“Eres un lujurioso”. Costos y resabios de la industria del sexo

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“Eres un lujurioso”. Costos y resabios de la industria del sexo

El cuerpo que vibra sin decir palabra// 
regresaré como si el aire inmovilizado// de gordura//
protegido de los excesos// fuera pagado por mi
Francis Picabia

3.

“El sexo vende” aquí tenemos una de las frases más gastadas de la cultura contemporánea. El sexo vende, de eso no cabe duda, y al parecer podemos afirmarlo respaldados por “N” cantidad de pruebas de las más complejas a las más cotidianas, pues tan vende que al parecer está en todas partes, del evidente ejemplo de la televisión y los medios masivos de comunicación, pasando por la librería, la iglesia, escuela o la farmacia.

Sin embargo, más que seguir sobando esa sentencia, que está más gastada que la páginas de revista porno de adolescente, lo que interesa cuando uno se plantea una reflexión por mínima que sea al respecto es: ¿por qué?, ¿por qué el sexo vende?, ¿qué es lo que vende y en qué condiciones mercantiliza su valor en esta sociedad de consumo en la que finalmente todo se ve reducido al ardid de una cifra, de producto, de valor de cambio?

Que todo sea producido, que todo se lea, que todo suceda en lo real, en lo visible y en la cifra de la eficacia, que todo se transcriba en relaciones de fuerza, en sistema de conceptos, o en energía computable, que todo sea dicho, acumulado, repertoriado, enumerado: así es el sexo en lo porno, y ése es más ampliamente el propósito de nuestra cultura, cuya obscenidad es su condición natural: cultura del mostrador, de la demostración, de la monstruosidad productiva.[1]

Antes de continuar con nuestro planteamiento, pero justo para comenzarlo, podríamos afirmar premonitoriamente que en efecto, el sexo vende, pero más que vender, el sexo constituye (de ahí el riesgo de verlo como mercancía). La dimensión sexual del ser humano, es determinante para el desarrollo de su vida, de su existencia (en tanto que proyecto) y por su puesto de la dimensión social, porque a pesar de las bondades del soliloquio nunca prescindible ni despreciable, el sexo nos confronta al otro y nos sitúa en el mundo.

1. La división sustancial

Como es bien sabido, en La voluntad de saber, el primer tomo de la Historia de la sexualidad, Michel Foucault lleva a cabo un estudio acerca del nacimiento de la sexualidad como resultado de la ciencia moderna. Lo que Foucault sostiene a lo largo del libro es que la forma a partir de la cual entendemos y vivimos el sexo en el mundo moderno, es resultado de una forma específica de relacionarse con el saber, que antes del surgimiento de las ciencias humanas habría sido impensable y que a su vez se distingue radicalmente de la experiencia de lo sensual y lo erótico en oriente.

3.1

Esta forma de saber sobre el sexo impone una serie de regulaciones específicas, que instauran una “policía del sexo”, que trabaja “no el rigor de una prohibición, sino la necesidad de reglamentar el sexo mediante discursos útiles y públicos”.[2]

No es gratuito que esta precisa ordenación de lo sexual se da a la par del nacimiento del capitalismo. Aunque evidentemente en otros momentos de la historia y latitudes del planeta se han dado numerosos ejemplos de discursos sobre el sexo, es claro que el vínculo no tanto restrictivo, sino utilitario que toma todo lo relativo a la práctica sexual en el desarrollo de las ciencias humanas está claramente ligado a las prácticas y economía típicas del capitalismo operante. De esta forma, el sexo se ha visto convertido en una mercancía a través de mecanismos y estrategias que dan como resultado una fórmula de mercado mucho más amplia a la que estamos habituados a pensar, pues rebasa las facetas explícitamente diseñadas para el mercado, como en el caso de la pornografía.

