La poesía y el abismo del sueño

Cynthia Pech #37, Reseñas

No existiría el soñar
si la vida no fuese inicialmente sueño.

María Zambrano

Mariana Vacs

 

El sueño es ese fenómeno psicológico y existencial que se produce cuando dormimos y aunque no estamos privados de la realidad, el sueño nos enajena hacia dimensiones que, construidas con vivencias de la vida real, nos transportan a esas aperturas ficcionales de las propias realidades que el abismo del sueño revela.

Decir que sueño es decir que duermo, pero sobre todo, decir que sueño, es decir que accedo a esos espacios temporales de una realidad virtual, paralela, en la que por lo general, uno no muere, sólo trasciende con el despertar y recuerda desde la vigilia. La vigilia es la memoria del sueño, conexión consciente con la realidad y el lazo que irrumpe, a la vez, para recordarnos que lo que soñamos es vida dentro del abismo del sueño. Así, en la vigilia del sueño, la poesía posibilita abrir una puerta hacia afuera: las palabras que encuentran un cause al recuerdo que no olvida, que no muere: el sueño.

De los sueños y sus profundos abismos nos habla el poemario Nadie muere en su sueño, de Mariana Vacs (Rosario, 1967), en el los versos se zurcen alrededor de la lectura de Primero sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz.

Este último poemario de la argentina Vacs, se presenta como una especie de “diálogo” entre la lectura del poema que es considerado como el más importante de sor Juana Inés de la Cruz, y la propuesta poética de la poeta rosarina. Sin duda, de entrada, este diálogo es el que se antoja sugerente a la hora de leer a Vacs y el acercamiento poético que ella hace desde este contexto.

De entrada, cabe recordar que Primero sueño, que se publicó en 1692, es también un diálogo, el de la propia Sor Juana, no sólo entre quien sueña con el sueño, sino entre la el pensamiento (es decir, la filosofía) y la poesía, en una especie de juego que viene de la tradición hermética de la palabra sagrada y mística, pero que, en su ejercicio escritural, Vacs acerca a lo cotidiano a partir de romper el cerco con la brevedad que no obstante, contiene el río de palabras que comunican a ella consigo misma y con el mundo y en relación con la lectura-texto-escritura poética. La poesía, valga decirlo, es considerada una manifestación elevada que puede llamarse “filosófica en tanto se vuelve conciencia en el lenguaje. El ser de la poesía se vuelve saber de sí mismo, es canto especulativo, reflexión creadora”.[1]

Sobre Primero sueño, Paz escribe que:

[…] el poema de sor Juana cuenta la peregrinación de su alma por las esferas supralunares mientras su cuerpo dormía. La tradición del viaje del alma durante el sueño corporal es tan antigua como el chamanismo. Es una creencia que, a pesar de su inmensa antigüedad, requiere como suposición básica una distinción radical entre lo que llamamos alma y lo que llamamos cuerpo. En la historia del pensamiento y la poesía de Occidente esta concepción del alma y el cuerpo como dos entidades independientes y separables.[2]

Pero frente a la razón, el alma está atada y sólo se libera en el sueño. Cuando el cuerpo duerme, el alma despierta. El alma despierta al liberarse del cuerpo, viaja hacia una expedición al mundo del espíritu, en el que el alma, más racional que nada, es consciente de su propio viaje en donde el sueño que lo convoca no es más que un hecho biológico pero que posibilita “una visión racional y espiritual. Su sueño es el vuelo del alma libre de las cadenas del cuerpo”.[3]

Estudios como el de Paz sobre la obra de sor Juana apuestan por tratar de indagar justo en ese lugar del pensamiento hermético hecho palabra; y es aquí donde Nadie muere en su sueño se perfila como un quiebre en la tradición interpretativa sobre la obra de Sor Juana. En principio porque no es esa su intención, la de interpretar, sino la de dejarse llevar por esa experiencia sensible que es acto creativo.

Sí, he de decir que entre el poema de Sor Juana y el poemario de Vacs hay coincidencias. En el poemario la apuesta también es el viaje, no del alma, pero sí de la imaginación que la obra poética de Primero sueño posibilita en función de dejarse ir en esa experiencia que es la experiencia estética de quien lee el poema y escribe lo que le suscita esa lectura. Así, el diálogo entre Primero sueño y Nadie muere en su sueño, es la sustancia que el último aporta y a la vez, se distancia de esa necesidad de desentrañar el “significado verdadero” del poema de la monja. Y en ello radica, me parece, el principio organizador del poemario de Vacs.

