Trump: tres apuntes para trascender las coyunturas

Sabina Morales Rosas & Arturo Romero Contreras Especial #2: Trump

 

Resumen 

La presidencia de Trump ha significado un gran desafío para el análisis político, especialmente para la comprensión de las relaciones entre la izquierda y la derecha, el nuevo papel de E.U. en la escena internacional, así como el valor de síntoma de la época que esta figura representa. La lectura de este fenómeno se ha ido construyendo al hilo de las coyunturas, pues los esquemas usuales de comprensión han quedado cuestionados e incluso rebasados. En este artículo tomamos cierta distancia de las coyunturas, buscando entender a Trump como síntoma de la época en un horizonte más amplio. Para esta lectura hemos aportado ciertas claves desde de tres aproximaciones. La primera representa una lectura de Trump desde la izquierda y la situación de fracaso en que la época sitúa esta perspectiva. También nos permite comprender cuál es el pretendido fin de la historia que de ahí se deriva y por qué se argumenta que Trump retoma elementos de la crítica que la izquierda dirige al orden mundial, pero simplificándolos y apropiándoselos para una agenda conservadora. La segunda exhibe a Trump a partir del género literario contemporáneo que su figura representa en  la trama política actual, el melodrama-farsa, recordando la conocida lectura de Marx a propósito de Napoleón III: primero como tragedia, luego como farsa. La tercera se pregunta si Trump ha roto o no y en qué medida el consenso internacional que había dominado desde la II Guerra Mundial, como sostienen Negri y Hardt.

Palabras clave: democracia en E.U., izquierda, fin de la historia, imperio, melodrama, farsa, orden mundial, 18 Brumario.

 

Abstract 

Trump’s presidency represents a great challenge for political analysis, especially for our understanding of left-right relationships, the new role of the U.S. in the international scene, and as symptomatic character of our times. The interpretation of the Trump phenomenon has heavily relied on conjunctural analysis, since the usual frameworks have been called into question or have even exceeded. In this paper we take distance from conjunctural analysis understanding Trump as a symptom of our times in a broader horizon. We provide insight for such an approach following three general lines. The first one offers a reading of Trump from the point of view of the left considering the so-called failure of the left and the end of history. We argue that Trump takes advantage of left criticism against the world order by simplifying it and capitalizing it for a conservative agenda. The second one exhibits Trump from a point of view of the literary genre he represents in the current political drama, i.e., melodrama-farce. In this point we draw from Marx’s well-known thesis regarding Napoleon III: first as tragedy, then as farce. The third one asks whether Trump has broken the international consensus that Negri and Hardt claim to be the core of world order after World War II.

Keywords: U.S. democracy, left, end of history, empire, melodrama, farce, world order, 18 Brumaire.

 

La velocidad y contundencia con la que el actual presidente de EE. UU. comunica sus decisiones en las redes sociales supone un reto para todo el que se aventura a escribir sobre Donald Trump. Aunque la incertidumbre respecto al desarrollo de su gobierno no ha decrecido con los meses, algo es claro: los análisis políticos, frente a la urgencia de explicar las inverosímiles coyunturas que hemos atestiguado, suelen caducar a la velocidad a la que Trump twitea. ¿Cómo tomar distancia y entender a Trump en un horizonte más amplio? ¿Cómo leerlo como fenómeno, como síntoma de una época? ¿Cómo entender las narrativas a las que apela y a las que interpela? ¿Cómo podemos trazar una agenda crítica frente a un discurso que ha descolocado a la izquierda de su posición privilegiada para ejercerla? ¿Cómo hacerlo sin dejarnos arrastrar por el pesimismo o la denuncia panfletaria?

Para llevar a cabo la crítica, en el sentido de una denuncia argumentada, de un fenómeno social, especialmente ahí donde es imposible una posición neutral, se debe exigir no sólo explicar lo aberrante del fenómeno, sino dar razón de su sinrazón y, por otra parte, examinar en sí mismo las secretas complicidades. Dicho en otros términos: la denuncia exige no sólo refutar malas razones y atacar errores (ideologías y fantasías), sino mostrar la verdad fallida que se oculta detrás de ellas y emprender un autoexamen que revele en qué medida se participa de aquello que se critica. En el caso de Trump, se debe denunciar su figura desde los más diversos frentes y, al mismo tiempo, dar razón de su éxito, lo que implica traer a la luz ese pedazo de verdad distorsionada que el personaje oculta. Debemos también demorarnos en pensar por qué existe, por parte de los críticos de Trump no un odio a su persona, sino un amor al odio: amamos odiar a Trump.

Una crítica a la izquierda desde la izquierda y a propósito de Trump

El siglo XX comenzó (heredando el impulso del siglo XIX) con una gran esquela, es decir, con la proclamación de varios muertos: la muerte de Dios, la muerte del concepto de “hombre”, el fin de la historia, el fin del concepto de “verdad”, el final del mundo como objetividad, etc. Sin embargo, todas estas muertes convocaban a alguien que vendría después.

Hegel hablaba ya de la muerte de los dioses y el fin del Cristianismo como instancia unificadora de la sociedad, pero este mundo infinito debía ser recuperado para los hombres, quienes realizarían la libertad objetivamente en la figura del Estado. Marx reconoce que la crítica de la religión está acabada, pero que ella continúa de manera velada en el corazón del capitalismo, de modo que la crítica de la economía política mostrará cómo es que la historia ha acontecido de manera inconsciente, por así decirlo, a espaldas de los hombres, pero ahora y sólo ahora, el proletariado sería la figura donde acontece una toma de conciencia y donde, a partir de la revolución, el mundo puede ser apropiado para el hombre. Nietzsche no mata a Dios sin prometer la venida del superhombre: ahí donde no existe justificación para la vida, debemos entregarnos a la vida creadora, convertirnos en artistas de la existencia y producir el sentido como juego, sobreponiéndonos a toda creencia en el sentido del mundo o la salvación de nuestras almas. Foucault no proclama el fin del hombre sin prometer nuevos modos de vivir la subjetividad al margen de las instituciones (de los aparatos de Estado, diríamos, mutatis mutandis). Heidegger habla del fin de la metafísica, pero promete el inicio de un pensar profundo, radical y originario que renovaría las fuentes de occidente y del mundo, abriéndolo a una relación poética.

RETRATO DE HEGEL

No obstante, nuestra época es más dramática, porque se coloca en el punto del fracaso de todas las promesas. No son la muerte de Dios, del hombre o la disolución del mundo lo que nos atañe, sino el fracaso de todas las respuestas que el siglo XX intentó brindar. El hombre no se apropió del infinito que resguardaba la religión, no procuró el reino de Dios en la tierra, no consumó la utopía artística.

El índice más dramático de este fracaso es la derrota del comunismo. Este representó el proyecto más radical del siglo XX extendido por todo el planeta. Movilizó a europeos, asiáticos, africanos y americanos por igual. Involucró a múltiples condenados de la tierra: indígenas, negros, mujeres, etc. Movilizó al arte (que se volvió también socialmente relevante), tomó a la política como sitio de invención (destruyendo viejos regímenes y oponiéndose de manera decidida al fascismo), cambió las relaciones entre los sexos (promoviendo la liberación femenina) y dedicó sus esfuerzos al desarrollo de la ciencia. Sin embargo, ese arte se devaluó hasta el punto de convertirse en propaganda. La política democrática anunciada proletarizó a los campesinos y los sometió al centralismo del partido comunista, estableciendo un capitalismo de Estado. Las mujeres se liberaron para poder trabajar como los hombres y la ciencia se puso fundamentalmente al servicio de la carrera armamentista.

No haremos aquí un balance del socialismo realmente existente. Su derrumbe es prueba suficiente de su fracaso como alternativa al orden mundial y sus consecuencias funestas son el argumento de su inviabilidad. ¿Pero qué fracasó ahí verdaderamente? No fue un modelo particular o el “idealismo” que subyacía al comunismo, sino la primera empresa global de movilización consciente que intentó apropiarse de la historia, deviniendo su sujeto en nombre de todos, es decir, de la comunidad. El término “comunismo” significaba la apropiación de la comunidad por la comunidad o, en otras palabras, la libre determinación de las relaciones recíprocas que debían poner fin al sojuzgamiento a partir del desmontaje de las estructuras intelectuales y económicas que lo producían, sostenían y reproducían.

Si el siglo XIX y los comienzos del siglo XX dieron lugar a la deconstrucción de los grandes discursos de la historia, el siglo XX, con sus movimientos políticos, amorosos, artísticos y científicos, dio una suerte de prueba de la impotencia del sujeto. La política emancipadora no pudo contra la dominación económica y social. La crítica a las figuras de autoridad, de la escuela al Estado no acabó con las jerarquías, sino que solamente las desplazó; la liberación sexual no trajo consigo un goce inusitado, sino una frustración más generalizada en la esfera de la sexualidad; la vanguardia artística quedó confinada a círculos burgueses y se mostró impotente frente al ascenso del fascismo en Europa; la ciencia no pudo desligarse de su reducción técnica y su servicio a la producción económica y bélica, lo cual terminó por maginar las ideas revolucionarias que comportaban, por ejemplo, la física cuántica o las paradojas matemáticas que emergieron en los sistemas axiomáticos.

