Los rostros de Facundo Quiroga

Fernando Proto Gutierrez #10 - Hegel, Artículos

Sobre la auto-fagocitación euroamericana de la Vida

El presente escrito tiene por objeto interpretar dos posiciones de F. Sarmiento respecto del rostro del caudillo federal don Facundo Quiroga.

Para ello, se vislumbrará la siguiente articulación esquemática: I. Interpretaciones acerca de la Barbarie, II. M. Henry y la Barbarie. III. Cultura y Vida. Auto-transformación y preeminencia. IV. Barbarie en América y V. Conclusión. Los rostros de Facundo.

No debe leerse nuestra interpretación de M. Henry como una instrumentalización con el oculto afán de legitimar una u otra posición política, sino con la más sincera voluntad de desentrañar la esencia de la barbarie en América y las posibles perspectivas que de ella pudieran sucederse.

En I. repasaremos algunas de las nociones más elementales acerca del distingo civilización-barbarie a través de la historia.

En II. Intentaremos alcanzar el aspecto nuclear de la definición de Henry en lo que respecta a una civilización bárbara, tarea que nos remitirá a III., es decir, al punto de apoyo de la cultura enlazada a la autoafección vital-inmanente de los sujetos.

En IV alzaremos la voz de Sarmiento y señalaremos los diversos procesos de fagocitación de lo bárbaro en América, la negación de negros, gauchos e indígenas, en pos de la institución del titanismo técnico euroamericano.

Finalmente, V arribará al punto esencial de nuestro escrito, en el que trazaremos dos posiciones diametralmente opuestas para la contemplación del rostro (epifanía) del caudillo Facundo Quiroga.

  1. Interpretaciones acerca de la Barbarie

La dicotomía civilización-barbarie, implícita en el pensamiento durante los siglos XIX y XX (y aún concebida de muchas formas en la antigüedad), avizora un horizonte de posibilidades argumentativas, con M. Henry, el cual comprendería en primer lugar advertir y purificar el concepto de barbarie y algunas de sus más diversas acepciones y fuentes.

En “Auguste Comte and positivism” de John Stuart Mill, así como en toda bibliografía positivista y neopositivista, se resuelven una y otra vez argumentos en torno a los beneficios del orden y del progreso. Bastaba decir que los Estado-Nación modernos podrían abandonar su estancia en el lodo de la barbarie, por-mor-de un inexpugnable proceso de formalización del mundo (civilizar-evangelizar), bajo prototipos matemático-ideales.

Ahora bien, la civilización no se contrapone, en esencia, a la barbarie, pues se trata en primer lugar de escapar desde un estadio originario de precariedad, nutrido por la ignorancia acerca de toda técnica y especialización, rumbo al catecismo de un estadio positivo, en el que la realidad ha de ser conocida de manera sistemática y absoluta:

“The increasing specialization of all empleyments; the division of mankind into innumerable small fractions, each engrossed by an extremely minute fragment the Business of society, is not without inconvenientes, as well moral as intellectual, which, if they Could not be remedied, would be a serious abatement from the benefits of advanced civilization”ii.

Bien existe un procedimiento racional que fracciona y subsume la realidad fáctica, -substrayéndose de ella-, y distinguiendo aquella región luminosa y clara en la que los conceptos se diferencian unos de otros, respecto de la oscuridad inframundanal en la que habitan los ignorantes. Pues el mal radicaría entonces en desconocer o rechazar la luz de la razón, entregándose a la animalidad de una vida embebida en instintos y tentaciones.

Es desde luego claro que los bárbaros, como confesaría I. Kant acerca de los habitantes del Atlántico Sur, ignoran toda articulación lingüística y gritan ante la inminencia de lo extraño. Más no sólo eso: el bárbaro -habitante del Cuzco o del antiguo Paraguay, por ejemplo-, ostenta ante el Señor su rebeldía: no tiene fe, tan sólo supersticiones; así F. Sarmiento describe el que la religión se halle, en las Campañas, reducida tan sólo a religión natural: “El cristianismo existe, como el idioma español, en clase de tradición que se perpetúa, pero corrompido, encarnado en supersticiones groseras, sin instrucción, sin culto y sin convicciones”iii. Es también corriente la idea que describe al bárbaro, bruto y harto en pelaje semi-animal (Facundo), deambulando al a través de un paisaje caro en salvajismo y pobre en ciudad. Pues barbarie es el nombre que recibe lo inconsciente, lo francamente inhóspito a los ojos del espíritu que se sustrae y purifica.

