¿Qué podemos aprender de Trump?

José Eduardo Tappan Merino Especial #2: Trump

Resumen 

El triunfo de Trump se muestra como resultado de varios factores: 1. Fatiga y descrédito social de los políticos profesionales. 2. Búsqueda de salvadores mesiánicos que surgen de sistemas culturales con baja educación. 3. La crisis económica que ha durado más de dos décadas y ha acelerado la tendencia de transferir a China la hegemonía financiera mundial, situación que no es aceptada. Las acciones “económicas” y “políticas” son reacciones a ese rechazo de estas tendencias históricas. 4. Trump creó vínculos con el estereotipo del imaginario cultural y los utiliza a su favor. 5. Hay fuerzas reaccionarias, conservadoras y racistas que Trump convocó, mismas que hoy se han convertido en una masa beligerante y sin cabeza. En otras palabras, debemos entender la idiosincrasia del pueblo estadounidense y su historia para entender las razones que los hicieron votar por Trump.

Palabras clave: alienación, manipulación, ignorancia, cinismo, cultura.

Abstract

Trump’s triumph is shown as a result of several factors: 1. The fatigue with and discredit of professional politicians. 2. The search of messianic saviors who came from low-education cultural systems. 3. The economic crisis that has lasted for more than two decades and transferred to China the world’s financial hegemony, a situation that is not accepted. The “economic” and “political” actions are reactions to that rejection of these historical tendencies. 4. Trump has many links with the cultural imaginary and uses them to his advantage. 5 There are reactionary, conservative and racist forces that Trump summoned and which today have become a belligerent and headless thing. In other words, we must understand the idiosyncrasy of the American people and their history to understand the reasons that made them vote for Trump.

Keywords: alienation, manipulation, ignorance, cynicism, culture.

 

El psicoanálisis aprende de la condición humana en distintos escenarios, siendo el político uno de los más ricos por la complejidad que implica: ideas, pasiones, intereses, goces, anhelos, fantasías, luchas, manipulaciones, traiciones, etc.; lo humano se muestra desnudo, sin restricciones ni idealizaciones. Aparece, de esta manera, la sinrazón del cogito cartesiano “pienso, luego soy”, ya que, como el psicoanálisis ha mostrado, se trata de una simple idealización sobre la condición humana. Lo humano pareciera estar acentuado en la razón y en la conciencia, pero la política muestra que dichas operaciones no son las que gobiernan, pues lo propiamente humano se encuentra en los automatismos, en lo compulsivo, en la mentira. La subjetividad es el espacio de la competencia psicoanalítica, ese conjunto de tramas, mecanismos, operaciones, instrucciones, deseos y fantasías que operan inconscientemente y determinan la vida de los hombres, creándoles la ilusión de ser libres, de que son ellos los que toman sus decisiones. Podríamos pensar la política como realpolitik con Maquiavelo, quien presenta “el rompimiento de la política con la ética”, afirmando que la moralidad no es algo que concierna a la “res publica”, pero los ciudadanos, como “almas bellas”, prefieren “hacer como que no lo saben”.

Freud planteó que el hombre, objeto de estudio de las humanidades y las ciencias sociales, había estado escondido tras la bruma producida por sus prejuicios y preconcepciones. Por lo tanto, lo que en realidad proyectaba eran sus ideas, más que detenerse a observar y conocer la condición humana, un ámbito alejado de sus idealizaciones. En esta dirección, apreciamos cómo Hobbes pudo ver que “el hombre era el lobo del hombre” y, que si no se contaba con leyes y un Estado que pudiera administrarlas y castigar, éste no se contendría por sí mismo, pasando por encima de cualquiera. Así, el monopolio de la violencia por parte del Estado resulta esencial porque los hombres “no son buenos por naturaleza”. El malestar de la condición humana se encuentra en todas sus producciones, principalmente, en la sociedad y la cultura, que llevan las marcas de su cuño. En consecuencia, como propone Lacan, es Marx y no Freud quien nos muestra lo que es propiamente un síntoma, es decir, la manera en que opera el engaño, las distintas causas por las que buscamos engañarnos, lo que hacemos para no salir del rebaño.

