La crónica latinoamericana según SoHo

Miguel Ángel Hernández Acosta #41 - Hojear el siglo XX, #41 - Artículos

Resumen

Este trabajo busca profundizar en las razones por las que la revista SoHo se ha convertido en uno de los medios de comunicación impulsores de la crónica latinoamericana contemporánea. Así, destaca el estilo del trabajo editorial que hay detrás de cada una de estas obras, la intervención del director de la publicación y los principios que rigen su método de trabajo a partir de que Daniel Samper Ospina asumió como su director en 2001.

 

Abstract

This paper seeks to delve into the reasons why SoHo magazine has become one of the driving forces behind the contemporary Latin American chronicle. Thus, it highlights the style of the editorial work behind each of these works, the intervention of the director of the publication and the principles that govern his method of work since Daniel Samper Ospina assumed its director in 2001.

La revista SoHo es considerada uno de los pilares del auge de la crónica latinoamericana contemporánea, así como de la forma en que se practica este género. Lo mismo Samper Pizano,[1] que Correa Soto,[2] Agudelo[3] y Herrscher,[4] todos ellos estudiosos de este tipo de periodismo narrativo, han considerado a la publicación colombiana como base del renovado interés por este tipo de textos. Los propios cronistas han reconocido el peso que tiene este proyecto editorial en su forma de ejercer su trabajo. Esto puede observarse en la antología personal de Alberto Salcedo Ramos, La eterna parranda. Crónicas 1997-2011,[5] donde 20 de los 27 textos seleccionados fueron originalmente publicadas en SoHo. A ello se añaden las menciones hechas por Leila Guerriero[6] y Martín Caparros[7] respecto a la influencia de la publicación en el impulso editorial de la crónica e incluso en la Antología de crónica latinoamericana actual[8] éste es el medio de comunicación que aporta más textos (8 de 61). En este sentido, ¿cuáles son las características que distinguen a las crónicas publicadas en SoHo? ¿Cuál la influencia de sus editores en la forma como se practica este género? Esto es lo que pretendemos analizar en el siguiente trabajo.

 

SoHo y su apuesta por la crónica

A finales de la década de los noventa, el grupo editorial colombiano Semana lanzó al mercado cinco publicaciones: Fucsia, dedicada al público femenino; Jet-set, una revista de sociedad; Gatopardo, que privilegiaba la crónica; Dinero, enfocada a los negocios, y SoHo, cuyo público objetivo era los hombres (de ahí su nombre SoHo: Sólo Hombres). La publicación tiene una portada a color, es mensual, mide 23 x 29.5 cm (es un poco más grande que una hoja tamaño carta), está impresa sobre papel couché y hasta abril de 2017 se han publicado 204 números.

Actualmente, tiene un costo de 13 500 pesos colombianos (el equivalente a casi cinco dólares) y ocupa el quinto lugar en la preferencia del público colombiano en cuanto a “revistas independientes”, de acuerdo al Estudio General de Medios 2016.[9] La publicación está dirigida a un público masculino de clase media alta y se divide en tres grandes secciones: Historias (subdividida en Postales, Testimonio, Anecdotario y Zona Crónica), Mujeres (integrada por las secciones Modelo, Símbolo y Mujeres) y Sexo (compuesta por el Consultorio sexual). Su contenido puede dividirse en tres grandes temáticas: mujeres, buen vivir y crónica. De éstos, a nuestro trabajo sólo le interesa el tercero.

En enero de 2000, cuando se editó el primer número, SoHo privilegiaba las fotografías de mujeres desnudas y breves artículos de estilo de vida: “carros, relojes y licores”. Esto continuaría hasta septiembre de 2001, cuando Daniel Samper Ospina se convirtió en su director. En ese momento la publicación comenzó a apostar por los textos narrativos. A decir de Samper: “el punto de partida […] era hacer historias que contaran cómo sobrevivíamos. Historias compatibles con la supuesta audiencia natural de la revista: crónicas urbanas, cotidianas, modernas, literarias”.[10] Para ello se basó en la revista norteamericana Esquire, en la cual había aparecido en 1962 el que se considera el primer texto del Nuevo Periodismo Norteamericano, “Joe Louis: el rey hecho hombre en edad madura”, de Gay Talese, y donde se habían publicado los trabajos de renombrados periodistas como Tom Wolfe, Norman Mailer y Truman Capote, entre otros. A esto agregó la tradición del periodismo literario de Colombia que se desarrolló en suplementos literarios como Lecturas Dominicales, de El Tiempo; la revista literaria Mito o en diarios como El Espectador, donde Gabriel García Márquez publicó en 1955, y por entregas, lo que después se conocería como Relato de un náufrago. Asimismo, se aventuró a repetir la experiencia del periodista Günter Wallraff y propuso crear crónicas de suplantación, pues creyó que éstas eran una especie de reality show como los que el público demandaba en esa época.