Y no obstante, hay salvación. El divino soplo de la razón osa en objetivar y universalizar sus dictámenes, subsumiéndolos dentro de una prolija estructura lógico-unívoca cuya validez encuadra a cada uno de los entes, homogeneizando lo que por sí mismo es distinto de lo otro: la encarnación de esa idea objetivista-racional erige un titánico laberinto lógico (la ciudad), en el que se cumple el mandato positivo que ordena dividir, acelerar y acrecentar las funciones/roles para lograr así mayor eficiencia e intercambio (productivo/informativo).

Siguiendo a P. Sloterdijk, la ciudad es figurada como el artificio racional con el cual se aletarga y hasta olvida el sufrimiento de una vida a la intemperie. Toda esfera (de un ser-en-esferas), posibilita al hombre alejarse así de la barbarie. Pero, a diferencia de la modernidad férrea del siglo XIX/XX, -en el marco de la hiper-modernidad líquida de Z. Bauman-, las esferas estallan a cada instante, haciendo de la exterioridad una amenaza constante contra la técnica que todo conecta y enmascara.

La esfera técnico-jurídica somete al hombre al mandato de la especialización y recursiva idealización de sus costumbres, con el fin de subsumir el nivel afectivo de la existencia a un esquema mecánico-maquinista (M. Weber) que acelere toda producción y progreso social. En el mundo no hay lugar para la barbarie, pues no hay sitio para la Vida:

Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se uniforma en el gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad crepuscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase el rebaño para echarse a dormir, la remota campaña tañe su aviso vesperal. La impalpable claridad lunar se emblanquece al caer sobre las cosas; algunas estrellas inquietan con su titilación el firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado en vano a meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración primitiva es simple estupor. La poesía natural que lo rodea, al reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, un objeto en el cuadro, una pincelada; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el rebaño que apacienta.

La inmensa masa de los hombres piensa con la cabeza del ingenuo pastoriv.

J. Ingenieros ignora lo radical: el pastor no piensa; ante todo vive.

La ingenuidad del pastor conmovido por la tierra en la que habita, simboliza la bárbara situación para quienes subsumen “la poesía natural que nos rodea” a un claro y distinto juego de lógica-simbólica, enmascarando “el rumor del arroyo” con el crudo laberinto de las ciudades: “La ignorancia es el origen de todas las desgracias del hombre: sus preocupaciones, su fanatismo y errores, no son sino las inmediatas consecuencias de este principio sin ser por esto las únicas. Yo no pretendo probar que todo pueblo ignorante sea precisamente desgraciado; porque encuentro a cada paso en la historia del género humano ejemplares de varios pueblos que han sido felices hasta en cierto punto en medio de su misma barbarie”v.

Creemos que los ejemplos secundados podrían multiplicarse ad infinitum, pues la discusión en América acerca de las categorías: civilización-barbarie no ha sido agotada, y aún es motivo de luchas políticas bajo otras nomenclaturas (patria o muerte, colonia-imperio, centro-periferia, sobarenía-FMI, etc…).

Lo cierto es que M. Henry devela y redescubre una faceta anterior al distingo ya pronunciado. Pero hemos de analizarlo con más detalle en lo que sigue.

  1. M. Henry y la Barbarie

M. Henry identifica barbarie con locura. Tal identidad a priori nos parecerá obvia, en dirección al cúmulo de nociones que ya hemos descrito. Pero M. Henry determina un nivel ulterior, precedente a la objetivación científica y fenomenológica: la vida, o autoafectación de sí mismo.