SIGMUND FREUD

Freud, en su carta de respuesta a Einstein sobre el porqué de la guerra, señala que la condición humana es pulsional y no racional, y que es precisamente esa característica pulsional lo que lastima ese imaginario racional de la ilustración, de ese hombre ideal gobernado por los procesos superiores de la conciencia; esa es la idea de la condición humana en la que se soportan las tradiciones filosóficas humanistas.

“Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir —las llamamos eróticas […] o sexuales, exactamente en el sentido de Eros en el banquete de Platón—, y otras que quieren dominar y matar; a estas últimas la reunimos bajo el título de pulsión de agresión o destrucción. […], no es sino la transfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio”.[1]

No se trata de hacer un perfil psicológico de Trump, tenemos suficientes datos para que eso incluso parezca ridículo. Es una persona elemental y, por ello, próximo a las fuerzas pulsionales. Convenció a sus compatriotas de que están en peligro de muerte (quizá porque él mismo lo vive de esa manera) y de que son perseguidos por los terroristas islámicos, por los mexicanos, etc. Dice que los problemas que viven sus conciudadanos se han derivado de una mala administración. No se da cuenta de que son los efectos del cambio del nuevo orden mundial propiciados en su país por ese grupo de súper ricos (como los considera Noam Chomsky) que destruyeron las tendencias del sistema de competencia y de libre mercado. Por perder el Estado su papel de árbitro y regulador, los mega ricos tomaron partido y perdieron todos. “Así, la pulsión de auto conservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito”.[2]

Esta actitud beligerante es considerada necesaria. Por sentirse amenazados, se sobre dimensiona el sentido de amenaza exterior para legitimar esa clase de acciones que supuestamente son necesarias para protegerse. Es a nivel pulsional que debemos seguir la campaña y la política de Trump, ya que esta soportada en lo emocional; exalta pasiones, odios, amores. Es en estos registros fundamentales, elementos básicos, donde Trump construye su retórica.

Albert Einstein, preocupado por el ambiente bélico que se gestaba, le pregunta a Freud por qué un pueblo puede ser manipulado, llevado por la sinrazón a desear la guerra:

“¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus visiones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdida y sufrimiento? […] Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en sus instrumentos”.[3]

Esta situación de la que habla Einstein es semejante a la manera en que un pueblo puede llegar al extremo por efecto de una retórica que exalta lo propio y demoniza lo otro. La xenofobia, como el resto de las fobias, es una manera de canalizar la angustia; la incertidumbre busca un chivo expiatorio, ese es el objeto fóbico. La exaltación de lo otro como sinónimo de lo negativo es para construir una vaga idea sin definición de lo que puede ser considerado como nuestro, de lo propio no como algo concreto, sino simplemente como distinto de lo “otro”. Es en ese clima de incertidumbre social que Trump transforma a México en dicho objeto de escarnio.

Trump representa el bullying en su dimensión política y social, el que intimida y estigmatiza al otro para obtener beneficios; el bravucón que está dispuesto a burlarse, como lo hace, de los débiles, de los enfermos. Representa al que se conoce en México como el gandaya (el que abusa de los otros). El electorado que votó por él, en cambio, es aquel que se transforma en cómplice del bullying, aquellos que graban al bravucón mientras maltrata al desprotegido y no intervienen. Trump pasa por encima de cualquier cosa, banaliza todos los argumentos que lo critican sin importar de quien vengan, vulgariza a las instituciones surgidas de la historia y se mofa de los valores democráticos, pues su opinión es la única que cuenta. La estrategia del buleador es sembrar miedo, ya que es capaz de hacer cualquier cosa, aún siendo ilegal o inmoral.

