Postales de camino

Marialy Soto #34 - Estética de la mirada, Voz Abierta

24 de mayo del 2015

 

Elementos cartográficos para evocar ausencias:

  • Mis dos pies
  • Tú huella estampada en color azul
  • Cuatro horas y ocho minutos

 

12:15 pm. Puerta principal del Reclusorio Oriente:

Hola, aquí estoy, sentada en la banqueta escribiendo en mi libreta para ti. La tarde luce un sol que parece tímido sobre un cielo casi cerrado, casi gris. Atrás de mí el solemne presidio de concreto, donde habitas tú, se levanta sobre un gran terreno: tajantes los muros que cruzan el paisaje y detienen de golpe la mirada. Al frente la calle con su rumor de domingo que se esparce sobre la Avenida Reforma entre puestos ambulantes con bochornos bajo las lonas y verdes racimos de pápalo. Un tufo espeso de carbón encendido, irritante, el señor que vende pollos se talla los ojos, y un soplo de cartón dispersa el humo. Guardo el celular en la pequeña bolsa lateral de mi mochila, la recojo del suelo y la cuelgo en mi espalda. Preámbulo de una promesa cuyo cumplimiento inicia aquí, cuando comienzo yo misma a recorrer los pasos que tu sentencia te niega. Me pongo de pie, doy la vuelta, repaso con la vista una y otra vez la distancia que hay entre tu encierro y mis dos pies, recuerdo tus palabras cuando me entregaste esta hoja pisada con la huella de tu tenis de color azul «Tú no lo sabes ¿cómo lo vas a saber?, no puedes saberlo. Cuando sales, cuando pisas afuera te quedas en blanco por un momento, no se sabe ni qué, ni hacia dónde; sientes como si algo te apretara el pecho, es como una extraña alegría. Esta vez ya la pensé, ya sé cuál es el primer lugar al que quiero ir cuando salga de aquí».

 

12:19 pm. Periférico Oriente:

Cuando llegues a esta esquina quizá verás cómo el amotinamiento cotidiano de automóviles, camiones, motocicletas, uno tras otro, parecen varados sobre el chapopote caliente que se tiende como una alfombra negra, avanzan lento a paso de llanta, y el estrépito sofocante de los motores encendidos por momentos aturde el cielo. Detente, espera solo un poco… y si escuchas bien reconocerás el mecánico sonido que rechina una y otra vez para sacar las tortillas.

 

12:30 p.m. Canal de Garay:

Miro mis tenis y la agujeta derecha desamarrada sobre la acera me obliga a detenerme; he caminado casi quince minutos, trazo una línea imaginaria con mis pasos y supongo que no estamos tan lejos. ¿Qué es la distancia?, ¿cuántos tipos de distancia existen? De aquí a ti son mas o menos cuatro cuadras grandes o, ¿cómo se le nombra a la distancia que se mide por años?, ¿sentencia?, ¿separación?, ¿tiempo?, ¿ausencia? Termino de atar mi agujeta, continuo caminando, un viento pasa y refresca la tarde, los coches comienzan a avanzar y justo en lo que parecía un arranque afortunado una señora hace la parada al microbús que en seco somete la marcha de algunos autos y, claro, no falta el claxon con la típica mentada de madre que pone tensión el paseo familiar en coche.

 

12:53 pm. Benito Juárez y Anillo Periférico:

Te pienso y en este momento concibo mis pasos como la experiencia que se incrusta una y otra vez en el recuerdo del acto simple de dar un paseo. Añeja memoria donde percibir el suelo cobra sentido. El vuelo de la torcaza reposa en el pautado cableado de esta calle donde la vida cotidiana habita en el uso de todos los objetos, sentido puntual de las horas que desgastan el tallar y tallar de la escoba de aquel señor con gorra roja que barre únicamente el cachito de calle que da frente al portón de su casa. Intangible distancia entre mis dos pies y el presente de un aquí al que le faltas.

 

13:23 pm. Ermita Iztapalapa:

Hasta aquí el camino tiene esquinas que se apilan como esas bolsas repletas de basura, el aire de escape se azota sobre el eco plástico de la boca de una botella de refresco que se arrastra, que se raspa contra el desgastado asfalto y, sí, todo es gris, de suelo a cielo todo es gris. Cae la primera gota, pequeña gota que me obliga a mirar al cielo, yo no veo las nubes como las miras tú, yo las miro sin pensar en horarios de patio y, la verdad, otras veces ni me acuerdo que hay que mirar para arriba.

 

13:39 pm. Metro Escuadrón 201:

Repartidos cachitos de lluvia, cauto el chipichipi que se desprende de este cielo gris que de pronto brizna así nomás para quitarse el sofoco de un sol que no se ve pero que suda. Estoy parada en la explanada frente a las puertas del metro, algunos puestos de metal cerrados y cubiertos, sujetos por una gran cadena de hierro que se enlaza por sus extremos con un par de candados, parece que el agua dispersó el paseo de domingo. Un poste de luz marca la división entre la parada de camión y el puesto de jugos color verde del que cuelga un letrero de cartulina anaranjada con las letras escurridas de llovizna: jugos, pollas, aguas y licuados.

 

13:47 pm. Auditorio Quetzalcóatl:

La llovizna se estrella contra mi rostro impulsada por uno que otro aire que de sorpresa sosiega el sonrojo de mis mejillas. ¿Sabes?, no esperaba que la lluvia brotara y alborotara este calor de domingo, no hace falta que me ponga el suéter porque caminar hace que no sienta frio. Llego a la pequeña plaza que aloja el Auditorio Quetzalcóatl, teatro que sirve para la vida cultural de la Delegación; de pronto, el chipi-chipi desaparece, la plaza queda por un momento muda y de a poco el agolpamiento de los pasos vuelve a esparcir los bullicios de familias con sus dinámicas de día de descanso y uno que otro helado de grosella que pinta la boca de esa niña con trencitas de colores que corre hacia el señor que dispara burbujas de jabón.

