Locura Política: Donald Trump, un espectáculo de violencia, una construcción que también explica lo social

Luis Fernando Macías García Especial #2: Trump

Resumen

La tentación de explicar el comportamiento de Donald Trump con categorías que remitan a la interpretación de su individualidad en términos de salud mental, da lugar a la formación de imágenes que atemorizan porque dan cuenta de una ficción: la sociedad está gobernada por un loco, un anormal y, en límite, un monstruo; sin embargo, es posible que esa interpretación sirva para desviar la atención de un análisis más profundo de los procesos sociales que posibilitan un personaje absolutamente mediatizado como el actual presidente de los Estados Unidos.

Palabras clave: Donald Trump, personalidad autoritaria, locura política, estructura social.

Abstract

It is tempting to explain the behaviour of Donald Trump, President of the United States, with conceptual categories referring to an interpretation of his individuality based on his mental health. Yet this gives way to fear-provoking images sustained on fiction: Society is ruled by a madman, a freak or, in last instance, a monster. However, this interpretation may deviate our attention from a deeper analysis of social dynamics which paved the ground for such a media-oriented character to become president of the United States.

Keywords: Donald Trump, authoritarian personality, political madness, social structures.

 

El desafío que a nuestros ojos implica la comprensión del sentido de los mensajes y las acciones emprendidas por Donald Trump, a la sazón presidente de los Estados Unidos de América, elegido en el 2016, no es necesariamente el objeto de una interpretación traída de los pelos de alguna semblanza más o menos canónica de un caso clínico, porque el apego de Donald Trump a la Televisión y a los medios de comunicación de los Estados Unidos en los últimos 30 años, como lo señala el “blog de la sante”[1] hace que difícilmente se pueda aislar “al personaje” individualizado con un lenguaje y una actitud violenta, en cierto sentido aterradora, y confundirlo con el sujeto que apela a la palabra para indagar en la comprensión de un dolor, de un sufrimiento o de una curiosidad existencial.

Con Donald Trump no hay “teoría aplicada”, sino indagación crítica y desmontaje de las diferentes facetas de una escenificación planificada, probablemente más cercana a los mecanismos de la violencia que se ejercen desde el terrorismo en donde las categorías clínicas, diagnósticas o sociológicas deben hacer un camino muy cuidadoso para sopesar las posibilidades de que su rendimiento sea eficaz para la construcción de ciertas certezas, ciertos “apriori” que movilicen, en el plano de la consciencia (cualquiera que sea la precisión con la que queramos asumir las implicaciones de este término), la acción social justamente inteligible para esa consciencia en un sentido hermenéutico[2] o bien en un sentido sociológico.[3]

Sin embargo, nadie se sorprenderá de que una imagen pública de su tamaño, estilizando y modelando, dé lugar a todo un componente aspiracional en el seno de un sector determinado de la sociedad estadounidense y, al mismo tiempo, que represente, en el sentido literal del término, diferentes significados en otros sectores al interior de la sociedad estadounidense así como en la esfera internacional.

No se puede sostener (como se le ha exigido en ciertos medios a la academia y a los profesionales de la salud mental) que sería sencillo reducir la manifestación de este hombre de negocios (quien, a partir de 2008, aparece poco a poco como un político con “ideas” propias) a un dictamen que lo transforme en un desquiciado mental, cuyo diagnóstico pudiese cuadrar en cualquiera de las taxonomías estandarizadas de la institución sanitaria internacional (desde la OMS hasta los manuales estadísticos).

Muchos de los que osaron adentrarse en este pantanoso terreno (no sólo por temerarios, sino también por razones políticas) han encontrado una semblanza que, si bien no es comprobable, resulta aterradora, por cuanto el loco porta el estigma de una monstruosidad que atenta contra la pretensión de razón en nuestra sociedad.[4]

Este presidente rompió con todas las reglas tradicionales de las campañas políticas en Estados Unidos desde su candidatura y, sin embargo, nada indica que puedan consignarse “trastornos de la personalidad”. De hecho, hacerlo resulta sociológicamente contraproducente, al menos en el sentido de que, tratándose de un constructo cuyo eje parece girar en torno a la idea de que hay una modelo de “Birther” (auténtico originario de los estados Unidos), los rasgos visibles de su “personaje” parecen a primera vista coincidir con un modelo de representación para la identificación de su “público”, pero quizá ese sería justamente un juicio precipitado.

