Filosofía forense: reflexiones marginales sobre el cadáver

 

Resumen

El artículo propone un pensar en español desde los márgenes epistémicos, políticos y lingüísticos donde el cadáver comparece de manera controversial. La filosofía forense se concibe aquí como un ejercicio de reflexión marginal que explora los límites del saber ante la violencia extrema y la exposición del cuerpo ultrajado. Más que esclarecer los hechos de muerte, este horizonte examina las condiciones de legibilidad, visibilidad y disputa del nekros en el espacio público. Desde esta perspectiva, las reflexiones marginales delinean una filosofía forense situada, capaz de pensar la violencia contemporánea desde la materialidad del cadáver, con el propósito de fortalecer la relación entre lo que se entiende por humanidad, vínculos y mundanidad compartida entre vivos y muertos, en consonancia con la orientación necrohumanista que guía este pensamiento.

Palabras clave: necrohumanismo, nekros, pensar en español

 

Abstract

This article articulates a mode of philosophical inquiry in Spanish from the epistemic, political, and linguistic margins where the corpse emerges as a disruptive question. Forensic philosophy is here conceived as a marginal practice of thought that interrogates the limits of knowledge in the face of extreme violence and the exposure of the violated body. Rather than aiming at the clarification of death’s factuality, it examines the conditions under which the nekros becomes legible, visible, and contestable within the public sphere. From this standpoint, marginal reflections outline a situated forensic philosophy capable of addressing contemporary violence through the materiality of the corpse, seeking to rearticulate humanity, bonds, and shared mundanity between the living and the dead, in resonance with the necrohumanist orientation that sustains this inquiry.

Keywords: necrohumanism, nekros, thinking in Spanish

 

 

 

En las últimas décadas, la violencia contemporánea desplazó los márgenes de la reflexión, así como de la inteligibilidad política, jurídica y epistémica del cuerpo muerto, ello al exponer zonas de opacidad donde las categorías tradicionales resultan insuficientes para comprender la intensidad del daño y las formas inéditas ya sea de desaparición  o bien de exposición de los cadáveres.

Las prácticas forenses, tradicionalmente concebidas como dispositivos técnicos de verificación, en tal panorama, son cuestionadas por experiencias sociales que desbordan el campo institucional de la ciencia forense y la justicia jurídica. Allí donde el cadáver aparece como resto material de la violencia, emerge también como un elemento epistemológico que tensiona los modos de configuración de la verdad y los marcos de reconocimiento que la sostienen. En este horizonte, la filosofía forense propone, por ello, una reconsideración del saber sobre la muerte violenta en contextos extremos, así como de las condiciones bajo las cuales el cadáver adquiere legibilidad, visibilidad y capacidad de disputa en la esfera pública. De ahí, una ontología del cadáver ultrajado en tales contextos se vuelve impostergable, dado que no existen trayectorias precedentes que permitan dar plena razón de su estatuto ni de las transformaciones epistémicas, jurídicas y políticas que su irrupción comporta; a pesar de su presencia protagónica de nuestros tiempos sombríos.

Desde la perspectiva de la epistemología sobre la violencia[1], el conocimiento relativo a los cadáveres violentados excede la verificación empírica propia del saber forense, al articularse con saberes situados que emergen de la experiencia de quienes enfrentan la exposición, el hallazgo y el tratamiento de los cuerpos ultrajados. La verdad forense, lejos de constituir un régimen de sentido homogéneo, se manifiesta como un campo plural donde el registro técnico coexiste con memorias que reconfiguran lo verificable; lo cual genera fricciones de reconocimiento (sobre la dignidad ontológica de los cadáveres, por ejemplo) y políticas entre distintos órdenes de vinculación.