Formulemos entonces esta tesis: nuestra época está transida por la conciencia de un fracaso. El “orden mundial” se nos ofrece como inexpugnable porque su gran alternativa fue derrocada. En este orden de ideas, la izquierda ordenó su estrategia en dos vías: a) insistió en el discurso de la lucha de clases, defendiendo que la verdad del comunismo no había sido agotada por el socialismo realmente existente, más bien, el momento de la autocrítica no fue tan profundo como para ofrecer una suerte de “autosuperación”; b) siguió los derroteros de la posmodernidad, la cual, crítica de los “grandes discursos” y las “explicaciones totalizantes”, vio en el marxismo una filosofía a vencer. Más aún, la concentración de la economía en el área de servicios, el refinamiento del trabajo intelectual, la revolución tecnológica digital y el giro lingüístico, hicieron que toda la atención de la izquierda filosófica se dirigiera al “lenguaje”, a la “cultura” y a las “interpretaciones” y menos a la economía, a la materia, a la naturaleza o a la explotación en general. Al respecto recordemos la frase atribuida a Benjamin,[1] como se ha señalado ya muchas veces en tiempos recientes, que los grandes movimientos conservadores como el fascismo y, salvadas las distancias, hoy el Trumpismo, provienen de una revolución fallida. La forma más general de enunciar esta tesis es: la derecha vive de lo que izquierda es incapaz de articular y organizar.

El marxismo, tanto en sus versiones leninistas como maoístas, ofreció no solamente una interpretación de la historia, sino del mundo presente. Supo producir ese sujeto llamado proletariado y organizar grandes masas a partir de la figura del partido. Supo articular su discurso a escala global, logrando una estructura internacionalista. Supo definir, también, en qué consistía una victoria: la toma del poder y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción del mundo. A partir de ahí organizó la producción, la sociedad, las instituciones, la arquitectura. Se dirá que precisamente este aspecto totalizante fue su error, pero más bien era la potencia del planteamiento comunista la que permitía leer las consecuencias de su idea en todos los ámbitos; que ello se dejara en manos de un partido vertical y autoritario no se sigue sin más de sus ideas fundamentales. La izquierda se desgarró desde dentro, porque mientras una parte insistía en conservar el espacio del marxismo, la otra había hecho el objeto de su desconstrucción, precisamente, ese marxismo, pues su enemigo no era primariamente el capitalismo, sino el totalitarismo. En el escenario de las guerras mundiales, el verdadero peligro era el fascismo, mientras que comunistas y capitalistas podían formar parte de un bloque de aliados.

La guerra fría, la guerra entre los otrora aliados, se vio fundamentalmente “enrarecida” porque el comunismo empezó a leerse como otra versión extendida del fascismo, el cual debía entrar en el marco de los movimientos “totalitarios”. Es así que buena parte de la izquierda emprendió la crítica contra el totalitarismo sin el cuidado de distinguir entre esta y la crítica al capitalismo. Como lo ha mostrado con agudeza Boris Groys,[2] la crítica que los posmodernos dedicarían al capitalismo (piénsese en Foucault, Derrida o Deleuze) había preparado sus argumentos en la crítica al totalitarismo. Aún así, no escapó a otros, como Jameson,[3] el hecho de que la posmodernidad no sólo compatibilizaba profundamente con el capitalismo, sino que incluso se había convertido en su ideología dominante. No se trata ni de subsumir a estos pensadores bajo el rótulo de “posmodernos”, ni de reducir su obra a ideología capitalista, sino de mostrar el punto en el que ambos resultan compatibles porque el enemigo central de cierta izquierda fue la sociedad autoritaria. Sin embargo, para el mundo permisivo, flexible e individualista del capitalismo contemporáneo, que recibiría muy bien ideas como “todo es interpretación”, el sujeto es una invención que debe desaparecer, pues sólo existen individuos que fluyen en el éxtasis de sensaciones y su intensidad. Desde esta perspectiva, el Estado resulta una figura centralista y opresora que debe desaparecer en el libre juego del mercado. Si a esto agregamos que en la filosofía a comienzos del siglo XX Heidegger señaló que el “verdadero” problema de occidente no era la economía, sino la “metafísica”, y que fue él la figura más importante para la escuela francesa (que incluye precisamente a Foucault, a Derrida y a Deleuze, pero no sólo), entonces puede comprenderse cómo es que la crítica dirigida al capitalismo, al totalitarismo y a la metafísica se ha confundido gravemente dentro de un mismo gesto muchas veces indiferenciado.

Figuras menos emblemáticas, pero que forman parte de la “conciencia de izquierda”, lo mismo que defensores del capitalismo, pero con una perspectiva socialdemócrata, han sumado críticas, por todos conocidas, al capitalismo neoliberal contemporáneo. Algunas de estas son, por ejemplo, que el capitalismo ha producido una desigualdad equiparable a la que existía en el siglo XIX; que un mercado sin control estatal ha empoderado de manera irreversible a compañías transnacionales en contra de los ciudadanos; que la economía global ha producido precarización laboral y desplazamientos forzados de trabajadores en todo el planeta, pauperizándolos; que el papel preponderante de la economía va en detrimento de la democracia, etc. Pues bien, Trump logró, por un lado, retomar estas críticas al capitalismo y, por otro, ofrecer una articulación política concreta, guardadas las distancias, como lo ofrecía el modelo de la lucha comunista. Pero veamos esto más de cerca.

Hemos dicho que la lucha comunista global logró articular los siguientes elementos: ofreció una interpretación histórica que explicaba la condición actual de los trabajadores, logró organizar amplios sectores en la figura de un partido, señaló las tareas del partido en la escena internacional, dio una definición clara de la victoria y proyectó medidas políticas concretas tras esta. En una medida pobre, pero superior a la izquierda contemporánea, esto es lo que logró Trump. Ofreció una interpretación en la que se afirmaba la ruina de E.U. a causa del modelo económico global. Planteó el camino para salir de ahí no con una revolución, sino con una contrarrevolución (o revolución conservadora) que devolvería los empleos a los americanos. Organizó el descontento en grupos de apoyo que lo llevaron primero a la candidatura del partido republicano y luego a la Casa Blanca. Es decir, dio una definición clara de la victoria, que era la toma del poder. Dijo lo que E.U. debía hacer a escala global para reivindicarse: renegociar los tratados de libre comercio, controlar la migración, apoyar la industria local y adoptar una estrategia militar más agresiva. Y, finalmente, para estas tareas, tomó decisiones y avanzó proyectos de ley: la creación de un muro, la cancelación del ATCI (Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión o TTIP, por sus siglas en inglés), la renegociación del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte o NAFTA, por sus siglas en inglés), la salida del Acuerdo de París para el cambio climático, etc. En otras palabras, ofreció un camino que iba desde su campaña, desde su diagnóstico (simplificado) del mundo hasta (retorcidas) acciones concretas, con lo cual logró una organización, una articulación y una instrumentación discursiva y práctica que la izquierda no ha logrado en mucho tiempo.

En cuanto a los motivos, fue muy fácil señalar lo que estaba a los ojos de todos. Trump no tuvo más que ir a las zonas duramente golpeadas por el neoliberalismo para cazar seguidores. La industria del carbón y la manufacturera son un sitio privilegiado para apreciar la salida de capitales de E.U. y los estragos que la mano de obra barata del tercer mundo tiene para aquel. Pero lejos de realizar una crítica al capitalismo en general, hizo una crítica de sus efectos en E.U., de modo que su estrategia no es otra que crear un capitalismo diferencial: que E.U. goce de los beneficios del capitalismo sin tener que pagar sus costos. Capitalismo proteccionista hacia adentro, salvaje hacia afuera. Tratados comerciales que beneficien a E.U. a costa de sus socios, pues lo que priva no es un discurso de beneficio mutuo, sino de defensa exclusiva de los intereses americanos.

La izquierda también ha dado una opinión muy clara respecto al poder de Wall Street sobre la política estatal. Es el capital financiero el que directamente (por medio de movimientos masivos de capitales que pueden desplazarse de la noche a la mañana) e indirectamente por medio del lobbying (interviniendo así en las decisiones del Congreso) termina decidiendo los destinos de E.U. Trump denunció también esto y llamó a devolver Washington a los ciudadanos. En todo el mundo es también conocida la crítica de la izquierda a la democracia representativa, la cual se ha convertido en una partidocracia capaz de representar los intereses de sus miembros y no los de la población a la que afirma dar voz. A partir de ahí es que las agresiones de Trump contra el sistema americano y, especialmente, contra el Colegio Electoral (que finalmente le dio el triunfo) quedan no solamente explicadas, sino incluso justificadas. Sólo que su clamor no fue por un mejoramiento de la democracia, pues elevó la voz para expresar todo tipo de protestas a causa de las supuestas agresiones que su persona y candidatura sufrían.

