, sin proponérselo del todo, nos muestra y demuestra que el mejor homenaje a un autor ya muerto es poner y disponer en la discusión actual sus argumentos e ideas para repensarnos vivos de otro modo distinto al uso hegemónico. No sólo tenemos Lacan para buen rato, sino que su lucidez alumbra y deslumbra la ratio de la época presente que oscila entre una modernidad que no termina de agonizar y una posmodernidad que no alcanza a (re)nacer. Incluso ahí donde se equivoca Lacan, se abre la problematización humana como arte de interrogación infinita. Lejos de creer descubrir el hilo negro, que tanto Lacan y Foucault –siguiendo a Nietzsche– han mostrado ya la impostura del origen prístino, este libro es un modesto gesto ético-político-estético –pero tampoco es menos– de proseguir diálogos críticos entre el silencio, la palabra y la amistad.

 

Sigifredo Esquivel Marin

Editor invitado

 

 

Bibliografía

  1. Le Gaufey, Guy, El sujeto según Lacan, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2015.
  2. Zizek, Slavoj, Cómo leer a Lacan, Buenos Aires: Paidós, 2013.

 

Notas

[1] Slavoj Zizek, Cómo leer a Lacan, Buenos Aires, Paidós, 2013.
[2] Guy Le Gaufey, El sujeto según Lacan, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2015.