Desde esta perspectiva, podemos entender que actúa como cualquier tirano, como un dictador; no hay más ley que la que surja de sus caprichos. No obstante, también se coloca como profeta; sólo le rinde a Dios. La ley se encuentra para impedir la arbitrariedad, por eso, bajo esta condición, no podemos hablar propiamente de que exista un seguimiento a la ley en la propuesta de Trump. Él establece el código. Los que están a su servicio simplemente deben seguirlo sin cuestionamiento. Se trata de “[…] la crucial distinción entre la ley pública, escrita y la ley obscena y oscura, […]”.[4] Estas arbitrariedades están legitimadas con argumentos falaces y simples, de manera que la propuesta se desplaza a lo que se conoce como “Código rojo”.

“La función de ese “Código rojo” es muy interesante: absuelve un acto de transgresión —el castigo ilegal de un camarada— y, en el mismo movimiento, reafirma la cohesión del grupo, es decir, que apela a un acto de identificación suprema con los valores del grupo. Un código semejante debe permanecer bajo el abrigo de la noche, no sabido, no dicho en público; cada uno pretende no saber o niega enérgicamente su existencia. Las reglas explícitas, oficiales, no son suficientes, es necesario entonces que sean completadas por un código clandestino, “no escrito”, que apunte a aquellos que, aunque no han faltado a la ley, no se identifican verdaderamente con el “espíritu de la comunidad”.[5]

Es interesante que esa figura de la transgresión de la ley sea, simultáneamente, una llamada a la identidad. Por lo tanto, es la permisibilidad de la violación por parte de aquellos que están en el grupo lo que puede transformarlos en cómplices del bullying, de la infracción, del delito. “Se perdona fácilmente la infracción menor a la ley de un hombre (blanco), en particular si ésta se justifica con un “código de honor”; la comunidad le reconoce como “uno de los suyos”. Sin embargo, excomulgado de hecho, percibido como “no de los suyos”, si desaprueba la forma específica de transgresión de la comunidad”.[6]

La misma práctica del “Código rojo” consolida al grupo alrededor de la infracción y el delito, cómplices para quienes el encubrimiento del compañero es el seguro de sí mismos. Si traiciona, puede y será traicionado, expulsado de grupo. Con esta situación, Trump ha creado un sentido de pacto entre sus connacionales, los que están dentro del Código y los traidores, los antiamericanos.

PANTERAS NEGRAS

Sin embargo, sabemos que esas formas son llamados a la violencia; de modo que, si ciertos grupos simplemente son ignorados, las minorías perseguidas buscarán tanto cómplices para enfrentar dichas formas de abuso y sometimiento como canales paralelos al “Código rojo” que transiten también dentro de ilegalidad. Esa fue una de las razones del surgimiento de “los panteras negras” y de Malcom X, entre otros. Lacan nos recuerda que la idea de “Dios ha muerto” no significa que se pueda hacer cualquier cosa, sino, precisamente, lo opuesto: que se viva con temor. Ortega y Gasset desarrolla la idea de la tradición hebrea del “Emunah”, relacionada con la condición de posibilidad del pacto, del acuerdo en cualquier relación, de mantener la apuesta de exigirse lo mismo que el otro. En un préstamo debes exigirte pagar como lo haría aquel que te presta; en ese lugar se requiere del árbitro de Dios, de un juez capaz de ejecutar el castigo, administrar la ley y hacerla cumplir. Emunah se relaciona con la confianza y la fidelidad al pacto, a los intercambios, al don y al contra don, al acuerdo, aquello que destruye la arbitrariedad. Con la muerte de Dios (Ley) desaparece cualquier garantía; ahora cualquier cosa podría suceder, como lo están mostrando las embravecidas y racistas bases del electorado y del mismo Trump. El apoyo a los supremacistas blancos es una muestra clara de esta línea de comportamiento, una forma más de “la servidumbre voluntaria” (ese concepto de Étienne de La Boétie), una condición de la masa servil caracterizada por el uno heideggeriano, el homo videns de Sartori, el homo insapiens, el alienado de la sociedad de consumo, pero también es la muestra de que mujeres y hombres misóginos conformaron la gran masa del electorado de Trump. Algunos simplemente votaron por las ofertas de disminuir impuestos; otros, por su beligerancia a algún grupo (pues, enemigo de mis enemigos, mi amigo) o por simples intereses económicos o políticos. No es un grupo homogéneo el electorado de Trump. “La violencia real surge cuando ese soporte fantasmático del poder está perturbado o amenazado […] el surgimiento de la violencia “real” está condicionada por un impasse simbólico. La violencia “real” es una especie de acting-out que surge cuando la ficción simbólica que garantiza la vida de la comunidad está en peligro”.[7]

