Formas de resistencia en los imaginarios de Coetzee

Alberto Constante #42, #42 - Reseñas

Lazo, Pablo, J. M. Coetzee, Los imaginarios de la resistencia, Akal, México, 2017.

Pierre Klossowski señaló que son los autores los que escogen a sus lectores. Inesperadamente Pablo Lazo me distinguió con la oportunidad de presentar su libro: J. M. Coetzee. Los imaginarios de la resistencia. Y digo inesperadamente porque nunca he leído a Coetzee como tampoco lo he intentado. De ahí que no podía saber por principio si era o no un autor portentoso frente al que pudiera decir, como Nietzsche: “¿Quién habla?” y contestar como Mallarmé: “la palabra misma”, en su ser enigmático y precario.

Leí el libro en ciernes y quedé fascinado. Me persuado de que leer un libro como éste, requiere de comprender que la literatura es el lenguaje del libro mismo en la desnudez de la palabra.[1] Porque este es un libro de literatura sobre la literatura. O si se quiere, de filosofía sobre literatura. La nomenclatura es importante, no es una cuestión baladí, resulta que es uno de los hilos conductores del libro. Recuerdo cómo Blanchot decía que la lectura hace que la obra se transforme en obra y el lector libere al libro de todo autor, por ello la lectura no es una interrogación, ni una discusión, ni una conversación, aunque uno puede “leer para conversar”: “La verdadera lectura no discute nunca el libro verdadero, pero tampoco es sumisión al “texto”.[2] La lectura siempre es un enigma.

J. M. COETZEE

 Diré entonces que estuve frente a un enigma y en él me vi envuelto. Fue como si el azar hubiera jugado conmigo, como si de pronto la suerte se hubiera echado y se decidiera por mí. Sí, el azar, ese que trae consigo el lenguaje de la literatura. Es decir, enfrentarme a esa experiencia filosófica de la literatura, o a la literatura como experiencia filosófica fue uno y lo mismo. Recordé que eso que se llama con todo rigor literatura tuvo su umbral de existencia en ese fin del siglo XVIII, cuando apareció un lenguaje que quiso recuperar y consumir en su rayo cualquier otro lenguaje, alumbrando una figura oscura pero dominadora, donde desempeñaron su papel la muerte, el espejo y el doble, el ensortijamiento al infinito de las palabras.[3]

En J. M. Coetzee. Los imaginarios de la resistencia, el libro que presentamos, parecería que está condensada toda esa fuerza del lenguaje, ahí, por momentos no supe si estaba leyendo filosofía o literatura, es tan literario el libro que tuve que leerlo en tono filosófico. Ahí, en ese territorio de la palabra, se advierte una tensión en el lenguaje, es decir, una construcción tan rica y metafórica, una arquitectura del habla tan espléndida que me sorprendió mucho, porque me sentí arrebatado por la lengua: sin quererlo, estaba de pronto en la literatura de Coetzee.

Porque el primer texto con que se abre este libro es justo de Coetzee. Me pareció tan acertado que el prefacio de este libro fuera un texto del mismo sujeto del estudio, porque en ese instante estuve en el centro mismo de la literatura de Coetzee; me sentí elegido por él, arropado por la alquimia de sus “imaginarios”, como señala Pablo Lazo.

Abrir las páginas de este texto fue encontrarme enfrascado en un torbellino literario, me di cuenta de que ahí eran las palabras las que tomaban una actitud, no los cuerpos, eran las palabras las que se tejían, las que brillaban, las que retumbaban. De alguna manera estaba frente a un escritor con el que constataba que no basta con decir que el siglo XIX es el de la historia, el XX el del tiempo y el nuestro el del lenguaje. Con Coetzee pienso, a partir de la lectura del libro de Pablo Lazo, que de lo que se trata es de hacerse cargo de la vértebra y matriz del lenguaje y no como garante fundamentador en el que reposa el sentido, ni como supuesto sustento en el que descansa el discurrir de los acontecimientos, por eso Pablo Lazo afirma de la literatura de Coetzee que “En sus novelas se encontrarán descripciones de acciones y pasiones crudas, en su estado más elemental de deseo y ternura o de maldad y traición, pero nunca una intención por elevarlas a un modelo de lo humano”. Diría con Pablo: “La arquetípica universalista —estética o moral, política o religiosa— es un juego literario que Coetzee no quiere jugar; ni tampoco busca fundamentar acciones y pasiones por lo bajo, bajo tierra, con enraizamientos en supuestos caracteres sustanciales, fijos, de las cosas que ocurren a ras de suelo”.[4]

