Las razones del corazón en los griegos

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Las razones del corazón en los griegos

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Reseña del libro Temblores en el ánimo, fragmentos para una historia de la intimidad en la Grecia Antigua de Leticia Flores Farfán, MC editores, México, 2014.

Aunque son muy antiguas, la Ilíada y la Odisea, tienen una historia joven en México. Si bien hay referencias de publicación de fragmentos de estas obras durante el Virreinato, su estudio y lectura se extendió con los estudios filológicos siglo XIX, y se convirtió en proyecto de Estado a inicios del siglo XX con la obra vasconceliana. Vasconcelos, paradójicamente, había leído estos poemas en inglés cuando cruzaba la frontera para estudiar la primaria en Estados Unidos, dado que en Piedras Negras, lugar donde residía, la escuela estaba en condiciones lamentables. De aquel periodo de estudio en el país del norte, Vasconcelos recordará los debates entre niños mexicanos y estadounidenses, y con especial cariño rememora la lectura de los clásicos griegos, que hasta entonces eran inaccesibles para el gran grueso de la población en nuestro país.

Años después en un vagón de tren, acompañando a Obregón y cuando tenía en sus manos la educación mexicana, le diría al presidente en turno que lo que este país necesitaba era leer la Ilíada, pidió entonces su autorización para echar andar las viejas imprentas nacionales y, aun con poco presupuesto, pronto se imprimirían treinta mil Iliadas empastados en verde, que el propio Vasconcelos repartiría en tren por todo el país, o incluso en la cajuela de su automóvil los fines de semana. Homero era entonces, en contra de lo que Platón hubiera deseado, el educador de México —al menos de los que hablaban español—. A Homero, se sumarían a los libros verdes, los evangelios, las vidas ejemplares, los Diálogos de Platón, entre otros títulos. Para Vasconcelos el libro era un misionero que podía llegar a donde no llegaban todavía los maestros, bastaba con que alguien supiera leer para que pudiera compartirlo con los otros.

Vasconcelos comienza su colección con Homero, esperando que la voz del antiguo rapsoda transformara al país, haciendo crecer lo más valioso de nuestra herencia Occidental y del mundo greco-latino, permitiendo el nacimiento de una sensibilidad que pudiera resistir al imperialismo norteamericano. Pues contra el utilitarismo y la pragmática norteamericana, los mexicanos podrían oponer la estética, la inteligencia y la belleza, por ejemplo, del viaje de Odiseo.

Además de Vasconcelos, otros estudiosos posrevolucionarios se preocuparon por hacer traducciones, versiones libres y reflexiones sobre la heroicidad en la Antigua Grecia. Destacan los versos alejandrinos con los que Alfonso Reyes plasmó algunos pasajes de la Ilíada como la muerte de Áyax o la cólera de Aquiles, así como las ilustraciones que cuidadosamente se hicieron para acompañarlos.

De esta manera, la primera mitad del siglo XX mexicano fue helenofílica, millones de niños fueron llamados Héctor o Aquiles, respondiendo a nuevos ideales creados en el imaginario por la lectura de la Ilíada y la Odisea. Estás imágenes, más tarde, se reforzarían en el imaginario colectivo con la llegada de la televisión y del cine, formato en el que los héroes pasarían ya en el siglo XXI a identificarse con los ejercitados cuerpos de Brad Pitt y Eric Bana, que luchan a muerte mientras los espectadores se conmocionan y se preguntan si todo ese desgaste y la caída de los héroes bellos puede explicarse únicamente por el rapto de una mujer, Helena, a la que el casting no favoreció notablemente.

Este breve recorrido nos ayuda a comprender que el libro de la Dra. Leticia Flores Farfán, Temblores en el ánimo. Fragmentos para una historia de la intimidad en la Grecia antigua, forma parte un gran movimiento del imaginario, e inclusive de la política, que ha considerado valioso, tanto en nuestro país como en los grandes estudios de televisión, que las generaciones lean o al menos conozcan las grandes batallas de héroes y dioses narrados por Homero, hace ya tantos siglos. Ciertamente su estudio no se trata de la visión simplificada de Hollywood y, a diferencia de Vasconcelos o de Reyes, el estudio de la autora se ubica en un momento en que la filosofía en nuestro país, ya no se considera la forjadora de un Estado–nación, que requiera sus mitos y sus héroes — aunque claro que éstos en muchos sentidos no han dejado de ser necesarios—. Se trata, en cambio, de encontrar nuevos caminos en los que dejemos que la lectura de la Ilíada y la Odisea no diga algo sobre nosotros, sobre la vida humana, y sobre la manera en que luchamos, morimos y vivimos juntos, no sólo en el pasado sino hoy en día.