La lógica es clara: a partir del reconocimiento de un estado de crisis causado por un sistema económico y por una élite política que han empobrecido a los ciudadanos, al tiempo que los han privado de la participación en el poder y la toma de decisiones, Trump se dedicó a criticarlos por medio de la construcción de una figura-víctima: a nivel nacional, se trata del americano promedio; a nivel internacional, de Estados Unidos, y a nivel de líder, de su propia figura.

El Trumpismo era y quizá todavía es la oportunidad de la izquierda para hablar sobre los temas que se habían vuelto tabú en el orden mundial. No se podía hablar de intervención Estatal porque ello se equiparaba con el totalitarismo. No se podía cuestionar el estado de la democracia representativa porque se decía que olía a comunismo. Los tratados de libre comercio eran intocables y hablar desde el poder de élites económicas que estaban en contra de la población era más que una provocación. Y, sin embargo, Trump lo ha hecho casi con naturalidad, sorprendiendo no por lo que es capaz de decir y hacer, sino por el apoyo que, a pesar de todo, sigue teniendo y tendrá mientras sus críticas al sistema no sean actualizadas y reapropiadas por la izquierda de manera estratégica, y mientras esta no sea capaz de ofrecer elementos de coordinación y organización entre sectores más amplios de la población con ideas de lo que puede significar una victoria, por modesta que sea.            

 

El 18 Brumario de Donald Trump ¿farsa o melodrama?[4]

Ahora hay que preguntarse no por qué nos parece Trump tan deleznable, sino por qué amamos tanto odiarlo. Trump es un minotauro. La mitad de su cuerpo está hecho de la carne capitalista-neoliberal que reviste al mundo contemporáneo. En este sentido, él es un mero apéndice, un escupitajo expulsado del hocico del mundo. Pero, al mismo tiempo, su atractivo proviene del hecho de tener cabeza de toro. Es una bestia enfurecida que produce la fantasía de ser un Maverick, alguien con pantalones, que dice la verdad, que no se detiene frente a lo políticamente correcto, que hiere porque su honestidad no tiene límites y es un valiente porque se atreve a articular los juicios más oscuros que la mayoría consideraba impronunciables en la arena pública. Es mitad toro, sólo que los cuernos no nacen de su cuerpo, sino que se los ha quitado a la izquierda y se los ha amarrado a la frente con un lazo viejo, lo cual los hace incapaces de cornear, pues cuelgan lastimosamente.

Pero entonces, de nuevo, ¿por qué es tan fácil odiar a Trump?, ¿por qué es tan fácil señalarlo y tomar partido, como si su figura no fuese contradictoria? Los que lo aman y lo odian han mordido el anzuelo por igual. Unos, porque creen que Trump representa una verdad inaudita, un caudillo de los tiempos que viene a reivindicar y justificar a los ciudadanos americanos. Otros, porque creen que Trump es un payaso sin salvación, un imbécil que ha llegado al poder por azares de un oscuro destino o bien, el mayor peligro del mundo contemporáneo. Si tuviéramos que pensar en algún tema de la cultura popular, diríamos que los primeros ven a Trump como el típico caudillo que viene de “fuera” de los círculos del poder y que ha recibido un llamado para cumplir un destino. Es Frodo Baggins, el hobbit que salva a la Tierra Media del mal en “El Señor de los Anillos”. Para los segundos, Trump representa la comedia de “Presidente por accidente”, un tipo común que, por su parecido con el presidente de E.U., es confundido con él y de la noche a la mañana ocupa su cargo, debiendo tomar decisiones desde su penosa inexperiencia. Para otros, en cambio, Trump es el protagonista de la tragicomedia “Mi villano favorito”, la historia de un personaje dedicado a hacer lo que el resto de los personajes necesitan que alguien haga para depositar el odio de su idiosincrasia. Pero lo que hace falta es conectar todas estas imágenes: Trump es menos que un caudillo y más que un payaso; o mejor, es la figura cómico-trágica del caudillo.

Žižek es responsable[5] de haber recuperado la tesis que Marx presenta en El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón III Bonaparte) a propósito de los liberables contemporáneos, quienes no parecen creer en lo que dicen, dando lugar a una posición cínica. Pero ello se podría aplicar todavía mejor a Trump. Marx advierte en el 18 Brumario que “Hegel indica en alguna parte que todos los grandes hechos y personas de la historia mundial tienen lugar, por así decirlo, dos veces. Olvidó agregar: la primera vez como tragedia, la segunda vez como farsa”.[6] Y a propósito de ello, Žižek retoma la comparación que hace Marx entre el error del Antiguo Régimen y el nuevo:

“Mientras como orden del mundo establecido el Antiguo Régimen luchaba contra otro mundo que sólo empezaba, se basaba en un error de dimensiones históricas, no en un error personal. Su hundimiento fue, por ello, trágico. En cambio, el actual régimen de Alemania –un anacronismo, una contradicción flagrante con axiomas universalmente aceptados, la nulidad del Antiguo Régimen expuesta en público– no hace más que imaginarse que cree en sí mismo y exige del mundo la misma fantasía”.[7]

En otras palabras, no sólo se trata de aquello en lo que cada época “cree”, sino también de la posición respecto a esa creencia. La farsa proviene de un distanciamiento no reconocido respecto a la creencia. Luis Napoleón Bonaparte pretende que cree, mientras que el resto del mundo observa dicha actitud como un tosco manierismo, como una farsa. Pero debemos ir un paso más allá que Žižek. Cuando Marx eligió el término “tragedia”, no fue a la ligera. Las referencias a la tragedia contemporánea, muy particular en la obra de Shakespeare, pueden reconocerse a lo largo de toda su obra. La farsa como género o, más precisamente, como una suerte de subgénero que introduce un distanciamiento respecto al género mismo, produciendo un efecto de descreimiento a través de la burla, aparece como tal en el siglo XX, pero puede rastrearse tanto en la comedia francesa como en Alemania, a partir del valor que los románticos otorgan a la ironía. De la ironía podemos decir que es un modo de desdoblamiento, donde se dice algo y se le critica al mismo tiempo o se muestra un doble sentido de las cosas, afirmando que la relación con una creencia, con una idea, con el deseo propio, ya no puede ser simple y directa, sino que está dividida. Ahora bien, la farsa de Napoleón III no consiste en una lucidez respecto a su propia posición, pues él no es el autor de la obra, sino un actor. Él es jugado en este doble sentido que escapa a su propia inteligencia y por la cual su posición resulta tragicómica. Que Luis Napoleón Bonaparte ejecute una comedia-farsa no hace que los efectos políticos y sociales de su papel sean menos dramáticos, al contrario, pueden incluso ser peores. Fársica es la escena completa a ojos de una sociedad que mira en él un personaje bufonesco que quiere convencer a todos y, sobre todo, a sí mismo de que no lo es, y que debe ser leído como el heredero de otro tiempo, pues el traerá de vuelta un régimen perdido.

Marx muestra en el 18 Brumario cómo cada figura de la historia, para legitimarse, ha tenido que inventarse un antecesor, una prefiguración histórica que le daría profundidad y la apariencia de un destino. Lutero, dice Marx, tuvo que ponerse los ropajes de San Pablo, convertirse en su nueva encarnación para que la Reforma tuviera el sabor de una transición, del origen de un tiempo nuevo donde se impugnara la letra (el poder de la iglesia) y se reivindicara la vida del espíritu (asequible en una lectura directa de la Biblia). Los revolucionarios franceses, prosigue Marx, deseosos de recomenzar la historia de forma absoluta y de establecer un nuevo punto cero para el tiempo, que marcaría el origen del hombre-ciudadano, necesitaron de la figura de los viejos romanos para dar a su República un aire soberano fundado en el derecho. Pero estas comparaciones tienen, todas, algo de chusco, porque muestran la insuficiencia del presente para darse legitimidad a sí mismo y la necesidad que tiene todo movimiento de invocar a sus fantasmas para dejarse poseer por ellos. El punto culminante en el análisis de Marx es Napoleón III quien, tratando de emular a su tío, Napoleón I, no hace sino repetir el desenlace de éste, pero ya no en el orden de una tragedia que tiene su punto álgido en la derrota de Waterloo, sino en el de una comedia que arrastra consigo la ruina del imperio restaurado. La historia sucede primero como tragedia y luego, cuando se le busca repetir, nos ofrece entonces la representación de una comedia.