3.2

Aunque la industria del sexo es multimillonaria, a ella se suman un sinfín de estrategias de mercado sin estar directamente vinculada o asumidas como propias del sex bussines, ya que existe una cantidad abrumadora de prácticas que no sólo engrosan la industria del sexo como tal, sino que la regulan, amplían, exploran y le dan vida incluso a partir de estrategias que aparentemente le serían adversas. Como ejemplo de lo anterior, podemos aludir a ciertas formas de pornografía contemporánea, en la que los protagonistas no usan preservativo durante el acto sexual;[3] esta práctica tan arriesgada, es resultado y sólo es posible si la pensamos a partir de su correlato, las difundidas campañas de sexo con protección, que promueven una práctica “cuidadosa” y condicionada del sexo, pero que a la vez estimulan el deseo por prácticas límite que en principio rebasan lo aceptable, de tal forma que más que eliminar una tendencia, esta se desplaza encontrando novedosas vías de desarrollo, que en todo caso son muy lucrativas. Podemos añadir al caso anterior una creciente tendencia hacia la práctica del celibato o la abstinencia: estas formas de “negación” del sexo no están exentas ni del fetiche ni de la mercantilización del mismo; la cantidad de bienes, productos y capital que se mueve al derredor de esta fórmula (desde anillos de celibato, prendedores con leyendas pro-abstinencia, hasta música, convenciones y campañas mediáticas de gran alcance) es inmensa y compleja ―incluso particularmente perversa―, pero sobre todo, se alimenta y nutre de una visión de la sexualidad y el deseo específica, evidentemente sin anularla. A final de cuentas, un discurso no sólo regula la norma sino que da cuenta de la prohibición, y las prohibiciones, resultan uno de los alicientes más efectivos que existen.

El sexo vende y se vende. Y la forma en la que vende se vincula con que el dominio del que se vale, el cuerpo y lo erótico, son parte insoslayable de nuestra existencia. Tan vende, que hace una fortuna incluso con quienes lo niegan. Y es que no hay tal cosa como no tener un cuerpo… y el cuerpo, más que estar sexuado, está rebosante de deseo y ¿cómo negar, eliminar aquello que más que acto, es plena potencia? Incluso, para “controlar” la latencia hay una tremenda cantidad de opciones de todo tipo (desde espirituales hasta médicas) disponibles para que paguemos por ellas. Adquirimos así derecho de propiedad (o cesión de derechos) sobre algo que sin existir en sentido estricto, pretendemos dominar. El terreno de la especulación ideológica, sensible y económica tiene su World Trade Center en la sublimación de nuestros genitales.

Sin embargo, es claro que eso que el sexo es y el mundo al que remite, no son más que una fracción (en momentos muy aislada) de la sensualidad, el deseo y el erotismo. La reducción del universo amatorio al ámbito de la genitalidad es resultado de los efectos prácticos tanto del saber sexual como del capital.

En el ámbito del saber, donde cada una de las ciencias debe tener un campo de estudio definido, las divisiones y los recortes ―las más de las veces artificiales y arbitrarios― propias de las ramas dedicadas al estudio y definición del sexo, han remitido no más que a la superficie del mismo, al ámbito de lo puramente sintomático u observable.

3.3

En cuanto al capital, el efecto es curioso pues, aun cuando la cantidad de productos existentes en el comercio del sexo es incontable y siempre está en pos de la “novedad”, su variedad, formas y posibilidades responden a una precisa categorización de los sujetos, sus posibilidades y sus deseos; es evidente que parte el éxito de un producto es tener bien claro el nicho del mercado al que se dirige.

Esta reducción sustantiva no es sólo una merma en las posibilidades eróticas y creativas de nuestro ser, sino que es por lo mismo y a la vez una clara estrategia de control, de lo que puede y debe ser hecho, sentido y pensado y por tanto también de la otra cara de la moneda: de lo que no puede nuestro ser, de lo que no podemos ser.

2. Lo que hace el porno

Volvemos a la premisa, el sexo vende. ¡Y la de cosas que vende! Esto le lleva a cabo principalmente a través de la industria del porno, que de manera explícita y constante, ha reclamado para sí los dividendos del consumo del placer sexual.

3.4

El porno ilustra de diversas maneras las paradojas e hipocresías de nuestra sociedad. Por un lado, es mal visto que una persona pague por la gratificación sexual, aun en un mundo en lo que todo tiene una etiqueta y un precio; sería ingenuo pensar que la mercancía más redituable de todas, el sexo, se quedara fuera del negocio. Por otro lado, el consumo de pornografía es visto como moralmente cuestionable, pero hay prácticas que se protegen por el velo de lo privado que a pesar de atentar directamente contra el bienestar y el derecho de muchos, son protegidas de manera tácita. No hablemos del estigma que padecen las personas que se han dedicado a laborar en la industria porno en una sociedad que, en la intimidad las idolatra y en lo público las defenestra. O de esos casos, en los que se critica la cosificación de la mujer que suscita la pornografía, cuando se está perfectamente cómodo negando y restringiendo del género al acceso a derechos plenos.

