La importancia estratégica del río Mississippi para el desarrollo del comercio colonial en América del Norte durante el reinado de Luis XIV

Americae pars borealis, Cornelis de Jode, Amberes, 1593

 

 

Resumen

El presente artículo analiza el interés estratégico de Francia, en la época del monarca Luis XIV, por explorar diversos afluentes del río Mississippi tras su descubrimiento por Marquette y Jolliet. En el marco de una política colonial todavía restringida, el descubrimiento de una parte de la red hidrográfica que conectaba la región de los Grandes Lagos con el Mississippi cambió significativamente la cartografía de América del Norte, acercándose a una descripción más detallada y realista de aquel inmenso territorio. Ese conocimiento permitió el creciente desarrollo de un intercambio comercial y cultural con los nativos locales.

Palabras clave: Mississippi, Canadá, Jolliet, Marquette, América del Norte, Luisiana

 

Abstract

This article analyzes the strategic interest of France, in the time of King Louis XIV, in exploring various tributaries of the Mississippi River after its discovery by Marquette and Jolliet. Within the framework of a still restricted colonial policy, the discovery of a part of the hydrographic network that connected the Great Lakes region with the Mississippi significantly changed the cartography of North America, moving closer to a more detailed and realistic description of that immense territory. This knowledge allowed the growing development of a commercial and cultural exchange with the local natives.

Keywords: Mississippi, Canada, Jolliet, Marquette, North America, Louisiana

 

 

Navegaciones por el Mississippi

En las páginas iniciales de su novela Atala, Chateaubriand se refiere al río Mississippi en estos términos míticos:

“Las dos orillas del Meschacebé ofrecen el cuadro más extraordinario. Sobre la ribera occidental, las sabanas se extienden hasta el infinito; su mar de vegetación, al alejarse, parece subir al azur del cielo donde se desvanece. En esas praderas sin límite se observa errar a la buena de Dios manadas de tres o cuatro mil búfalos salvajes. Algunas veces, un bisonte cargado de años, cortando las aguas a nado, llega a acostarse entre las hierbas altas en una isla del Meschacebé. Por su frente adornada con dos lunas crecientes, por su barba vieja y limosa, uno creería que es el dios del río, que lanza una mirada satisfecha sobre la grandeza de sus ondas y la abundancia salvaje de sus orillas”.[1]

La primera noticia sobre un río de caudal inmenso que provenía del norte y que desembocaba en el Golfo de México fue fruto del empeño de Alonso Álvarez de Pineda por encontrar un paso transcontinental entre la península de Yucatán y Florida. Esto sucedía en 1519, misma fecha en que Magallanes exploraba la costa atlántica de América del Sur. Informes más pormenorizados concernientes al río del que Pineda había oído hablar, conocido ya para algunos cartógrafos con el nombre de Río del Espíritu Santo, llegaron a la corte española casi dos décadas después.

Ahora discurre el mes de mayo del año 1673. De manera inesperada, un día los illinois ven aparecer de las aguas del Mississippi un pequeño grupo de hombres de aspecto por demás extraño. Su rostro es pálido como la luz de la luna y llevan la barba crecida. Uno de ellos porta una especie de túnica larga que le cae hasta los tobillos. Luego de transcurrir algunos instantes de un incómodo silencio, ese individuo toma la iniciativa y pronuncia algunas palabras en la lengua de los illinois.

Su llegada provoca un alboroto mayúsculo en la aldea. Cuatro ancianos los reciben y los conducen ante el jefe de la tribu que ya los espera, con pipa en mano. Poco después los llevan a un caserío cercano donde se encuentra el jefe supremo de los illinois. Allí les dan una calurosa acogida y preparan en honor de aquellos forasteros un soberbio festín. En cráneos de bisonte, les sirven carne de distintos animales y pescado.