El propósito de la autora en este libro es llevar la obra de Homero a una perspectiva renovada, en el que los héroes no son meros ejemplos de lo que debe o no hacerse en una política de bronce, o un elogio de las virtudes heroicas con fines morales, sino que a través de ellos podemos dar cuenta de la vida humana, de la frágil vida humana que habita en los personajes de la Ilíada y la Odisea que se estremecen, lloran y sufren la muerte del amado. Los grandes héroes, nos dice Farfán, tiemblan en el ánimo, se abaten, se abrazan y no quieren separarse, y sus acciones, a diferencia de lo que se ha pensado comúnmente, no son inmediatas, ni se enfrentan mecánicamente al campo de batalla. Los griegos son como nosotros, nosotros somos como los griegos, pues vivimos enfrentados a dilemas que no pueden resolverse por la condición mortal, finita y siempre acechada de nuestra existencia.

Farfán encuentra entre nosotros y los griegos un terreno común, desde el que podemos dialogar e interrogar cuestiones que nos interpelan hoy en día, por ejemplo, cuáles son las posibilidades de organización política que tienen hombres y mujeres como nosotros, cuya voluntad tiembla ante las adversidades, y que tienen que tomar fuerza en medio de las flaquezas. Nosotros tal vez estemos más desamparados, porque a diferencia de los griegos, los contemporáneos no contamos con la cercanía y guía de los dioses, y no tenemos la fortuna de Aquiles, Héctor, Telémaco y Ulises, de compartir y disfrutar el abrigo de las divinidades.

A lo largo de tres capítulos la autora expone una propuesta de cómo comprender la intimidad y la interioridad de los hombres y mujeres en Grecia Antigua, Farfán busca lo común, pero también lo distinto. Encuentra en diversos pasajes, seleccionados cuidadosamente —como las lágrimas y los ruegos de Príamo ante Aquiles para recuperar el cadáver de su hijo, la desgarradora despedida de Andrómaca y Héctor, o la reacción de Aquiles cuando ha perdido a Patroclo— que los griegos poseían una racionalidad distinta al hombre contemporáneo, pero que en ellos podemos comprender perfectamente las que podríamos llamar “razones del corazón”. Como si entre los griegos y nosotros, lejos de la imagen pública y heroica que han reforzado las adaptaciones de televisión y del cine, tuviéramos en común una sabiduría del corazón, para usar palabras de María Zambrano, que nos permiten reconocernos entre nosotros, mirarnos, reflejarnos, en el espejo de nuestras pupilas.

Mención especial requiere la forma de escritura del texto: el ensayo; esta ruta le permite a Farfán adentrarse en Homero con rigor filosófico, pero permitiendo que surjan y se entrelacen otras preocupaciones como la historia, la literatura, el estudio de lo simbólico, que conforman en conjunto la experiencia de lectura de la Ilíada y la Odisea. La apuesta por la interioridad y por la intimidad permite que se tomen en cuenta aquellas reflexiones que habían quedan atrapadas en la propia experiencia de lectura, pero que se ignoraran en los estudios académicos. La escritura de Farfán no soslaya que el lector ante la Ilíada se estremece y llora ante la pérdida de la vida heroica. Como el lector los héroes también sienten, Farfán dedica especial atención a ello, y lo hace compatible con las acciones y la exterioridad en la que se han centrado los estudios tradicionales, que incluso han señalado que en los griegos no hay interioridad ni ética.

Con Temblores en el ánimo. Fragmentos para una historia de la intimidad en la Grecia antigua la Dra. Farfán nos muestra que a pesar de su juventud en este país, la Ilíada y la Odisea han alcanzado una revisión profunda y estructurada, incluso novedosa. También demuestra que la lengua española es una lengua filosófica que permite abrir horizontes del pasado, explorar conceptos y exponer tanto los sentimientos como los argumentos.

Quisiera concluir esta reseña expresando mi gusto por el maravilloso título que la Dra. Farfán ha dado a su texto. En algunas ocasiones que he tenido la oportunidad de conversar con ella, me ha expresado que comienza a escribir un libro cuando se le ha ocurrido el título, de tal forma, que ella como el lector lo hará después, tiene como tarea descubrir cuál es el libro que se encuentra detrás de su título. Me parece que el descubrimiento en este volumen ha sido fructífero y muy interesante.

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