Del fundamento terrorista de toda moral universal pasada y por venir

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Del fundamento terrorista de toda moral universal pasada y por venir

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El título de este breve escrito parecerá prestarse a un intento de provocación. Quizás lo sea en cierta medida, aunque el objetivo que me propongo es bien diferente. Se trata aquí, en efecto, de mostrar sucintamente que no hay nada más peligroso, tanto en el ámbito del pensamiento como en el de la acción, que darse como meta la realización de la idea de bien, sea lo que sea que se entienda con ella.

Empezaré por delimitar este propósito excluyendo por ejemplo la filosofía del derecho de Hegel, en la medida que la idea de bien (la libertad) que el Estado tiene como programa realizar está —en tanto que sólo el Estado puede llevarla a cabo—, liberada de todo peligro de fanatismo, ya que la intención moralista del individuo particular de hacer el bien y evitar el mal (y en ello consiste precisamente toda forma de moral, y quizás todo el espíritu metafísico del hombre) se limita precisamente a una intención que debe, sin embargo, obedecer a una norma que no viene de él mismo (una supuesta ley moral que le dicta su consciencia), sino del exterior: la ley civil que instaura el derecho. Un hombre “bueno” tiene la conciencia limpia cuando obedece a la ley plasmada en la Constitución; pero, asimismo, a partir de entonces, un hombre “malvado” no es sino aquel que no respeta la ley, es decir, un delincuente.

La ventaja de esta teoría del derecho, sintetizada aquí al extremo, es que integra a su dialéctica un momento que corresponde a la “conciencia subjetiva” (la intención moralista), que toma en cuenta lo que otras teorías sobre el Estado en absoluto moralizantes —Maquiavelo, Hobbes, Spinoza— minimizan al mostrar (y con bastante razón) su inanidad.

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Se trata efectivamente de una ventaja: el espíritu del pueblo en general está tan frecuentemente obnubilado por esa voluntad supersticiosa de saber a priori lo que significa el bien que, cuando no se le tranquiliza mostrándole que su voluntad es satisfecha en el momento mismo en que obedece a lo que el estado de derecho le ordena, tiene la sensación de ser desposeído, de obedecer ciegamente, de —precisamente— no ser libre. Luego, la incorporación de dicho momento a la dialéctica de la realización de la libertad por el Estado, por ilusorio que por lo demás pueda ser dicho momento, tendría que ser capaz de asfixiar de entrada todo espíritu de rebelión o de oposición: “usted quiere hacer el bien; excelente, pues dicho bien consiste en respetar la ley que se le muestra aquí.”

El ardid, por desgracia no siempre eficaz, que emplea quizás a su propia espalda Hegel -explicar al individuo que su voluntad moralizante sólo puede ser llevada a cabo por la aplicación de la ley universal del derecho-, que los autores antes citados consideran innecesario, toma en consideración, así pues, un fenómeno del cual uno estaría inclinado a pensar que se halla profundamente enraizado en la mentalidad humana. Fenómeno que se encuentra también en el origen de gran número de manifestaciones y actos terroristas de menor o mayor envergadura.

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Tan enraizado quizás que cierta lectura del Génesis de la Biblia podría hallar en él lo propiamente humano: la idea aberrante, desagradable ante los ojos del propio Dios, de que el hombre —creación o producto de la evolución, pues en lo que respecta a nuestro tema viene a ser lo mismo— posee milagrosamente en su seno —en su corazón, en su razón, o en alguna otra parte de sí— el conocimiento de las nociones de bien y de mal. Es por haber mostrado tal arrogancia que Dios habría expulsado a Adán y Eva del Paraíso —hermosa metáfora que muestra, lejos de la tibia moraleja que se le hace decir habitualmente, que el infierno de los hombres comienza en el momento mismo en que cada individuo se adjudica dicho conocimiento e intenta llevarlo a cabo por un medio cualquiera. Razón por la cual, también, Dios habría actuado con el fin de evitar dicho infierno terrenal al otorgar a Moisés las leyes en las cuales consiste, para Él, realmente el bien, y que el pueblo por sí mismo ignora. Una vez más, si el pueblo quiere gustar a su Dios realizando el bien, no tendrá más que respetar la ley que aquel le dicta por medio de un profeta que es al mismo tiempo, en la figura de Moisés, rey, gobernador, legislador: ley civil y ley moral son aquí una sola y la misma.

Por desgracia —y la historia bíblica lo muestra abundantemente— el rey y el profeta rara vez coinciden. Así, el pueblo que lee un libro en el que un rey que aquel considera como el único profeta habiendo explicado por fin en qué consiste el bien que gusta a Dios, no tardará en ver en su rey actual un individuo que no obedece completamente dicha ley. El pueblo operará así una escisión perfectamente ilusoria entre el bien real —el que muestra la ley civil— y el bien que cree comprender a partir de su lectura —el bien expresado por la voluntad divina, la ley moral. Fenómeno inevitable, puesto que lo propio de la ley civil es adaptarse a la transformación de las costumbres y de la voluntad de un pueblo, luego cambiar, mientras que la ley escrita —por el hecho mismo de que está escrita: verba volant, scripta manent— parece fijada de una vez y para siempre. La duplicación es evidente: se estima que el gobernante conoce, como el pueblo, el bien, puesto que está claramente escrito en un libro; pero prefiere hacer el mal. La ilusión es menos evidente: el pueblo ignora que la ley moral coincidía con la ley civil únicamente durante el tiempo en que rey y profeta coincidían, y nunca más, y que a partir de entonces todo soberano que cambie la ley será enemigo de Dios.[1]

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Los ejemplos históricos de esta duplicación son innumerables, baste con recordar el divorcio de Enrique VIII de Inglaterra y las múltiples sediciones que ello despertó en el pueblo inglés (Dios —luego el Papa— condena el divorcio; mi rey se ha divorciado; luego mi rey y sus leyes son malas) o, más recientemente, pero en cierto sentido en el mismo tono, la legalización en Francia del matrimonio homosexual (Dios —y el Papa, y yo mismo según mi noción sobre lo que es “natural” y bueno, y lo que no lo es— condenamos el acto homosexual; el gobierno lo institucionaliza; luego el gobierno es malo).

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Naturalmente, la moral no requiere siquiera de un modo general un fundamento divino —lo que paradójicamente la vuelve con frecuencia más peligrosa aún. Platón, por ejemplo, cree encontrar en su alma las ideas absolutas e inmutables de Bien, de Virtud, de Justicia, de Verdad, lo que le permite declarar que es a partir de ellas que debe gobernarse una verdadera República —y expulsar de ahí a todo aquel que se oponga a dichos valores incontestables, como el artista, que en lugar de reproducir las ideas en su obra reproduce el mundo sensible y, así, miente. Se recordarán aquí las políticas de “bien del pueblo” de Mao Tsé-Tung y de Fidel Castro, entre muchos otros ejemplos —y aquellos autores que ensalzan aún la política comunista como única salvación de la justicia, como Alain Badiou, no estarán en desacuerdo—, que expulsan o ejecutan a todo aquel que no entiende la Verdad y el Bien que dichos gobiernos buenos realizan. —Kant, por su parte, encuentra en su consciencia misma la idea incontestable del acto bueno: se trata de aquel que corresponde a una buena intención, la cual consiste, según el imperativo categórico, a suponer que la máxima de la acción pueda volverse una legislación universal. Resulta innecesario a partir de entonces encomendarse a un dios cualquiera, puesto que, como lo afirma Kant, “la ley moral está en mí”. Bellas y laicas palabras que no se encuentran al abrigo, sino todo lo contrario, del fanatismo religioso: si uno imagina a los hermanos Kouachi transformando la máxima de su acción (el asesinato de periodistas satíricos) en ley universal, tal imperativo no puede más que fundamentar una idea en sí aberrante e incluso convencer del peso de la necesidad de su realización (“todo el mundo debe eliminar a quienes se burlan del profeta, pues mi consciencia de ser racional me indica que ello está mal —lo que significa que eso no gusta a Alá”). La universalización de dicho imperativo categórico fundado en una razón posiblemente trastornada no hace más que detonar una acción cuya intención era desde un inicio fanática. Se observará, al mismo tiempo, que lo que gusta a mi razón, gusta necesariamente a Dios, pues es de Él que proviene, aunque sea hipotéticamente, mi buena consciencia (“detesto tal cosa puesto que se opone a lo que mi consciencia me dice, luego Dios la detesta”).