El exponencial proceso de formalización moderno, supuesta la matematización del mundo, – y en correspondencia con la firme intención de instituir un saber absoluto de lo absoluto-, (fundado en la identidad pensar-ser), trajo consigo un todavía más escandaloso crecimiento de la maquinaria industrial que, poco a poco, se tornó punto de partida para la desaparición, con la civilización urbano-técnica, de toda forma de vida (o exclusión de ella); empero, no es éste uno de los aspectos más estridentes de la nueva barbarie, si bien el más perceptible, sino la concepción del saber formal-técnico (si se quiere), como el único saber posible: “Se trata de fabricar oro, de ir a la luna, de construir misiles autodirigibles y capaces de autovigilarse, (…) La técnica es la alquimia; es el auto-cumplimiento de la naturaleza en lugar del autocumplimiento de la vida que nosotros somos. Es la barbarie, la nueva barbarie de nuestro tiempo en lugar de la cultura. Por cuanto pone fuera de juego a la vida”.vi

M. Henry trastoca e invierte el distingo civilización-barbarie, para entender que ese vaciamiento de sentido denunciado por E. Husserl no es más que producido por la mismísima barbarie de un mundo técnico, construido sobre premisas filosóficas dogmáticas que se afirman únicas y lógicamente válidas por sí mismas.

Los nuevos sistemas de producción, así como la hiper-moderna división de trabajo, desentrañan su mayúsculo intento por evitar la incorporación de toda participación humana: así, la fabricación en serie de vehículos, por ejemplo, precisa de la exactitud matemática, ante la sofisticación de las nuevas tecnologías, de la cual carece cualquier empleado; pues sucede que el pensamiento técnico, si así puede llamárselo, responde a lo que M. Henry denomina “ideologías de la barbarie”, atentas al ser verdadero o real y con el cual se abstrae decididamente la vida.

En un pasaje que nos parece de absoluta importancia para mostrar la inversión que M. Henry hace, encontramos la mejor contraposición ante lo ya dicho por J. Ingenieros. Léase:

A pesar de los espacios verdes que se pretenden salvaguardar en ella (la naturaleza), no es ni verde ni azul, no es rosa ante el sol del levante, ni está desolada cuando se acerca la noche. En ella, los riachuelos no corren por las piedras, las cuales no brillan a la luz, el cielo no está nunca amenazante ni el río sereno, y esto, porque no hay sitio en ella ni para los colores, ni para la luz que brilla, ni para la serenidad, ni para la amenaza –porque lo que alberga en sí colores, amenazas y alegrías, y las hace posible, en su auto-afección y por ella, ha sido excluido de la naturaleza y no existe precisamente en ella, no existe en ninguna parte, más que como esa dimensión previa de ilusiones que somos, es cierto, que se llama subjetividad y de la que se ha decidido prescindir.vii

En definitiva, si la tradición positivista, bajo la vigilancia y el castigo del catecismo comtiano comprendía que ese pastor conmovido y afectado por el “rumor del arroyo” era simplemente ingenuo, o para enfatizar más, un completo mediocre, M. Henry afirmará lo contrario, pues no se trata la de él de una posición dogmática que somete tanto a mundo como a hombres a categorías falsas, sino que introduce la denuncia a la exclusión que el pensamiento mismo ha hecho -con la reducción galileana-, de la vida misma.

El pastor amenazado, admirado o asombrado por la tierra que pisa o el cielo de los divinos, es un bárbaro, pues ignora lo trascendental: ¡Eppur si mueve!

Pero M. Henry nos ofrece un aspecto más radical para avanzar con nuestro escrito, a saber, la idea que familiariza a la barbarie con la civilización, y a la cultura con la vida.

  1. Vida y cultura: auto-transformación y preeminencia

¿Qué es pues cultura? M. Henry dirá: “Es una acción que la vida ejerce sobre sí misma y por la que se transforma a sí misma en cuanto que es ella misma la que transforma y lo que es transformado (…) Cultura designa la autotransformación de la vida, el movimiento por el que no cesa de modificarse a sí misma para alcanzar formas de realización y de cumplimiento más altas, para acrecentarse”viii. Pensar la cultura y calificarla, en consecuencia, según su estado/situación: “civilizada-incivilizada” implica comprenderla desde una mera perspectiva objetivista o científica excluyente y categorial. Claro es que el saber de las ciencias ha de forjarse en la investigación e inferencia de leyes universales, unívocas y transubjetivas, en tanto el saber fenomenológico, o saber de la conciencia, investigará datos de experiencias subjetivas, a sabiendas que la función de la conciencia es ser condición de posibilidad para la objetivación del mundo ante-los-ojos; en este sentido, el saber fenomenológico es comprendido como el punto de partida para la institución de un saber objetivo lógico-matemático.