No obstante, una de las críticas más difundidas a la industria de la pornografía es la de que el consumo del porno “enferma” a quienes de él hacen uso. No se va a negar aquí que existen serias patologías ligadas a las prácticas sexuales dependientes de la pornografía, que están claramente identificadas, que son seriamente estudiadas y que afectan la vida, el desarrollo del deseo y el manejo del placer de muchos individuos.[4] Sin embargo, una lectura maniquea del problema sólo nos lleva a pasar por alto una serie de fenómenos vinculados con el desarrollo de una industria de esa naturaleza, pero que van mucho más allá de ella.

3.5

Independientemente de los asegunes que de rigor se imputan a la industria tanto del porno como del sexo, es importante reconocer también los privilegios y hasta cierto sentido logros que han traído consigo. Es indiscutible que a pesar de los mecanismos de ocultamiento y disimulo con los que se insertan en lo más hondo de las prácticas sexuales de la sociedad, este tipo de comercio ha puesto a la mano de un gran sector de la sociedad la posibilidad de goce y gratificación a la que de otra forma sería difícil acceder. Así mismo, tiene la facultad de explicitar y visibilizar un número interesante de prácticas que en otros tiempos estaban, si acaso, referidos prácticamente al ámbito de las perversiones. Además, es preciso reconocer que con todo y la capacidad creativa de la imaginación, el porno materializa de muchas formas el universo fantástico en el que habitan nuestros recurrentes símbolos del onanismo y la autogestión del placer. En ocasiones, el porno diversifica en donde se tiende a la monotonía, pone singularidad a la abstracción, mientras que se orienta de manera franca a la obtención del placer y la estimulación del deseo. A través del desarrollo del porno se han desenvuelto a su vez varios campos de acción, discusión y gestión de las facultades sexuales que de otra manera difícilmente habrían salido a la luz.

3.6

Más allá de la voracidad que tienen las formas de poder contemporáneas, no podemos dejar de ver, con Foucault, que detrás de la mercantilización y normalización de la industria sexual contemporánea, existe un impulso vital de resistencia, ese ámbito de irreductibilidad tan fundamental que tiene que ver no sólo con las prácticas sexuales, sino con la autoconstitutiva potencia de lo erótico, a través del ejercicio del placer y del deseo. Si bien las estrategias del poder, con esas mallas suyas, flexibles, tienden a asimilar y englobar todo aquello que se les escapa y resiste, podemos reconocer en dicho mecanismo de expansión y de ampliación un movimiento diferente de la constricción: para ensancharse más, las mallas han de prestarse, aunque sea por un momento, a una reconfiguración y flexibilidad constante. En esos ires y venires, en esos aspavientos de respiraciones espasmódicas, las mallas se abren y algo se les escapa.

3.7

Pero no podemos pasar desapercibido por ello el mecanismo violento que hay detrás de esta apertura, de esta supuesta inclusión y explosión ―o explotación― de la industria sexual. Tanto en el terreno del saber como el del mercado, vivimos una sexualidad híper controlada. La pornografía puede en efecto terminar anulando el deseo o reduciéndolo a una versión caricaturesca del mismo, al evitar el riesgo y la fascinación que existe en el contacto erótico con el otro. Esto no es sólo un efecto secundario negativo que hay que pagar por la obtención de gratificación más segura y rápida, sino un claro indicador de que, a final de cuentas, sin la práctica de facto, aquello que el sexo implica en tanto que práctica, en tanto que discurso, se pierde.

El miedo, seguido de cerca por la apatía, parece haber acabado con los alegres placeres y nos han dejado sin el estado de ánimo de los años sesenta y setenta. ¿Por qué complicar tanto las cosas cuando podemos simplificarlas? ¿Por qué exponernos al fracaso si podemos conectarnos al ordenador? Evidentemente, el ciclo infernal se pone en marcha: siendo el amor como el tenis (cuanto más se practica, más se quiere practicar), las costumbres se han ido perdiendo poco a poco y con ello surge la ola de castidad que amenaza al mundo y su demografía. Está claro que todavía nadie presume de ser abstinente, sobre todo porque, así lo esperamos, algunos conservan aun ciertas pulsiones.[5]

En la pérdida de nuestras facultades eróticas de las que el deseo y el placer dependen, pero que no se agotan en uno mismo y en donde el desarrollo del placer se enriquece con el otro, existe entre otras muy gratas posibilidades, la de poder establecer ―por efímero que sea― un contacto profundo con nuestros semejantes. El esfuerzo, el tiempo y el goce que implica la vivencia erótica, nos lleva a establecer canales de comunicación y emparejamiento ontológico con quien lo compartimos, conlleva un reconocimiento del otro y de sus necesidades, que en la medida en que forman parte de las nuestras propias, posibilitan un nivel de afirmación y solidaridad, que están lejos de ser propicias para las formas de poder contemporáneas.