Y tiene razón, puesto que justo de esto se trata todo el libro, de las narraciones de las novelas, de sus personajes, de lo antimodélicos que son, de su estar en situaciones concretas, diseminadas por la tierra. Por ello, pienso que el eje que vertebra todo el libro responde “[…]a una pregunta central: ¿cómo es que los imaginarios de las novelas de J. M. Coetzee pueden provocar una resistencia cultural y política? La respuesta que ensayaremos –dice Pablo Lazo– despliega la potencia disruptiva, y al mismo tiempo creativa, de estos imaginarios narrativos, su fuerza de quiebre sobre una realidad que se quiere única y compacta, violenta y homogénea. La realidad de nuestra cultura bélica, racista, uniformante”.[5]

Entonces estamos ante un libro que versa sobre el lenguaje y la política, como dijera George Steiner, es decir, sobre el lenguaje y el futuro de la literatura, sobre las presiones que ejercen los regímenes actuales y la decadencia cultural, sobre el lenguaje y otros códigos de significación como lo son los de la propia filosofía. Esa mixtura entre dos espacios de saber tan en apariencia disímbolos como son la filosofía y la literatura que para Pablo Lazo sólo ocurre cuando es ficcional, cuando se quiere fundamentar la realidad, pero no cuando se abre el mundo desde las rejillas, desde esos mundos silentes y oprimidos, desde esos espacios de narración que se ofrecen como formas de resistencias ante el poder, resitencias que por lo inopinado, resultan casi inextinguibles, inenarrables, pero de una efectividad total.

Una literatura así tiene que tener muy bien asentada la intencionalidad de hablar de las cosas que son en tanto que son, de contar lo que debe contarse, lo dicho realmente dicho, como diría Foucault. Así como en la historia de Michael K, una historia excesiva, pero anodina, es la vida de un cualquiera que aparenta, en la situación trágica, resistirse, como describe Pablo Lazo, “al Leviathán”, pero nada más falso, como nos lo hace ver el autor de J. M. Coetzee. Los imaginarios de la resistencia, porque “Las novelas de Coetzee, de este modo, serían interpretadas como aparentes —y convenientes— novelas de resistencia, de crítica social y política, pero de real extensión de la fuerza represiva del estado de cosas, justamente como crítica a este”,[6] porque en rigor son pequeñas horadaciones a ese sistema de opresión.

Leo a Lazo y me convenzo de que su lectura sobre la literatura de Coetzee se hace desde una mirada filosófica, quizá porque como en un principio Pablo Lazo pudo preguntarse con legitimidad si “¿existe, o incluso diríamos ha de existir, un compromiso entre literatura y toma de postura frente a las condiciones sociales y políticas en que aparece una obra literaria? O bien, puesto de otra manera, ¿existe la posibilidad de emparentar una filosofía crítica de la cultura y de la política, la cual demandaría una acción, y la literatura de motivación social del autor sudafricano?”.[7] Al menos así lo constató el autor de este libro que exponemos, en su comentario en la entrevista que le hiciera a Coetzee: “Coetzee —dice Pablo Lazo— agregó como rúbrica, al final de nuestra conversación, que la literatura hace la denuncia de las condiciones sociales al recrear imaginariamente los escenarios en donde ocurren, pero la solución debe ser encontrada por los lectores en cada contexto, según cada situación”.[8] Esto es lo que leemos en uno de sus intersticios, porque este libro no acaba aquí, va mucho más allá de la demostración de la recreación de escenarios y del encuentro con soluciones como formas de resistencia.