Por entonces, la cultura/vida se halla detrás del saber fenomenológico-científico, o lo que es lo mismo, por detrás de la distinción civilización-barbarie: las estructuras de estratificación, con las cuales la sociología objetivamente conoce la dinámica de una comunidad, no son más que la reducción científica de una praxis vital cotidiana, de los vínculos que una cultura establece con el mundo y con los dioses, y que la distingue respecto de otras: claramente, M. Henry establece la diferencia que hay entre una relación cognoscitiva-subjetiva con las cosas, respecto de la relación afectiva y auto-afectiva que el sí mismo padece (pathos, o vínculo patético)

Las formas elaboradas de la cultura, “arte, ética y religión” brotan de la esencia de la vida misma: así habría de explicarse la precariedad o superioridad de unas formas sobre otras, pues la barbarie “es decir, la regresión de los modos de cumplimiento de la vida, el fin puesto al crecimiento, no es un acontecimiento incomprensible y funesto que viniera a golpear desde el exterior a una cultura en la cima de su desarrollo”: surge de una vida enferma; más ¿Cuál ha de ser esa enfermedad de nuestros tiempos?: la técnica alienante o el hiperdesarrollo que auxilia y sosiega los padecimientos cotidianos, enmascarando con artefactos la angustia humana: “Es necesario considerar el hiperdesarrollo de la ciencia moderna como una de las tentativas mayores por las que la humanidad ha emprendido la tarea de huir de su angustia”ix

Si en “Esferas I” P. Sloterdijk describe el modo en que el titanismo técnico forja esferas en las cuales instruir políticas de climatización contra la intemperie, -siendo el shopping-mall ejemplo corriente-, M. Henry describe, siguiendo a F. Nietzsche cómo el hiperdesarrollo global supone un enmascaramiento de los padecimientos de la existencia, cuya subjetividad atestigua en cada caso una necesidad.

La barbarie de nuestros tiempos no se condice con la precariedad de “arte, ética y religión”, sino con la exclusión que la interrelación orgánico-mundanal hace de la vida misma, erigiendo un sistema líquido-violento de funciones ajustadas por un automatismo eficaz a la hora de producir y maximizar tiempo y ganancias, prescindiendo de todo acto humano.

  1. Barbarie en América

En las primeras páginas de “América Profunda”, R. Kusch describe su viaje al Cuzco: había de soportar, en un colectivo, la compañía inexorable de gallinas y cabras (tal fenómeno se da también en los ferrocarriles del Norte argentino), más el nauseabundo olor de las gentes; en lo que va, el rostro víctima del indígena, sumido en meditaciones incomprendidas por quien asciende a la Montaña, desde el mundo civilizado, se confunde con el ir de camino, sin rumbo, de sus hermanos.

Es en el Cuzco, o en una callejuela cualquiera del conurbano bonaerense, sus villas miseria, donde se huele el hedor más repugnante que signa, para el porteñaje, aquello que ha de ser encubierto o evangelizado, ya por la razón, ya por la cruz.

En “Allá lejos y hace tiempo” de G. E Hudson, hay un pasaje en el que el mismo William se pregunta por la identidad de un jinete negro, cabalgando con furia y que a su paso le grita: “Hallo, my boy, what are vou doing here?”. Pronto, dióse cuenta que ese negro era su padre, Daniel Hudson, empapado de cenizas tras extinguir un incendio. Ahí la barbarie que ha de ser lavada, para descubrir un bello rostro europeo.

El hedor es la barbarie de nuestra América que debe sin ton ni son ser enmascarada, negada, o en el mejor de los casos, exterminada bajo los postulados de la libertad, el orden y el progreso:

“Civilización y Barbarie” es la polémica fórmula en la que Domingo F. Sarmiento resumió lo que le parecía ser la contradicción determinante en la situación histórica de los países americanos de su tiempo. Se sabe que Sarmiento consideró la “Civilización”, concretamente en su entonces pujante forma anglosajona, como la alternativa social y cultural en cuya realización efectiva deberían empeñarse las naciones americanas para superar el estadio de “Barbarie” en que estaban sumidas por la persistencia terca de los pueblos indígenas y de la herencia retardataria del colonialismo ibéricox. 