Estas acciones de Trump necesariamente tienen efectos en aquellos grupos vulnerables que no encuentran protección en la ley. En consecuencia, el Código rojo generará la constitución de otros Códigos que se enfrentarán unos con otros al margen de la ley. En cualquier caso, el “otro” (la víctima de dicho Código) es por entero estigmatizado, “no hay dominación que no se soporte en un goce fantasmático”.[8] Es decir, en el regodeo de sentirse superiores, esa idea les permite el oscuro placer de mirar para abajo y de situarse a sí mismos arriba, todo aquello que caracteriza a la soberbia.

“El énfasis en las pequeñas diferencias, el fetichismo y la fobia en donde se trata de mecanismos de proyección, pero como si se trata del otro, no de uno mismo, como si fuéramos neutrales y sólo estuviéramos calificando y describiendo al otro. La interpretación, la construcción de estereotipos destruye. El reconocimiento ideológico en el llamado del Otro es el acto de identificación en el universo del otro. Creando un espectro que ordena y hace que uno verifique lo que piensa en el mundo. Para decirlo más sencillamente, la realidad jamás es directamente ‘ella misma’”.[9]

Cuando Trump reaccionó ante los datos que mostraban la participación de los hackers rusos atacando a la candidata demócrata, simplemente se mofó y dijo, para banalizar el asunto, que esa misma inteligencia había sido la que afirmó la presencia de armamento en Irak, lo cual, como sabemos, era falso. Y, nuevamente, sin argumentos de peso, como si se tratara de un chisme, desacreditó a su sistema de inteligencia; lo mismo hace con el calentamiento global, como si se tratara simplemente de un asunto de opinión. Esa banalización de todo lo que se oponga a sus intereses o puntos de vista lastima cualquier sistema argumental, legal, académico, de inteligencia.

En el fondo y en la superficie se trata de un asunto de poder donde las relaciones parten del dominio y la servidumbre. Por lo tanto, como Zizek advierte, las cosas se pueden comparar, humillar, desechar, cambiar, etc. Hegel afirma que el siervo, empujado por el temor a perder la vida, es quien permite la existencia del amo. Es en esa operación donde el amo está dispuesto a todo. Frente a esas condiciones de facto, el siervo finalmente permite que pasen sobre él.

Cuando ese “otro” distinto del WASP (White, Anglo, Saxon, Protestan) es caricaturizado a partir de rasgos y características que, desde esa visión, pueden ser objeto de escarnio o discriminación, la visión hegemónica lastima y lleva a ocultar dichas particularidades, sobre todo cuando se trata del “enemigo”. “Esta destrucción del universo simbólico del enemigo, ese “culturocidio” apunta al nudo fantasmático de su identidad”.[10]

