El hombre justo

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El hombre justo

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En el camión de regreso de Cuernavaca hablé con un hombre que parecía mayor, luego supe que tenía 40 años. La plática comenzó cuando hablé por teléfono con mi esposo y él, que estaba sentado junto a mi, comentó que era una suerte que a mi edad todavía tuviera un marido que se hiciera cargo de mi cuando la corrupción, los divorcios y la infidelidad reinaban en el mundo. El hombre traía en las piernas un libro que decía “El maestro” y le pregunté que si lo era, entonces me aclaró que no osaría nombrarse así, Cristo era el único maestro.

¿Tiene usted alguna religión? le pregunté, y contestó no porque da igual cualquier religión, Dios no hace distinciones, quiere a todas sus criaturas y habla para todos a través de la Biblia.

Oí de buena gana su discurso que sentí venir como si hubiese respondido a una demanda mía y quisiese de pronto salvar mi alma. Primero habló del amor que Dios tiene a los que lo recibieron y el odio que desata ante los que no lo reconocieron. Y de ahí inició una diatriba contra el pueblo de Israel.

Los judíos eran para él los enemigos, y me acordé de mi padre que los consideraba enemigos del mundo ¿De dónde saldrá ese estigma, esa interpretación que identifica a los judíos como los enemigos de Dios y de la humanidad?

Le pregunté por el Holocausto, ¿cómo se explicaba él ese crimen contra los judíos?

El holocausto dijo, bueno antes se sacrificaban animales a Dios y empezó a dar vueltas por los cerdos y los corderos pero lo conminé a explicarme ese suceso histórico y no tuvo otro remedio que abordarlo.

Antes había dicho que Cristo había traído a la tierra 2,000 años de paz, ¿de paz?, le dije, ¿pero cuándo ha habido paz en la humanidad? Los griegos, los romanos, los vikingos, los bárbaros, las cruzadas, la Inquisición, los Borgia, etc., etc.

Bueno, bueno, dijo sí, en realidad no ha habido paz porque está el maligno siempre azuzando a la gente a rebelarse contra Dios.

Dios había elegido a Israel, era su pueblo y nosotros los demás humanos estábamos destinados a ser sus esclavos, sus siervos, nos dominarían y nos tratarían como tratamos a los perritos, eso no se entiende porqué, pero así lo había decidido Dios y aunque no nos gustara teníamos que obedecer. Entonces sucedió algo increíble, ¡ellos. el pueblo elegido, el pueblo de Israel. no quiso reconocerlo! y cuando vino a la tierra lo mataron.

Cristo murió a manos de ellos para salvarnos a todos. Por eso Israel de pueblo elegido pasó a ser condenado como pueblo maldito. Dios no lo castigó con el Holocausto, lo juzgó y encontrándolo culpable tenía que pagar. ¡Se lo merecía por lo que hizo!

¡Cómo quisiera que Ud. leyera el Apocalipsis! me dijo, porque ahí Dios predice la maldición: vendrá el anti-Cristo y los judíos lo reconocerán como si fuera el Mesías que están esperando y no podrán entrar al Reino de los Cielos.

Todos los judíos son ricos ¿no se ha dado cuenta? controlan el dinero, nos quieren dominar, nos engañan.

Yo creo en un Dios que acepta a todos por igual pero los judíos se han portado muy mal y no puede dejar de condenarlos.

El predicador me leía citas. Efesios 11.2 … mire como dice Dios esto o lo otro. Para sustentar su veracidad, estaba seguro de que no era su palabra, sino la de Dios la que salía de su boca. Cada vez hablaba mas fuerte, la gente del camión volteaba y él se enardecía, hay gente a la que le molesta la palabra de Dios, me dijo, pero hay que aguantar su rechazo y contestaba las miradas de los pasajeros, a mi me han perseguido y yo les digo: hermanos, Dios los ama y los perdonará.

Se me ocurrió preguntarle que cómo había llegado a convencerse de la doctrina que predicaba con tanta fe y ahí pude agarrar el hilo de su delirio.

Yo era un hombre pecador, el peor. Bebía, tenía mujeres, engañaba, peleaba y un día vinieron a tratar de convencerme unos “aleluyas” de que Dios me llamaba, me quería para Él, si ya sé los dije, alegaba yo, Dios quiere a todos, no, no quiere a todos te quiere a ti, me aseguraban, te ha elegido a ti.

Los corrí y seguí bebiendo, no necesito a ningún Dios les dije. En ese tiempo yo tenía una amante hermosísima, era una mujer de la calle y no quería dejarla aunque tuviera esposa e hijos. El hombre siguió hablándome de Dios y yo desesperado hice un medio pacto con el diablo, haré lo que tu quieras si quieres que mate, mato, si quieres que robe, robo pero quítame de encima a estos “aleluyas”. Y cuál sería mi sorpresa que el diablo me contestó que eso no podía hacerlo. ¿Cómo no? no, con Dios no puedo, pídeme otra cosa lo que sea, riquezas, mujeres, poder, pero eso no.

Ah, entonces ¿Dios es mas poderoso que tu? y el diablo tuvo que admitirlo, me dijo sí, entonces le dije, te abandonaré y me iré con el que tiene mas poder y así lo hice, pero antes tuve tres apariciones, después del hombre de la cantina vino una mujer y luego otro más. Los tres me trajeron el mensaje de que Dios me quería para Él. Me prohibieron que siguiera con mi amante y ese día regresé temprano a la casa, mi esposa estaba sorprendida, dejé de beber, de pegarle a mis hijos y todo en mi vida cambió.

Tengo que ser fiel a ese Dios que me ha salvado y me gustaría que usted también leyera la Biblia porque el mal anda por todo el mundo ¿no se ha dado cuenta de cómo se visten las mujeres con esos mallones entallados despertando los pecados de la carne?

Ellas se burlan de mi pero no podrán entrar al Reino de los cielos con esos vestidos, con esa pintura, con esa desvergüenza.

Usted, aunque sea ya tan grande puede aún gozar de la vida con su marido, si se acerca a la palabra de Dios lo logrará, yo se lo que le digo.

Llegamos a Santa Catarina, el pueblo donde vive y se despidió de mi con esas recomendaciones ante la mirada perpleja de los otros pasajeros que habían escuchado nuestra conversación. Adiós maestro atiné a decirle y me acordé de un paciente del hospital psiquiátrico al que me dirigía también como Maestro y fascinado me daba la bendición.

 

Tepoztlán, Mor. noviembre de 2014.

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