¿Quiénes son esos hombres de apariencia extravagante? Son franceses. Se cuentan entre los primeros europeos con que topan los illinois. Se llaman Jacques Maugras, Pierre Moreau, Jacques Largilliers, Jacques Marquette y Louis Jolliet. Todos son coureurs des bois,[2] excepto Marquette, un misionero jesuita.

Louis Jolliet, líder de la expedición, pertenece a la generación de los primeros franceses nacidos en Canadá. En un principio, educado por los jesuitas de Quebec, parecía ser un joven apto para la vida religiosa. Tiempo después, empero, se desiste de ese propósito y comienza a dedicarse a la exploración. En 1671, Jolliet asiste a la reunión que Daumont de Saint-Lusson organiza con los catorce representantes de las naciones indias. En esa ocasión conoce a los padres Claude Dablon y Jacques Marquette, ambos familiarizados con la región de los Grandes Lagos por haberla recorrido durante un buen número de años. Uno y otro hablan varios idiomas autóctonos, lo que les facilita su labor de evangelización y les permite recabar abundantes informes geográficos de los nativos. Cuando encuentran a Jolliet, ya están enterados de la existencia del río Mississippi. Lo que aún no saben es en qué mar desemboca, si en el Golfo de México o en el Mar del Sur (Océano Pacífico). Eso es lo que se proponen averiguar.

En 1672, el intendente Talon comisiona a Jolliet para ir y descubrir el Mar del Sur, no lejos del país de los maskouteins, y el gran río que los nativos conocen con el nombre de Michisippi.[3] Como era costumbre entre los coureurs des bois, Jolliet recurre a los servicios de un notario para dejar testimonio legal de su asociación con seis colonos. El objetivo es viajar juntos a los Outaouas[4] y comerciar con los salvajes de la manera más ventajosa que se pueda. La expedición no se circunscribe a ser un simple viaje de descubrimiento, sino que también persigue fines comerciales. Jolliet, en compañía de sus asociados, sale de Quebec durante el otoño de aquel año y llega al puesto de Michillimackinac en pleno invierno. Allí se encuentra con Marquette. Juntos estudian y planean la ruta que han de seguir, charlan con los nativos que conocen el Mississippi para estar mejor informados, y trazan un mapa tentativo de su trayecto. En cuanto llega la primavera, arrancan su aventura en dos canoas repletas de maíz y de carne ahumada, más que dispuestos a vencer todas las vicisitudes que deban enfrentar. Navegan las aguas del lago de los Illinois,[5] luego se internan en la Bahía de los Apestosos[6] antes de remontar un río que hoy es Fox River. A lo largo de ese recorrido, Marquette describe con minucia los accidentes geográficos, la fauna, la flora, y recoge muestras de una raíz que contrarresta el veneno de las serpientes. Llegan finalmente a la aldea de los mascoutens, donde los jesuitas han establecido una misión. Ese lugar marca el límite de los territorios que conocen los franceses. Además de los mascoutens, aquella aldea recóndita es punto de encuentro de los miamis, los kikapous, los illinois, y de otras naciones indias que han huido de los iroqueses. En el centro de la aldea, los exploradores tropiezan con algo que revela un evidente sincretismo religioso. Una cruz está literalmente cubierta de ofrendas y regalos al gran Manitú:[7] hay pieles, arcos, flechas y piezas de alfarería de distintas formas.

Las próximas etapas del viaje se vislumbran más peligrosas. Hay tantos pantanos y pequeños lagos que resulta necesario conseguir al menos un par de guías locales. Así, pues, logran convencer a dos miamis para que los dirijan. Al cabo de algunas jornadas, llegan al río Meskousing.[8] Marquette se figura que es un afluente del gran río que están buscando. El futuro le dará la razón. Continúan navegando por ese río hasta que desembocan en las aguas tumultuosas del Mississippi.

Thevenot y Jolliet, Primer mapa del río Mississippi

 

Siguen entonces río abajo. En un determinado momento, Marquette comienza a advertir cambios notables en la fauna y la flora. Ya casi no hay bosques ni montañas. Las islas están colmadas de árboles. A veces se topan con peces de apariencia monstruosa. Hubo uno —al decir de Marquette— que tenía cabeza de tigre, la nariz puntiaguda como la de un gato salvaje, con barba y orejas apuntando hacia arriba.

