Filosofía de la Danza: el lenguaje de la no palabra

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Filosofía de la Danza: el lenguaje de la no palabra

 

Primer movimiento. Nietzsche y la danza

 

En diversos momentos a lo largo de su obra, Nietzsche nos dirá que la danza, una de las formas privilegiadas del arte, es también la manifestación plena y nunca desinteresada de la poiesis o creatividad humana, pues ella nos eleva de un “el arte por el arte” a un “la vida por la vida” que, en la terminología de su ontología estética, bien puede ser entendida como un “el arte por la vida y la vida por el arte”.  

Así, en Nietzsche encontramos que la “única posibilidad de la vida (está): en el arte. De lo contrario, alejamiento de la vida”.[1] Una idea que ya nos había sido presentada de otro modo en el Nacimiento de la Tragedia por medio de la sentencia que dicta “Sólo como fenómeno estético están eternamente justificados la existencia y el mundo”.[2] En esta misma obra fundamental también aparece el no menos emblemático personaje del danzarín dionisiaco de pies ligeros. Aquél que, cercano ya al superhombre y siendo el hombre-puente, no es aún el hombre-que-quiere-perecer mas sí aquél que comienza con la trascendental y perene labor de negar al nihilismo devolviéndonos, desde los fondos de donde emerge Dionisio y creando explosivas formas apolíneas, un nuevo modo de valorar la vida y de estar-en-el-mundo. Esto es, el individuo humano transfigurado en danzarín-artífice-de-sí-mismo; en cuerpo y alma que devienen expresión estética de las fuerzas en juego dancístico, lo que posibilita, en última instancia, que cada uno haga de la propia vida su más elevada obra de arte.

Como se ve, en lo que sigue se comprenderá al baile de dos maneras. Por un lado, al acto real y concreto, la danza efectiva; y por el otro, como metáfora de un particular modo de habitar (de ser uno con el mundo y en el mundo) y de desplazarse por la trama espacio-temporal. El baile entonces como interpretación poética de la existencia; y el bailarín lo mismo como la persona que acontece, fenoménicamente, en la danza, que como aquella que vive su vida cual si de un baile ritual y simbólico se tratara.

Esta misma idea reverbera a lo largo de El nacimiento de la tragedia y la encontramos al leer, por ejemplo, que:  

“Bajo la magia de lo dionisiaco no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos: también la naturaleza […] celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre. […] Cantando y bailando se manifiesta el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. […] El ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte […]”.[3]

Sabemos, con Nietzsche, que la capacidad creadora del ser humano es su más preciosa y noble cualidad, que es a partir de ésta que somos capaces de inventar y re-inventar el mundo (de interpretar y generar las ficciones que dan orden al universo humano), de redirigir la mirada, reconocernos y reconquistar el esquivo sentido de la vida; que sólo en ese acto de innovación constante la persona es capaz de dar continuidad a la insondable empresa del conocerse-hacerse a sí mismo y, desde ahí, de darse libremente al otro: única tarea que verdaderamente nos engrandece y dignifica.

Cabe decir que estas afirmaciones son, en y para Nietzsche, también una revelación pues descubren y explican el devenir activo, la afirmación que entraña la superación de la decadencia, del espíritu de pesadez y de su causa original que no es otra sino el nihilismo. La danza entonces se devela como el acto mediante el cual el ser humano logra transmutarse, de esclavo y víctima de represiones autoinfligida a un poderoso y orgulloso artista-de-sí.