Hay que decirlo también, frente al poema de largo aliento de Sor Juana, Vacs apuesta por el poema corto que justo lleva la voz cantante de todo el poemario, a reserva del último poema que, como una especie de epílogo, abre la propuesta dialógica de la poeta con la llamada décima musa, en una especie de intersticio hacia otro género literario: el narrativo. Para muestra, este fragmento:

Como una casa vacía, Casandra ve que Troya quedó devastada. Pero nadie puede ver las ruinas. Se encerró en su desierto de post guerra, aprendió el idioma de los animales, aprendió la lengua de Babel. Pudo ver más allá de su propio pasado, vio la historia como un árbol genealógico interminable. Hasta la primera pestilencia que habitó la tierra y más. Cada recuerdo se transformó en una célula enferma en su cabeza. Cada recuerdo creció en su cerebro deformándolo todo. Todo menos la memoria. Porque la memoria no perdona ni olvida. Durmió noches enteras de llanto mudo. Noches de pesadillas frías- Noches apagadas. Alguien se acercó a su cama. Una mano pequeña revolvió sus sábanas. Casandra quiso abrir los ojos pero ya no era necesario mirar para ver. Lo veía todo desde el sueño. Tomó la mano y sintió amor. Quiso irse, inocente ella, chiquita la mano, a un lugar donde no sea necesario el perdón, porque nunca haya existido el daño. La mano dejó de ser niña y se soltó. Abrió los ojos y desaparecieron las sombras. La muerte miraba desde los espejos. Pero nadie muere en su sueño y respiró.[4]

Sin duda, la escritura es libertad creadora. Una libertad que la poesía cultiva de manera significativa ya que su apuesta es la de transgredir el lenguaje hasta donde las palabras lo permitan. Por esta cualidad es que quizá a la poesía se le ha llegado a considerar un no género literario per se o bien, una comunicación singular. No obstante, si algo es la poesía, es el utópico lugar a donde las palabras conducen y reconducen: a ese claro sumidero del deseo que, al ser nombrado, es traído a la experiencia y eso significa que lo que no es, sea.

En el caso particular de la escritura de Mariana Vacs, su poética se caracteriza por ser una poesía de la brevedad que se perfila siempre sobre el borde de la experiencia vivida. En Nadie muere en su sueño, la poeta apuesta por reflejar, en su propia voz, ese eco de la música que, aún hoy, sigue siendo perturbadoramente sugerente: la de la décima musa y con la que en este poemario establece el diálogo en dos registros: en un primer plano, una escritura que trasciende la idea de que la comunicación poética está plagada de obstáculos y en un segundo plano, que en su poética hay una necesidad de comunicar eficazmente y desde lo inmediato, a partir de traer su experiencia, como lectora de Sor Juana, para dibujarnos instantes cotidianos y con ello, recordarnos que cuando se nombran las cosas, la palabra se convierte en el humo que se escribe en el aire y entonces: la poesía brota del sueño que no duerme para Saberse:

No soy totalidad:
Es imposible ceñir el ancho del universo.
No soy responsable:
La sensatez batalla con el alma
Y enloquece.

Puedo aceptarme, entera,
Como barco que aborda
La deriva de un delta y se estremece.[5]

En Nadie muere en su sueño la experiencia es clave fundamental de la voz poética que recorre la beta de la lengua de agua que abre el cauce de la imaginación y como si no fuera suficiente, su barco es ese que aborda la deriva de un delta y se estremece. Así, la pura anécdota se evapora en un suave canto en este homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz, en el que como en su Primero sueño, la punta altiva de su flecha -pese a quien le pese- hunde su aliento hacia los razonamientos más existenciales como la cotidianidad misma que resuena en ese silencio que la habita; la espera que es el vacío que se repite en las lenguas que se escapan con los idiomas que no se entienden, o en el fuego que la incendia toda al punto de inmolarse sabiendo que la única certeza es arena que espesa el sentido último del silencio, es decir, la nada: el demonio que acosa los sueños pero no mata. Lo sabemos, no hay muerte posible cuando se sueña.

Sin duda, en este poemario se hace vigente la urgencia de tejer cada verso disgregando la palabra para dar forma a la única arma que la poeta conoce: las sagradas puertas de sus resquicios que se despliegan cada vez que escribe, así como la décima musa que, con su poesía, nos dio la posibilidad de acercarnos a transgredir el orden elemental de las cosas y descubrir la desnudez del verso que agita la mano, urge la mirada y arrastra las posibilidades del poema a ese rincón de la noche donde sabemos que nadie muere en su sueño.

 

Bibliografía

  1. Sigmun Méndez, “Poesía filosófica”, en Blanco Móvil, No. 83, pp. 3-4, México, 2000.
  2. Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Seix Barral, Madrid,1982, p. 472.
  3. Mariana Vacs, Nadie muere en su sueño, Diablura Ediciones, Toluca, 2016.

 

Notas

[1] Sigmun Méndez, “Poesía filosófica”, en Blanco Móvil, No. 83, México, 2000, p. 4.
[2] Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Seix Barral, Madrid,1982, p. 472.
[3] Ibídem., p. 485.
[4] Mariana Vacs, Nadie muere en su sueño, Diablura Ediciones, Toluca, 2016, pp. 41-42.
[5] Ibídem., p. 14.