Durante ese trayecto, los exploradores desembarcan en diversos villorrios de los illinois. En todos los reciben cordialmente. Avanzan sin contratiempos. Lo cierto es que, poco antes, la expedición había recibido dos obsequios del jefe de los illinois que se revelarán muy útiles: un joven esclavo que les sirve de guía y una pipa adornada con plumas, la cual es considerada un objeto sagrado por los nativos. Eso explica por qué los acogen tan afablemente en los poblados que visitan.

Más adelante, cruzan primero el río Missouri y después el río Ohio. Allí el clima cambia de modo drástico. El calor es inaguantable y los mosquitos los enloquecen. Han dejado atrás el país de los illinois y se internan en territorio de los sioux, quienes se muestran reticentes con ellos, incluso un tanto hostiles. Su aversión llega a un grado preocupante. En la aldea de los akanseas,[9] cerca de la desembocadura del río Arkansas, averiguan a tiempo que el consejo de ancianos se reúne en secreto y propone robarles y matarlos. Al enterarse de semejantes intenciones, los exploradores resuelven de inmediato dar marcha atrás. Gracias a la información que los indios les han proporcionado, y los cálculos de latitud que han hecho durante su travesía, Marquette y Jolliet están casi seguros de que el Mississippi muere en el Golfo de México.

De regreso, toman un nuevo afluente. Se trata del río de los Illinois. El paisaje que se despliega ante la mirada de Marquette y Jolliet los impresiona por su belleza. Uno promete que regresará para evangelizar a los habitantes; el otro piensa en solicitar a las autoridades que le otorguen la concesión del territorio para crear en él una colonia. El lugar es sin duda estratégico: vincula Canadá con la cuenca del Mississippi. Además, es una zona muy poblada. Jolliet calcula que existen alrededor de cuarenta aldeas. Las más grandes poseen, cada una, hasta trescientas cabañas y cerca de ocho mil habitantes. La expedición vuelve a transitar por el tramo de tierra conocido con el nombre de Checagou, en el que antes se vieron forzados a cargar sus canoas y vituallas. Poco después, Jolliet y Marquette se separan. El primero pasa el invierno en Santa María du Sault, donde se ocupa nuevamente de sus negocios y se dedica a transcribir su diario de viaje. El segundo, permanece en la Bahía de los Apestosos durante el invierno.

 

Política colonial francesa durante el reinado de Luis XIV

Jolliet regresa a casa hacia mediados de 1674 con un rico cargamento de pieles y con un amplio repertorio de nuevos informes geográficos. Por desgracia, antes de terminar su viaje, naufraga en el Salto San Luis luego de haber sorteado un buen número de rápidos. De las dos personas que se ahogan, una es el esclavo que habían recibido de los illinois. En ese incidente, Jolliet pierde el cofre donde guardaba su diario.

La mala fortuna parece perseguir a Jolliet. Cuando vuelve a Quebec, se entera que Talon ha dejado su cargo de intendente en Nueva Francia y ha regresado a la metrópoli. Las prioridades políticas de Luis XIV con respecto al Nuevo Mundo son claras. En realidad, no le interesa promover el crecimiento de la población en aquella colonia tan remota, sino hallar el paso que conduzca al Mar del Sur.[10] Esa decisión del monarca ocasiona que Jolliet no encuentre a nadie que lo respalde en su proyecto de colonizar el país de los illinois.