La vida entendida como baile y el ser humano como bailarín abre nuevas posibilidades para comprender ya la jovial alegría (la gaya ciencia), la capacidad poética y el gozo existencial, como la transvaloración exigida por Nietzsche para lograr superar el nihilismo que es la parte infausta de la imponderable herencia de Platón y el cristianismo. Y si es así, lo es porque vista de esta manera la persona alcanza un poderoso sentimiento de autonomía, de continuidad y plenitud individual, de pertenencia singular en la alteridad heterogénea exterior y de capacidad de alcanzar la felicidad participando de la armonía cósmica (diluyendo poco a poco el narcisismo que es el sino de la conciencia individual) que, desde nuestro mundo humano demasiado humano, se nos escapa y escabulle perpetuamente quizá porque hemos perdido la capacidad de entender el ritmo junto con nuestra ligereza. O quizá porque por momentos desaprendemos a bailar y olvidamos que el fondo de la vida es un fondo musical. Y es que a veces nos pesa mucho el ego, nos tomamos demasiado en serio y nos encadenamos al miedo, la envidia, el odio, la indiferencia, la dependencia tecnológica y narcótica, el apego acrítico a la virtualidad digital, la soberbia, el orgullo, la ambición desmedida, las relaciones destructivas de poder, la vanagloria intelectual o la falsedad que igualmente nos alienan que corrompen e inmovilizan.

Pero a pesar de esto, y afortunadamente, Nietzsche nos dirá que todos llevamos en potencia a ese danzarín que nos recuerda que a la vida hay que celebrarla. ¿Cómo? respondiendo al sustrato musical y bailando el breve recorrido de nuestra vida hasta su ocaso.

Hölderlin, el gran poeta romántico de la locura, intuía algo semejante al decirnos que:

“Solamente cuando el pensamiento se ve en la imposibilidad de expresarse por otro medio que no sea el ritmo, cuando el ritmo se convierte en el único y solo modo de expresión, solamente entonces hay poesía…Para que el espíritu devenga poesía tiene que llevar en sí mismo el misterio de un ritmo innato. Solamente en este ritmo puede vivir y hacerse visible, pues el ritmo es el alma del espíritu”.[4] 

A lo que Nietzsche agregará:

“[…] la música se diferencia de las demás artes en que ella no es reflejo de la apariencia […] sino, de manera inmediata […] de la voluntad misma, y por tanto representa, con respecto a todo lo físico del mundo, lo metafísico, y con respecto a toda apariencia, la cosa en sí. Se podría, según esto, llamar al mundo tanto música corporalizada como voluntad corporalizada: […] la música […] expresa el núcleo más íntimo, previo a toda configuración, o sea, el corazón de las cosas […] la música (es) el lenguaje inmediato de la voluntad”.[5]

 

Intermedio. La ligereza y el aire

 

Apoyándonos en el análisis que hace Bachelard de la poesía nietzscheana podemos dar tentativa respuesta a la pregunta que inquiere por el sentido de la ligereza, concepto caro para el pensamiento nietzscheano. Inmediatamente, lo ligero nos remite a la esencia aérea que tanta resonancia y presencia tiene en la voz de Zaratustra: los altos vientos, el silencio de las cimas, la pureza de las cumbres, el aire claro de las montañas.

“Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado. ¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado? Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, fingidas y reales”.[6] Así habló Zaratustra.

Lo aéreo como metáfora de claridad y ligereza, los vientos como la fuerza desencadenada, el vuelo del pájaro como la libertad que acompaña siempre a la soledad de las alturas. A todas estas imágenes vuelve Nietzsche una y otra vez para referirse a la particularidad del filósofo-poeta-danzarín, siempre móvil e incontenible en los vuelos insondables de sus pies ligeros.

Según Bachelard “[…] la transmutación nietzscheana […] compromete al ser entero. Corresponde de manera muy exacta a una transformación de la energía vital”.[7] Una transformación que se da en el paso de la negación a la afirmación, de la pesadez a lo liviano, del caminar y hablar, al bailar y cantar.

El aire puro es conciencia del instante libre, de un instante que abre un porvenir”.[8]

En la voz zaratustreana hay que entender a lo aéreo como libertad de acción y pensamiento. El danzarín de pies ligeros es aquí el hombre de la ascensión, el solitario que “Muy cerca de las nubes toma asiento (y) espera al primer rayo”,[9] como se esperaría al arma blanca y etérea, de luz límpida y fuerza purificadora, que nos servirá como puente de unión entre el cielo y la tierra, entre la idea y la acción transformadora.