Después de la Segunda Guerra Mundial surgieron diversos estudios sociológicos para indagar la configuración del prejuicio (en un principio liderada por Lazarsfeld en Princeton). Un ejemplo es la Personalidad Autoritaria.[5] Este tipo de investigaciones, que también versaban sobre las figuras que podían representar el miedo de los intelectuales, principalmente judíos (quienes en los Estados Unidos se preguntaban si la sociedad Norteamericana pudiese devenir eventualmente fascista), partieron de una plataforma fundante de la psicología social-política del siglo XX, la cual, además, estaba soportada por una buena sistemática de interpretación con fuentes en el psicoanálisis. Esto daría cuenta desde entonces, con distintos resultados, de un monitoreo, una especie de toma sistemática del pulso social, sobre el potencial de colapso de las posibilidades de la vida democrática en los Estados Unidos.

El magnífico estudio que realiza José Enrique Rodríguez Ibáñez no deja dudas sobre el alcance de la búsqueda de racionalidad en las figuras de Estado en los EUA: “La sociedad Norteamericana tendría más probabilidades de producirse como conservadora que como autoritaria” (por cuanto que ello signifique pro-fascista y antidemocrática), pero la figura presidencial juega un papel central en la realización de las condiciones que pueden mantener esa posibilidad si están “a la altura de las circunstancias” o, de lo contrario, lo más probable es que la sociedad desencadene los proceso críticos que desmonten la aventura autoritaria.[6]

La carrera por tener una certeza sobre este montaje y sobre las consecuencias de la representación y percepción de la figura presidencial de los Estados Unidos no deja de mostrar otras configuraciones de la vida política y sus manifestaciones en el imaginario social; es quizá preferible instalarse en la certeza casi profética de que “aún a Trump lo podemos controlar” toda vez que en el fondo la estructura social se defenderá a través de la crítica y desde sus profundas raíces, el verdadero patrimonio democrático del casi determinismo civilizatorio de los Estados Unidos llamados a “representar la esperanza de los valores democráticos”… pero esa posición podría ser miserablemente historicista, de modo que, por la inamovible consecución de las leyes de la historia, la estructura no podría ser vulnerada por la aventura de individuo.

El personaje Trump no podría ser un reflejo de su sociedad, ni siquiera por su monstruosidad o por su modo individual de representar la locura. No se podría hacer esa asociación. Por lo tanto, la banalización del personaje de Trump y la certeza de poseer sobre él un diagnóstico desde la anomia permitirían correr una cortina de humo sobre una crítica estructural que se verificaría sobre lo que deviene la sociedad estadounidense en el mundo contemporáneo.

La mitología o la insania, es decir, los accidentes individuales abordados como residuos “anómicos”, como enfermedades o accidentes en el orden natural de las cosas ocultan el análisis social en profundidad y hacen atractivo el argumento de que buscar en las caracterizaciones diagnósticas de la personalidad enferma nos ahorra el análisis de lo social como estructura y abre el escenario explicativo a la descripción de accidentes y disfunciones sistémicas individualizables y aisladas, reduciendo el “fenómeno Trump” a un caso aislado en un contexto social que sirve de escenario (complejo si se quiere), pero convertido en un sistema autónomo e independiente.

Por ello es tan atractivo preguntarse si ¿no se tratará de un Donald Trump psiquiatrizado, portador de un desorden oculto, pero fatalmente activo?

La contundencia de sus apariciones mediatizadas en imagen y texto (enfáticamente declarativas con efectos especiales de contundencia y fuerza) sacó a la luz una contraofensiva de “opiniones” calificadas apoyadas en el saber: Trump sufriría de un «trastorno narcisista de la personalidad».

Los mecanismos son muy interesantes. Por un lado, se supone que en ese país ni psicólogos ni psiquiatras podrían hacer diagnósticos públicos, lo cual entramaría problemas legales y gremiales con consecuencias muy graves, pero… ¡los periodistas tienen otras licencias literarias!

La manera en la que un cierto periodismo se ha amparado de la coreografía ofrecida por este escenario de la presentación de Donald Trump en la vida cotidiana de sus gobernados revela una beta muy interesante de comentarios y ensayos explicativos, como los que retoman un comentario de Michelle Obama sobre “hace falta que en la Casa Blanca haya un adulto”, atrapado al vuelo por los medios con un cierto sentido del humor ¡le dejaron el país a un niño! Aquí otra tentación no menos mediática: Se manifestó el pequeño perverso polimorfo que los estadounidenses llevan dentro. Otro estereotipo que da paso al desahogo, pero, en serio, es posible que no se trate de una buena idea, porque ¿qué tal si se trata más bien de un adulto, astuto, táctico, depredador y consciente?