Por lo que toca al padre Marquette, éste se instala en el país de los illinois con la idea de fundar una misión y predicar el evangelio a los miamis. De camino a Michillimackinac, cae enfermo y muere a orillas del lago Michigan, en la desembocadura de un río que en la actualidad lleva su nombre.[11]

No cabe duda que, pese a las penalidades enfrentadas —y el final de esa aventura un tanto decepcionante para ambos—, el viaje de Jolliet, Marquette y las cinco personas que los acompañaron fue una de las empresas más trascendentales en la historia de Nueva Francia. Llevó a los europeos a conocer la cuenca del Mississippi, o sea, la futura Luisiana. Gracias a expediciones posteriores, se descubrirá la riqueza de aquel inmenso territorio donde crecía el maíz que podía cosecharse tres veces al año; donde abundaban las ciruelas, las papas, las granadas y otros frutos desconocidos en Europa; donde vagaban libremente, en planicies infinitas, bisontes y ciervos; donde el suelo rebosaba carbón, hierro y otros minerales codiciados por la industria del Viejo Mundo.

Aun cuando se había extraviado el diario de Jolliet, ese viaje desencadenó una producción considerable de mapas en Francia. Dichos mapas consagrados a describir la red hidrográfica que enlazaba la región de los Grandes Lagos con el Mississippi alteraron para siempre la cartografía de América del Norte. En ellos, las cadenas de montañas imaginadas durante esa época desaparecen, ríos y lagos inexistentes se descartan, nombres de sitios ya explorados se actualizan y se incluyen. Así como se desvanecen los elementos creados por la fantasía, así se traza con exactitud el curso de un soberbio río que irá revelando la existencia de nuevas naciones indias a los europeos. Que no desembocara en el Mar del Sur, como muchos lo deseaban, poco importó; los afluentes hacia el oeste bastarán para mantener el interés de conquista y colonización durante más o menos un siglo.

Francia vacila en torno a la expansión territorial al sur de los Grandes Lagos. ¿Vale la pena llevarla a cabo o no? Por un lado, Luis XIV piensa que es más adecuado para los intereses de la corona concentrar la población en el valle de San Lorenzo con el fin de ahorrarse los costos de mantenimiento y defensa de puestos militares ubicados en lugares remotos. Por otro lado, ambiciona que las riquezas provenientes de Nueva Francia aumenten, para lo cual es necesario que el comercio de pieles crezca, pues éste es el que financia la colonia. Y que dicho comercio crezca significa que debe ampliarse a regiones cada vez más distantes de Quebec. Además, el rey anhela adueñarse de los minerales que han sido hallados por los españoles en el sur de América del Norte. La opinión del intendente Talon sobre este asunto, partidario entusiasta de incrementar la exploración, aunada a los argumentos expuestos por el gobernador general Frontenac,[12] propició que el monarca se decidiera finalmente a respaldar nuevas empresas de descubrimiento.

Los voluntarios para incorporarse a alguna expedición no faltan. Uno de ellos, René-Robert Cavelier de La Salle, frecuenta a menudo la región de los Grandes Lagos desde su llegada a Nueva Francia en 1667. Sueña con descubrir el Mississippi y encontrar la ruta para alcanzar el Mar del Sur y la de China. Nada más. Para tal propósito, se une a la expedición de los hermanos sulpicianos[13] François Dollier de Casson y René de Bréhant de Galinée, quienes parten en busca de ese hermoso río —el Ohio— del que tanto hablan los nativos.

Tiempo después, logra que le otorguen la concesión del fuerte Cataracoui,[14] ubicado en la desembocadura del río Cataraqui, donde hoy se encuentra la ciudad de Kingston, en la provincia de Ontario. Su construcción fue ordenada por el gobernador Frontenac luego de las negociaciones que había mantenido con una delegación de cinco naciones iroqueses conocidas como los onontchataronons. Su principal tarea era proteger la ciudad de Montreal, que estaba a cinco días en canoa, e impulsar la expansión de la colonia francesa.