JACQUES-LOUIS DAVID, RETRATO DE NAPOLEÓN EN SU GABINETE DE TRABAJO, EN EL PALACIO DE LAS TULLERÍAS (1812)

¿Por qué utilizar aquí la poética o una teoría de los géneros literarios para leer la historia? ¿Utilizamos la herramienta errónea? ¿O es que simplemente leemos la historia política como si se tratara de una obra de teatro, corriendo el riesgo de estetizar la política? Aquí es necesario invertir el argumento: la poética es un modo de leer la estructura de las configuraciones histórico-políticas. ¿Pero por qué? Porque lo que vemos desenvolverse en el escenario es un conflicto de figuras subjetivas en un fondo que se les impone. Este fondo corresponde al mundo con sus condiciones y restricciones sociales, las figuras son los actores políticos y el nudo argumental es el conflicto político. No es por ello gratuito que Hegel intentara desentrañar las relaciones entre los clamores de la familia y los del Estado a partir de una lectura de Antígona. El arte dramático capta de manera magistral conflictos subjetivos en un escenario social, y en ello logra a veces aprehender algo genérico, es decir, no solamente dramas subjetivos solitarios, sino dramas “sociales” porque involucran varias figuras a la vez mostrando la dinámica de su conflicto. Nos es lícito entonces intentar comprender a Trump a partir de los géneros dramáticos tal como se nos presentan hoy en la industria del entretenimiento. La lectura que hace Marx de Luis Napoleón Bonaparte y de las otras figuras históricas tiene una clara influencia de la estética del idealismo alemán. La tragedia es el gran género filosófico que tiene su origen en Grecia con Esquilo, Sófocles y Eurípides, mientras que su culminación en Europa la encontramos con Shakespeare y Calderón de la Barca. Pero si en la tragedia clásica el héroe iba ciegamente a cumplir un destino terrible impuesto por los dioses, el héroe moderno es libre y si cae, es porque resulta víctima de su propio carácter. Él ha hecho su destino sin saberlo. Pero ya en Schelling y en Hegel se advierte que, como género, no es la tragedia la que tiene la última palabra. El burgués del siglo XIX ya no puede tomarse las cosas demasiado en serio. Son los años de la ironía romántica que eventualmente desembocarían en “la pieza” (con Chéjov como su gran representante) y también en la farsa típica del teatro del absurdo (que veríamos en Beckett o Ionesco).

Preguntamos entonces, ¿qué género literario predomina hoy que pudiera iluminar a Trump como personaje histórico? ¿Cuál es su escenario y su figura? ¿Es él una figura trágica, fársica o tragicómica? y, en cualquier caso, ¿qué dicen de esto sus espectadores? Aquí se abren específicamente dos cuestiones. Si Luis Napoleón Bonaparte era la comedia de Napoleón (representante de la tragedia), ¿de quién o de qué es Donald Trump farsa? Y también: ¿para qué público es Trump es una comedia?

Respecto a la primera pregunta, aceptando que la idea de Benjamin sobre el fascismo puede generalizarse para el resto de los grandes movimientos conservadores, el Trumpismo puede ser leído como testimonio del fracaso de la izquierda y del fracaso de la revolución socialista. Ahí, donde el discurso sobre la articulación de las reivindicaciones sociales universales falló, es que floreció el discurso particularista por la reivindicación de las demandas sociales del estadounidense blanco. ¿Hay comedia en ello? Sí, pues Trump se ha servido de parte de la pedacería producida por ese fracaso para zurcir con ironía histórica su traje de minotauro a la vieja usanza del Arlequín de la Comedia del Arte. Trump da cuenta del fracaso de esta revolución en tanto que el discurso de izquierda no le ofrece nada al estadounidense blanco que se siente profundamente agraviado y excluido del sistema. Pero ¿es la revolución socialista la que ha excluido de la prosperidad económica a millones de estadounidenses y ha hecho de Estados Unidos de América uno de los países más desiguales del mundo? Evidentemente no. La respuesta está en otra revolución, en la capitalista.

Luis Napoleón Bonaparte fue farsa de algo que culminó en tragedia, pero que culminó justamente en esta por haber estado revestida por la gloria de una época, la gloria del ascenso de la burguesía y del expansionismo francés de Napoleón Bonaparte comenzada en el 18 Brumario, según marcaba el calendario francés republicano tras la Revolución Francesa. No hay tragedia que no haya sido antecedida por la gloria, de otra forma no se explicaría el éxito discursivo de apelar a eventos ensombrecidos por desenlaces fatales. El discurso particularista de Trump, para seguir con el análisis de Marx, encuentra legitimidad en un pasado glorioso de prosperidad económica y de supremacía estadounidense. Hablamos del 18 Brumario de Trump en la medida en la que este logró movilizar simbólicamente, para un gran sector del electorado estadounidense, la gloria del fantasma de un 18 Brumario efectivamente honorable. Al igual que Napoleón III aludió a lo glorioso de la Francia de Napoleón I, Trump alude a la gloria fundada en aquella época de prosperidad económica de posguerra, la cual alcanzó un poder redistributivo sin precedentes en la historia de Estados Unidos sobre la que se afianzaron las bases del sueño americano y la constitución de una densa clase media. Más allá del soporte objetivo de dicha gloria, para fines de la analogía con el análisis de Marx, importa que, como artefacto de legitimidad, el discurso sea reconocido y goce de suficiente pregnancia hegemónica como para reordenar el resto de los discursos en torno a él.

KARL MARX

Ampliando a Benjamin, estaríamos hablando entonces de que Trump da testimonio del fracaso de dos revoluciones, pues si bien su traje de bufón nos habla del fracaso de la revolución socialista, el guión de payaso nos habla del fracaso de la revolución capitalista por cumplir su promesa. ¿De qué es farsa Trump? Antes que nada, del propio capitalismo. ¿Y qué hay de comedia frente al fracaso de esta otra revolución? Que, aun cuando el capitalismo niegue su propio quiebre y dé carpetazo al socialismo con el ladrillo del “final del historia”, la tragedia se sigue repitiendo como farsa, pero con la particularidad de que en la época digital, con los medios masivos de comunicación, ningún drama, ningún actor tiene un solo público o una sola audiencia.

Para abordar la segunda pregunta, ¿para qué público es Trump es una comedia?, hay que reconocer que, si bien Žižek nos muestra el argumento de Marx de manera renovada, lo hace desde un sólo punto de vista. Sin embargo, ¿no hay más de un público, una audiencia, más de un escenario en esta puesta en escena? Es evidente que para Marx, Napoleón III era una figura risible que intentaba mantener penosamente una apariencia frente al público de su tiempo. Pero, como Marx siempre lo reconoció, los papeles que las personas de carne y hueso juegan en la historia, dependen del lugar que ocupan en el espacio social. De este modo, debemos cuestionar el hecho de que exista un único escenario, una única obra en escena. De hecho, como hemos dicho, el propio teatro del absurdo, pero también ya “la pieza” o las obras didácticas de Brecht, constituyen un modo de hacer teatro dentro del teatro; una especie de reflexividad dramática. Digámoslo de otra manera: aunque exista una única obra de teatro en juego en una época dada, esta se compone de otras obras anidadas en ella que constituyen diferentes puntos de vista, los cuales no pueden ser vistos “desde arriba” sin formar parte de uno de ellos. En otras palabras, si la filosofía contemporánea ha insistido en el hecho de que no existe un “ojo de Dios” que evalúe el campo social fuera de toda posición, fuera de todo interés, hay que intentar desplegar todas las escenas simultáneas, cambiando los puntos de vista y realizando las traducciones de una a otra. Esto significa aceptar la necesidad de pluralismo. Pero si no queremos ser víctimas de un pluralismo indiferente que toma toda posición como “una interpretación más”, si hemos de salir con armas intelectuales contra Trump y no quedar inermes frente a sus “hechos alternativos”, es necesario desplegar cada escena y luego mostrar sus relaciones recíprocas.

Trump se presenta como centauro por su doble carácter melodramático y fársico, según diferentes públicos. Ahondemos al respecto. En el mundo del entretenimiento actual hay dos géneros predominantes: el melodrama y la tragicomedia.[8] En el melodrama, el héroe que realiza lo imposible se ve arrastrado a un mundo de aventuras insospechadas (donde lo que cuenta no es lo probable, sino lo remotamente posible). En la tragicomedia, el héroe trágico lucha contra la objetividad de las fuerzas sociales, inconscientes y de su propio carácter, sólo para ser vencido e inmolarse ante ellas. Pero hay dos “tintes” que determinan el carácter del melodrama y la tragicomedia. El primero es el marco fantástico, que crea un mundo imaginario que desplaza al actual para volver creíble lo improbable; el otro es la farsa, que puede mostrar tanto ambos géneros como una actuación grotesca a modo de un mero montaje que no debe ser tomado literalmente. Esta última posición oscila entre el exceso de seriedad que necesita de lo grotesco para poder seguir hablando (un poco como lo sublime de los románticos; aquello entre lo divino y lo espantoso) y el cinismo, donde todo lo que se expone es objeto de burla, pero, al mismo tiempo, es capaz de ofrecer una catarsis inmediata por la risa, dejando un sabor amargo a largo plazo por su impotencia.