Alain Badiou

Alain Badiou

 

En una palabra, y para no abundar en ejemplos que todo el mundo conoce, el punto que tiene en común toda forma de terrorismo —tanto intelectual como bélico: que nos permite pensar conjuntamente en Sartre, Pétain, Hitler, Hugo Chávez, los dirigentes de toda tentativa de Estado islámico, por citar algunos nombres recientes casi al azar— es que cada uno piensa a su manera que los actos que lleva a cabo, que impugnan punto por punto los fundamentos de la legalidad constitucional, de la libertad jurisdiccional de naciones, del respeto del individuo, de la libertad de expresión, son necesarios para, por fin, esta vez sí, instaurar el bien. En este sentido debe entenderse la justificación que hace Sócrates en el Protágoras de Platón, como buen moralista, de toda maldad (lo que significa de todo crimen y de todo delito) por medio de las buenas intenciones: “nadie hace el mal voluntariamente”. Porque, precisamente, la voluntad buena, las buenas intenciones, parecen limpiar de antemano todo proyecto sanguinario y bárbaro.

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En otras palabras, lo que caracteriza a toda forma de terrorismo —a todo tipo de fobia de lo “otro” (cultura, raza, religión, ideología, etc.)— es que dicho “otro” es sistemáticamente considerado como otro del “bien”. No hay, en efecto, idea que haya producido más desastres, más catástrofes, más muerte, que la idea de bien. Es ésta, y no la idea de un dios, cualquiera que éste sea, la que incita, convence, enardece los corazones de los hombres a, paradójicamente, hacer el mal —es decir, a infringir la ley civil. Es luego la moral —política o religiosa, pues el resultado es el mismo­—, toda forma de ideología que halla su origen y fundamento en la idea de un bien diferente del que el Estado real, actual y terrenal (que por fortuna siempre cambia, se cuestiona a sí mismo, modifica con el tiempo sus leyes), la que define mejor la necesidad metafísica del hombre a la vez que su odio hacia todo otro que sí mismo; es en suma en la búsqueda del bien que encuentra su origen y fundamento toda acción terrorista —de Rousseau, de quien Robespierre leía una página del Contrato social antes de activar la guillotina, a los actores de la cada día más presente djihad.

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Se observará, como se ha señalado antes, que el carácter escrito de tal o cual moral —luego, su carácter fijo­­— no puede sino dar razón al pensamiento terrorista: “está allí, escrito claramente —en el Corán, en el Talmud, en El capital—, luego es verdad, y la verdad, como la escritura, son siempre ellas mismas”. La ley civil, que es la única que puede establecer de forma necesariamente provisoria —determinada en el espacio (por los límites territoriales de un país) y en el tiempo (por una forma particular de gobierno)— la paz y la libertad de los individuos, es, ha sido y seguramente será siempre pisoteada por la tenebrosa moralina, tan intransigente como fundamentalista como ha mostrado poder llegar a ser a lo largo de los siglos. Si el hombre es un lobo para los hombres, como lo escribe Hobbes, no significa (como lo afirma la mediocre y ya moralista lectura de Rousseau) que Hobbes considera al hombre como malvado, sino justamente que, sin una ley exterior, el hombre cree siempre ser bueno y tiene la desafortunada idea de compartir su bondad e imponérsela a los demás, aniquilando de paso a todo aquel que considera como obstáculo a su realización. En otros términos: el único y verdadero lobo para el hombre es su consciencia moral, que Spinoza llama acertadamente superstición. El siglo XXI, con sus numerosos fanáticos religiosos, políticos, ideológicos de todos los colores —la temible amenaza roja se ha convertido casi imperceptiblemente en amenaza verde— promete recordarnos como casi cada siglo la nefasta inmortalidad de dicha concepción terrorista. “No hay nada nuevo bajo el sol”, escribe en el Eclesiastés el sabio Salomón; el hombre que en el origen dejó el Paraíso y prefirió crearse un Infierno a su medida promete continuar su proyecto por los siglos de los siglos, amén —en virtud de sus buenas intenciones.

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Notas

[1] El Tratado teológico-político de Spinoza tiene por principal vocación prevenir del fanatismo de una lectura al pie de la letra las Escrituras, en donde debe leerse simplemente un mensaje claro (“Amad a Dios por encima de todo”), acompañado de algunas metáforas que incitan a la generosidad —y en ningún caso leyes o normas.

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