Así, lo que el sexo termina vendiéndonos es la carencia que, al pagar por el mismo, pretendíamos eliminar.

3. Lo que puede el cuerpo

3.8

En la última parte de El banquete de Platón, el bello y embriagado Alcibíades toma la palabra para llevar a cabo un elogio a Sócrates, al que se refiere de la siguiente manera:

Pues en mi opinión es lo más perecido a esos silenos existentes en los talleres de escultura, que fabrican los artesanos con siringas o flautas en la mano y que, cuando se abren en dos mitades, aparecen con estatuas de dioses en su interior. Y afirmo además, que se parece al sátiro Marsias. Así, pues, que eres semejante a éstos, al menos en la forma, Sócrates, ni tú mismo podrás discutirlo, pero también te pareces en lo demás, escúchalo a continuación. Eres un lujurioso. ¿O no? Si no estás de acuerdo, presentaré testigos.[6]

Aunque las palabras del hermoso joven tienen en el diálogo un tinte de mofa apoyada en el resentimiento, me parecen francamente elogiosas y no se me ocurre un cumplido semejante. Si este borracho dice o no dice la verdad, es un menester que está más en el orden de las inquietudes de Platón que a las propias de este escrito. En todo caso, lo que aquí interesa es ese reconocimiento categórico de Sócrates (el que en los ejercicios lógicos se propone como el ejemplo de “ser un hombre”) como un ente sujeto al deseo y a la consecución del placer, un lujurioso. Hay en la lujuria un signo de la irreductibilidad del deseo, que por más que trata de ser dirigido a un mercado o a un saber específico, siempre tiende transgredir las formas para ello dispuestas.

El deseo no se reduce a lo que en términos generales la industria del sexo ha querido constreñirlo, pues, entre otras cosas, éste no depende sólo de los genitales. Para ello, Deleuze y Guattari nos ofrecen una pista que puede liberar nuestra forma de vivir el placer que atenta contra las configuraciones reduccionistas del mismo: asumir que somos un cuerpo sin órganos. La desestructuración de la noción del propio cuerpo que esta idea implica, permite que la vivencia somática del deseo y el placer atraviesen y ejerzan muchas más posibilidades que las contempladas por la policía del sexo de la que hablábamos en un inicio y que se ve representada por el saber y el mercado principalmente. Si no podemos localizar un punto de referencia del sexo, el deseo o el placer, ¿cómo se establecen mecanismos de control de los mismos? Seguramente las mallas del poder encontrarán vías para revestirlos, pero para ello nacerán antes nuevas formas en el universo del sexo y el erotismo.

Para ello, hay que proceder con cuidado y con energía. La crítica de las modalidades de la sexualidad contemporánea deben guiarnos para saber en qué sentido no quisiéramos que se entendiera el sexo, es decir, en qué sentido no quisiéramos que se desarrollara o nos definiera. Pero de ninguna manera esa crítica puede devenir en una limitación del sexo, pues la consecuencia de una crítica a las restricciones impuestas a la práctica sexual no pueden resultar en una anulación de la misma, lo que lamentablemente se ha propuesto como una alternativa a la vida sexual contemporánea. Puesto en términos simples y llanos, la reivindicación no es la abstinencia.