R. Fornet-Betancourt también señala el que para F. Sarmiento “barbarie” sea en cada caso un estadio anterior a la civilización, que osa en superar por imperio de la técnica el dogmatismo tribal. Parecería ser un detalle hosco, pero M. Henry, con su trastrocamiento muestra que no hay una determinación temporal a priori de los estadios, pues es evidente que la civilización –cuya esfera excluyente arranca de sí toda participación humana-, puede transformarse paródicamente en civilización bárbara (valga el oxímoron). No hay, por lo tanto, desde esta perspectiva, superioridad o inferioridad válidas, como así tampoco anterioridad o posteridad.

Con su crítica, M. Henry denuncia el titanismo técnico euroamericano y su prescindencia de todo modo de ser o praxis humana: la frialdad del régimen, la exactitud de los mecanismos abordados por un lógico juego de reloj, aparta de sí la angustia provocada por la naturaleza pavorosa. Tal planteo parece ser revolucionario para la comprensión de la barbarie americana.

  1. Los rostros de Facundo Quiroga

En M. Henry la conciencia es condición de posibilidad para la objetivación científica del mundo; así, la vida es subsumida a un vínculo estrictamente cognoscitivo.

Tal ha sido la situación de las ciencias naturales (y en general también de la filosofía clásica), a lo largo del siglo XX, radicalizando su condición. Luego, con el paradigma positivista -imperante en nuestra América-, hubo de comprenderse un necesario extravío de la esencia negra, india y gaucha, tácito el afán de progreso y euro-americanización.

En “Facundo”, F. Sarmiento entreteje dos descripciones distintas acerca del rostro. La primera responde a la ya citada cosmología positivista, pues objetiva sin más el rostro del bárbaro:

A él le llamaron Tigre de los Llanos, y no le sentaba mal esta denominación, a fe. La frenología y la anatomía comparada han demostrado, en efecto, las relaciones que existen en las formas exteriores y las disposiciones morales, entre la fisonomía del hombre y de algunos animales, a quienes se asemeja en su carácter (…).Facundo, pues, era de estatura baja y fornida; sus anchas espaldas sostenían sobre un cuello corto una cabeza bien formada, cubierta de pelo espesísimo, negro y ensortijado. Su cara, un poco ovalada, estaba hundida en medio de un bosque de pelo, a que correspondía una barba igualmente espesa, igualmente crespa y negra, que subía hasta los juanetes, bastante pronunciados, para descubrir una voluntad firme y tenaz. (…)La estructura de su cabeza revelaba, sin embargo, bajo esta cubierta selvática, la organización privilegiada de los hombres nacidos para mandarxi.

F. Sarmiento abriga en su teoría la posible estructuración de los caracteres morales, en correspondencia con la fisonomía o geografía en los que se forjan; es entonces sencillo juzgar el valor moral de Facundo, a sabiendas de su origen en un sitio sin santos ni dioses, abandonado por la luz de Europa.

Ya citar la frenología o la anatomía comparada, constituye un enfático antecedente para derivar de allí cualquier descripción objetivista (clara es la influencia de Humbolt). La objetivación sarmientina del rostro no tiene en cambio un fin científico, sino más bien económico: el salvaje rostro del Tigre, animal como todo bárbaro, ha de ser purificado, al igual que el sitio que le dio origen; y purificar es, en este caso, aniquilar, lavar y ahuyentar el hedor americano.

Pero siguiendo a R. Kusch, también la barbarie seduce: “Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreado por pobladas cejas, causaban una sensación involuntaria de terror en aquellos sobre quienes, alguna vez, llegaban a fijarse; porque Facundo no miraba nunca de frente, y por hábito, por arte, por deseo de hacerse siempre temible, tenía de ordinario la cabeza inclinada y miraba por entre las cejas, como el Alí-Bajá de Monvoisin”xii.

Pero, ¿de qué se trata? Sarmiento deja atrás su descripción meramente objetiva para señalar cómo el rostro del bárbaro conmueve. Más, ¿Qué es esta conmoción? En “Facundo” la barbarie es temporalizada en el escenario idealizado de las pampas; derredor de ella, trasciende en su inmanencia un horizonte indefinido, sojuzgado por la prepotencia infatigable de la muerte que todo abraza: “La nada —esto es, lo único que ve el habitante de la Pampa cuando mira a su alrededor— se vuelve así altamente productivaEsta poesía del desierto se manifiesta primero en un estado de honda conmoción interior donde concurren la maravilla y el terror ante un poder sobrehumano: la naturaleza (o Dios) sentida por un romántico”xiii.