Esa concesión implicaba recibir un señorío.[15] Recibirlo significó para La Salle la oportunidad de encontrarse en el meollo de las vías navegables que favorecían la exploración hacia el centro de América del Norte. A mediados de 1678, es comisionado para descubrir la parte occidental comprendida entre Florida, Nueva Francia y México. Sin embargo, múltiples circunstancias adversas le impiden zarpar durante los próximos tres años. Busca desesperadamente financiamiento para su expedición y no lo consigue por distintas causas. A veces anuncia su partida sin que al final tenga lugar, se endeuda, lo atosigan sus acreedores, entre los miembros de la tripulación que ha contratado estallan con frecuencia las rencillas, hay robos, hay deserciones. Para colmo, la región que debe explorar está asolada por la guerra feroz entre los iroqueses y los illinois.

Son numerosas, pues, las contrariedades que afectan los preparativos de su viaje. La Salle y sus compañeros se contentan con un proyecto alternativo. Se embarcan y recorren en varias direcciones la región de los Grandes Lagos en busca del nacimiento del Mississippi.[16] Henri de Tonty, teniente de La Salle, navega costeando la ribera oriental del lago Michigan. En 1680, se descubre la  ruta terrestre entre el lago Erie y el lago Michigan. Acompañado por cinco de sus hombres, La Salle cubre una distancia de quinientas leguas. Describe su viaje como la empresa más ardua, la más calamitosa, que un francés haya acometido en el continente americano.

Por esas mismas fechas, un rival suyo persigue objetivos similares. Se trata del antiguo capitán de la marina, Daniel Greysolon Dulhut. Éste sale de Montreal en secreto el 1º de septiembre de 1678. Lo acompañan siete compatriotas y tres esclavos indios. Su intención es promover la paz definitiva entre los sioux, los sauteux y las otras tribus de las regiones del norte y del oeste del lago Superior. De lograrlo, esa pacificación facilitaría que todo ese vasto territorio quedara bajo la égida de Nueva Francia. Además, tiene la esperanza de que los cris y los monsonis no vendan sus pieles a los ingleses radicados en la Bahía Hudson.

A fin de cuentas, Dulhut no consigue ayuda ni autorización para proseguir su exploración hacia el oeste, pues carece de protectores poderosos en la Corte.

Por su parte, La Salle sí cuenta con ese apoyo. Por fin le es posible zarpar en enero de 1682 con veintitrés franceses y dieciocho nativos. Navega siguiendo el itinerario de Jolliet y Marquette hasta la desembocadura del río Arkansas. El clima templado y la fertilidad que reina en la zona lo cautivan. Navega después al sur. Lo reciben en términos amigables los taensas, los natchez y los coroas. El 9 de abril de aquel año celebra oficialmente la toma de posesión de la Luisiana cuando el grupo alcanza los 26º de latitud. Los franceses levantan una cruz en la que han grabado el escudo de armas de Luis XIV. Retumban luego las salvas de los mosquetes acompañadas por los gritos de “¡Viva el rey!”. La Salle preside la ceremonia ataviado con pompa. Lleva una capa que luce bordados en hilo de oro, un sombrero de circunstancia, y su espada a la cintura. Lee la toma de posesión de la Luisiana en nombre de Su Majestad y de los herederos de la corona. El documento es redactado por el notario presente; lo firman todos los franceses de la expedición.

Sin demorarse más, La Salle inicia el camino de regreso justo al día siguiente, el 10 de abril. Navega hasta los Grandes Lagos y después hacia Quebec para anunciar la buena noticia al gobernador general. Cumplido esto, vuelve a Francia.

 

Consolidación del dominio francés en la Luisiana

Jean-Baptiste Antoine Colbert, hijo y sucesor de Colbert en el Ministerio de la Marina,[17] concibe entonces el plan de regresar al Mississippi, esta vez entrando por el Golfo de México. Ninguno otro posee el conocimiento de aquellas tierras y la pericia necesaria para llevar a cabo tal proyecto. De esta manera, La Salle es comisionado de nuevo por el rey, en abril de 1684, para dirigir la expedición, con la promesa de que a él corresponderá el gobierno de todo el territorio que descubra. Al frente de cuatro navíos, La Salle parte de La Rochelle en el mes de julio con trescientos veinte personas a bordo, militares y civiles, dispuestos a instalarse en la nueva colonia. Desde el comienzo, las desaveniencias se multiplican a diario entre el comandante de la expedición y los oficiales de la Marina. El ambiente entre todos los expedicionarios se torna día tras día más ríspido.