Daniel Samper Ospina

Con estas bases, Samper proyectó publicar textos que despertaran curiosidad en el lector y que estuvieran bien escritos, “y generalmente los que mejor escriben son los escritores porque viven de eso”.[11] Las características que debían contener las crónicas pueden resumirse en que fueran historias elementales para facilitar su lectura; que contuvieran un hilo anecdótico que permitiera al lector seguir la historia hasta su final; que lo contado mostrara al personaje fuera de un momento de turbulencia y que estuvieran escritas en primera persona. Aunado a ello, el director de la publicación consideró que cada tema tenía una firma o autor que podía servirle mejor por contraste o a veces por afinidad.[12] Además, dichos textos tendrían como temas: “cubrir a aquellas personas a las que la gloria no las toca: las que están fuera de los reflectores y los aplausos”,[13] hacer que la propia crónica por su planteamiento y por su autor fuera interesante, o promover que un periodista se disfrazara por unas horas y padeciera “en carne propia los sucesos del tema que le asignaron”.

Estos textos, según advierte Samper en el libro SoHo. Crónicas, una recopilación de sus primeros siete años al frente de la publicación, no pretendían “partir en dos la historia del periodismo nacional o ganarse un premio Pulitzer”,[14] sino habituar al público a la lectura de crónicas. Una vez conseguido esto, se arriesgaron a publicar perfiles extensos como el realizado por Alberto Salcedo Ramos sobre el ex campeón mundial de boxeo Kid Pambelé y el cual es considerado la graduación de SoHo como “revista devota del periodismo narrativo”.

En 2008, con la edición de la antología mencionada, Samper Ospina hizo un balance de lo conseguido por la revista en cuanto a su apuesta por las crónicas:

[logramos] convertir una publicación en un movimiento periodístico refrescante, capaz de conseguir nuevos lectores. Voy a las cifras: SoHo, la misma revista que tenía un contenido con mayor énfasis en las imágenes y no mucha preocupación por los textos, en el año 2000 contaba con 178.100 lectores, según el Estudio General de Medios. Hoy tiene 1.026.500. No digo que esa abultada cifra de lectores se haya dado gracias a las crónicas; pero estoy seguro de que han ayudado.[15]

 

Las temáticas

Hyden White, en El contenido de la forma, apunta que cada narrativa, por completa que aparente ser, “se construye sobre la base de un conjunto de acontecimientos que pudieron haber sido incluidos, pero se dejaron fuera”.[16] En este sentido, ¿cuáles son los hechos que reflejan las crónicas de SoHo? ¿Qué imaginario social retratan?

Para este trabajo nos basamos en los textos incluidos en la antología SoHo. Crónicas como una forma de delimitar un periodo de publicación (2001-2008) y debido a que su editor, Daniel Samper Ospina, señala que la selección de textos no es representativa, no obedece a una lógica y no tiene rigor alguno, pues lo que pretende es mostrar el estilo y principios que la revista adoptó para escribir este tipo de trabajos. A esto puede añadirse que debido a la clase de revista que es SoHo, una publicación para hombres, no es fácil hallarla en cualquier biblioteca pública colombiana, por lo que la recopilación en libro es una de las formas de tener acceso a este material.