Zaratustra dice: “Mi pie pide a la música, ante todo, los arrebatos que procuran una buena marcha, un paso, un salto, una pirueta”.[10] Le pide sus melodías para convertir su andar en una danza que aligere incluso la marcha más ardua y la más extenuante ascensión. Y es en este sentido que Nietzsche, el poeta del aire, es también un bailarín de espíritu fluido que flota por encima de todo lo rígido, lo decadente y lo pesado.

Energía que se desborda y se desdobla, el danzarín se ha reconocido en su cuerpo y desde su cuerpo, él es el primero en saber que no somos más que cuerpo y que, más allá de que ignoramos de lo que nuestro propio cuerpo es capaz, ahora ya sabemos que es él el humus y la fuente de donde brota el alma. Y es desde este centro, el cuerpo como fuerza y manifestación concreta de la voluntad de poder,[11] que el danzarín no podrá sino desear herir de muerte al ideal ascético que se alimenta de la negación reactiva y se expresa en el resentimiento, la culpa, la violencia introyectada que no siembra y sólo destruye; ideal que abreva de ese nihilismo que niega el valor intrínseco de esta vida e ignora la soberanía del hic et nunc, el aquí y ahora que se da de forma intempestiva, como el instante, pero que también produce la desgarradura por la que fluye la duración (esa desde la cual somos y en la que siendo estamos), y propicia el resquebrajamiento del tiempo por donde emana su verdadero rostro, el de la eternidad.

Eso han de querer los pies ligeros, herir de muerte al nihilismo mediante la afirmación bailarina o perecer, pero al menos, perecer danzando.

Nietzsche-Zaratustra dirá:

“Y esta es mi doctrina: quien quiera aprender alguna vez a volar, tiene que aprender primero a tenerse en pie y a caminar y a correr, a saltar y a trepar y a bailar: (pues) -¡el volar no se coge al vuelo!”[12]

 “[…] que todo lo que es pesado se vuelva ligero, que todo cuerpo se haga danzarín, todo espíritu pájaro: en verdad, ¡éste es mi alfa y omega!”[13]

 

 

Segundo movimiento. El lenguaje de la no palabra

 

Cuando Paul Valéry escribe su invaluable texto  “La filosofía de la danza” no está dando un paso en falso ni ejecutando un salto al vacío. Para él, la danza, más que un arte, es la manifestación de la energía poética desencadenada, el juego del cuerpo que, siendo espíritu de carne, tendones, nervios, sangre, fluidos, órganos y huesos, pone en juego la propia vida al tiempo que, simultáneamente, trasciende su propia finitud.

Valery interpreta a la danza como juego de fuerzas, cambios, devenir y transformación líquida y simbólica de la materia que es la masa corporal. Poesía del cuerpo que, así, no es sino el símbolo realizándose por medio de su más secreto decir: el lenguaje de la no palabra.

La danza, lo sabemos y Valery también, es energía autogenerada que se da y recrea como la dinámica interna de toda obra de arte. Por ello, nos la describe de tal forma que nos permite comprenderla, más que como espectadores, desde el punto de vista del creador -desde la fuerza que la engendra- y así echa luz sobre la idea de que todo baile es uno siempre inacabado, siempre en continuo proceso de creación, siempre único e irrepetible.

Esto último, porque la danza, a diferencia de otras manifestaciones artísticas como las plásticas, no puede ser separada de su creador-ejecutor, tal y como sucede con la música, cuestión que no es ninguna coincidencia. Decir que la danza no puede ser entendida sin el bailarín es simplemente subrayar que esta manifestación artística es una acción: un acto que se realiza en un espacio-tiempo determinado, un movimiento vivo y real, y por ello efímero e intangible.

La danza como toda obra de arte es un acontecimiento en permanente creación, algo no finalizado pues desde su polisemia y desde el diálogo hermenéutico que produce nunca podrá ser considerada algo acabado, pero su diferencia específica radica en que en su juego interno, aunado al espectador y a la danza como objeto de contemplación, tenemos al bailarín-artista que, en este caso, es el epicentro de la obra y quien la realiza como interpretación original. