El fantasma del poema

Luis Felipe Fabre #11 - Dispositivos de la mirada, Dossier

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¿Existe algo así como un subgénero del retrato fotográfico que podría denominarse como “retrato de escritor”? Sospecho que sí. Sospecho que algo hay en las fotografías donde aparecen escritores que las distingue del retrato a secas. Pero no me refiero con ello a los lugares comunes de dicho subgénero (en caso de que exista): esa parafernalia escritural y esa pose literaria: enormes libreros como telón de fondo, un escritorio que aunque real deviene de utilería, y el retratado frente a la computadora escribiendo, o venciendo a la hoja en blanco, o muy concentrado leyendo, o declamando ante un auditorio que no vemos pero suponemos numeroso o autografiando alguno de sus libros. Ciertamente nada peor que el retrato de un escritor posando como si estuviera escribiendo, como si en su simulado estado de inspiración no notase que está siendo fotografiado. El problema no es la pose ni el decorado: puede haberlos o no. El problema realmente es que la literatura es invisible y que lo que se lee no se ve aunque pase por los ojos

¿Desprovistos de su parafernalia, y siendo la literatura invisible, los escritores retratados aparecen en las fotos, no obstante, en su calidad de escritores? ¿Es esto posible? Por supuesto que está el asunto del contexto: el lugar donde la foto aparece. Un retrato de un escritor probablemente no signifique lo mismo en la cuarta de forros de un libro suyo que en el álbum familiar. Otra vez: ¿hay alguna diferencia fundamental entre el retrato de escritores y el retrato a secas?

En su libro Appendices, illustrations & notes, el escritor norteamericano Terence Gower y la poeta mexicana Mónica de la Torre juegan con la relación entre dichos fantasmas: reproducen tres veces la solapa de un libro probable, Origin /al Mis-takes, de un(a) tal Lee Green. En cada solapa aparece la misma ficha bibliográfica, pero cambia la foto del autor: en una vemos a un cincuentón caucásico, en otra a un joven oriental con aspecto de estudiante de maestría, y en la última a una misteriosa mujer. La lectura del libro, o más bien, de la idea del libro que cada lector formula en su cabeza a partir del título y los datos paratextuales que Gower y De la Torre ofrecen, y la lectura de la imagen se alteran impredeciblemente en cada ocasión.

De algún modo, al mirar la imagen de un escritor (o que así se presenta) lo leemos, buscamos en el misterio de su imagen pistas que ayuden a descifrar el misterio de su escritura. La más de las veces, la búsqueda de estas pistas es vana: al misterio del texto se le viene a sumar el misterio de la imagen. El resultado de la suma puede ser una cifra desconcertante. Entonces, a la manera de uno de los personajes de Felisberto Hernández al momento de conocer a un escritor al que había leído previamente, exclamamos: “-Usted no es como me lo imaginaba… siempre me pasa eso. Me costará mucho acomodar sus cuentos a su cara.”

Puede suceder, no obstante, que la imagen del escritor se compagine sorprendentemente con la imagen que de él nos hemos forjado a través de su escritura. En cualquier caso, al mirar el retrato de un escritor lo que queremos ver es lo que no se puede ver: la literatura, pero ésta se inscribe en la imagen por su ausencia y como una condición previa para que en verdad se trate de eso y no de otra cosa: el retrato de un escritor. En verdad, en un retrato de un escritor la literatura se hace presente en su invisibilidad. Algo que no está en la foto, pero que allí se aparece. Porque la literatura es invisible. Poco importa que el escritor en cuestión pose en su escritorio, frente a la página en blanco, guarecido por sus obras completas. La literatura es invisible. ¿O no?

Entre los autores contemporáneos, Pierre Michon es uno de los que con mayor profundidad ha trabajado el asunto. Sus textos sobre los retratos de Beckett y Faulkner son extraordinarios. Pero es en Rimbaud el hijo donde llega más lejos. La novela está escrita a partir de los retratos que se conservan de Rimbaud y que, por supuesto, no aparecen en el libro. “¿Si en las fotos vemos el cuerpo, en los versos vemos el alma?”, se pregunta Michon observando la foto más famosa del poeta maldito, la del óvalo, aquella en que aparece vestido con un elegante traje probablemente prestado. Michon observa: lleva la corbata torcida. ¿Por qué Carjat, el famoso fotógrafo, no le dijo que se arreglara la corbata al momento de fotografiarlo como solían y suelen hacerlo todos los fotógrafos de estudio?, se pregunta Michon: ¿intuyó Carjat que a Rimbaud le venía mejor pasar a la posteridad con la corbata torcida o simplemente le atemorizó el carácter pendenciero del joven poeta y se cuido de decirle nada?

¿La literatura es invisible? ¿Acaso no vemos en el retrato oval de Rimbaud a la poesía en persona? ¿Leeríamos igual los infernales poemas de Rimbaud si no hubiéramos visto ese rostro angelical? ¿En verdad existe una separación entre el cuerpo y el texto, entre la imagen del cuerpo y la imagen –imposible- del poema?

La literatura no es fotografiable. Pero, de algún modo, aparece en la foto. El texto es una suerte de afecto que el espectador imprime en la imagen. Sólo entonces en la foto se revela la imagen de un escritor. Sólo entonces deja de ser un retrato a secas y pasa a formar parte del subgénero (en caso de que exista). El retrato de escritor sería entonces un doble espectro: el maridaje entre el fantasma del texto y el fantasma del cuerpo.

En el ámbito de los autores mexicanos, mi retrato preferido tal vez sea el que le realizó Semo a Salvador Novo: no el de cuerpo entero, sino aquel en que aparecen únicamente sus manos.

Me gusta la idea de que sea, precisamente, el fotógrafo de las rumberas de moda en aquella época, quien lo haya realizado. Novo: una estrella y una diva. Me gustan esas manos, la imagen de esas manos casi recortadas del cuerpo, fantasmas emergiendo de la oscuridad. Me gusta la imagen de esas manos que comienzan a envejecer pero adornadas por anillos descomunales. Unas manos masculinas que parodian concientemente una feminidad fallida cifrada en sus joyas: manos que trazan un gesto amanerado aún en su quietud. Manos que trazan un gesto: ¿o una escritura? ¿Cómo mirar esas manos sin recordar el poema “Elegía” que años antes escribiera una de esas mismas manos? En esa foto, ver también es leer:

Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen,

grotescas para la caricia, inútiles para el taller o la azada,

largas y fláccidas como una flor privada de simiente

o como un reptil que entrega su veneno

porque no tiene nada más que ofrecer…

La fotografía de las manos de Novo: el recurso de Semo es literario: una sinécdoque: fotografiando las manos de Novo, Semo nos lo revela de cuerpo entero. Pero no solo es eso: allí fantasma que la foto hace aparecer es precisamente el fantasma del poema. Pocos son los momentos, como en el caso de esa foto de Semo, en los que poeta y poema sean tan una misma cosa. Más aún: esta foto es más que el retrato de un escritor: es el retrato de un poema. “Elegía” es el pasado de esas manos cuyo futuro somos nosotros mirándolas. Y entonces, lo miramos: el poema deviene imagen. Como esas fotos donde aparecen espíritus y espectros publicadas en revistas dedicadas a fenómenos paranormales, la foto de Semo ha logrado retratar lo invisible. Porque la literatura es invisible. Pero miramos unas manos y lo que nos revela es un poema.