Participación Ciudadana

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Participación Ciudadana

 

I.

¿Qué es la “cultura política”? Entre las razones que se cuentan para dificultar una respuesta de fácil acceso a este interrogante (vital para la constelación política contemporánea), se encuentra, sin duda, el hecho de que en el ámbito de la vida política normatividad y hechos civiles suelen intercambiar significados. Por cierto que nos referimos siempre al discurso público que, bien desde el Estado o bien desde la llamada “sociedad civil”, introduce efectos retóricos y performativos sobre el debate común. Podría decirse que entre ambos espacios, que la teoría quiere por siempre separados y bien delimitados el uno del otro, lo que suele ocurrir en realidad es la puesta en marcha de una deconstrucción insoslayable.

Pensemos en un ejemplo: el multiculturalismo, ¿es un hecho civil o una normatividad en demanda de regulación jurídico-social? Sería muy difícil referirla exclusivamente en términos de una condición de la ciudadanía propia de la globalización; sería igualmente inútil pensarla en los meros términos de una lucha por el reconocimiento o una demanda de identidades anti-históricas y lógicamente precedentes a cualquier relación social. En lugar de ello, casi podríamos argumentar que el multiculturalismo no forma parte del reconocimiento de ninguna diferencia cultural, sino que de hecho su surgimiento en la discursividad induce la diferencia cultural sobre la que luego aplica medidas de regulación.

Pensado de esta manera, la performatividad del discurso nos permitiría comprender que los actos que realizamos a través suyo –y principalmente en la vida política- hacen indistinguible, en última instancia, la norma de los hechos. ¿Pasará algo similar con la noción de “participación ciudadana”?

II.

La administración centralizada en la forma-Estado ha querido fijar el marco normativo de la “participación ciudadana” únicamente en el rubro de las políticas públicas; así, cualquiera que, sin formar parte de ningún partido político, deseara tomar parte dentro de los asuntos públicos debería tener –al menos en teoría- la posibilidad de desahogar esa inquietud dentro de las vías institucionalizadas que previamente se han diseñado para ese fin. De tal manera que entre ciudadanía y Estado se genera una co-responsabilidad por las decisiones efectuadas, sus consecuencias pero, y esto es lo medular, también se da una co-responsabilidad acerca de la finalidad de las acciones realizadas por este conjunto.

Sin duda se trata de la generación de una nueva cultura política sumamente positiva, que trata de apalear los vicios de los regímenes democráticos en el orbe; a saber, aquellos del clientelismo y demás efectos de la oclocracia.

Pero, con todo y todo, queda algo que no aparece suficientemente aclarado. En la puesta en acción de este diseño cívico de participación política persiste un problema inquietante: a menudo la ciudadanía cuenta con canales de participación que, empero, no son canales de deliberación. Se puede participar, pero sólo dentro de los marcos diseñados por las instituciones. ¿Puede la ciudadanía modificar, proponer, deliberar sobre nuevos marcos que amplíen los espacios de ejercicio y control ciudadano sobre los asuntos públicos? Creo que en esta pregunta radica lo principal de la “participación ciudadana”.

La estrategia que defenderé para responder a los interrogantes planteados consiste en postular una teoría pragmática de la política. Empleo el término de pragmatismo tal como fue empleado por los estudios derivados de las propuestas de John L. Austin en ¿Cómo hacer cosas con palabras? A partir de este trabajo, el filósofo del lenguaje ha defendido que pueden distinguirse nuestros enunciados entre constativos y performativos: los primeros describen el mundo, los segundos actúan en él. De este modo, una promesa no es ni verdadera ni falsa, a lo sumo es exitosa o fallida en la medida en que mueve o no a la acción que plantea. Prometer, además, es hacer algo en sí mismo. Pues bien, a partir de esta idea Judith Butler ha defendido que el género también debe pensarse en clave performativa: no se trata de “roles” que “expresen” características inherentes a los sexos; por el contrario, el género produce la diferencia sexual a través de la actuación reiterada de normas que constituyen el género.

La teoría performativa de Butler es, a su vez, una teoría más amplia acerca de la formación de identidades sociales en general, entre las cuales las de género son unas y no de las menos importantes. Pero actualmente tampoco existe nadie en el mundo que, además de género, no adscriba a alguna identidad nacional, civil o política, so pena de sufrir la terrible acosmia de todos aquellos que, por diversas razones, han perdido su cualidad de ciudadanos de algún estado-nación. Tal estado de desprotección es tanto o más riesgoso que la violencia de Estado.

Mi propuesta consiste en afirmar que, de la misma manera en que se performa el género mediante actos que citan la autoridad de discursos anteriores, también sucede con las identidades civiles: la ciudadanía no sería, así, una condición fija, estática y preestablecida por los lineamientos del Estado, sino un “efecto de realidad” que sólo puede provenir de su reiteración en una temporalidad social. Muy bien podría ocurrir que el tiempo fuera el horizonte que hace posible plantear la pregunta ontológica fundamental, pero me interesa pensar la temporalidad como una condición comprometida con lo social dentro de una ontología constructivista y pragmática. De aceptarse lo anterior, podríamos hablar de una teoría de las “pragmáticas civiles” que performan e instituyen a las identidades civiles y las diferencia culturales dentro de una matriz de sentido social, histórica y sumamente maleable. Esto implica que la ciudadanía no está predeterminada de antemano, sino que la propia participación ciudadana sería capaz de modificar, transformar y condicionar el ejercicio del poder y de las libertades civiles mediante la reiteración de actos civiles capaces de ampliar los significados de la democracia, los derechos y la ciudadanía misma. En la repetición radica la diferencia.

Es por ello que, a mi juicio, el sintagma de “participación ciudadana” adquiere todo su sentido si pensamos que a través suyo lo que se nos impone como evidencia es el hecho de que no hay ciudadanía sin participación y que, a su vez, la participación trasforma las condiciones del ejercicio y el entendimiento de la ciudadanía. La iterabilidad (repetición en diferencia) es un dato fundamental de toda temporalidad social instituyente-destituyente-instituida. Si esto es así, las nuevas formas de política -sumamente dinámicas, descentralizadas y decididamente ciudadanas- tienen muchas vetas de libertades por explorar.

Las fotografías pertencen a Chema Madoz, pueden verse en

http://www.mundo-geo.es/fotografia/fotografos/fotografo-espanol-chema-madoz?image=4

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