En esta arquitectura conceptual, el cadáver funciona como un agente que interrumpe el orden del pensamiento, al confrontarlo con lo que excede sus propias categorías. Su irrupción desplaza los criterios de legibilidad de la violencia y amplía la noción de forensicidad hacia un territorio de controversia en el que se discuten los modos de aparición, interpretación y actuación del cadáver en las sociedades contemporáneas. Por ello, estas reflexiones marginales buscan, desde hace algunos años, mantener abierta la interrogación sobre aquello que el cadáver expone: los umbrales de su comprensión y la tensión que provoca al ser excluido, bajo un orden de violencia espacial y muerte social.

Se afirma, consecuentemente que, en este proceso, en su marginalidad forense, se hace visible una mutación reflexiva sobre la muerte y sobre sus modos de registro en contextos de alta conflictividad. El cadáver ultrajado, concebido como nekros, deja de reducirse al cuerpo individual, inerte, inoperante y residual, para comparecer como una interrogación activa ante las violencias contemporáneas que reconfiguran la materialidad y la simbolización colectiva en la relación entre vida, entre los vivos y los muertos, el territorio, así como memoria.

Ello, dado que la desaparición, hallazgo y tratamiento de los cadáveres delinean cartografías donde la violencia erige arquitecturas crípticas: fosas, zonas de abandono y circuitos de ocultamiento[2]. Estas geografías, antes que constituir puntos fijos, operan como necrotopías, espacios en los que el anonimato y la exclusión trazan los límites de lo recuperable y revelan la materialización territorial de la desaparición[3].

Imagen generada por Chat GPT

 

Como se observa, el reconocimiento y la forma en que el cadáver comparece como agente se articulan con saberes situados que derivan de las experiencias de búsqueda, confrontación y resistencia ante eventos como la desaparición y las necroviolencias. En este marco, la verdad forense se presenta como una constelación de registros heterogéneos; dado que al saber técnico se le yuxtaponen memorias corporales, testimoniales y comunitarias que se sitúan en los márgenes de lo verificable. Estas fricciones teóricas, tanto ontológicas como epistemológicas, transforman el estatuto mismo de la evidencia, desplazándola de la comprobación técnica hacia un campo de tensiones sobre lo que puede ser reconocido, negado o neutralizado en la indiferencia. Por ello, resultan indispensables para restituir en el foro público la discusión sobre los criterios de legibilidad del daño y propiciar una ampliación del campo conceptual de la forensicidad, entendida ahora como un espacio de disputa donde los foros, lenguajes y escenas determinan la relevancia cultural, social y política del nekros[4].

Considérese, como campo de tensiones, el corredor migratorio entre México y Estados Unidos: un necrotopía. Las rutas de tránsito concentran violencias estructurales, jurídicas y materiales que afectan de manera diferencial a los cuerpos en movimiento. El territorio se transforma en una espacialidad mortuoria[5], cuya naturaleza se expresa en la acumulación de cadáveres en zonas desérticas, en los obstáculos que dificultan su identificación y en la omisión institucional ante cuerpos despojados de reconocimiento jurídico bajo el estatus de la ilegalidad migratoria.

A partir de ello, la geografía adquiere un carácter necrotópico: el nekros se disuelve en el paisaje como materialidad geopolítica despersonalizada, atravesada por el tránsito del sur hacia el norte global, donde se establece una relación territorial marcada por el abandono y la producción de lo desechable humano[6]. El trabajo de Jason De León, que se integra a otros esfuerzos de colectividad teórica como Border Forensics y el Human Rights Center)[7] ofrece una lectura paradigmática. En The Land of Open Graves, el autor describe el desierto de Sonora como una tecnología de disuasión mortal creada por políticas migratorias que incorporan la muerte como componente operativo[8]. En tal tenor,  estas prácticas conforman intervenciones epistemológicas en las que el cadáver actúa como operador estructurante de una racionalidad espacial emergente. Así, la necrotopía desértica expone los marcos del derecho, la memoria y la legitimidad, al tiempo que revela la dimensión geográfica de la violencia contemporánea. En estos espacios abiertos, las fosas a la intemperie (open graves) configuran un necropaisaje de exposición donde los cuerpos quedan entregados a la materialidad del territorio y ponen en evidencia una forma extrema de violencia espacial que se ejerce en el abandono de los cadáveres migrantes. En esa intemperie se redefinen los límites de lo humano y los procesos de deshumanización implicados en las maneras de disponer los cuerpos. En consecuencia, la forensicidad se expande como una matriz teórica desde la cual se interroga la vida social en el marco de las movilidades globales, mediante el cadáver como (f)actor de inteligibilidad situada y georreferenciada, capaz de exponer las complejas relaciones espaciales, políticas, así como afectivas que producen los territorios contemporáneos de la violencia.

