La Muletilla

Jan Tizescu #10 - Hegel, Literatura

Este… no saben cuánto me reí esa noche con el tonto de Rupercio, cuando se burló del comandante Mendieta porque organizó un operativo en el que planeaba encontrar a los del otro bando y… este… cuando llegó al lugar, se encontró con puro ganado, con puras vacas metidas en un cuarto… este… pero nada de guerrilleros. —El comandante no agarró a ninguno, pero eso sí: ya no le va a faltar la leche— dijo Rupercio en el cuartel. Yo no paré de reír todo ese rato.

Ya llevábamos varios meses peleándonos la plaza con los guerrilleros… este… pero todo había sido como ese día con las vacas… este… siempre nos llevaban un paso de ventaja. Pero el comandante Mendieta nos decía que no nos desesperanzáramos, que ya pronto nos los podríamos… este… fastidiar. Según él… este… ya los estábamos cercando y su líder, el Ñango, se había enfermado y no duraría mucho más. Pero la verdad era que no hacíamos muchos avances que rindieran frutos y… este… Rupercio y yo sentíamos que más bien habían crecido sus líneas y que los fastidiados íbamos a ser nosotros. Este… ya habían muerto varios de los nuestros, Pérez, Ulabarrieta y unos cuantos más, en una escaramuza a tres kilómetros al oeste del pueblo, pero también habían muerto algunos de los suyos… este… cuando intentaron entrar al pueblo y tomar el cuartel general. Aunque había momentos en que pensábamos que todo aquello nunca se iba a acabar, todos sentíamos que se acercaba el momento decisivo… este… cuando uno de los dos triunfara sobre el otro. Eso es lo que decía el comandante Mendieta cada vez que nos reunía en las mañanas en el patio del cuartel: —No se preocupen muchachos, que esto ya no va a durar mucho más, ya pronto nos los vamos a chingar—.

Este… ya desde hacía algunas semanas yo me había estado escapando del cuartel para visitar a una muchacha. Como Rupercio era mi amigo, él me cubría… este… diciendo que había ido a hacer una guardia o cualquier otro pretexto que no me hiciera quedar mal con el comandante. Y cuando Rupercio salía para ir a apostar o para ver a una de sus muchachas, yo hacía lo mismo. Este… con el comandante tan preocupado por los guerrilleros y por las dos familias que mantenía, casi ni oía lo que tuviéramos que decirle… este… tan ensimismado estaba que nosotros podíamos hacer casi lo que quisiéramos. Casi siempre yo salía por la noche, cuando el comandante ya se había ido a una de sus casas, me metía por el jardín de atrás y tocaba a su ventana. Margarita salía y nos íbamos a pasear y a platicar por donde nadie nos viera. —Le haces honor a tu nombre: eres como una flor, bella y fresca— le decía. Yo sé que no era muy buena frase y que mi fuerte no era el don de la palabra, pero ella siempre se reía… este… y entonces yo sabía que en ese momento podía darle un beso. Tenía unas caderas que lograban volverme loco… este… —Tus caderas son como las de un aguacate, amplias pero elegantes— le decía, ella se sonrojaba y entonces sabía que le podía dar otro beso. Cómo me divertía con Margarita, tanto que hasta pensaba que me estaba enamorando.

Un día el comandante Mendieta llegó muy agitado y con una sonrisa de oreja a oreja… este… y ni nos dio tiempo de preguntarle qué había pasado cuando nos dijo: —Ahora sí, ya llegó el momento muchachos, nos los vamos a chingar—. Este… resulta que el comandante se había enterado de que los guerrilleros iban a tener una reunión general la noche del viernes en un granero a las afueras del pueblo, por el camino de San Roque. Un soplón le había dado la información a cambio de protección y dinero. En el pueblo había tres entradas principales: … este… la del camino de San Roque, por el norte, la de San Telmo, por el oeste, y la de la puerta de Tula, por el este. Como la menos transitada era la de San Roque, era lógico que se reunieran ahí… este… de hecho, ya el comandante había estado jugando con la idea de que su escondite estuviera por esos lares; pero la confirmación y la fecha eran justo lo que el comandante Mendieta había esperado por tanto tiempo.

—Ahora sí muchachos, reúnan a toda la tropa—. Con toda felicidad pusimos manos a la obra. Llamamos a todos, hasta a los del pueblo vecino, reunimos las armas y diseñamos el plan de ataque; este… no podíamos dejar que esta vez se nos escaparan. Ahora nada más teníamos que esperar y ser discretos.

Cuando el viernes finalmente llegó, yo estaba emocionado, pero, a decir verdad, al mismo tiempo me sentía un poco temeroso… este… estaba seguro de que nos los fastidiaríamos, pero con tanto guerrillero ahí metido sabía que habría un enfrentamiento y que tal vez morirían algunos de los nuestros. Entonces sentía un poco de miedo de que el muerto fuera yo; siempre me pasaba eso cuando veía la batalla cerca. Pero esta vez había un elemento adicional que hacía más fuerte mi temor: Margarita. Si algo sucedía ya no la vería nunca más y ni siquiera me habría podido despedir como es debido. Este… por eso es que cuando se acercaba la tarde le dije a Rupercio — Óyeme Rupercio, necesito que me cubras las espaldas otra vez. Quiero visitar a Margarita antes de la trifulca—. Rupercio me contestó: —¡Cómo no! Tú sabes que aquí me tienes pa’ lo que necesites, pa’ eso son los amigos—. El comandante había planeado partir del cuartel como a las 8, entonces si me apuraba podría estar más de una hora con Margarita… este… y todavía alcanzarlos cuando estuvieran a medio camino. Rupercio le iba a decir al comandante que yo había ido a hacer una ronda de reconocimiento, pero que los alcanzaría en el camino. Así que sin pensarlo más me fui a casa de Margarita.