La lectura que Pablo Lazo hace de la obra de Coetzee es la forma en que desmenuza, fragmenta, hace quiebres, rompe, irrumpe, salta, deconstruye a la literatura como un texto filosófico, pues está convencido que: “entre filosofía y literatura no existe la distancia abismal que han querido ver algunos teóricos (Habermas a la cabeza), al decir que la primera consiste en el ejercicio de una racionalidad abstracta que construye sistemas de pensamiento también abstractos, mientras que la segunda es observada como el juego de la imaginación para generar un lenguaje metafórico de la realidad”.[9] Y su manera de deconstrucción es muy potente de cara a la creación de una nueva filosofía desvinculada de la herencia hegeliana y del exceso de racionalidad. Desde luego que en el trabajo de Pablo no nos encontramos con un radicalismo filosófico a la manera de Derrida. La deconstrucción que opera en sus análisis es como levantar la envoltura retórica para dejar a la obra literaria en su plano irreductible a una idea o concepto.

Una de las cuestiones que quiere demostrar, me parece, es cómo los temas o personajes que se desarrollan en las novelas de Coetzee no son otra cosa que la vida misma del lenguaje así como alguna de las complejas tramas que las palabras suscitan en nuestras sociedades y en nuestra cultura. Entonces claro que la pregunta por la legitimidad del acercamiento entre literatura y filosofía se hace menos dura, menos tensa, menos problemática, porque el problema al que se enfrenta Lazo no es sólo cómo aborda la literatura de escritores como Coetzee y la influencia de sus imaginarios en la vida concreta, ni tampoco el compromiso práctico que tiene un escritor frente a la realidad compleja, alterada de las sociedades tecnificadas o tecnologizadas, como las nuestras, sino también el planteamiento de la necesidad de enfocar seriamente el complejo milagro de la supervivencia del gran arte y la solución que podemos darle desde nuestro propio ser a través del complejo sistema de ese bastidor de literatura y filosofía.

Con todo esto lo que trato es de ir por dentro del texto mismo, es decir, ver lo que palpita por debajo de la textura de las palabras justo porque lo que está jugándose en él son cuestiones radicales. Primero diría que un libro como este es él mismo un texto literario, que opera en el nivel de su construcción sígnica en un umbral en que filosofía y literatura han roto su distintividad, y no se constituyen como montañas separadas. Quizá lo que me parece más importante de la relación de Pablo Lazo con los estudios literarios es que él está colaborando con un tipo de construcción discursiva en la que se ve acompañado por otros autores que él mismo cita como Honneth, Deleuze, Melville, Defoe, Blanchot, Derrida, entre otros, y que no podrían adscribirse sin más ni a filosofía solamente, ni solo a la literatura, sino más bien a un pensamiento siempre precario, propenso a recategorizar ambas clases y a hacernos repensarlas desde la frontera de ambas.

En segundo lugar, en la lectura de esta obra me encuentro que ella es en rigor una lectura crítica que Lazo hace de la obra de Coetzee, una obra esencialmente literaria pero con marcados “escenarios”. Y no son por cierto novelas cualesquiera, sino arquitecturas muy importantes en el pensamiento del propio Pablo Lazo. Recuerdo aquí que en su primer libro el problema que ahora trata sobre la obra de Coetzee ya se enfrascaba en la disolución del dilema entre filosofía y literatura: La frágil frontera de las palabras. Ensayo sobre los débiles márgenes entre literatura y filosofía, fue un texto que sin duda movió el pensamiento critico a la altura del recién comenzado siglo XXI, este fue un ensayo de un vigor tan poderoso como el que abre hoy el libro: J. M. Coetzee. Los imaginarios de la resistencia.