3.9

Para evitar caer en esa doble trampa de la economía que primero seduce y luego anula, conviene tener presente siempre al cuerpo, reconocer de manera constante y consciente sus tendencias y potencias, los afectos y dádivas a los que se presta, sin caer en la constante amenaza de la disminución de sus dimensiones frente a la razón o la idea de alma. Para ello, Michel Onfray propone el desarrollo de un “materialismo hedonista” una versión contemporánea y crítica del epicureísmo y el libertinaje que entiende como “una teoría atomista del deseo como lógica de los flujos que llaman a la expansión y necesitan para ello una hidráulica catártica” y para llevarlo a cabo, señala “secularizaremos la carne, desacralizaremos el cuerpo y definiremos el alma como una de las mil modalidades de la materia; propondremos un epicureísmo abierto, lúdico, gozoso, dinámico y poético […]”.[7]

Quizá Alcibíades no sea el ejemplo de hedonista al que aspiramos ―tampoco es que exista o siquiera que se busque un modelo―, pues al menos en las descripciones que de él se llevan a cabo una de sus características es una clara tendencia al egoísmo, y una de las funciones más contestatarias de la lucha contra la mutilación de las posibilidades del deseo propias de un hedonismo libertario estriba en el reconocimiento del otro y su derecho al placer. Sin embargo, aunque sea sólo como detonante, a nadie nos viene mal un hipotético Alcibíades que le diga a ese Sócrates que todos llevamos dentro ese secreto a voces con el que no sabemos qué hacer: “eres un lujurioso”, quizá eso nos obligue a reconocer esa fuerza vital que nos atraviesa y nos constituye, que nos vincula con el mundo y con los otros.

De esta manera, partiendo del cuerpo y no perdiéndolo de vista, estaríamos en condiciones de entender aunque sea intuitivamente por qué el sexo vende, que el precio que le hemos designado no sólo no nos procura siempre ese placer que anhelamos, sino que a su vez nos impide cada vez más alcanzarlo a través de una serie interminable de estrategias que más que desarrollarlo lo truncan. Posiblemente gracias a la comprensión y aceptación de nuestro secreto de Sócrates cifrado en que somos cuerpo, dejemos de cubrir el costo culposo de tener deseos y estemos en condiciones no de dejar de tener sexo para no comprarlo, sino de ir en su pos sin reducirlo a un valor de intercambio económico ni al estímulo fragmentario

3.10

Bibliografía

  1. Bantman, Béatrice, Breve historia del sexo, trad. Isabel Gregori Forestier, Paidós, Barcelona, 1998.
  2. Baudrillard, Jean, De la seducción, trad. Elena Benarroch, Cátedra, Madrid, 1981.
  3. Deleuze, Gilles; Guattari, Félix, El Anti Edipo, trad. Francisco Monge, Paidós, Buenos Aires, 2009.
  4. _______; _______, Mil mesetas, trad. José Pérez Vázquez y Umbelina Larraceta, Pre-textos, Valencia, 1994.
  5. Foucault, Michel, El pensamiento del afuera, trad. Manuel Arranz Lázaro, Pre-textos, Valencia, 2000.
  6. _______, Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber, trad. Ulises Guiñazú, Siglo XXI, México, 1991.
  7. _______, Microfísica del poder, trad. Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría, Ediciones de la Piqueta, Madrid, 1992.
  8. Onfray, Michel, Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar, trad. Ximo Brotons, Pre-textos, Valencia, 2002.
  9. Platón, Banquete, en Diálogos III, pp. 270-271.

Notas

[1] Jean, Baudrillard, De la seducción, pp. 38-39.
[2] Michel Foucault, Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber, pp. 34.
[3] Aunque el sexo sin condón era una práctica regular en las primeras décadas de los filmes pornográficos, es a partir de la década de los ochentas que se empieza a reglamentar y a hacer obligatorio el uso del mismo, debido principalmente a la amenaza del SIDA. Así mismo, se ha vuelto una común la práctica de exámenes regulares de detección de ETS para quienes se dedican a este rubro. Sin embargo, en amplio universo de la pornografía contemporánea existe un mercado específico para el sexo de riesgo en todos los sentidos, que evidentemente va en la mayoría de las ocasiones asociado a un esquema de explotación, engaño y esclavismo que son resultado de la demanda de una forma de deseo que está claramente enmarcada en el discurso oficial del sexo, pues de él se desprende.
[4] Como es el caso desde diversos grados y tipos de fetiches, hasta la adicción a la pornografía, que tienen como resultado entre otros, la cosificación del objeto del deseo, desarrollo de problemas psicológicos y fisiológicos en el individuo, así como la imposibilidad de gozar de una vida sexual sin la mediación de la pornografía o que se ve reducida a la misma.
[5] Béatrice Bantman, Breve historia del sexo, pp. 178.
[6] Platón, Banquete, en Diálogos III, pp. 270-271.
[7] Michel Onfray, Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar, pp. 40.

 

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