Segunda figuración sobre la Ciudad

Penélope Córdova #11 - Dispositivos de la mirada, Dossier

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Hace pocas semanas di con la posible imagen del primer mapamundi encontrado, que es el de los babilonios y data del siglo vi a.C. aproximadamente. La imagen es similar a un sol de siete picos. Babilonia, naturalmente al centro del disco, está circundada por Armenia, Yemen y Asiria. El Éufrates atraviesa la circunferencia y desemboca en el Río Amargo, que cerca la redondez del continente a manera de foso; lo cual me recuerda un poco las fortalezas de la Edad Media. Aunque Egipto y Persia en esos años ya figuran en la historiografía, no son parte del mundo. Los siete picos representan las islas ignotas y sólo tres de ellas tienen nombre. Una es “Más allá del vuelo de los pájaros”, otra, el “Lugar del sol naciente” y después, “El sol está escondido y nada se puede ver”.

Pienso en la incauta Babilonia que, en su vehemente fantasía de encontrarse en el centro del mundo —como toda ciudad—, otorgó a Barbaria eso que a ella misma le era más preciado: un relato. Aquellas islas triangulares e inexploradas no son un nombre, sino las primeras líneas de una historia que puede prolongarse según la voluntad o habilidad del narrador. Veo en los relatos el primer sustrato significativo del lugar. Hace varios años que imaginé el concepto de “espacio” como una informe sucesión de vacío; mientras que el “lugar” es ese mismo espacio pero habitado por algo. Entonces pensé que, para que esa coordenada allende el Río Amargo pudiera ser lugar y no sólo vil espacio, necesitaba una forma de ser nombrada y ésta tendría que estar en función de lo que en aquella latitud ocurría. Ese punto en el horizonte se convirtió en el lugar del sol naciente. Lo que habita el espacio y lo vuelve lugar, aquello que construye la ciudad, es lo que ahí sucede.

La primera representación de las innumerables provincias de Barbaria se hizo mediante la ciudad-relato, porque los países lejanos sólo se pueden concebir mediante las narraciones que traen los héroes y exploradores en su talega de viaje; en esos días, no había peregrino con la lengua seca. Sé menos de Uruk por su emplazamiento que por lo que escribió el rey Gilgamesh en las tablillas. No he visto la abundancia de sus amplios mercados, ignoro el vetusto linaje de sus dinastías, pero conozco a uno de sus reyes y para mí con eso es suficiente.

Aunque yo vengo de más allá del vuelo de los pájaros, sé que también Gilgamesh fue bárbaro alguna vez: el día en que puso el pie fuera de los muros de Uruk. Él, que había experimentado todas las emociones humanas, que había recorrido todo el mundo conocido, sabía que sólo mediante esa experiencia podría tener un relato propio. Quien viaja no regresa al hogar porque al volver es un hombre ajeno. Pero así es como se levantan las murallas; pues ¿qué sabe de la ciudad quien sólo conoce la ciudad? Lo importante no es dónde está Uruk, sino qué es Uruk. Qué es Troya. Ítaca. Roma.

La cartografía es el relato.

Aun cuando veo las fotografías de los satélites que revelan desde el espacio la forma de nuestros países, pienso que éstas no podrán sustituir esa función primigenia de la narración. Al menos yo sigo apelando al relato en su función de mapa. Toda ciudad conserva una reminiscencia de los días previos a la introducción de América en el imaginario renacentista, el periodo que yo llamo “Era de los mapas”.

Rosa de los vientos

Se empezó a utilizar en las cartas navales del siglo xvi como pauta para seccionar el horizonte en relación con la procedencia de los vientos. Dentro de las representaciones de las nuevas tierras, el mapa utiliza símbolos y líneas imaginarias que ordenan y miden. Desde su aparición, la rosa de los vientos se ciñe la corona en el Norte y no en Oriente que, relegado a un limbo geográfico y temporal fabulado por la mente moderna, derrama sus insomnios en los párpados de Occidente.

Yo permanezco sobre la rosa de los vientos como un Simeón Estilita impío y veleidoso en lo alto de su columna; observo las revoluciones de mundos invisibles. Para que mis delirios no sean enteramente volátiles, necesitan asideros, de la misma manera que el papalote alcanza el vuelo armónico cuando la mano lo sostiene. Mi rosa de los vientos cumple varias funciones sustanciales, además de dirigir la mirada. Más que una imagen es un lugar, el único constante dentro de mis vuelos exaltados. Es el centro de la terra incognita.