Lo que llevó a Trump al poder nos demuestra que la sociedad no puede ser pensada como una entidad racional ni como una totalidad orgánica que sigue los principios morales o los procesos superiores de la consciencia. Las sociedades y las personas son instrumentos de los mecanismos inconscientes, aquello que opera fuera de la consciencia y la determina. De modo que la ideología y la falsa consciencia son el resultado de ese poder que actúa desde lo inconsciente, cuya fuerza estriba, precisamente, en que actúe desde lo no sabido. Evidentemente no todos los miembros de la sociedad se encuentran igualmente determinados ni se trata para todos ellos de un conjunto de operaciones inconscientes constituyendo una Weltanschauung. Más bien, este poder es un saber no sabido que, para quienes lo advierten, permite la manipulación de esos resortes de la subjetividad que determinan los pensamientos y acciones de los hombres. La creación de necesidades, la propaganda sugerente y la subliminal son formas de manipulación que intentan colocar sus contenidos en este estamento de la ideología, ya que de esa manera actuará sin que las personas lo adviertan. Zizek muestra que la ideología es un sueño que se sueña en la “realidad”, por eso Trump creó un sueño que es entendido como la realidad: regresar al paraíso perdido, hacer posible el sueño americano, un sueño dentro de otro sueño que constituye la realidad; como el flautista de Hamelin, creando un sueño que atrajo a todos los que estaban cansados de su realidad.

El problema de los ciudadanos que se dejaron atrapar por ese discurso artificioso y básico es que exaltó sus miedos, sus corajes ahora dirigidos a un chivo expiatorio: “los mexicanos”. Se alimenta a la turba y comienzan a manifestarse esos racistas que se sienten respaldados. Se trata de una masa acéfala, ya que el soporte de ese malestar es añejo y, rápidamente, crece su capacidad para legitimar la violencia. “El exceso grotesco por medio del cual, en un cortocircuito, actitudes opuestas demuestran súbitamente su complicidad secreta; el solemne agente del poder que comienza a hacernos un guiño en un gesto de solidaridad obscena”.[11]

Ese guiño obsceno es parte de ese Código rojo que se convierte en signo de identidad; nosotros vers todos ustedes, los distintos.

El mercado político y mucho de la misma operación política trabaja de la mano con el ilusionista, el mago al que le creemos cuando saca el conejo del sombrero. La política es mucho ese juego de espejos que permite desaparecer o aparecer algo frente a nosotros. Trump se desenvolvió en los medios de comunicación, especialmente en la televisión. Es el maestro de maestros del ilusionismo, tiene el know how que transforma sus audiencias en rebaños; es mucho lo que tenemos que aprender de él en cuanto a la psicología de las masas.

En este sentido, “la falsa conciencia” se caracteriza por un conjunto de mentiras necesarias para mantener el establishment, el estado de las cosas a partir del fundamento de la ideología. La falsa conciencia tiene que ver con la idea de que si trabajas y ahorras, serás rico; que los que se portan mal, van al infierno o algo semejante. Desde luego, se trata de los cimientos sociales que constituyen el fantasma-fantasía, pero no de manera arbitraria, pues siguen una lógica de dominación que permita promover el conformismo, disminuir la incertidumbre social y aceptar las reglas sociales y políticas como si las cosas debieran ser así. Construyen la norma y lo que se considera normal. Trump se mueve en ese sistema social de consensos implícitos, en mentiras que buscan mantener el sistema y el orden social establecido, por eso es popular; la gente escucha lo que secretamente desea escuchar. El asunto es que Trump no se encuentra en realidad fuera de ese sistema ideológico, manipulándolo. Es alguien que cree en él para él. No hay un más allá, es un convencido, el abusador que piensa que ese es el orden de las cosas y que simplemente trata de ser más astuto que los demás.