Los escritos incluidos en esta antología hablan de ciudades colombianas sobrepobladas y de colombianos que sólo por su nacionalidad son sospechosos de ser narcotraficantes. También retratan un país con altos índices de violencia y muerte; donde es importante conocer cómo es por dentro un horno crematorio, saber qué ocurre en una convención funeraria o qué se siente al manejar una carroza; conocer cómo está distribuido un cementerio de acuerdo a la importancia del muerto, además de la manera como la Fiscalía General de la Nación se enfrenta a diario a cuerpos sin vida a quienes deben desenterrar, hacerles la autopsia e intentar averiguar su identidad. Es la cotidianidad de una Colombia que a diario sufre la violencia.

También tratan sobre cómo es un día en la vida de un extra de televisión, un boxeador amateur, un luchador, un bombero, el personaje que va por la calle recogiendo la basura o el conductor de una ambulancia. Algunas otras exponen lo freak y ahí ubican a los modelos más feos del mundo, a los enanos, a la colombiana más gorda, a los transexuales, al equipo de futbol que va en último lugar de la tabla o al boxeador que está dispuesto a perder una pelea con tal de obtener un poco de dinero y así poder pagar la escuela de su hija. En este punto resulta curioso que justo en lo “anormal” es donde los cronistas se aventuran más a conocer el alma del hombre, donde ven a un semejante, a un ser parecido a sí mismos.

Algunos otros textos exploran cómo se puede vivir con el salario mínimo, qué significa ir a una fiesta de música trance, a qué se enfrente un turista en Bogotá por la noche o qué hay de verdad en los métodos de adivinación que se ofertan en los periódicos. En algunos otros casos, las órdenes del editor exponen al periodista a buscar esposa por medio de los clasificados de un periódico o a escribir un artículo sin tener internet para consultar datos.

Por último, las temáticas de las crónicas van desde cómo operan la línea antisuicidio en Colombia o un burdel de burras donde los jóvenes acuden a perder la virginidad, hasta qué piensa un hombre que ha perdido una pierna o los militares que siguen en una guerra que no comprenden, así como la apariencia que tiene el despacho presidencial y cómo esto puede ser una metáfora de una forma de gobernar. Son crónicas que lo mismo hacen un seguimiento de una operación de hemorroides o de una córnea que será trasplantada, que retratan la relación entre un periodista y el cerdo que ha adoptado por órdenes del editor.

Es decir, por sus temáticas, las crónicas de SoHo cumplen con la generalidad enunciada por Darío Jaramillo Agudelo, en la Antología de crónica latinoamericana actual, y por Jorge Carrión, en Mejor que ficción. Crónicas ejemplares, es decir, tienen como temas principales “lo estrambótico, lo periférico, lo extraño, encarnados en una única persona […] o grupo humano”;[17] y encuentran en la violencia, la extravagancia, el mito popular, la nueva estética kitsch, lo cursi, lo envidiado y en las víctimas sus “grandes capítulos”.[18]

Miguel Rojas Mix[19] señala que el imaginario de una sociedad percibe los aspectos centrales y capitales de la vida cultural de determinadas épocas. ¿Qué permiten ver las temáticas de las crónicas de SoHo? Que Colombia se identifica a sí misma por lo exótico, por la violencia, por lo anormal. Si Samper Ospina señala que buscaban publicar historias que contaran cómo sobrevivían en aquel país, lo que consiguen es reafirmar el estereotipo que se tiene de la identidad nacional. No descubren, sino que refuerza una visión. Aquí es conveniente rescatar lo que Leila Guerriero se cuestiona en “Sobre algunas mentiras del periodismo”: “Es probable, entonces, que la crónica latinoamericana no esté contando la realidad completa, sino siempre el mismo lado B: el costado que es tragedia […] Y si no hay ahí una mentira hay, probablemente, una omisión”.[20]

La forma de los textos

¿Es posible hablar de forma en textos como las crónicas de SoHo? ¿No son éstas literaturas postautónomas donde no importa si son o no literatura, si son realidad o ficción? Tal como apunta Ludmer, estas narrativas “se instalan localmente y en una realidad cotidiana para fabricar presente y ese es precisamente su sentido”.[21] De esta manera, muestran cómo se concibe la sociedad colombiana a partir de sus periodistas, cómo es la realidad que ellos pretenden mostrar. Es decir, crean una imaginación pública a partir de un “trabajo social, anónimo y colectivo de construcción de la realidad”.[22] Así, no es posible analizar la crónica sólo desde el punto de vista literario y con sus categorías (“obra, autor, texto, estilo, escritura y sentido”, según apunta Ludmer),[23] sino que debe vérsele como un trabajo colectivo de fabricación de realidad.