El rostro de Facundo conmueve a Sarmiento pues, tejido con la tierra del desierto infinito (tremendo y fascinante), acuña en sus rasgos el rostro mismo de la Muerte que acecha, y del Dios que se oculta. ¿Y qué hacer? Enmascarar la barbarie con el titánico mecanismo de la técnica pura: fundar progreso allí donde sólo hay lodo; reconducir los ríos para acallar su murmullo mediocre; excluir el “pathos sin rostro de la vida”xiv y erigir el laberinto sin rostro de la técnica.

La experiencia subjetiva de sí mismo, a saber, la inmanente autoafección de toda ipseidad, reconduce la descripción objetiva del rostro orgánico (“la estructura de la cabeza”, por ejemplo) a la radical experiencia de una vida (que está siendo) sin rostro.

Dos son en consecuencia los rostros de Facundo: aquél ante-los-ojos, objetivado desde la perspectiva científica (frenología, anatomía comparada) por la conciencia fenomenológica, y aquél rostro ya no vivido (rostro-objeto), sino padecido por el mismísimo Facundo e irreductible a la sectorización científica.

¿Qué será entonces de la barbarie? ¿Cuál es el verdadero rostro de Facundo?

El Tigre de los llanos se desplaza por la tierra desnuda; desviste Sarmiento los rasgos temibles de su figura.

No será “civilización o barbarie” sarmientina la del siglo XX/XXI, sino más bien civilización bárbara que a su paso niega, con M. Henry, el fascinante y tremendo rostro de Facundo.

Bibliografía

FORNET-BETANCOURT. R, Supuestos filosóficos del diálogo intercultural, (Viena, Polylog, 1998), p. 45-86

GONZÁLEZ PRADA. M, Nuestros Indios, Disponible en línea:

http://www.ensayistas.org/antologia/XIXA/gzlezprada/index.htm

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INGENIEROS, J. El hombre mediocre, (Buenos Aires, C.E.C, 2007)

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MONTEAGUDO, B, de. Oración Inaugural, En: Oración Inaugural pronunciada en la apertura de la Sociedad Patriótica la tarde del 13 de enero de 1812. Reproducido en Obras completas. Tomo 7. Buenos Aires: Librería la Facultad, 1916.

SARMIENTO, F. Facundo, (Buenos Aires, C.E.C, 2007)

STUART MILL, J, August Compte and Positivism, (London, N. TRÜBNER & CO, 1866)

Notas

i Profesor-Licenciado en Filosofía, Colegio Máximo San José de San Miguel (Universidad del Salvador, 2009). Editor de Revista Hispano-Americana de Arte. Miembro del Seminario CANOA (ASOFIL) y de RedJIF (Red de Investigadores en Filosofía – Universidad Complutense de Madrid).

protogutierrez@protogutierrez.com.ar

ii STUART MILL, J, August Compte and Positivism, (London, N. TRÜBNER & CO, 1866) p. 94

iii SARMIENTO, F. Facundo, (Buenos Aires, C.E.C, 2007) p. 40

iv INGENIEROS, J. El hombre mediocre, (Buenos Aires, C.E.C, 2007) p. 30

v MONTEAGUDO, B, de. Oración Inaugural, En: Oración Inaugural pronunciada en la apertura de la Sociedad Patriótica la tarde del 13 de enero de 1812. Reproducido en Obras completas. Tomo 7. Buenos Aires: Librería la Facultad, 1916.

vi HENRY. M, La barbarie, (Madrid, Caparrós Ediciones, 2006) p. 80

vii Ibíd., p. 107

viii Ibíd., p. 19

ix Ibíd., p. 105

x FORNET-BETANCOURT. R, Supuestos filosóficos del diálogo intercultural, (Viena, Polylog, 1998), p. 45-86

xi SARMIENTO. F, op cit.,p. 89

xii Ibíd.,p. 89

xiii LOJO. M-R, La seducción estética de la barbarie en él «Facundo», Anaies de literatura hispanoamericana, Nº. 23. Editorial Complutense. Madrid, 1994.

xiv HENRY. M, Quatre Principes.., p.18