Eberhard Werner Happel, Habitantes de Nueva Francia

 

La discordia aumenta. Después del naufragio de uno de los barcos, L’Aimable, algunos miembros de la tripulación regresan a Francia. Posteriormente, la construcción de un fortín que bautizan con el nombre de fuerte San Luis en una zona de marismas causa la muerte de varios. La Salle insiste en explorar al azar la costa a bordo de La Belle, la cual también encalla. Sin barco, con sus hombres furiosos y desencantados, se empecina en adentrarse en tierra firme. A ratos pierde el rumbo, cae enfermo, presencia cómo los miembros restantes de su expedición se matan entre sí, y al final, muere asesinado por uno de ellos el 19 de marzo de 1687. Algunos sobrevivientes optan por quedarse en el Golfo de México; otros van a Montreal.

Sin duda, el mayor logro de La Salle consistió en haber descubrierto el verdadero curso final del Mississippi, y demostrar así que el río desembocaba en el Golfo de México, no en el Golfo de California ni en el Océano Pacífico.

Al poco tiempo se inicia una nueva etapa de exploración para encontrar la vía que permita a los franceses adentrarse en las aguas del Mississippi desde el mar. En la metrópoli se nombra jefe de la expedición a Pierre Le Moyne d’Iberville, oriundo de Montreal. La encomienda consiste en descubrir la desembocadura, hallar un emplazamiento apropiado que pueda ser defendido con un número reducido de hombres, y de hacer lo necesario para impedir la entrada en el río a los barcos de otras naciones. Por su entrenamiento militar, Le Moyne d’Iberville es un oficial bien preparado para conducir con éxito semejante empresa. Sale del puerto de Brest en octubre de 1698. Tiene bajo su mando cuatro navíos y cerca de cuatrocientas personas deseosas de fundar una colonia. En diciembre llega a Santo Domingo. De ahí continúa navegando hacia el norte y sigue de cerca la costa del Golfo de México hasta toparse con la desembocadura del Mississippi. Cuando pretende anclar en la Bahía de Pensacola,[18] dos embarcaciones españolas le impiden el paso. Los españoles conocían desde tiempo atrás la intenciones de los franceses de expander su dominio colonial en América del Norte. Por ese motivo, resguardan la entrada a la bahía que había descubierto de Soto en 1550. D’Iberville convence a aquellos centinelas que le permitan seguir su viaje. Franquea la desembocadura y navega río arriba. En cierto momento, donde el curso del Mississippi se divide en tres partes, encuentra huellas de la expedición de La Salle. El jefe Mongoulachas le muestra una capa que, al decir del nativo, se la había entregado Henri de Tonty, quien había dejado una nota para La Salle con varias noticias importantes. De Tonty comunica a La Salle que ha fumado la pipa de la paz con los quinipissas; que está enterado de que perdió un barco y que los salvajes le robaron sus enseres; que halló destruida la columna donde había hecho grabar las armas de Su Majestad; y que en su lugar mandó erigir un gran poste al que ataron una cruz y la insignia de Francia.

D’Iberville estima que estos acontecimientos transmitidos por Tonty sobran y bastan para dar por concluida la primera finalidad de su expedición. En lo sucesivo, se entrega a la tarea de construir el fuerte Maurepas en la Bahía de Biloxi.[19] Hacia mediados de 1699, d’Iberville regresa a Francia, dejando en el fuerte una guarnición de ochenta hombres.