Trump parece legible en este contexto: es un personaje del melodrama fantástico para los que lo siguen y una tragedia con tintes de farsa para quienes lo atacan. Es decir, Trump es creíble dentro de su círculo de seguidores porque aparece como un héroe llamado a salvar a América de las fuerzas de la decadencia. Su violencia verbal es vista como una honestidad sin límites que atraviesa las barreras mentirosas de lo políticamente correcto. Es el valiente que lleva el estandarte de la verdad y que puede pronunciarla aunque duela, porque la verdad es siempre dolorosa. Es una especie de caballero llamado a cumplir un destino. Y si hoy aparece como torpe para esta “gran” misión, es porque apenas está comenzando. Todas las películas que nos presentan a un héroe sin ningún talento, llamado a salvar a su pueblo, deben acompañar al personaje en su crecimiento, que lo lleva de la vida ordinaria (lo que debería darle credibilidad) hasta su consumación fantástica. Para ello, es necesario construir un escenario magnífico de fantasía, pues si los hechos desmienten todo el tiempo el progreso del héroe hacia el cumplimiento de su misión, es porque los incrédulos no alcanzan a ver esa otra realidad, verdaderamente fantasiosa, en la cual las cosas no son lo que parecen. Y eso es lo que hace Trump: combatir el peso de los dichos y los hechos (por problemáticos que sean) con sus “hechos alternativos” y por medio de la descalificación de los organismos noticiosos que le impugnan. Pero la clave de la resistencia de Trump reside en que, mientras más se le ataque, más puede denunciar a los medios de mentirosos de ciegos frente a su verdadera grandeza, misma que se deja ver en los rallies que realiza en pequeñas comunidades que le apoyan. Por lo tanto, no es con “hechos” ni argumentos que Trump pierde fuerza. Todo ataque es parte ya, a priori, de la conspiración de la mentira, de las fuerzas conservadoras del pasado incapaces de olfatear la grandeza venidera.

Del otro lado, tenemos a los detractores de Trump que ven la farsa en el protagonista de una tragicomedia. Para algunos comediantes críticos como Stephen Colbert o Trevor Noah, Trump sería la versión malograda de un Quijote, un pobre demente que sale a combatir Molinos de viento. Para otros, digamos cualquier político demócrata que por su calidad de político está obligado a jugar al principio de realidad, Trump sería la versión no sólo malograda, sino maligna de ese Quijote: un pobre demente que no por enfrentarse a molinos de viento causa menos daño, o que incluso por ello, es que tiene una capacidad destructiva aún mayor que un político promedio en su misma posición. Finalmente, Trump sigue siendo una farsa para cualquiera de los dos detractores, pues intenta emular el más profundo espíritu americano explotado hasta el exceso en las películas de ficción: es el Maverick, es decir, aquella figura que, teniendo acceso a la verdad, puede y debe saltarse todas las reglas para que se haga justicia; es quien representa a los héroes de las series actuales de televisión: el “Mentalista”, “Dr. House”, el científico de “Miénteme”. Todos son personajes que se saltan las reglas porque pueden ver la verdad en la realidad contingente. El mentalista puede leer lo que la mente del criminal intenta ocultar, quedando su subjetividad desnuda; House puede penetrar el caos de los síntomas y realizar la síntesis del saber que permite disipar la tiniebla y alcanzar un diagnóstico preciso; el científico de “Miénteme” sabe sortear la barrera de la mentira y penetrar directamente en la verdad del que habla. Trump es la farsa de este tipo de héroe, porque se comporta como ellos, como un superhéroe que no necesita preguntar, no necesita negociar, no necesita alcanzar acuerdos, no necesita nada porque posee un acceso privilegiado a la verdad.

Lo cierto es que Trump es más que ese payaso que se cree en posesión de la verdad por anticipado. Es más porque desde su grotesca posición ha logrado retomar las críticas de la izquierda al mundo neoliberal contemporáneo, transformándolas en un programa político que convoque a la gente a las urnas para apoyarlo. Nadie en la izquierda ha tenido ese logro. Y es menos, claro, mucho menos que ese paladín del futuro, porque si ha reconocido los efectos del neoliberalismo en la población norteamericana (destrucción de manufacturas, empobrecimiento, el crecimiento de China y la pérdida de poder económico de E.U. frente a esta, etc.), sus explicaciones son una burla que se desploma por sí sola (que México engaña a E.U., que la OTAN abusa de los buenos sentimientos de los americanos, en suma, que E.U. es el hazmerreír del mundo por su magnanimidad).

Lo que sus críticos más visibles no están dispuestos a aceptar es que Trump posee críticas reales (aunque retorcidas en su explicación más amplia) contra el capitalismo. Lo que sus seguidores no ven es que él no es ningún outsider, sino un vástago del capitalismo, y que él representa su continuación en la dirección más devastadora, sólo que en el mundo fantástico donde él triunfa contra el mundo pide libertades de acción, lo que en términos prácticos significa la destrucción de muchas instituciones sociales: desde el sistema de salud hasta la estructuras democráticas que amenazan con destruir uno de los cementos de su sociedad. Habría pues que tomar las críticas de Trump al neoliberalismo y colocarlas en el marco conceptual más riguroso donde se vuelvan consistentes, es decir, hay que tomarlo en serio en ese sentido, como lo hicieron sus seguidores. Durante las elecciones, pocos creyeron que Trump ganaría. Hoy se asume que caerá pronto, pero el mayor error consiste en subestimarlo. Y aun cuando caiga, no debe olvidarse que el ascenso de las derechas en el mundo es rampante y que él servirá como ejemplo para muchos otros por venir.

 

Trump, el consenso internacional, la democracia y el póker

Uno de los intentos contemporáneos más ambiciosos por comprender el orden mundial en sus dimensiones social, política y económica lo representan Negri y Hardt en su famoso libro Imperio,[9] el cual continuaría después con otros dos volúmenes (Multitud y Commonwealth). Quedémonos con Imperio. La tesis del libro es que existe un orden económico mundial que puede llamarse “imperio” porque comparte homologías fundamentales con el Imperio Romano.

El interés del libro de Negri y Hardt reside en la construcción de un ambicioso diagnóstico del orden mundial a partir de la Segunda Guerra Mundial y hasta el apogeo del neoliberalismo. El argumento central es que dicho orden se encuentra estratificado o, si se quiere, especializado en diferentes instancias de tal modo que logra incorporar diferentes sistemas políticos en uno solo. Detengámonos en ello. Polibio (200 a. C.-118 a. C.),[10] pensador político de inspiración platónica, intentó explicar cómo es que Roma pudo extender su hegemonía en la región. Su tesis es que Roma logró la alianza simultánea de tres modelos políticos que se pensaban excluyentes: la oligarquía, la democracia y la tiranía. Platón había ya señalado cómo los sistemas políticos contienen, por su imperfección, tanto los gérmenes de su propia destrucción como el germen de otro sistema político. En Platón, la timocracia (gobierno basado en el honor o en méritos) se constituiría en oligarquía, pues la corrupción convocaría a la asociación de unos pocos, lo cual, a su vez, llevaría a la democracia, cuyo exceso de libertad solicitaría la figura “fuerte” de un tirano. Polibio resalta el hecho de que Roma logra una suerte de gobierno mixto que combina diferentes tipos de gobierno, alcanzando, al mismo tiempo, un contrapeso de poderes: el rey asegura una tiranía; el pueblo, una democracia; el senado, una aristocracia.

PLATÓN

Siguiendo este modelo, la tesis de Negri y Hardt consiste en afirmar que el orden mundial contemporáneo está sostenido sobre una figura imperial que conjuga elementos autocráticos, oligárquicos y democráticos. A nivel global, el poder militar está claramente centralizado en Estados Unidos, quien lo utiliza para ejercer un dominio incontestable de corte tiránico. Por otro lado, este poder no se puede ejercer de manera absoluta, sino que debe intervenir en el contexto de un mercado global. Éste se compone por un pequeño grupo de transnacionales que constituyen a su vez una suerte de gobierno oligárquico. Finalmente, la comunidad internacional ha producido una esfera pública sobre la base de gobiernos democráticos que han hecho de la libertad de expresión un pilar esencial. En ella circula todo tipo de información, incluso la más crítica, sobre gobiernos y el orden mundial (como el mismo libro de Negri y Hardt), lo que podemos llamar una esfera democrática acotada.

La estabilidad del orden mundial se debe entonces, según aquellos, a este balance de poderes, pero no en el sentido de un juego de pesos y contrapesos que garantice cierta paz y un desarrollo equitativo, sino como el modo (violento y pacífico a la vez; con momentos de estabilidad y crisis) en que un conjunto de relaciones sociales, políticas y económicas se produce y reproduce con las consecuencias de pobreza, destrucción de la naturaleza, explotación y el consumo desenfrenado que conocemos. Ahora bien, dicho orden mundial se sostiene en un pilar fundamental según los autores, a saber, en la legalidad o bien, en un concepto de legalidad que funciona como un consenso internacional a partir del cual se establecen no solamente los límites de atribuciones y obligaciones de las naciones, sino también de sus ciudadanos y sus gobernantes. Sin decirlo directamente, pero extrayendo las consecuencias, avanzamos aquí la tesis de que este consenso implica, en primer lugar, la defensa de la democracia como único orden político legítimo, en segundo, considerar que el libre mercado es el único sistema económico compatible con la libertad y, finalmente, que la libertad de expresión es la acción por excelencia de los ciudadanos libres. Democracia, libre mercado y libertad de expresión constituyen un horizonte que no permite ver más allá de dicho consenso.