Las obras que aparecen en SoHo. Crónicas comparten algunas particularidades formales. Por ejemplo, poseen características como el uso de escenas, la enunciación desde un yo del periodista, la recreación de contextos, la progresión por medio de secuencias, una intención estilística en el lenguaje y la precisión de los datos. Pero, ¿esto es suficiente para caracterizarlas? No, a lo anterior debe agregarse la participación fundamental del editor y director de la revista en la selección de los temas, en la edición de los textos y en las propuestas metodológicas, por ejemplo, convertirse en otro, vivir la cotidianidad, hallar lo asombroso en lo natural. Salcedo Ramos en su antología La eterna parranda da un explícito agradecimiento a Daniel Samper Ospina, director de la revista, así como a Diego Garzón, editor de la publicación: “no sólo me han respaldado siempre, sino que además me regalaron varias de las historias que aparecen en este libro, historias que a mí no se me ocurrieron originalmente y que me enseñaron mucho sobre el país y sobre mi oficio. […] me colaboraron en la consecución de algunos personajes y en la atención de detalles logísticos importantes”.[24]

A esto, habrá de añadirse una voluntad de los directivos de SoHo de no confundir al lector con textos que incluyan referencias cultas o datos que no pueda aprehender. En las crónicas del libro referido no hay elementos que llamen a la distracción, no se le ponen obstáculos al lector, sino que todo tiende a facilitar su comprensión, tal vez debido a que se busca que lea el texto hasta su final. Como señala Monsiváis: “esto lleva a los periodistas, por saberse ante el público que suele aplazar el sentido crítico a favor del entretenimiento, a ejercer la economía verbal que no distrae”.[25]

También son importantes dos cualidades que SoHo ha explotado: tener tiempo y tener espacio. Tal como señala Samper: “Tiempo para confeccionar la historia; espacio para publicarla con despliegue: dos elementos que podían permitir dimensiones estéticas en los textos”.[26] Muestra de ello es que en 2004, en su número 58, SoHo dedicó 42 páginas de la revista (aproximadamente una tercera parte) a “El oro y la oscuridad”, crónica sobre el boxeador Antonio Cervantes, Kid Pambelé, que le tomó dos años de investigación a Alberto Salcedo Ramos. Además, en este aspecto, destaca que las crónicas publicadas en SoHo son textos corridos dentro de la revista, es decir, están agrupados en una sección que nunca tiene un “pase a página”.

Por lo anterior, consideramos que si bien se pueden caracterizar, en su generalidad, las temáticas a las cuales recurren las crónicas publicadas en SoHo, su mayor aporte no está ahí, sino en el estilo del trabajo editorial que hay detrás de cada una de ellas; en la intervención del director de la publicación y en los principios que rigen su método de trabajo. La crónica, en este sentido, no es sólo una historia sencilla que despierta la curiosidad del lector, como plantea Samper, sino la exploración de un tema que ha sido promovido por un director o editor, quien conoce las demandas del consumo lector y ofrece un producto que apela a la existencia de gente interesada en los textos y no sólo en las imágenes. En este sentido, se particulariza por ser una práctica editorial que ofrece textos narrativos con temas que despiertan su curiosidad en el lector por el enfoque que utilizan y porque permiten evocar una identidad nacional a partir del exotismo. Pero, ante todo, SoHo es un espacio donde los mayores representantes contemporáneos de la crónica latinoamericana han hallado en sus editores y directores a cómplices que reconocen que estos textos necesitan tiempo para investigarse, tiempo para escribirse y un espacio adecuado para su publicación.