En aquel libro, Pablo Lazo señalaba que lo que ponía en juego, y para ello requirió multiplicidad de voces, era una estrategia cismática, disolutiva del discurso de tradición metafísica de la unidad, objetivante y abstracta, o igual, de la tradición racionalista del cientifismo moderno o positivista. Ir en contra de la aspiración a una sistematización absoluta del todo, ir en contra del discurso político totalitario fue el leitmotiv del texto mismo. Él entonces escribió: “[…] propongo en el libro un recurso heurístico para contrarrestar la demanda de fijación de la mirada que estos discursos imponen: la metáfora de una ‘mirada estrábica’ que permitiera un juego más amplio de producción y recepción de dinámicas significantes”.[10]

Si leemos con cuidado el texto de Lazo que estamos presentando podremos admitir que desde su comienzo no se atreve a decir que está dedicado a la pregunta de qué es literatura, porque ese no es su problema, sino que encuentra su núcleo de investigación justo en el “entre” de la pregunta por la literatura y la pregunta por la verdad, es decir, entre lo que es la literatura y lo que es la filosofía. Pablo Lazo, lo sabemos quienes hemos seguido su producción, conoce la indecidibilidad de la pregunta sobre qué es la literatura y su relación con la filosofía, por ello despliega una estrategia textual pautando discursos desde otros ámbitos, otros caminos, otras distancias conocidas. Este ensayo sobre la novelística de Coetzee, me parece uno de los lugares fundamentales de la obra de Lazo y tiene como punto de partida y de llegada el texto literario de Coetzee y a modo de puntuación, de contrapunto, las diferentes líneas filosóficas que van desde Barthes a Gadamer, Foucault, Deleuze, Derrida, entre otros muchos, todos ellos presentes en diferentes momentos de la escritura crítica del autor sudafricano.

En tercer lugar, en el libro sobre Coetzee, advertimos la relación e importancia que le da Pablo Lazo a una suerte de teoría de la literatura o teoría literaria, sobre todo en sus agudos comentarios sobre las novelas del autor sudafricano, decisivos en ciertos problemas concretos que han definido grandes zonas de la teoría literaria contemporánea. Podría citar otros, pero seleccionaré solamente dos. En primer lugar, el decisivo capítulo con el que abre el libro: “La literatura terrestre de Coetzee: crítica cultural y política” es una introducción a la forma de resistencia que ilustra con ejemplos como los de Melville en Bartleby, el escribiente y del propio Coetzee, Vida y época de Michael K, en ellos se personifica lo que Lazo llama la “inacción activa” capaz de socavar las estructuras más sólidas de los sistemas políticos, como dice el propio Lazo: “[…]es, pues, un buen ejemplo de lo que Deleuze llama una “línea de fuga”, un escape y una resistencia del sistema de opresión y castración vía la insistencia en —no la evasión de— las acciones que demanda ese sistema, una insistencia en las operaciones de dominio que se exagera hasta caer en el absurdo”.[11] Hay algo que sale de todo esquema previsto dentro de la esfera del poder y es lo que Lazo ejemplifica con estos dos personajes de Melville y Coetzee, ambos se enfrentan al poder, pero “[…] su enfrentamiento siempre es oblicuo, estratégico, intersticial, lo que quiere decir que resemantiza la persecución, el encarcelamiento y el ostracismo, el castigo por salirse de la norma”.[12] Al final, nos encontramos con que las “inacciones” de los personajes de ambas novelas son “[…]disparadores de una acción de resistencia”.[13]

Pablo Lazo Briones

En segundo lugar, el capítulo II: “El reconocimiento y su negación”, es una lectura que nos hermana directamente con la estrategia que utiliza Pablo Lazo para leer a Coetzee interpretando a Hegel cargado de la teoría de Axel Honneth “[…]sobre los procesos de reconocimiento, entendidos como criterios normativos de las condiciones de posibilidad para una sociedad más justa, más atenta a la estimación de las diferencias culturales y en franca oposición a despliegues morales, jurídicos y políticos hegemónicos o de imposición monocultural”.[14]

¿Es equívoca su lectura? ¿Es legítimo leer a un novelista como Coetzee en una suerte de pentagrama filosófico?, no me lo parece, más bien creo que estas formas de lectura son ricas en su polisemia, esta es una zona en la que Pablo Lazo provoca un giro, es como situarse en el quicio de una apertura, de una Lichtung, en el umbral de una redefinición de la episteme de lo que entendemos por literatura y su infinita liga a la filosofía, de cómo es que la literatura no es ajena a la vida concreta, como la filosofía tampoco lo es.

