El lenguaje del desamor

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El lenguaje del desamor

Juan Carlos H. Vera, 80 poemas para desandar tu cuerpo, Premio Nacional de Poesía Nezahualcóyotl, 2016, Tintanueva ediciones, México, 2016.

¿Cómo se habla del amor o mejor, del desamor? ¿Es el desamor un lenguaje? ¿Una lengua? Todos a una la entendemos no con la razón sino con la piel que queda desgarrada, con el alma que queda atravesada por ese dolor que se antoja muchas veces infinito, sin límites. Porque algo se pierde en todo esto, porque cuando desamamos el mundo queda desfondado. Perder el amor es algo tan parecido a la muerte aunque no sabemos de la muerte, sólo de esta desazón de una oquedad sin consumación, de ese dolor pertinaz que duele intensamente cuando nos hallamos sin el otro. Hay una desesperanza que se cierne en nuestro cuerpo y nos hiere. Toda una avalancha de pesares, de pesadillas, de intensidades que lastiman sin cesar. Y todos quisiéramos que con la pérdida ésta se declarara como un “para siempre”, como un “hasta nunca”, como un olvido total e irremediable, pero esto no es así.

Juan Carlos H. Vera, ha escrito 80 poemas que él dice, son “para desandar un cuerpo”, como si ese cuerpo se pudiera desandar en serio. Cualquier cuerpo, que es la escritura misma de la vida. Sabemos que el poema es una suerte de resplandor fugaz que nos permite sí, des-andar, des-amar, des-desear, des-querer, todos los “des” del mundo hasta que se consumen sin darnos la paz pretendida.

Poema 9 

el amor no duele cuando empieza
el amor duele
cuando caemos en la cuenta
de que nos hace falta una respiración
cuando descubrimos
que el ancho de la puerta es más amplio
cuando en la cama
falta un espacio que llenar

y bebemos y lloramos y no hay quien
nos consuele en ese momento

el amor no duele cuando empieza
el amor duele
cuando caemos en la cuenta
que el último adiós
se fue en una de tus maletas
y tropezamos
con el cuerpo duro del recuerdo
y empezamos a recoger de los caminos
lo poco que quedó de nosotros

y bebemos y reímos y esperamos
que alguien nos consuele y nos quite el frío

Freud, que sabía poco del amor, pensó que el duelo era una reacción frente a la pérdida de la persona amada. El duelo pesaroso, la reacción frente a la pérdida de la persona amada tiene un contenido tan semejante al quebranto del interés por el mundo exterior, que nos impide un nuevo objeto de amor y entonces todo se hace más doloroso, más apremiante, el otro se convierte en lo imposible. Y por eso se es capaz de amenazar aún cuando sabemos que esa amenaza nunca se llegará a ser realidad:

 

Poema 12

el día que supe
que te habías ido con otro
me mordí un güevo para no llorar
y te escribí estos 80 poemas
que algún día te alcanzarán… ya lo verás

No tenemos forma de detener el recuerdo, ni tampoco de enfriar al deseo. Todo está ahí, vívido, como si fuera el primer instante. Sabemos que el olvido es la renuncia total, y porque el conocimiento viene cernido siempre a través de negaciones, de impaciencias, y desasosiegos. En el olvido muere el ser, la total conciencia de estar vivo, no hay ya lugar para la serenidad sino sólo el sinsentido que no desgaja la conciencia de existir sin el otro.

 

Poema 16

la mañana amaneció fría
así la sintió mi cuerpo

quizá porque no estabas a mi lado
calentando mi sombra

quizá porque el sol
se quedó dormido
sobre tus muslos en otra cama 

La vida pareciera convertirse de oasis donde podemos ver el espejismo del amor, del afecto ido en las cosas, en los paisajes interiores a eso que Víctor Hugo señaló como “el infierno azul tan parecido al cielo”.

En cada uno de los poemas sobrevuela la contingencia de la extrañeza, el estupor de vivir de nuevo el amor, porque todo y nada es el azar en el que se juega la existencia misma del amor como en su día escribiera Lope de Vega «Pero todo eso ya no es por ti, figura perdida, / sino por lo que incierto siempre espera / al que una vez señaló el amor». Por eso Juan Carlos puede, desde su propio dolor escribir:

 

Poema 35

algunos poemas los escribí enamorado
otros más en un desengaño brutal
el resto con un odio tan grande
que espero que cuando los leas
en verdad sufras 

Todos esperamos lo mismo, deseamos íntimamente lo mismo y no, tampoco queremos ese dolor para el otro, pero lo deseamos para que comprenda, para que sienta, al menos, en carne propia lo que nosotros sentimos en ese instante enorme, largo, dilatado. Pero ya nada importa, banal recurso que nos deja el desamor, pensar que algún día el amado pueda y sienta lo mismo que nosotros en este momento de la soledad y de desgarre. El acto amoroso, su entrega, el desamor, el dolor y el llanto quedan en el poema, porque en la exactitud de sentir nuestro propio cuerpo se cumple cabalmente la vida, y en el acto amoroso nos eternizamos, vivimos para siempre pues el dolor igual que el placer es fuente de gracia. La frontera infranqueable que ahora se eterniza es la distancia que queda entre dos cuerpos, el lugar donde el amado y el amante gozan el amor, un terreno que hay que escalar para llegar a la cima y en esa cima encontrarnos como en la soledad más total y absoluta.

 

Poema 37

no sé qué es aquello
que en verdad me mata
haber extraviado tu amor
al doblar alguna esquina
o haber encontrado tu olvido
al llegar a casa

¿Qué me da fuerza para seguir? Parece decir este verso, parece escribirme y redactarme este poema indescifrable:

 

Poema 44 

tú también aprenderás a odiarme un día
y aprenderás que la amistad
entre un hombre y una mujer
es imposible
no te culpo
no tengo ya por qué

Lo más detestable es que no habrá forma de resarcir la pérdida, de reencontrar nuevamente al ser amado, pareciera que odiando en medio del amor encontráramos consuelo, triste consuelo, que, al final, será como un grito en la nada.

 

Poema 74

no me lo hubieras hecho
no a mí
tu felicidad
te lo prometo
te saldrá cara

  

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