Las huellas adulteradas de K. T.

Pedro Alcoba #11 - Dispositivos de la mirada, Dossier

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¿Ha puesto alguna vez un espejo en el suelo y

un perro encima de él?… El perro mirara hacia

abajo, y de pronto se dará cuenta de que nada

existe debajo de sus patas. Creerá que se

mantiene en el aire y dará un enorme salto.

Kilgore Trout

I

El escritor de ciencia ficción Kilgore Trout publicó el conjunto de su obra en revistas pornográficas. Kurt Vonnegut rescató su literatura de ese universo sin memoria. Resulta polémica, sin embargo, la manera en que dio forma a la recepción de la obra de su colega y maestro.


Este dibujo –hecho por el propio Vonnegut – es una copia del pedestal en que se encuentran las cenizas de Trout ubicadas en el cementerio St. Agnes en Cohoes, Nueva York. La frase que tiene escrita pertenece a la novela que Trout dejara incompleta al morir. Fecha en la cual, Vonnegut promovió el homenaje póstumo al autor en la Academia de Ciencias y Artes y propuso cuál habría de ser la inscripción para su tumba: “Estamos saludables únicamente en la medida en que nuestras ideas son humanas”. Semejante epitafio tergiversa por completo la vida y literatura de aquel que es hoy polvo en una vasija.

II

Vonnegut vivió obsesionado con el suicidio de su madre –escritora frustrada que se quitó la vida el diez de mayo de 1944. Este hecho lo hizo sentirse desarraigado del mundo y a la espera de repetir el acto que le fue dejado como herencia. En su novela El desayuno de los campeones él mismo confiesa que el humanismo de uno de sus personajes logró apaciguar su pulsión suicida. Se refiere al pintor minimalista Rabo Karabekian, quien afirma que lo que realmente importa en los seres vivos es su autoconciencia. Por ello el artista había reducido el género del retrato a una línea de color vertical sobre un fondo. Esa banda de luz representaba la sustancia inmaterial –el yo – que supuestamente conformaba a los humanos y los hacía libres para escapar de la fatalidad.

En 1984, Vonnegut intentó suicidarse con un método similar al de su madre: alcohol y pastillas para dormir. Sobrevivió. Su apego a las ideas que lo habían salvado antes fue palpable en los últimos años de su vida. Fue el presidente de la Asociación de humanistas norteamericanos desde 1992 hasta la fecha de su muerte, en 2007. Según esta agrupación, los seres humanos tienen la tarea sagrada de dar sentido a su propia existencia. Trout, por su parte, nunca creyó en tal superchería. Para él había una vida más allá de la conciencia humana –a nivel biológico y social – que siempre terminaba por determinarla. Sorprende en sus textos la necedad con que logra trazar las coordenadas inesperadas en las que se construye o parodia el destino de los hombres.

III

Vonnegut se aprovechó de una de las pocas fotografías que existen de Kilgore para construir la imagen de un mesías fracasado. “Su larga barba [dice] lo hacía parecer un Cristo viejo y asustado al que le hubieran conmutado la sentencia de cruz por la de cadena perpetua.”

Pocas caracterizaciones han sido tan tramposas: la escritura de Trout no fue la de un convicto sino la de un viajero. Es cierto que nunca salió de los Estados Unidos, sin embargo, sus narraciones son una constante errancia por mundos microscópicos, dinámicas anteriores a la conciencia y percepciones extraterrestres. Perspectivas que podríamos considerar antihumanistas. Estas narran aquello que determina a los homo-sapiens y ríen al sobrevolar la historia humana pues sólo encuentra en ella un teatro de marionetas.

IV

En su relato “The Sense of Champagne” Trout satiriza la ignorancia del hombre al poner en boca de dos pedazos de levadura la pregunta por el sentido de la vida. Los micro-organismos reflexionan, al tiempo que devoran azúcar y excretan el alcohol en el que terminarán por ahogarse, sin poder sacar en claro ninguna respuesta. Son incapaces de saber que producen el champagne que los seres humanos consumen. La burla a cualquier atisbo de libertad es evidente. En su novela The son of Jimmy Valentine esta ceguera producto de fuerzas instintivas reaparece y, ahora, determina la historia humana. Ralston Valentine, hijo de un ladrón de cajas fuertes, aprende la técnica de su padre para lograr una precisa sensibilidad táctil al limar las yemas de sus dedos. Curiosamente prefiere utilizar la exactitud de su pulgar e índice para dar placer a las chicas. Millones de ellas se convierten en sus esclavas. Ralston termina postulándose como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El voto de las mujeres le da el triunfo.

La autoconciencia de los seres vivos –que tanto valora Vonnegut– es fruto de la formulación lingüística “yo soy”. Escéptico hasta el tuétano, en su novela The Pan-Galactic Three-Day Pass, Trout especula sobre la importancia que podría tener el lenguaje humano para los seres de otras galaxias que se comunican por medio de la telepatía. En principio, nos dice el narrador, los extraterrestres lo consideraron útil no tanto para comunicarse con los demás sino para lograr autodisciplina, volcarse al trabajo y realizar proyectos. El lenguaje humano suspendía la polifonía de voces que captaba la conciencia de los telepatas y permitía interiorizar a un jefe –o súper yo – que le ordenaba al cuerpo poner manos a la obra. Sucedió entonces que todos aquellos alienígenas que querían superarse comenzaron a aprender inglés.

