Los atacantes.com

Los atacantes.com

Alberto Chimal, Los atacantes, ed., Páginas de espuma, México, 2015

4. 

Me hubiera gustado que el libro se llamara Los atacantes.com porque Chimal es, sin duda, uno de los poquísimos escritores contemporáneos que sabe lo que son las redes sociales, las apps, los celulares, internet en suma, y la velocidad, la omnipresencia de estos medios en toda nuestra subjetividad, su ubicuidad, así como el potencial de violencia y de terror que pueden alcanzar, una fuerza, una viveza que consigue borrar las formas conocidas del miedo para hacernos aparecer otros relatos tan violentos que no tienen comparación en la historia contemporánea.

Alberto Chimal sabe lo que se trae entre manos, su lectura se hace tan propia porque nos pertenece desde el momento en el que entrelaza su escritura con lo que hoy nos constituye como personas desde el momento en el que tocamos un celular o una computadora. Y si a esto le agregamos que de lo que se trata en este libro es del horror hecho escritura, nuestros miedos empiezan a jugarnos malas pasadas a través de estas 7 narraciones que no quiero llamarles cuentos, porque son más que eso, son como espejos en los que vamos leyendo nuestros propios espantos.

Alberto Chimal, escritor

Alberto Chimal, escritor

Debo decir que empecé a leer el libro por el título, Los atacantes. El título es casi un lema para nuestro tiempo. Me gustó porque los atacantes están por todos lados, y nosotros somos las víctimas propiciatorias del ataque. Más aún cuando tenemos especial gusto por las redes sociales, por la Web, por los entresijos que se han forjado alrededor nuestro, sabemos que los atacantes están siempre ahí, los conocemos, les hemos dado forma, lugar, los cobijamos en medio de la amenaza, y ellos viven ya, como impertérritos habitantes de nuestros miedos en ese espacio freudiano que llamamos inconsciente. Los atacantes están ahí como si fueran nuestro alimento, una amenaza pertinaz, que nos promete siempre hacernos víctimas. Alberto Chimal tiene una frase contundente que dibuja nuestra fragilidad y nuestra fragilidad. En “Aquí sí se entiende todo”, hacia el final, el narrador escribe con esa pesadez que se ha ido haciendo tersa: “Nadie es tan importante como para que lo echen de menos o investiguen su paradero”.

Chimal en este libro juega con esos atacantes, los reales y los posibles, los ideales y los que siempre acechan. Como un gran psicólogo, Chimal se divierte con nuestros miedos, va dibujando escenas que abren la escalada de la angustia, como en “Connie Mulligan” que me resultó inauditamente desasosegante. Recuerdo que quise cerrar el libro, tirarlo desde el balcón de mi casa porque empecé a temblar, la respiración se me agitó hasta el borde de no poder hacerlo, odié a Connie Mulligan, la odié porque quería finalizar de una vez por todas esa interminable perorata, que nos hace siervos voluntariamente, quise cerrar el libro porque también me recordaba otras lecturas igualmente odiosas, pero al mismo tiempo maravillosas. Un cierto corte a Bartleby de Melville, unas atmósferas asfixiantes y terroríficas a Lovecraft; pensé en The Turn of the Screw (Vuelta a la tuerca) de James o la siniestra novela de William Hope Hodgson: The House on the Borderland. Un aire de familia en la turbación, en el trastorno, condición para que sigamos leyendo los relatos en medio de la fascinación por el pavor.

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