 

Bibliografía

  1. ACIM Colombia, Boletín 18. Ranking revistas independientes EGM 1-2016 (http://www.acimcolombia.com/wp-content/uploads/2016/08/B18-Revistas-Independientes1.pdf), consultado el 22 de abril de 2017.
  2. Agudelo, Darío Jaramillo (ed.), Antología de crónica latinoamericana actual, Alfaguara, México, 2012.
  3. Caparrós, Martín, Lacrónica, Planeta, México, 2016.
  4. Carrión, Jorge (ed.), Mejor que ficción. Crónicas ejemplares, Anagrama-Colofón, México, 2012.
  5. Correa Soto, Carlos Mario, La crónica reina sin corona. Periodismo y literatura: fecundaciones mutuas, Fondo Editorial Universidad EAFIT, Medellín, 2011.
  6. Guerriero, Leila, Zona de obras, Anagrama, México, 2015.
  7. Herrscher, Roberto, Periodismo narrativo. Cómo contar la realidad con las armas de la literatura, Universitat de Barcelona, Barcelona, 2012.
  8. Jaramillo Agudelo, Darío, Antología de crónica latinoamericana actual, Alfaguara, México, 2012.
  9. Ludmer, Josefina, Aquí América latina. Una especulación, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010.
  10. Monsiváis, Carlos, “‘No todo es información. También hay noticias’. El periodismo de radio y televisión en América Latina”. En ¿Hacia dónde va el periodismo? Responden los maestros, Panamericana, Bogotá, 2008.
  11. Rojas Mix, Miguel, El imaginario. Civilización y cultura del siglo XXI, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2006.
  12. Salcedo Ramos, Alberto, La eterna parranda. Crónicas 1997-2011, Punto de lectura, Bogotá, 2013.
  13. Samper Ospina, Daniel (prol.), Crónicas, Aguilar, Bogotá, 2008.
  14. Samper Pizano (selecc. y prol.), Antología de grandes reportajes colombianos, Aguilar, Bogotá, 2007.
  15. Whyte, Hayden, El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, Paidós, Barcelona, 1992.

 

Notas

[1] Daniel Samper Pizano (selecc. y prólogo), Antología de grandes reportajes colombianos, Aguilar, Bogotá, 2007.
[2] Carlos Mario Correa Soto, La crónica reina sin corona. Periodismo y literatura: fecundaciones mutuas, Fondo Editorial Universidad EAFIT, Medellín, 2011.
[3] Darío Jaramillo Agudelo (ed.), Antología de crónica latinoamericana actual, Alfaguara, México, 2012.
[4] Roberto Herrscher, Periodismo narrativo. Cómo contar la realidad con las armas de la literatura, Universitat de Barcelona, Barcelona, 2012.
[5] Alberto Salcedo Ramos, La eterna parranda. Crónicas 1997-2011, Punto de lectura, Bogotá, 2013.
[6] Leila Guerriero, Zona de obras, Anagrama, México, 2015.
[7] Martín Caparrós, Lacrónica, Planeta, México, 2016.
[8] D. J. Agudelo, Op. cit.
[9] ACIM Colombia, Boletín 18. Ranking revistas independientes EGM 1-2016 (http://www.acimcolombia.com/wp-content/uploads/2016/08/B18-Revistas-Independientes1.pdf), consultado el 22 de abril de 2017.
[10] Daniel Samper Ospina (prol.), SoHo. Crónicas, Aguilar, Bogotá, p. 12.
[11] Ibid., p. 15.
[12] Ibid., p. 17.
[13] Idem.
[14] Ibid., p. 18.
[15] Ibid., p. 22.
[16] Hayden Whyte, El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, Paidós, Barcelona, 1992, p. 25.
[17] Jorge Carrión (ed.), Mejor que ficción. Crónicas ejemplares. Anagrama/Colofón, México, 2012, p. 38.
[18] D. J. Agudelo, Op. cit., p. 45.
[19] Miguel Rojas Mix, El imaginario. Civilización y cultura del siglo XXI, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2006, p. 51.
[20] En D. J. Agudelo, Op. cit., p. 624.
[21] Josefina Ludmer, Aquí América latina. Una especulación, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010, p. 149.
[22] J. Ludmer, Op. cit., p. 11.
[23] J. Ludmer, Op. cit., p. 12.
[24] A. S. Ramos, Op. cit., p. 12. El resaltado es nuestro.
[25] Carlos Monsiváis, “‘No todo es información. También hay noticias’. El periodismo de radio y televisión en América Latina”. En ¿Hacia dónde va el periodismo? Responden los maestros, Panamericana, Bogotá, 2008, p. 107.
[26] D. Samper Ospina, Op. cit., p. 13.