En sus relatos, Trout siempre abordó al lenguaje no como una capacidad inherente sino como una prótesis exterior que los seres humanos incorporan. Enfatizó también que las ideas son virus que se gestaban más allá de los individuos y podían causar pandemias. En su novela Plague on wheels postuló una hipótesis sobre el origen de la civilización basada en el automóvil. Hace tiempo, en otra galaxia, se extinguió una raza de seres de cuatro ruedas que agotaron los hidrocarburos que les servían de alimento. Un viajero extraterrestre le habló a un humano sobre su metabolismo. Bastó este contagio viral para que la estirpe de los automóviles renaciera en el planeta Tierra a principios del siglo XX.

V

Una característica peculiar del humanismo de Kurt Vonnegut es su rechazo de cualquier religión y a la par su gusto por la idea de un Cristo de carne, hueso y nada más. Llegó incluso a afirmar lo siguiente: “si Cristo no hubiese pronunciado el Sermón de la Montaña, con su mensaje de misericordia y piedad, yo no quisiera ser un ser humano. Preferiría ser una serpiente de cascabel.” Sin duda, es imposible clasificar a Kilgore como un humanista en este tenor. En su novela The Gospel from Outer Space desarrolla una hipótesis corrosiva al respecto. Un extraterrestre llega al planeta e investiga por qué los cristianos son tan propensos a la crueldad. Concluye que se debe a una lección que aprendieron en los Evangelios: “antes de matar a alguien asegúrate de que no sea influyente”. Cristo parecía un don nadie, pero el lector del Nuevo testamento se entera pronto de que es el hijo del ser más poderoso que existe. En el momento de la crucifixión piensa, “¡han metido la pata al escoger a este tipo para lincharle!” y concluye “hay que saber escoger a las personas que se puede linchar: aquellas que no son influyentes.”

Vonnegut pertenece a esos que, como dijera Bernardo Soares, escogieron a la humanidad como sucedánea de Dios. “Los humanistas [dice Vonnegut] servimos lo mejor que podemos a la única abstracción con la que estamos familiarizados: nuestra comunidad.” Trout sabía, sin embargo, que la vida en sociedad hace a los hombres comportarse con el automatismo de un robot. El propio Jesucristo, parece sugerir Trout, no escapó a estos constreñimientos. Su cuento “Jesus was a carpenter” narra la historia de un viajero en el tiempo que quiere indagar si Cristo en verdad bajo con vida de la cruz. Un error en la programación de la máquina lo hace arribar a Jerusalén cuando Jesús es apenas un niño de doce años que aprende el oficio de José. Un día, dos soldados romanos les muestran al padre y al hijo un plano con el objeto que requieren, una cruz para la ejecución de un rebelde. Los dos se alegran mucho de tener por fin trabajo.

VI

Kilgore Trout no fue un escritor fracasado. Tampoco tuvo los anhelos humanistas que Vonnegut le adjudicó. Su máscara de “pobre diablo” fue en realidad un vehículo para ficcionalizar su antihumanismo. Los relatos de Trout desde el inicio ponen en escena una serie de fuerzas que se encuentran más allá de los individuos pero que también los determinan. Esta estrategia sustrae el suelo de certezas sobre el que se comienza a voltear las hojas. En su narrativa, las coordenadas sobre las que se encuentra parada nuestra especie se pierden en el abismo. El lector termina convencido de que la esencia del hombre es un producto contingente que se entreteje a sus espaldas.

Se ha dicho que la literatura de Vonnegut presenta un “complejo azar” que “rechaza el libre albedrío y se asemeja demasiado a una broma pesada”1. Esto es simplemente la degradación de una técnica que aprendió en Trout pero mientras en el original había sólo nihilismo en la imitación aparece la moraleja. Vonnegut ha dicho claramente que él plantea ese tipo de universos para recordarles a sus lectores la lucha de los seres humanos por darle sentido al caos. En su escritura, el extrañamiento que produce el sinsentido conlleva una lección. En cambio en Trout, el universo del juego produce una ambivalencia moral sin retorno.

En un claro ejercicio de “angustia de las influencias”, a partir de 1973, Vonnegut propuso en distintas entrevistas una interpretación de su narrativa como el punto de vista de un extraterrestre recién llegado al planeta Tierra. Su objetivo con estas declaraciones era apropiarse de lo que ya estaba en la narrativa de Kilgore. En sus libros, incluyó glosas de las ––en aquella época–– desconocidas historias de Trout para simular su rescate. Las integró a su narrativa para adulterar sus huellas. Un Max Brod a la mala, Vonnegut trajo a la luz la vasta obra de Trout sólo para contar la anécdota de su fracaso y robar su merecida gloria.

1 Anaya, Juan Pablo, “Kurt Vonnegut: un etnólogo extraterrestre”, Milenio diario, 6 de noviembre de 2010.