Eso no quiere decir que la democracia sea un mero sistema de reproducción del poder a partir de partidos ya constituidos que velan por sus propios intereses. Aquí el concepto democracia es bastante magro y no sobrepasa la idea de la democracia representativa. El libre mercado, por su parte, no está libre, claramente, de intervenciones estatales, controles y monopolios que lo alejan de un mercado ideal. Sin embargo, si bien las grandes naciones utilizan el Estado para proteger sus mercados, se trata de un modelo que opera (no pocas veces) de manera autónoma por encima de los Estados concretos y de manera generalizada en el mundo entero. Finalmente, los medios de comunicación también han terminado por formar grupos de poder concentrado y, sin embargo, en los países occidentales desarrollados no existe una censura ni una persecución abierta contra enemigos ideológicos como sucedería en un régimen abiertamente autocrático, pues parte de la legitimidad de este sistema depende de una mínima pluralidad en la esfera pública.

Debemos tener cuidado aquí porque aunque la democracia sea defectuosa o limitada, aunque el libre mercado sea faccioso y los medios de comunicación tengan sus propios intereses, eso no quiere decir que dicha democracia sea idéntica al autoritarismo, que el mercado libre sea idéntico al poder estatal o que los medios de comunicación sean indiscernibles de un sistema ideológico de propaganda de un régimen.

El diagnóstico de Negri y Hardt es interesante, pero hoy se vuelve polémico frente el gobierno de Trump. Esto porque los ejes más escandalosos de su política pasan por estos tres órdenes que aseguraban el consenso internacional y que explican el desprecio generalizado en los medios de comunicación por su figura. Trump rompió el primer consenso democrático desde los tiempos de la elección al poner en duda el respeto a los resultados si no ganaba y acusando al sistema electoral estadounidense de corrupto. Incluso, después de la elección, acusó a Hillary Clinton de haber utilizado a votantes de manera ilegal sin haber ofrecido ninguna prueba. Es esperable que las naciones “en desarrollo” den ejemplos de corrupción electoral, pero no E.U. Trump deslegitima, con ello, un sistema que ha sabido mantener la disputa del bipartidismo dentro de ciertos límites institucionales. La siguiente afrenta a la democracia proviene del abierto desprecio de Trump por el Congreso y, en general, por el ámbito político como esfera de discusión y enfrentamiento de poder. Los sistemas democráticos asumen que el conflicto debe resolverse por medio de los mecanismos establecidos y se puede atacar, incluso descalificar al enemigo, pero nunca a la institución misma. El desdén de Trump incluso por otros miembros del Partido Republicano que no han apoyado sus iniciativas, como sucedió en su propuesta de salud, nos presenta una figura anómala en el orden norteamericano. En esta misma línea, el despido de miembros de su gabinete por haberle contradicho, rompe el esquema tradicional de un sistema que no depende de una persona sino de instituciones, pese al marcado presidencialismo de Estados Unidos.

El segundo ataque al consenso internacional lo constituye su defensa de un proteccionismo del mercado estadounidense y el replanteamiento de los tratados de libre comercio. Pero seamos claros, no es que Trump represente o signifique una crítica real al capitalismo, ni siquiera al neoliberalismo, pero su posición de abierta defensa de una economía organizada por el Estado choca contra el esquema ideológico neoliberal y su pretendida desaparición o reducción del Estado a una mera función reguladora. Polanyi sostiene en La gran transformación,[11] la tesis de que las guerras mundiales fueron el producto de la ruptura de un vínculo económico entre los países europeos. Un cambio en la política monetaria y la relación de las deudas entre grandes potencias (recordemos que China posee grandes sumas de deuda norteamericana, país que ha sido atacado una y otra vez por Trump) es materia delicada. Ya la revisión completa de los tratados de libre comercio que ha suscrito E.U., son algo capaz de desestabilizar el mercado internacional.  

El tercer ataque de Donald Trump ha apuntado a los medios que han dirigido críticas a su gobierno o a su persona. Dicho ataque sorprende por su virulencia y la violenta acusación generalizada a muchos medios de comunicación de mentirosos, al punto de crear su propia estación de noticias oficiales por medio de redes sociales. Que todo medio de comunicación hostil sea acusado de hacer noticias falsas, rompe la tradición norteamericana de que todo representante popular, incluido el presidente, debe rendir cuentas frente a la prensa en conferencias de prensa abiertas. Dígase lo que se diga, es así como el Watergate, por el trabajo de un periodista, pudo terminar en la deposición de Nixon. Esta es una de las esferas con mayor valor simbólico en E.U. y que ha sacado a relucir muchas veces invocando la Tercera Enmienda. Trump, aunque se presente como tal, no es un outsider de los medios. Él es un personaje que se ha construido ahí de cabo a rabo, desde sus apariciones en varios shows como magnate, hasta su programa de El aprendiz. Incluso su personalidad grosera y escandalosa sigue siendo el insumo, no solamente necesario sino incluso perfecto, de los medios de comunicación que pueden hablar de él sin cansancio.

Trump depende no sólo históricamente, sino de hecho, de las instituciones democráticas para ser presidente, pues ellas lo avalan y le dan atribuciones. Trump depende del libre mercado porque el mundo se encuentra trabado de esa manera y no puede salir de él de un brinco. Es más, ni siquiera lo desea, porque como aquí argumentamos, Trump no ataca al libre mercado en general, sino solamente las consecuencias negativas para E.U. Es en este mercado que critica donde se hizo millonario y Wall Street, que tanto cuestionó por secuestrar a Washington, hoy compone buena parte del círculo más estrecho de su gabinete y sus asesores. Finalmente son los medios de comunicación quienes, al atacarlo, lo hacen crecer y lo mantienen presente casi en “tiempo real” en la opinión pública. Sus tweets son amplificados por los medios y su voz se mantiene ininterrumpidamente en la esfera pública.

Entonces ¿diremos que Trump rompe o no el consenso mundial? ¿Qué significa esta figura estrambótica, este payaso internacional que articula penosamente las ideas, que pareciera dar tumbos en cada decisión política y estar asediado por una cadena de error tras error, y que, sin embargo, nunca cae definitivamente?

En un sentido hegeliano, podríamos decir que Trump representa la verdad del orden mundial; no su negación flagrante, ni su exterioridad, sino la expresión casi inevitable de lo que este orden resguardaba en su seno como una posibilidad íntima. Dicho de otro modo, Trump no sólo es un hijo del capitalismo, sino incluso uno pródigo, que, en cierto modo, representaba un destino posible y esperable, si se sabía leer ese orden mundial. Lo que esto significa para la tesis de Negri y Hardt, es que ese consenso no era el fondo último del capitalismo, siempre móvil y cambiante. Trump encarna, por ello, en un solo punto, varios signos y síntomas que eran legibles desde décadas atrás.  

En los años de Bush, Ross Perot representó a este Maverick, millonario, nacionalista, enemigo del libre comercio, crítico del sistema electoral y dispuesto a ser presidente. George W. Bush había ya dado el ejemplo de un líder con graves carencias intelectuales, lo que pasaba a segundo plano en el gobierno de una potencia mundial. Y Europa había sido ya testigo del resurgimiento y fortalecimiento de grupos de ultraderecha y de políticos xenófobos y nacionalistas. Recordemos tan solo a Jean-Marie Le Pen, quien en 2002 pasó a la segunda vuelta al competir contra Jacques Chirac. Su hija, Marine Le Pen repetiría la “hazaña” en 2017 para la ultraderecha de pasar a la segunda vuelta, esta vez contra Macron. Trump no es en esto ninguna sorpresa, mucho menos en el escenario mundial del surgimiento de grupos nacionalistas de trabajadores y campesinos con tendencias xenófobas: desde Rusia hasta Estados Unidos pasando por Europa oriental y central.

Respecto al libre mercado, el mismo Obama había ya dado un paso en dirección al fortalecimiento del Estado con su programa de acceso a la salud, el así llamado Obamacare. Por ello sorprende la insistencia de Trump por desarticularlo en aras de un modelo de libre mercado. Pero como hemos dicho, Trump es así: defiende al Estado contra el mercado aquí, sólo para hacer lo opuesto allá, porque para él el problema no son las relaciones Estado-mercado en general, sino sólo aquellos casos donde E.U. “pierde”.

Por lo que respecta a los medios de comunicación, internet representó al mismo tiempo un camino de expansión para los medios de comunicación establecidos pero también funcionó como un canal para la proliferación de noticias alternativas, hechos alternativos y verdades alternativas que pululan hoy por la red y que son los responsables para bien y para mal de lo que se ha dado en llamar la posverdad. Los hechos alternativos de Trump habían sido ya preparados por internet.