*

Yax Che, la ceiba del centro del mundo, tenía las raíces sepultadas en el reino de los muertos. Los hombres vivos habitaban en la base y a lo largo del tronco. Y en la cima del árbol, representados por un quetzal celestial, los dioses. Mediante esta simetría espacial, el eje vertical —cenit-nadir— estructuraba el pensamiento cosmogónico de los mayas.

También los mexicas concebían en el centro un árbol cósmico, pero el orden mediante el cual se regía era de dimensión temporal. En los puntos cardinales, sosteniendo el mundo, están los cuatro soles. Y al centro, el quinto sol, Quetzalcóalt, que en sus escamas lleva los días de nuestra era.

*

Cuando murió el primer ser de la creación china, se desdobló para convertirse en mundo. Pangu, hombre-mapa, hijo de Yin y Yang, dejó que su ojo izquierdo se convirtiera en sol y el derecho en luna. Sus dientes y huesos se tornaron rocas y minerales. Sus venas se convirtieron en caminos y su piel en tierra. De sus extremidades se hicieron los cuatro rumbos de la Tierra.

*

Soy aquel marino insensato que abrió el odre concedido a Odiseo por Eolo.

Mi flor legendaria es el eje en torno al cual giran todas las distancias

puerto en el que transcurren las visiones

el instante presente y lo empírico

primer paso de una travesía perpetua

motor de voluntad errabunda, que agita y perturba los mundos daimónicos

punto sólido —mas no inmóvil— que se sitúa siempre bajo los pies

todo lo existente a su alrededor: la memoria, las expectativas, la imaginación, el subconsciente, el deseo, es mito

piedra de ómphalos

intersección de las fuerzas que nacen en las esquinas del mundo

caja de Pandora

ancla de los barcos que zarpan con sed de naufragio

inverso de la Torre de Babel

origen común de las ciudáforas

grifo que abre los ríos secretos.

Los vientos, hinchándose desde su rincón cardinal, velan el caos de mis escenarios mitológicos, esos theatrum orbis terrarum donde todo vive en la infinita posibilidad, y explota en sus latencias como ménades enloquecidas.

La rosa de los vientos es mi casa.

Cuarta figuración sobre la Ciudad

Mis ejercicios de encogimiento muestran sus frutos en las horas y lugares más inesperados. Las iluminaciones vienen súbitamente, entre el verde aleteo de la crisoperla alrededor de mi lámpara de noche, algún verso que permanezca vibrando en mi memoria mucho tiempo después de haberlo leído o al final de la trayectoria de la hoja de un árbol en la banqueta. Por ejemplo, la semana pasada tuve un encuentro con Bukowski al meditar en otros asuntos muy lejanos a él: revisaba mi edición de la Eneida y la historia de Roma de Livio. En ese momento quería escribir algo sobre las fronteras y necesitaba una novela de Buzzati, pero al acercarme al librero, dos lomos color bermellón que no recordé que tenía, llamaron mi atención: un libro de Bukowski y otro de mapas mexicanos. Saqué ambos. En el primero, al abrirlo al azar, como hago normalmente, encontré “Un poema es una ciudad”, y de mi nariz escurrió una gota de sangre sobre el verso que dice: el poema es una ciudad bajo las armas. Algo empezó a palpitarme en la sien, una intuición crecía desde el universo onírico en que el hombre sabe todo lo que precisa saber, la biblioteca de Babel de los ensueños. No quise limpiar la página. Después, al abrir el segundo libro, hallé algo que no sabía que buscaba: el Códice Mendocino. Vi la primera imagen e imaginé las manos floridas del tlacuilo, que pintaban sobre el papel la fundación de la ciudad. Su caligrafía rasgaba la superficie con dos surcos acuáticos, cercenando la tierra en cuatro triángulos isósceles. Y ahí, donde convergen los canales, un águila. Bajo el águila, un nopal. Bajo el nopal, un disco dorado que encierra siete cráneos. Bajo el disco, la palabra tenochtitlan.

La obra, que consta de setenta y un láminas, fue un encargo que el señor virrey don Antonio de Mendoza pensaba regalar al emperador Carlos v para informarle sobre los usos y costumbres de las gentes del Nuevo Mundo. Este mapa alegórico del Valle de Anáhuac, primer folio del Códice Mendoza, y la roja mancha del verso, me revelaron otro modo en que la ciudad germina, se dilata y dura.