Me parece que pronto podremos ver la influencia de Pablo Lazo en el espacio literario. Ella será convocada al menos en dos zonas de influencia concretas, que son las zonas en que se ha hecho explícita: una, en la crítica a las formas en que se sigue queriendo ver la unión o vecindad entre filosofía y literatura, y sus influencias en la acción política; y dos, en la crítica llamada poscolonial. En la primera es necesaria porque el mestizaje se ha hecho indispensable para poder comprender los procesos por los que la realidad atraviesa, por los que cada individuo y cada subjetividad es formada, y en la segunda, los estudios poscoloniales, como escribe Pablo, a través de la “intertextualidad como recurso literario entre el discurso colonial de la novela original y la novela poscolonial que retoma sus contenidos simbólicos para subvertirlos”. Lo que lleva a cabo Coetzee y analiza con profundidad Pablo, no es “[…]sólo un juego literario inventivo y original… Además de cumplir esta función estética o bien, más precisamente, en el medio de esta función estética, tiene consecuencias en el mundo de la vida del lector. Este es un ejemplo más que supera la crítica más o menos extendida acerca de que el discurso literario no tiene consecuencias fácticas en ‘el mundo de la vida’ más allá de su invención ficcional”.[15]

Esta intertextualidad, estará sobre la base de la crítica que lleva a cabo Pablo Lazo: la subversión del esencialismo y de las categorías de presencia, unidad, en suma, del concepto de identidad. Si nos fuera válido decir que en este libro Pablo Lazo lleva a cabo un proceso de desconstrucción derridiana, ese le ha servido como soporte, en algunos conceptos concretos pero también en una figuración amplia, para descomponer desde dentro el sistema de diferencias e identidades en que se hallaba cimentado el edificio de la cultura monolítica de la metafísica y el canon de sus autores. No me cabe duda de que este libro es, en suma, un atrevido gesto que, en el corazón del sistema de correspondencias de nuestra cultura, desmonta el corazón de la metafísica. Como Derrida decía, “Cada libro es una pedagogía destinada a formar su lector”, éste de Pablo Lazo es uno de ellos.

 

Bibliografía

  1. Foucault, Michel, De lenguaje y literatura, Paidós-Universidad Autónoma de Barcelona, Barcelona, 1996.
  2. Foucault, Michel, Dits et écrits (1954-1988), Gallimard, Paris, 2001.
  3. Lazo, Pablo, M. Coetzee. Los imaginarios de la resistencia, Akal, México, 2017.

 

Notas

[1] Foucault, Michel, De lenguaje y literaturaed. cit., p. 17.
[2] Puentes, Freddy, “El libro, la lectura, la literatura, a partir de Jacques Derrida”, en http://critica.cl/literatura/el-libro-la-lectura-la-literatura-a-partir-de-jacques-derrida visto por última vez el 27 de septiembre de 2017.
[3] Foucault, Michel, Dits et écrits (1954-1988), “Le langage à l’infini”, ed. cit., pp. 250-261.
[4] Lazo, Pablo, J. M. Coetzee. Los imaginarios de la resistencia, ed. cit., p. 31.
[5] Ibídem, p. 21.
[6] Ibídem, p. 39.
[7] Ibídem, p. 32.
[8] Ibídem, p. 26.
[9] Ibídem, p. 26.
[10] Lazo, Pablo, “Comentario a la reseña de La frágil frontera de las palabras. Ensayo sobre los (débiles) márgenes
 entre filosofía y literatura  hecha por Carlos Mendiola Mejía”, en Diánoia, vol.53, no. 61, México, 2008, visto por
última vez el 8 de octubre de 2017, http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-24502008000200007 
[11] Lazo, Pablo, J. M. Coetzee. Los imaginarios de la resistenciaed. cit., p. 39.
[12] Ibídem, p. 42.
[13] Ibídem, p. 43.
[14] Ibídem, p. 55.
[15] Ibídem, p. 201.