—…la verdad… este… no te puedo asegurar que vaya a regresar vivo esta noche— le dije a Margarita y ella se puso a llorar. Yo me sorprendí de que llorara tan de repente y luego luego me puse a remediar la situación. —Pero no llores Margarita, que te ves más bonita cuando sonríes, además de que seguro no me va a pasar nada, tú no te preocupes—. Pero después de lo que le había dicho nada parecía consolarla y su tristeza ya me estaba entristeciendo a mí. Este… nada más la abracé y le seguí diciendo que no se preocupara. Cuando le dije que la quería mucho, en lugar de parar de llorar se puso a llorar más. Ya no sabía ni qué decir para parar ese torrente de lágrimas. Este… ahí estábamos los dos abrazados en un claro entre los arbustos, sentados en el piso, con Margarita llorando a mares, conmigo acariciándole el pelo y diciéndole que no se preocupara, que todo iba a estar bien; pero ella seguía tan triste que yo me estaba convenciendo de que mi muerte estaba cantada… este… era como si estuviera consolando a alguien en mi propio funeral. Después de un rato me levanté, me despedí y le di un beso suave en la boca (aunque cuando iba de regreso con la tropa pensé que le debería haber dado uno fuerte).

Di por hecho que había pasado mucho tiempo con Margarita, pero cuando vi el reloj de la tienda de Don Ángel me di cuenta de que todavía no eran ni las 8. Este… como ya estaba en el norte del pueblo, me puse a hacer tiempo caminando lentamente por las calles. En eso estaba cuando de pronto oí que mencionaban el nombre del comandante. La conversación venía del interior de una casa. Me aproximé a la ventana y vi a tres hombres sentados alrededor de una mesa. —…las cosas ya van a ser distintas después de esta noche— escuché decir a uno de ellos. —¿Pos de qué estás hablando Teodoro? Porque según yo, todo va a seguir igual que siempre—. —Es que les digo que hoy el tal Mendieta va a pagar por todas las que le ha hecho a este pueblo. Me dijo Narciso que los guerrilleros van a tomar el cuartel esta noche… que le pusieron una trampa a Mendieta y que cayó redondito—. No saben cuánto me sobresalté en ese momento… este… casi salgo corriendo a dar el aviso, pero me quedé escuchando a ver si les sacaba algo más. —…le hicieron creer que se reunirían por el camino de San Roque pa’ sacarlos del cuartel a todos, pero ellos van a llegar por el oeste, allá por la puerta de San Telmo, y cuando regrese Mendieta ya van a estar instalados en el cuartel y no va a haber alma que los saque de ahí.—

Me eché a correr de inmediato al teléfono de la tienda de Don Ángel… este… vi el reloj y eran ya casi las ocho. Entré a la tienda y no había nadie, marqué al cuartel, saqué todas las monedas que tenía y las metí en la ranura del teléfono hasta que sonó el biiip del otro lado. Me estaba orinando de la agitación. Sonaron varios biiips y, finalmente, contestó Barrera. —Habla Bartolo ¡Pásame al comandante que necesito hablar con él urgentemente!—. —Mi comandante, me acabo de enterar de algo que nos cambia toda la jugada. Nos pusieron una trampa los canijos, no es cierto que se van a reunir por el camino de San Roque, na’ más nos querían sacar del cuartel para poder tomarlo.— Se lo tuve que explicar varias veces para que lo asimilara.

—Nos salvó de ésta Ramírez. Pero ahora tenemos la ventaja, ellos no saben que nosotros sabemos, así que todavía nos los podemos chingar, vamos a adelantarnos y no van a saber ni qué los golpeó—. Viendo cómo me hablaba el comandante comencé a sentirme muy orgulloso de mi persona. —Sí mi comandante, hasta me enteré de por donde llegarían, entonces los podemos emboscar en el camino—. —Bien hecho Ramírez, pos si no es por San Roque, na’ más quedan el este y el oeste, dígamelo y salimos disparados—. —Este…—. Y entonces se oyó un biiiiip alargado: el comandante había colgado.

El mundo se me derrumbó en ese instante… este… busqué monedas en mis pantalones pero ya no tenía ninguna, entonces empecé a gritarle a Don Ángel, pero no aparecía; tenía que hablarle al comandante y no podía, golpeé la caja registradora hasta romperla, pero Don Ángel ya había hecho el corte y había sacado todo el dinero, lo único que estaba en funciones era el teléfono, justo entonces apareció Carmelita y al ver todo el desastre que había hecho empezó a gritar.— Este…no… Carmelita…no grite… na’ más necesito unas monedas pa’ hablar por teléfono…— Pero ella seguía gritando. Salí de la tienda… este… y comencé a correr hacia el sur, a ver si los alcanzaba antes de que fuera demasiado tarde, pero en el fondo yo sabía que ya no había nada que hacer.