Ya en Versalles, d’Iberville es felicitado por haber cumplido con la misión que se le había confiado. Lo premian haciéndolo caballero de San Luis, lo que no es una recompensa menor, debido a que es el primer súbdito francés nacido en Canadá a quien se le admite en esa orden creada por Luis XIV. D’Iberville consagra sus esfuerzos para que las autoridades comprendan la necesidad de poblar y colonizar la Luisiana, medida que permitiría levantar un muro eficaz contra la expansión de ingleses y españoles. A este respecto, no carece de lucidez. Cree que en menos de un siglo, si no se frena a los ingleses, su colonia será tan poderosa que se adueñarán de toda América del Norte y echarán fuera al resto de las naciones. Por suerte, es escuchado. Entonces el gobierno lo comisiona nuevamente, esta vez con el propósito de asegurar un asentamiento francés en el Mississippi y explorar toda la zona del Golfo de México, tomando precauciones para no perturbar el buen entendimiento que se tiene con los españoles, vecinos aliados.

En apego a lo que se le encarga, d’Iberville concentra sus tareas de exploración en la desembocadura del Mississippi, mientras que su hermano Jean-Baptiste, a la cabeza de un grupo de canadienses, remonta el Mississippi y el río Rojo hasta el país de los sioux para localizar una mina de cobre.

Es verdad que el espacio explorado por d’Iberville no era del todo desconocido. No obstante, sus expediciones contribuyeron a fortalecer los lazos de amistad que los franceses tenían ya con las tribus aliadas, y también a preparar el terreno para crear una red de puestos de avanzada. Pero el efecto quizás más importante de sus viajes fue la confirmación inequívoca, en el escenario europeo, del interés que Francia tenía en apoderarse de la Luisiana y de los territorios al oeste del Mississippi, región codiciada en ese momento por los españoles y que más tarde lo será por los ingleses. Así, Francia consolidó su dominio sobre esa vía extraordinaria de comunicación que atravesaba la mitad meridional de América del Norte. Sus asentamientos en la zona del río San Lorenzo quedaron de ese modo ligados al Golfo de México. Su poderío en América del Norte se verá de ese modo reforzado, poderío que conservará por espacio de un siglo.

Jean Baptiste Franquelin, Mapa de la Luisiana (muestra descubrimientos de
René-Robert Cavelier de La Salle)

 

 

Bibliografía

 

  1. Anónimo, 200e anniversaire de la découverte du Mississippi par Jolliet et le P. Marquette, L. H. Huot Éditeur, Québec, 1873.
  2. Bancroft George, History of the United States of America from the Discovery of the Continent, D. Appleton and Company, vol. I, New York, 1888.
  3. Blanchet Jean (ed.), Collection de manuscrits contenant lettres, mémoires, et autres documents historiques relatifs à la Nouvelle-France, recueillis aux Archives de la province de Québec, ou copiés à l’étranger, mis en ordre et édités sous les auspices de la législature de Québec, avec tables, etc., Imprimerie A. Côté et Cie, Québec, 1885.
  4. Chateaubriand François-René de, Atala/ René/ Les aventures du dernier Abencerage, Éditions Gallimard, coll. Folio, Paris, 1971.
  5. Delanglez Jean, Louis Jolliet, vie et voyages (1645-1700), Éditions Granger, Montréal, 1950.
  6. Donnelly Joseph P., Jacques Marquette 1637-1675, Loyola University Press, Chicago, 1985.
  7. Gagnon Frederic Ernest Amédée, Louis Jolliet, découvreur du Mississippi et du pays des Illinois, premier seigneur de l’île d’Anticosti, Étude biographique et historiographique, Librairie Beauchemin, 2eme édition, Montréal, 1913.
  8. Marquette Jacques, Récit des Voyages et des Découvertes du R. Père Jacques Marquette de la Compagnie de Jésus, en l’année 1673 et aux suivantes; La Continuation de ses Voyages par le R. P. Claude Alloüez, et Le Journal autographe du P. Marquette en 1674 & 1675. Avec la Carte de son Voyage tracée de sa main, Weed, Parsons & Cie, New York, 1855.
  9. Pratt Mary Louise, Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación, Fondo de Cultura Económica, trad. Ofelia Castillo, México, 2010.