Michel Schneider, escritor y psicoanalista francés, opondrá su punto de vista, señalando que este adulto quizá será más bien un perverso y que no es el primer presidente con estas características. La tendencia a no diferenciar la sutileza entre un perverso y un loco en las sociedades mediatizadas hace que el monstruo de la locura sea un personaje más comprensible, aún para aterrorizar. De aquí que las definiciones casi elegantes de los diarios ilustrados como el New York Times sugieran que Trump podría ser algo así como un “semi-fascista”, un casi fascista o un fascista a medias. Parece que la homologación del fascista con el loco permite la explicación del personaje que es Trump en lugar de la explicación sobre la sociedad que lo produjo.

Quizá habría que construir una definición, apoyándose en alguna categoría de índole descriptivo, pero con aspiraciones analíticas. “La locura política” parece ser un concepto del que se apropia y con el que explica la realidad una clase mediática, intelectual y ligeramente conectada con una academia de oposición, y parece ser un concepto capaz de articular una complejidad con otra de manera plausible. Se trata de la presencia efímera, pero contundente de una formación perversa modificada por la crisis administrativa, ecológica y política, y por las condiciones objetivas de articulación de los procesos sociales en las sociedades disciplinadas, hecho que Agamben conoce como estado de excepción.[7]

Un Estado que falla y una vida social desorientada por la confusión de referentes. Esta nueva escena (o al menos esta actual configuración de la escena social) es en donde se acoplan mal dos sistemas. Por un lado, el de la catástrofe económica y ecológica y, por el otro, el de la producción de una marginación y pobreza inconmensurables en el marco de una enrarecida atmosfera de relaciones interculturales y con un entorno exterior disperso por la bomba violenta e irracional de la emergencia de la narcotización y el fanatismo como residuo de culturas mutiladas por el capital.

Quizá esta sea la conjetura en la que tiene cabida cierto instrumental de origen analítico para dar cuenta del tamaño de los daños que, como absceso maligno, representa la figura de Donald Trump, ¿quién sabe si la persona concreta? La comprensión de la cadena de desarticulaciones del lazo social, no como la suma de las locuras individuales, sufrientes e impresas en los cuerpos emergentes de la contemporaneidad, sino como las condiciones de posibilidad de estos nodos, de estas estaciones de visibilidad del entramado social, nos permite comprender que Donald Trump es, como buen charlatán, un síntoma.[8]

 

Bibliografía

  1. Adorno, T. L. W., The Authoritarian Personality, Columbia University, New York, 1950.
  2. Agamben, G., Estado de excepción, Homo sacer II, I, Biblos, Buenos Aires, 2003.
  3. Bogué, Marie-France, Paul Ricouer: La poética de sí-mismo, Paidos, Barcelona, 1998.
  4. Fundamentación del campo freudiano, El síntoma Charlatán, Paidos, Barcelona, 1998.
  5. Katheleen, “Psicoanálisis de Donald J. Trump” en El blog de la salud, (https://www.elblogdelasalud.info/fr/psicoanalisis-de-donald-j-trump/16013), Recuperado el 01 de AGOSTO de 2017.
  6. Marín, A., Fundamentos de teoría sociológica, Tecnos, Madrid, 1995.
  7. Rodríguez Ibañez, J. E., “Adorno, T. W.; Frenkel-Brunswik, Else; Levinson, Daniel J.; Nevitt Sanford, R. La Personalidad Autoritaria (Prefacio, Introducción Y Conclusiones)” en Revista de Metodología de las Ciencias Sociales, n. 12, pp. 155-200.

 

Notas

[1] Katheleen, Psychanalyse de Donald J.Trump, ed. cit.
[2] Bogué, Paul Ricouer: La poética de sí-mismo, ed. cit.
[3] Marín, Fundamentos de la teoría sociológica, ed. cit., p. 121.
[4] Bauman, Miedo líquido; la sociedad contemporánea y sus temores, Paidos, Argentina, 2008.
[5] Adorno, The Authoritarian Personality, ed. cit.
[6] Rodríguez Ibañez, “Adorno, T. W.; Frenkel-Brunswik, Else; Levinson, Daniel J.; Nevitt Sanford, R. La Personalidad Autoritaria (Prefacio, Introducción Y Conclusiones)” en Empiria. Revista de Metodología de las Ciencias Sociales, n. 12, pp. 155-200.
[7] Agamben, Estado de excepción; Homo sacer II, I, ed. cit.
[8] Fundación del campo freudinano, El síntoma Charlatán, ed. cit.