Este es el malestar en la cultura irrenunciable que destaca Freud. Parte de la tarea del psicoanálisis es trabajar la ideología como si se tratara de la fantasía-fantasma, desplegando su lógica interna, haciendo visibles el conjunto de elementos y operaciones que constituyen su núcleo duro: la falsa conciencia. Esta ideología y su relación con la historia concreta de un pueblo en un tiempo determinado es lo que constituye la idiosincrasia, lo cual podría ser considerado como el estilo, los rasgos de identidad que permiten separar el nosotros del ustedes, lo propio de lo extraño. No es posible plantear para el análisis un atravesamiento, sino un despliegue, ya que existen incluso un conjunto de operaciones lógicas que resisten al análisis. “[…] La ideología totalitaria […] no pretende ser tomada seriamente, ni siquiera por sus autores, su estatus es sólo el de un medio de manipulación, puramente externo e instrumental; su dominio está garantizado, no por su valor de verdad, si no por simple violencia extraideológica y promesa de ganancia”.[12]

Sin duda, esto no es particular de los Estados Unidos. La gente tiene miedo a expresarse, a pensar diferente. México es uno de los países con mayor homicidio a reporteros, por eso estamos sometidos a esos artificiosos y cínicos argumentos de nuestros gobernantes. La verdad documentada no es relevante, pueden desmentirla sin ningún tipo de contra argumentación; las cosas son como las dicen, como ellos las ven. Por ello, el papel de la denuncia es hacer explícita esa lógica de la operación ideológica, que es lo que de alguna manera participa en la disolución del síntoma. En ambos casos, nos encontramos con cínicos refractarios a la crítica.

Trump es el ejemplo de que la democracia y la justicia son cosas diferentes. Ningún programa democrático ha sido tan injusto y apartado de la justicia; sin embargo, estamos enfrentando la verdadera crisis de legitimidad de la política porque hemos podido constatar que los políticos son corruptos en todo el mundo. Los “papeles de Panamá” mostraban a un grupo de evasores de impuestos a nivel internacional. En su mayoría, la lista estaba integrada por políticos o  ex-políticos. La política es simplemente una manera de enriquecerse. Se encuentra muy lejos del servicio a la comunidad. Los políticos no son servidores públicos ni defienden ideologías, sólo tienen intereses económicos. Izquierda, derecha y centro se han ocupado de mostrarnos que el espectro político no escapa de la corrupción. Unos y otros aprovechan sus cargos públicos para servirse de ellos. Ahora, en un mundo globalizado, donde el dinero es lo que abre las puertas y no el prestigio (ya que ese prestigio es, por lo general, local, de modo que no trasciende las fronteras), lo que se busca es la fama, como la de los cantantes, actores, jugadores de futbol, etc. Ellos son los héroes de nuestro tiempo, los que tienen derecho a opinar, a ser entrevistados, a que su voz se haga pública. Las personas con prestigio, en cambio, no tienen voz.

Hoy la democracia no se pelea con el autoritarismo o el populismo. No es una propuesta que busque mejorar la vida de las personas o la justicia. Simplemente, se trata del sistema de libre mercado llevado a la escena política. Las campañas electorales están orientadas mercadotécnicamente tanto en los discursos políticos como en las fotos de los candidatos, buscando que sean atractivas y atraigan la atención de los electores. Los votantes sólo son entendidos como consumidores de una idea, de una propuesta aspiracional que convierta a los electores en simples consumidores de alguno de los candidatos, porque, como sabemos, las promesas de campaña no necesariamente serán cumplidas. En Psicología de las masas y análisis del yo Freud señalaba que el estatuto de la creencia, más que el del análisis, es el que orienta nuestro proceder político, por eso los candidatos pueden prometer lo imposible. En lo político no se trata de lo sensato, lo prudente o lo razonable, sino de los sueños, de las fantasías, los ideales, las esperanzas. En consecuencia, la frustración que tes. De aqu pla frustración que tenemos frente a lo político fue uno de los ingredientes que llevó a Trump al poder.