Un elemento poco mencionado por Negri y Hardt proviene del lugar que la ciencia ocupa en la legitimación de las decisiones políticas, económicas y tecnológicas en el mundo entero y que son el basamento de lo que ellos llaman orden mundial. Los productos del mercado que llegan a la mesa, no solamente aquellos relacionados con la salud, deben estar legitimados desde su publicidad por alguna opinión pretendidamente científica que asegura que aquél no hace daño o es nutritivo o produce algún beneficio. Las decisiones económicas están legitimadas por modelos económicos cuya cientificidad no es puesta en duda por nadie, debido al complejo lenguaje matemático en el que están formuladas. La propia economía está motivada por criterios de sustentabilidad ecológica que dependen a su vez del juicio de los científicos sobre el calentamiento global, sobre el comportamiento de las especies y de los ecosistemas y de las materias primas en general. Pues bien, Trump ha venido a impugnar a la ciencia como criterio de legitimación. Pero con ello no ha hecho más que llevar un paso más adelante las críticas que han hecho la izquierda y cierto pensamiento liberal a los aspectos impositivos y dudosos de las ciencias. No es ya ninguna sorpresa que en Europa, después de haber logrado vacunación universal, muchos ciudadanos, particularmente de países nórdicos, se cuestione el uso de vacunas, que formaban parte ya de esquemas universales. La medicina alternativa, la posibilidad de proceder legalmente contra la negligencia médica y la iatrogenia han debilitado la autoridad médica, pero en general también la autoridad del discurso científico, hecho sobre el cual Trump se ha montado para poner en cuestión la evidencia respecto al cambio climático.

Pero la ruptura más dramática se ha producido, sin duda, a partir de los eventos en Charlottesville, donde una marcha de supremacistas blancos, miembros del KKK, fascistas, nazistas y grupos afines, que marchaban para defender la estatua de un confederado, acabó con el atropellamiento intencionado de varios de sus opositores, lo que produjo varios heridos y la muerte de una mujer. Frente a este atentado de la ultraderecha, Trump, en vez de condenarlo, declaró que “había culpa en ambas partes”. Hoy cualquiera que brinque por encima de lo “políticamente correcto” aparece como un héroe del discurso, alguien a la altura de verdad y a quien no le tiembla la mano para decir lo que piensa. Pero con todo, había ciertos límites. Pensadores de izquierda como Žižek habían hecho de la provocación un mecanismo para mostrar el carácter ideológico del habla políticamente correcta, pero siempre matizaba sus posiciones al momento de pedir cuentas. Žižek, por ejemplo, se ha servido de Stalin constantemente para interrogar el orden del discurso capitalista, pero el caso de Trump es distinto, porque su lugar de enunciación es el del líder político, de un presidente, de quien se espera la declaración oficial que represente la posición de un país. La paradoja es que una crítica como la de Žižek al discurso políticamente correcto pueda haber sido aprovechado por Trump, quien ha convertido en una regla la violación de estas normas de acartonada civilidad.

SLAVOJ ŽIŽEK

Las declaraciones de Trump sobre los hechos en Charlottesville hacen tambalear la figura oficial de E.U. respecto al multiculturalismo. Como siempre, hay que saber comprender que la crítica a la democracia desde la izquierda está encaminada a denunciar su carácter tibio, incompleto o incluso corrompido, pero no su falsedad absoluta, porque el enemigo democrático por excelencia no es la democracia directa, sino el fascismo y las posiciones autoritarias en general. Ha sido una flaqueza de la izquierda el promover sus críticas a la sociedad liberal de una manera abstracta. Se critica la democracia representativa y se le tacha de mecanismo mentiroso que reproduce el statu quo, pero frente a ella se propone la fantasía de una democracia directa impracticable que podría funcionar a pequeña escala y en casos aislados de interés nacional, pero que no puede constituir la vida institucional de una nación contemporánea. Esta posición no se plantea seriamente en qué consiste gobernar un país de millones de habitantes ni tampoco discute la diferencia (discutible, pero necesaria) entre cuestiones técnicas y cuestiones políticas. Falla también en proporcionar una propuesta realista para lidiar con el desbordante número de decisiones que un país debe tomar, lo que exige necesariamente representantes organizados, identificables y a quienes se les pueda pedir cuentas. Del mismo modo, las críticas al capitalismo no van hacia adelante, es decir, hacia la invención de nuevas determinaciones sociales y políticas, sino hacia atrás, sugiriendo el truque o las cooperativas como reemplazo de un sistema en el cual los grandes capitales existen ya sólo virtualmente; un sistema que está en manos de bancos y corporaciones frente a los cuales no serán las pequeñas organizaciones, sino otra versión del Estado (mismo que se desprecia, otra vez, abstractamente) capaz de limitar al mercado.

Žižek decía de Trump, durante los tiempos de la elección contra Hillary Clinton, que no se trataba sino de un mero “centrista liberal” y que sus comentarios provocadores eran simplemente eso: provocaciones. Trump, dijo siempre Žižek, no es un fascista ni tampoco un personaje autoritario, sino alguien que utiliza comentarios racistas, misóginos y autoritarios para producir la imagen de un sujeto empoderado, pero que en el fondo no pretende salirse de la línea de Obama. Pero como agudamente notó un periodista de The Guardian, esto quizá decía más de Žižek que de Trump:

“Žižek nunca falla en regresar a aquello que, al final, resulta un conjunto propuestas modestas […como…] la introducción de un servicio de salud universal en E.U. […] Pero ¿y si lo que queda después de dejar de lado las bromas sucias y las provocaciones [Žižek] resulta ser un hombre como Trump [según Žižek, claro], solamente otro confuso liberal tratando de conmocionarnos para que pensemos lo contrario?”.[12]

Žižek es más que eso, sin duda, y sería bajo e injusto escatimarle agudeza en su crítica al capitalismo, lo cierto es que tan solo las declaraciones de Trump en campaña convocaron más adversarios que todas las provocaciones del filósofo esloveno. Y si esto es así, es porque Trump ha roto múltiples consensos que formaban parte de ese orden mundial del que hablaban Negri y Hardt. Pero los ha roto de manera siempre paradójica, ambigua, produciendo más bien la situación de no saber qué esperar. Trump es escurridizo porque rompe consensos y, con ello, produce expectativas, pero al final se queda siempre a medio camino.

Esta actitud la puede explicar quizá el libro de Donald Trump: The art of the deal.[13] Para Trump, un acuerdo, un deal, no es una negociación política, sino el resultado de un juego que se parece al póker. Trump no habla para decir la verdad o para mentir, sino para producir conductas en su oponente. Su estilo es más próximo al magnate que, para lograr sus objetivos comerciales, inventa cifras, amedrenta, aparenta, aunque no tenga un buen juego, porque el juego está en el aparentar. Cuando Trump amenaza a México con construir un muro en la frontera sur de Estados Unidos y abolir el TLCAN, antes que estar pensando verdaderamente en ello, está echando mano del juego de las apariencias para debilitar moralmente a su oponente y lograr con ello un resultado que le sea más favorable, esto es, para lograr su deal.

Así pues, Trump no puede ser tratado ni como un fascista en potencia (o en acto, pero contenido por algunas instituciones), ni como un mero liberal más (como pretende Žižek), sino como una figura híbrida que, por su estrategia pragmática, se sirve ora del liberalismo, ora del autoritarismo, ora del libre mercado, ora de la intervención estatal. De este modo, puede que Donald Trump no haya roto por completo el consenso internacional de democracia, libre mercado y libertad de expresión, sino más bien sólo con cierto estilo de la clase política, introduciendo una figura típicamente capitalista, al insertar en la política al banal jugador de póker. Un régimen autocrático es claro en sus objetivos, claro en su ideología; Trump juega con muchas máscaras. El capitalista es pragmático y puede cambiar de ideologías, pero Trump ha llevado esta actitud un paso más allá: no atenerse ni siquiera al juego capitalista estándar, pues no se sabe lo que realmente quiere (quizá ni siquiera él mismo). En esta aplicación tan literal del juego, reside uno de sus más grandes peligros.

En consecuencia, es posible afirmar que existe una verdad distorsionada en Trump, lo cual es fácil de ver tan sólo por el hecho de que, inteligentemente, ha tomado motivos fundamentales de la izquierda para apropiárselos y sacar conclusiones opuestas a aquella. Esto se puede apreciar en la denuncia de la injusticia de los tratados de libre comercio, en el llamado a una figura fuerte del Estado que intervenga para controlar el modelo del libre mercado, en el llamado a proteger a los trabajadores nacionales de las agresiones de las grandes trasnacionales, en el señalamiento de Wall Street como la mafia que verdaderamente gobierna E.U., en el ataque al sistema electoral como un aparato desvencijado que no alcanza a representar las demandas populares, etc. Parece tener razón Benjamin cuando dice que los movimientos fascistas y de derecha provienen de revoluciones fallidas. Para ser más precisos podríamos decir que la derecha reaccionaria y autoritaria brota ahí donde la izquierda no es capaz de articular sus demandas, ni articular su propia política. Esto puede extenderse a los gobiernos comunistas que, siendo incapaces de estructurar el comunismo, echaron mano de rancias estrategias nacionalistas (en sentido contrario a su congénito internacionalismo), de un modelo político vertical y autoritario (en sentido contrario a la idea comunista de la suspensión de un organismo central, como el Estado, que rigiera la totalidad de las relaciones) y de un economicismo exacerbado (olvidando la crítica de Marx al modo de producción capitalista: que toda relación humana llega a tener por fundamento una relación económica de producción, de modo que entronizar al proletario significaba entronizar al hombre en su figura económica, es decir, capturarlo en la estructura que lo encarcela).