 

13:58 pm. Metro Atlalilco:

Me siento sobre una jardinera, saco mi pluma y anoto algunos detalles del recorrido. El apretado olor a balata quemada me hace voltear de reojo la mirada, sigo escribiendo porque no puedo evitar conmoverme por todos los detalles que quizá olvidaré contarte. Despiadado presente donde a cada paso mío tu huella punza como la evidencia viva de tu ausencia, el futuro alienta porque promete el fin de tu sentencia donde la posibilidad de andar por estas calles y puentes, que ahora yo recorro, se acerca, y serán tus ojos, serán tus piernas y tus dos pies los que transiten por los recuerdos pendientes de un tiempo que se ha sentado a esperarte.

 

14:20 pm. Avenida Tláhuac:

De tajo el cielo se vuelve gris y se desploma dividido en goterones, camino rápido y mi playera empapada se estampa en mi pecho con ventiscas casuales. Me refugio debajo de este voladero de macetas que se asoma del segundo piso de un edificio color melón; caprichosa y precipitada la forma en que la topografía de las líneas de banqueta se desborda, las inclinadas corrientes de suelo luchan por llevarse la lluvia, pero enseguida el flujo se hace charco y se ahoga en el estancamiento de la única coladera de esta cuadra.

 

14:41 pm. La Viga:

Aprovecho que la lluvia se volvió llovizna y sigo el transcurso de la ruta que recorre estas distancias desiguales, con tiempos que se desbocan y chocan de frente con tu condena que, resignada, repasa hora tras hora la separación, el muro y el anhelo que impide y posibilita tu aquí futuro.

 

14:48 pm. Gasolinera:

Cruje entre nubes el rigor del cielo, por cachos se tumba sobre esta ciudad que no entiende de lógicas con climas y lloviznas pasajeras; decido esperar afuera del Oxxo de una gasolinera a que el agua pase, me pongo a mirar los carteles pegados en los vidrios y los colores lucen resecos de sol, cuando salgas y observes todas estas imágenes encontrarás ligeros cambios que inventarán los publicistas en turno; se abre la puerta del Oxxo y la luz blanca que zumba bajito escapa junto al aire acondicionado que se siente en la piel como un frio artificial pero ya conocido.

 

15:09 pm. Río Churubusco:

Arrebato de corriente, voluntad que sopla y se lleva de la mano los racimos de nubes grises. Cielo azul raso que aparece sin matices que lo anuncien como si se hubiera amputado la lluvia, como si se contemplara en paz sobre los charcos pasmados que se descuajan al pasar de los coches.

 

15:21 pm. Ermita y Tlalpan:

Aquí el mapeo de la ciudad se corrompe por banquetas sembradas con árboles que delinean la orillita de calzada que se extiende de Eje a Eje. Destiempo que circula entre un verde, un amarillo y un rojo. Coches y motos, paradas de camión que contemplan esta acera casi vacía donde sólo queda uno que otro charco encajado como espejo.

 

15:32 pm. Viaducto:

En este punto la ruta se hace nudo y sale a flote un islote de ciudad que alberga una gasolinera, cruce de desniveles que se entierran en el suelo por vías de tránsito que va y viene según la dirección que se ocupe en el momento. Tendrás que estar atento y seguir la sincronía de los coches que marchan sin intención de detenerse. Centrada sobre el toldo café de un Maverik 1967 una banderita nacional se ondea en el mástil de una antena.

 

15:45 pm. Metro Eje Central. Línea Dorada:

De este lado la Ciudad parece haber dejado atrás la espaciada ordenación industrial, cuando llegues hasta aquí, estoy segura, te asombrarán los nuevos edificios que se alzan como promesas a crédito y con enganches que cimientan la familia y la propiedad privada, las torres de apartamentos te harán sombra y el paisaje será uno y el recuerdo otro.

 

15:57 pm. Uxmal y Popocatépetl:

Camino sobre una calle con camellón de médula jaspeada de palmeras y jacarandas, el silencio de aire murmura contra las hojas que se mecen con sus ramas espigadas, la vista disfruta la tregua de un paseo con el horizonte arbolado, un viento de coche pasa y alborota un montoncito de hojas secas que en tolvanera se levantan empolvadas para volver a caer unos cuantos pasos adelante y así repetirse a cada viento. Ahora me gustaría escucharte contándome cómo eran las calles de tu infancia.

 

16:13 pm. División del Norte y Emiliano Zapata:

Nuestra distancia va más allá de la separación medida en horas de trayecto, el tiempo sólo delata la frágil memoria que pugna por quedarse en cualquier fragmento de algún momento y así la alquimia del recuerdo se haga con olor a algodón de azúcar, con sonido reventado de palomitas de maíz y con chiflido de globero; espectros de tiempo que parpadean, galope de tregua que busca que esta vida no se gaste y que el futuro nos alcance para encontrarnos en esta esquina como a esta hora.

 

16:23 pm. Parque de los Venados, Municipio Libre y Dr. José María Vértiz:

Llegué. Aquí estoy evocando en este parque tus tardes de patineta, cronología de horas que apelan a visiones por donde prófugo te paseas y yo te nombro mientras recorro las veredas de tezontle. Una muchacha en bicicleta pasa y deja sonando la estela de aire que choca contra los rayos de aluminio que giran sobre su paseo de domingo, y tú allá con los ojos clavados sobre un cacho de cielo donde el único desfiladero es el tiempo. «A ti querida vida mía, señora con la que vivo, te repito que resignarme sería no tener ganas de vivir».

 1.1