El nekros adquiere, luego, una dimensión geográfica que excede toda delimitación anatómica o jurídica. Su desaparición, hallazgo y tratamiento delinean un mapa inestable donde la violencia modela el espacio, erige arquitecturas del ocultamiento (fosas, zonas de abandono, corredores de encubrimiento) y traza una geografía residual del silenciamiento. Cada una de estas producciones reacondiciona la tensión entre justicia y olvido, entre el impulso de revelar y el de volver a cubrir. Las necrotopías revelan así la dimensión espacial del cadáver, al convertir el territorio en materialización extendida de la violencia, una disputa  entre el que oculta y aquellos que reclaman su espacio. Por esto mismo, en esa topografía, el cadáver deja de ser un resto pasivo, inerte: se afirma como agente que reconfigura la relación entre cuerpo y suelo, entre materia y recuerdo, hasta transformar el lugar en un campo de interrogación ontológica, jurídica y política[9].

Como se infiere, esta filosofía forense emerge de las reflexiones marginales de un orden doliente, atravesado por la violencia extrema que caracteriza la experiencia mexicana, por cuanto tierra de terrores. Al replantear el cadáver desde la perspectiva del necrohumanismo, permite reconocer procesos de aniquilación que exceden la dimensión bélica tradicional. Dichos procesos, visibles con particular nitidez en tal latitud, se evidencian como lógicas epocales de eliminación social, desaparición y exclusión estructural. Con base en lo anterior, el examen filosófico de las necroviolencias o violencias postmortem, junto con la inclusión del cadáver como nekros dentro de dichas estructuras, patentiza su potencia para rearticular el derecho postmortem, modificar la ontología del reconocimiento y transformar los fundamentos de la comunidad,  ya no desde los individuos, sino desde la relacionalidad y el factor común de la mortalidad.

Desde esta perspectiva, la filosofía forense se propone como un espacio teórico de fricciones, diferendos y resignificaciones onto-materiales de los vínculos políticos, ecológicos, sociales, culturales y económicos, en tanto interroga el estatuto del cadáver y analiza las formas institucionales, materiales y discursivas que determinan los umbrales de lo vivible, lo legible y lo eliminable. Más que limitarse al esclarecimiento del pasado violento, este planteamiento filosófico busca reconfigurar la necrohistoria contemporánea mediante el examen de los criterios que determinan qué relación tenemos con los cadáveres producidos en dimensiones industriales, qué muertes pueden narrarse y qué cadáveres alcanzan posibilidad de restitución.

 

Conclusiones

De tal manera, la filosofía forense se propone como un enfoque teórico que orienta el análisis de la muerte violenta, la agencia del cadáver y las formas de violencia que se despliegan en el mundo contemporáneo. Desde esta perspectiva, se interrogan categorías como verdad, justicia y comunidad en contextos marcados por la destrucción del sentido. Además, esta propuesta filosófica puede estructurar una metodología crítica que articula métodos testimoniales, espaciales y documentales con arquitecturas conceptuales capaces de interpretar los signos de la devastación. Su intervención, de tal forma, no se limita a procedimientos técnicos; antes bien, propone modos de lectura (arqueológicos, fenomenológicos o hermenéuticos) que permiten construir inteligibilidad frente a los topoi de violencia extrema y en masa (necrotopías).