El águila es el sol. Los mexicas saben que el sol se mantiene en el cielo porque los dioses le dieron vida con su sangre. Para corresponder al gesto divino y hacer que el astro siga alumbrando hay que renovar el ciclo. Por eso los sacrificios humanos y la guerra florida. Si la luz no fuese regada de esa manera, la ciudad, los hombres, la entera creación, se perderían para siempre. Y así, cada cincuenta y dos años, además de sacrificar a su mejor guerrero, la gente se pincha las orejas y los dedos para que, después de medianoche, el mundo siga existiendo y el fuego nuevo se alce por la mañana en el horizonte. En el mandamiento de la sangre convergen las voluntades divina y humana, porque la sangre es, en principio, un símbolo de la vinculación del hombre con sus dioses. De dicho contubernio miro nacer la ciudad y la sociedad teocrática de los antiguos mexicanos.

El sol es la metáfora de la continuidad cíclica: divina. Y aunque los grandes reinos buscala misma permanencia, su transcurrir sólo puede ser lineal: humano. La sangre está asociada a categorías rituales, metafísicas –la de Cristo, la de Quetzalcóatl al hacer un corte en su miembro para dar vida a los huesos del Mictlán–, pero la violencia necesaria para hacer que ésta brote, obedece a la voluntad humana. Estandartes los hay de sobra, bajo discursos religiosos y sin ellos: guerra florida, guerra santa, cruzadas, unificación nacional, liberación, limpieza étnica, conquista. En esencia todos sirven a la misma inteligencia oculta que rige los imperios, cuyo único objetivo es, no acabar, no sucumbir, prolongar su era; el sol debe seguir resplandeciendo.

Como si fuera un bautizo, la sangre está en el origen de las ciudades, aunque el motivo esté, en principio alejado del proceso ritual. He pensado mucho en Roma. Leo sobre su nacimiento y ciclo vital, y reitero mis conjeturas gracias al mito y a la historia. Los hermanos habían sido advertidos: el primero que recibiera el augurio sería rey. Pero a los dioses les gusta tender trampas y sembrar la confusión, y dieron a ambos la señal, sólo que a uno en mayor número y al otro en menor tiempo. La disputa sólo podía resolverse de una manera. Cuando Rómulo delineó el perímetro de la ciudad, Remo se burló de él y saltó encima del trazo. Rómulo lo asesinó y así ejecutó el primer sacrificio. Como si los muros, que son la primera ley humana de la ciudad, no fueran legítimos si no hubieran sido humedecidos con la sangre. Y la proclama de Rómulo, que era práctica desde siempre, se extendió por el mundo que de Roma nació, bajo el código del derecho: Así perezca todo el que cruce mis murallas.

Otro día leí que “unas gotas de sangre pueden contener en su interior toda la memoria del mundo”. Eso decía Kadaré en sus cantos fúnebres por Kosovo, pero en realidad hablaba de las tragedias que se repiten en la historia como si esa marca roja fuera un destino. Pienso también en Jerusalén, que durante más de mil años fue el centro del mundo, y en la herida sin cicatriz de Cristo, en la de los hombres. El líquido que violenta y aviva la tierra es también la maldición que obliga a los pueblos a representar una y otra vez el mismo acto desde hace siglos. Es lo primero y lo último, el ritual siempre recreado, hasta la extinción o el sometimiento. El sol debe resplandecer.

Además de ser el vínculo de los hombres con los dioses, la sangre posee un estrato temporal. Ésta, igual que el río, no detiene su fluir, lo cual le confiere la virtud del tiempo arcaico y a la vez la del presente. No me parece descabellada la sospecha de que su condición divina se manifiesta ya desde su naturaleza, igual a la de los dioses según los antiguos: un manar sin fin, fuerza en movimiento. Y el ciclo, mediante la acción humana, se renovará o la ciudad sucumbirá. Esa voluntad sagrada o humana —sacrificio o asesinato— se realiza antes de que se alcen los muros. En la violencia reside el origen fáctico de la ciudad, como en el logos el origen mítico. Ambas se complementan, a la palabra como pregunta, responde la violencia en acto. Una rasgadura en la tela del mundo, eso es la ciudad en su nacimiento.

En la cima del Aventino, el espectro de Remo divisa la enormidad del imperio que sin su muerte no habría sido erigido y piensa: “cuando los hombres levanten ciudades en honor a sus dioses o a sus héroes, cuando descubran tierras nuevas y las consagren a sus gobernantes, será la sangre quien las bautice y proteja. No habrá ley antes del ritual”.

La ciudad, convertida en reino, país o nación exige un precio. Hombres bajo la tierra, sangre sobre muros, catedrales sobre templos, cráneos bajo el sol.

Un poema en armas.

Ante la mirada de los dioses o los del monarca, el objetivo permanece inmutable: realizar el dur désir de durer.