El psicoanálisis trata la condición humana como tragedia griega, donde los hilos de las moiras, es decir, el destino, determinan la existencia. No somos libres de decidir o hacer lo que sea, estamos sujetos a un entramado complejo de determinaciones de carácter inconsciente que conducen todo lo que hacemos o pensamos. Lo que muestra Trump se encuentra del lado de la comedia, del supuesto self made man, el hombre que se hace a sí mismo sin densidad ni drama, sin contradicciones, como si se tratara únicamente de seguir sus caprichos, lo que vende es su know how, su (saber hacer). No es un estadista, es un administrador. Presenta la idea de que EUA es una empresa en quiebra y él simplemente la va a administrar como sus negocios. Esta comedia se encuentra próxima a la idiosincrasia Norteamericana, donde la felicidad se confunde con la diversión, la posesión y el consumo. El “sueño americano” es aspiracional, siempre quiere vivir como aquellos que considera los acomodados. Para Marvin Harris “el sueño americano” (libertad más opulencia) es posible, pero sólo a partir de una propuesta económica donde el Estado pueda regresar a la libre competencia, a impedir los monopolios y, desde luego, los oligopolios. Se trataría de abrir la economía en lugar de cerrarla. La crisis interna es una consecuencia del dominio de los oligopolios sobre la política y la economía. Trastocando todo el sentido que tenía lo social, lo personal, lo público, lo privado, lo colectivo, lo individual, lo real, lo fantástico, lo onírico, en el territorio de la subjetividad, todo comparte el mismo peso e importancia. Por otro lado, no hay que olvidar la tendencia al cambio del nuevo orden internacional de EUA a China, acelerado por Reagan, los Bush y ahora por Trump, quienes son muy ambiciosos y están cegados por sus intereses. No alcanzan a ver el escenario global. De aquí que su política exterior, a causa de su condición de inmediatez para atender esos intereses, tenga consecuencias negativas a largo plazo.

La política nacionalista y proteccionista desplegada por Trump va directamente en colisión con la democracia y el libre mercado, contra su propia historia y contra los avances de varias generaciones de política internacional norteamericana. Las experiencias históricas surgidas de movimientos nacionales son terribles, pero no hay que confundir los movimientos anticolonialistas con los movimientos nacionales; “el nacionalismo se cura viajando”. Las estrategias de defensa nacional (de cerrar la tienda para hacer ajustes y balances) sólo pueden ser pensadas por ignorancia, pues no hay una estrategia o táctica detrás de ese tipo de decisiones. Lo peligroso del nacionalismo, más allá de las medidas proteccionistas, es que necesitamos decisiones concertadas para intervenir sobre un mundo que irreversiblemente se acerca a su fin. No es un pronóstico alarmista. Los científicos especialistas en el cambio climático tienen décadas alertándonos del problema. Sólo alguien cínico e ignorante puede simplemente descalificar estas afirmaciones como si se tratara de una opinión y no de argumentos sólidamente fundamentados.

Trump está dinamitando todo el sistema de confianza con las instituciones. Él es el árbitro y no acepta la crítica. Los funcionarios son tratados como empleados que únicamente deben seguir sus órdenes. Cualquier persona que lo desafía o contradice es un enemigo. Esa referencia esencial (para que una comunidad se mantenga como comunidad y no como banda de maleantes) requiere de la confianza en los otros, en las instituciones del Estado y, desde luego, en los sistemas de seguridad. El descalificarlos y burlarse de ellos mina directamente la seguridad y acrecienta el miedo. Esa referencia la llamamos el gran Otro, lo que permite suponer que se entiende lo que decimos. El lugar del Otro es el que ocupa Dios, la ley, la lengua; lo que funge de ancla del orden simbólico.