En síntesis, el desarrollo de una filosofía forense en español y desde América Latina responde a la doble urgencia de comprender y transformar una realidad atravesada por la muerte violenta y deliberada. La región ha sido tristemente pionera en modalidades de violencia (desde genocidios, eliminacionismos y desapariciones masivas hasta las nuevas formas de necroviolencia vinculadas al crimen organizado y al drama migratorio del sur al norte) y, por ello mismo, busca formular preguntas, así como respuestas teóricas a la altura de esos acontecimientos y de la época. Desarrollar estos análisis en español no es un gesto menor: implica nombrar la experiencia del horror en la lengua de quienes lo padecen, forjar conceptos propios para iluminar zonas oscuras que la tradición apenas vislumbró, y dialogar con los acervos intelectuales y comunitarios que han resistido la deshumanización en diversos registros. Asimismo, una filosofía forense desde tal latitud aporta una visión situada al entretejer el saber académico con las luchas locales de familiares, colectivos de búsqueda y defensores de derechos humanos que, día tras día, reclaman verdad y justicia en la materialidad arrebatada a sus seres queridos.

 

 

 

 

 

Bibliografía:

  1. Anstett, É. (2018). What is a mass grave? Toward an anthropology of human remains treatment in contemporary contexts of mass violence. En A. C. G. M. Robben (Ed.), A companion to the anthropology of death (pp. 159-176). John Wiley & Sons.
  2. Bufacchi, V. (2016). Conocer la violencia: Testimonio, confianza y verdad. En A. Aguirre & M. del C. García (Eds.), Estudios para la no-violencia 2. Pensar las espacialidades, el daño y el testimonio (pp. 129-142). Afínita.
  3. De León, J. (2015). The land of open graves: Living and dying on the migrant trail. University of California Press.
  4. Domańska, E. (2017). Nekros: Wprowadzenie do ontologii martwego ciała. Warszawa: Wydawnictwo Naukowe PWN.
  5. Dreyfus, J.-M., & Anstett, É. (2017). Human remains and mass violence: Methodological approaches. Manchester University Press.
  6. Martínez Martínez, M. Á. (2025). Las fosas clandestinas: Necroescritura, duelo y subjetividad. Religación. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 10(44), e2501326.
  7. Monroy Álvarez, R. (2017). Paisajes sepultados. Apuntes sobre los anónimos de la tierra. En A. Villegas, N. Talavera, R. Monroy Álvarez, & L. de Mora (Coords.), Figuras del discurso II. Temas contemporáneos de política y exclusión (pp. 151-166). Bonilla Artigas & UAEM.
  8. Yanik, K. (2021). “They wrote history with their bodies”: Necrogeopolitics, necropolitical spaces and the everyday spatial politics of death in Turkey. En B. Bargu (Ed.), Turkey’s necropolitical laboratory: Democracy, violence and resistance. Edinburgh Scholarship Online. https://doi.org/10.3366/edinburgh/9781474450263.003.0003

 

 

Notas

[1] Bufacchi, 2016, pp. 129-142
[2] Martínez Martínez, 2025, pp. 59-61
[3] Dreyfus & Anstett, 2017, p. 3
[4] Domanska, 2017
[5] Yanik, 2021
[6] Monroy Álvarez, 2017, pp. 153-156
[7] Border Forensics es un colectivo interdisciplinario dedicado a documentar y analizar la violencia estatal en contextos fronterizos mediante metodologías forenses, cartográficas y visuales críticas. Por su parte, el Human Rights Center de la Universidad de California, Berkeley, es un centro académico especializado en investigaciones sobre justicia internacional, violencia masiva y derechos humanos.
[8] De León, 2015
[9] Dreyfus & Anstett, 2017