La verdad distorsionada de Trump o del trumpismo en general proviene del fracaso de la izquierda, porque la izquierda quiere lo que parece imposible: justicia para todos. La derecha reaccionaria, cínica y pragmática, en cambio, parece más realista al decir: “Habrá justicia, pero sólo para nosotros. Nosotros los nativos, nosotros los blancos, nosotros los propietarios, nosotros los americanos”. Es así que la izquierda pasa por fantasiosa y desvelada, mientras que la derecha se erige como realista y actual, como una política desesperada para el aquí y el ahora: “Salvémonos nosotros antes de que sea demasiado tarde, mientras, que el resto del mundo arda”.

No es gratuito que los grandes pragmáticos pasen siempre por los más realistas: Maquiavelo (concentrémonos en el Maquiavelo del Príncipe, ese manual para el estadista moderno, y no en el Maquiavelo republicano, profundamente refinado y con un ojo penetrante para comprender el poder burgués moderno), Hobbes (tomemos al naturalizador de la “guerra de todos contra todos”, de donde surge la justificación de la autoridad absoluta y dejemos de lado al genial conocedor del terror de la guerra) y Schmitt (consideremos al teólogo político, quien ve la lucha antagónica entre amigos y enemigos como lo realmente político, quien considera el mundo siempre bajo la inminencia del apocalipsis que el soberano aplaza constantemente gracias al poder absoluto conferido por el estado de excepción, y dejemos de lado al agudo legalista y teórico del Estado). Todo gobierno debe mantener el poder, toda guerra pareciera exigir un orden que naciera de la desesperación recíproca de los combatientes, toda política radical exige en un punto la confrontación sin terceros (tertium non datur). Sin embargo, lo que se oculta detrás de estas “verdades” es la imposibilidad de un pueblo de gobernarse a sí mismo; la incapacidad de alcanzar un acuerdo de paz horizontal sin convocar un soberano que pida a los ciudadanos su soberanía (ellos renuncian a su subjetividad), pues ellos se encuentran irremediablemente atrapados en el juego del narcisismo y la imposibilidad de encontrar un camino que pase por en medio de la contraposición absoluta frente a la cual no existe ni “justo medio”, ni “superación” (en el sentido hegeliano del término).

Muchos han leído el fenómeno Trump como signo de una democracia en descomposición, como el más claro síntoma del triunfo del discurso que pone por delante las promesas de prosperidad económica antes que los principios de la democracia. En perspectiva histórica, la prevalencia de este argumento representa el quiebre de la democracia. Y es este rasgo de las últimas elecciones presidenciales el que, entre otros, ha amparado la comparación generalizada del triunfo de Trump con uno de los capítulos más tenebrosos de la historia contemporánea: el acenso del nacional socialismo. Aunque este discurso no haya gozado en sentido estricto del favor mayoritario del voto popular, el hecho es que, aceptando el diseño institucional del sistema electoral estadounidense, el electorado se decidió por la opción política que lo abanderó. Además del menosprecio por las instituciones democráticas, el discurso de Trump contiene otros elementos que fácilmente lo perfilan como signo de un sistema político decadente frente al script de lo políticamente correcto: el abierto racismo y machismo reivindicativo de la supremacía blanca, el regreso de un pasado glorioso de superioridad nacional, la construcción de un discurso nacionalista al amparo de un enemigo claramente delineado, la renovación de antagonismos globales a la vieja usanza de la guerra fría, y un largo etcétera. La facilidad e inmediatez con la que es posible asociar a Trump con “lo despreciable” impiden en ocasiones llevar el análisis a otros niveles.

La lectura de Trump como síntoma de la descomposición y la decadencia de un sistema está construida sobre una visión elitista de la democracia y del sistema político en su conjunto. Sin embargo, una visión comunitarista, centrada en la sociedad civil, nos sugeriría una interpretación radicalmente contrapuesta, para la cual, en cada intento de contrapeso al fenómeno Trump, lo que estaríamos atestiguando sería la vitalidad de la democracia estadounidense. Por lo tanto, la poca afluencia durante su toma de posesión, la asistencia masiva del Women’s March, cada llamada y carta enviada por todos aquellos convocados (por ejemplo, por el cineasta Michael Moore) para usar las instituciones, cada crítica transmitida por los medios, y el freno que de facto le supone la decisión unánime del Congreso para bloquear económicamente a su aliado ruso a la vieja usanza de la guerra fría (freno que quizá no vendrá directamente de un Impeachment), son un ejemplo de este fenómeno.

Finalmente, habría que afirmar que es durante la resiliencia de un sistema se prueba en tiempos de crisis, no en tiempos de normalidad. Emerge cuando este es irritado por las contradicciones que le hacen probar sus límites, que le harán ver, como en cualquier momento histórico, su suerte.

 

Bibliografía

  1. Groys, Boris, La posdata comunista, Cruce, Argentina, 2015.
  2. http://diepresse.com/home/kultur/film/5188167/Blick-in-die-Seele-von-Weimar
  3. https://www.theguardian.com/books/2016/apr/28/slavoj-zizek-donald-trump-is-really-a-centrist-liberal
  4. Jameson, Frederic, Postmodernism or The Cultural Logic of Late Capitalism, Duke University Press, Durham, 1991.
  5. Marx und Engels Werke (MEW), 8.
  6. Negri, Antonio y Hardt, Michael, Imperio, Paidós, Barcelona, 2002.
  7. Polanyi, Karl, La gran transformación: Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Fondo de Cultura Económica, México 1992.
  8. Polibio, Historias, Libros I-IV, trad. y notas de M. Balasch Recort, Gredos, Madrid, 1992.
  9. Reyes, Felipe y Negrín, Edith (eds.), Los frutos de Luisa Josefina Hernández. Aproximaciones. Escritos de teoría dramática, UNAM, Filológicas, Centro de Estudios Literarios, Facultad de Filosofía Letras, México, 2011.
  10. Trump, Donald y Schwartz, Tony, The art of the deal, Random House, LLC, Nueva York, 1987.
  11. Žižek, Slavoj, Primero como tragedia, después como farsa, trad., José María Amoroto Salido, Akal, Madrid, 2011.

 

Notas

[1] cf. http://diepresse.com/home/kultur/film/5188167/Blick-in-die-Seele-von-Weimar
[2] cf. Boris Groys, La posdata comunista, Cruce, Argentina, 2015.
[3] cf. Frederic Jameson, Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism, Duke University Press, Durham, 1991.
[4] Agradecemos la instrucción del guionista y cineasta Maykel Rodríguez Ponjuán en la teoría de los géneros literarios para la elaboración de las ideas que presentamos en este apartado. Todas las imprecisiones son nuestras.
[5] cf. Slavoj Žižek, Primero como tragedia, después como farsa, trad., José María Amoroto Salido, Akal, Madrid, 2011.
[6] Marx und Engels Werke (MEW), 8, p. 115
[7] Žižek, op. cit., p. 5.
[8] Hemos hecho aquí una interpretación más libre de diferentes teorías de géneros dramáticos. Pero nos hemos basado particularmente en Luisa Josefina Hernández, alumna de Eric Bentley. Para ella, existen siete géneros: tragedia, comedia, pieza, melodrama, tragicomedia, obra didáctica y farsa. La obra de Hernández no tiene ningún texto dedicado explícitamente a los géneros, pero gracias a sus alumnos, que siguieron sus cursos, se ha podido reconstruir su pensamiento al respecto. La comedia es un género de tipo realista, es decir, despliega los vicios y falencias de los seres humanos comunes y corrientes. El ejemplo emblemático es Molière. El melodrama, por el contrario, busca el límite de lo posible, donde personajes sin demasiada profundidad se enfrentan a situaciones complejas que buscan producir sentimientos exacerbados en el espectador. La tragicomedia es no-realista como el melodrama, pero el personaje encarna algún valor como el amor o la justicia. La farsa, en cambio, tiene un carácter más complejo. Aunque se le reconozca como género, es en realidad un producto mixto entre otros géneros, pues puede respetar la estructura de aquellos, pero agregando elementos absurdos o irónicos. v. Palacios y Negrín (eds.), Los frutos de Luisa Josefina Hernández. Aproximaciones. Escritos de teoría dramática, UNAM, Filológicas, Centro de Estudios Literarios, Facultad de Filosofía Letras, México, 2011.
[9] cf. Antonio Negri y Michael Hardt, Imperio, Paidós, Barcelona, 2002.
[10] cf. Polibio, Historias, Libros I-IV, trad. y notas de M. Balasch Recort, Gredos, Madrid, 1992.
[11] cf. Karl Polanyi, La gran transformación: Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Fondo de Cultura Económica, México 1992.
[12] cf. https://www.theguardian.com/books/2016/apr/28/slavoj-zizek-donald-trump-is-really-a-centrist-liberal
[13] cf. Donald Trump y Tony Schwartz, The art of the deal, Random House, LLC, Nueva York, 1987.