“La desconfianza en relación con el gran Otro (el orden simbólico), el rechazo por parte del sujeto a “tomar en serio”, se sostiene de la confianza que hay un “Otro del Otro”, un agente secreto, invisible y todo-potencia, que “maneja los hilos” detrás de la cortina: detrás del poder visible, público, hay otra red de poder misterioso, impenetrable. […] el único modo de establecer una estructura narrativa global es el tener el recurso al universo paranoico de la teoría de la conspiración”.[13]

Con el aumento del miedo los grupos sociales se van desorganizando para caber en estatuto de masa, como sucede con México. Así, la condición de masa dirigida y no gobernada por un grupo de vándalos es instaurada por medio del “Código rojo” como regulador de las relaciones. Al desaparecer o diluir el lugar del Otro, aparece el rumor, las teorías de la conspiración, suponer que atrás de tanta estupidez o de tanta sinrazón existe un poder tras el trono que gobierna en la oscuridad. No se soporta que lo percibido sea exactamente cómo se le percibe, por eso se busca un más allá en el que exista una lógica ordenadora, pero inaccesible para las personas.

Es claro para el análisis que debemos de romper con la vieja idea de la sociedad como un ente constituido de forma uniforme. Es claro que hay muchos grupos sociales, incluso al interior del electorado que votó por Trump, que se arrepienten de haberlo hecho; otros, sin duda, se encuentran felices. Sin embargo, también es importante recordar que, debido a las características de los procesos electorales norteamericanos, Trump no ganó la elección por el número de votantes, sino por los distritos electorales que lo favorecieron, lo que nos muestra las tensiones internas, así como los distintos intereses que se despliegan de manera compleja y beligerante al interior de lo que nosotros llamamos sociedad norteamericana. “La tesis de Laclau y Mouffe de que “la Sociedad no existe”, de que lo social siempre es un terreno incongruente estructurado en torno a una imposibilidad constitutiva, atravesado por un “antagonismo” central, esta tesis propone que todo proceso de identificación que nos confiere una identidad socio simbólica está en definitiva abocado al fracaso”.[14]

FRANCISCO DE GOYA, DUELO A GARROTAZOS

Más aún, “la Sociedad” es un modelo para Rousseau que funciona y es de una manera, para Hobbes es de otra, pensando simplemente en dos contemporáneos que salían de la idealizada perspectiva de una sociedad armónica y justa. Cuando hablamos de la sociedad, en realidad, siempre hablamos de un modelo teórico que puede o no corresponder con aquello que pretenden analizar. Por ello, siempre debemos conservar la idea de que “La Sociedad” como sujeto no existe; es una construcción teorética. Con ello también debemos quitarnos la idea de que el hombre es un animal social. El hombre está en sociedad porque es más fácil sobrevivir de esta manera, pero no es social, no es en sociedad; estar en sociedad le implica una renuncia pulsional. Trump es un botón de muestra estridente, extremo, pero es un representante de la condición humana.

 

Bibliografía

  1. Freud, Sigmund, “Carta a Freud de Einstein del 30 de julio de 1932 en Obras completas XXII, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.
  2. Harris Marvin, La cultura norteamericana contemporánea, Alianza, Madrid,
  3. Zizek Slavoj, “Violencia entre ficción y fantasma. Hacia una teoría Lacaniana de la ideología” en Revista Freudiana, No. 23, Escuela Europea de Psicoanálisis Catalunya, 1998.
  4. Zizek Slavoj, El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI, México, 1992.

 

Notas

[1] Freud, “Carta a Freud de Einstein del 30 de julio de 1932 en ed. cit., p. 193.
[2] Idem.
[3] Ibid., p. 185.
[4] Zizek, “Violencia entre ficción y fantasma. Hacia una teoría Lacaniana de la ideología”, en ed. cit., p. 86.
[5] Ibid., p. 87.
[6] Idem.
[7] Ibid., p. 89.
[8] Ibid., p. 85.
[9] Ibid., p. 95.
[10] Ibid., p. 90.
[11] Ibid., p. 86.
[12] Zizek, El sublime objeto de la ideología, ed. cit., p. 58.
[13] Zizek, “Violencia entre ficción y fantasma. Hacia una teoría Lacaniana de la ideología”, en ed. cit., p. 88.
[14] Zizek, El sublime objeto de la ideología, ed. cit., p. 173.