 

Notas

[1] François-René de Chateaubriand, Atala/ René/ Les aventures du dernier a abencerage, Éditions Gallimard, coll. Folio, Paris, 1971, p.p. 40-41.
[2] Los coureurs des bois fueron exploradores que no tenían reparo en establecer relaciones cercanas con los nativos durante sus travesías por los bosques. Vivían de la caza y de la pesca. Eran cazadores, pescadores, leñadores, descubridores, intérpretes y soldados. Muchos se dedicaban al comercio de pieles y construyeron una gran red de puestos comerciales en zonas poco habitadas o, de plano, en lugares inhóspitos.
La película de 2015, The Revenant, de Alejandro González Iñárritu —con Leonardo DiCaprio y Tom Hardy como actores principales— retrata bien ese mundo de los coureurs des bois y de los tramperos que comerciaban con pieles sobre todo de castor.
[3] En esa época, no pocos suponían que el Mississippi desembocaba en el Mar de California.
[4] Región situada al oeste de Quebec.
[5] Es el lago Michigan.
[6] Green Bay, bahía situada en la ribera occidental del lago Michigan.
[7] Manitou. Divinidad o espíritu sobrenatural común entre muchos pueblos de América del Norte.
[8] Río Wisconsin.
[9] Grupo étnico que hablaba la lengua algonquina.
[10] De hecho, el gobierno de Luis XIV procurará concentrar la población colonial dentro del perímetro del valle de San Lorenzo en lugar de alentar su dispersión y crecimiento por ese inmenso territorio que fue Nueva Francia.
[11] El río Pere Marquette (Pere Marquette River) corre en el estado de Michigan, Estados Unidos. El historiador George Bancroft describe con una imaginación casi pictórica la escena de la muerte de Marquette: “Dans les sombres et fraîches profondeurs de la forêt, au milieu du silence des grands bois, il [Marquette] s’agenouilla et offrit au Tout-Puissant des actions de grâces solennelles et d’ardentes supplications.
“Au bout d’une demi-heure, ses hommes allèrent pour le chercher; il n’étais plus. Le bon missionnaire, découvreur de tout un monde, s’était endormi sur le bord d’un ruisseau, qui porte son nom.
“Près de son embouchure, les canotiers lui creusèrent une tombe dan le sol. Depuis, le coureurs des bois, lorsqu’il s’aventurent sur le Lac Michigan, invoque dans leurs langues le nom du Père Marquette.” Citado en: Anónimo, 200e anniversaire de la découverte du Mississippi par Jolliet et le P. Marquette, L. H. Huot Éditeur, Québec, 1873, p. 7.
[12] Louis de Buade, conde de Frontenac y de Palluau, fue una figura destacada de la historia de Canadá. Artífice de la expansión francesa en América del Norte, defendió Nueva Francia de los ataques de la confederación iroqués y de los ingleses.
[13] Eran integrantes de la Congregación de Clérigos Regulares de San Sulpicio, orden fundada en Francia en el siglo XVII.
[14] Posteriormente se llamó fuerte Frontenac.
[15] Para el tema de la introducción y desarrollo del sistema señorial en Nueva Francia, véase: María Estela Báez Villaseñor, Bosques, castores y señores. Fundación y desarrollo de Nueva Francia (1500-1715), Universidad Autónoma Metropolitana/ Editorial Gedisa, México, 2021. En especial el capítulo III.
[16] Hoy en día se sabe que la fuente del Mississippi es el lago Itasca, un pequeño lago glacial situado en Minnesota.
[17] Ocupó ese cargo de 1683 a 1690, año de su muerte.
[18] Situada en el noroeste de Florida.
[19] En la actualidad, Ocean Springs, Mississippi. Ese fuerte fue el primer puesto permanente que los franceses establecieron en la Luisiana para controlar la intrusión española en sus dominios coloniales.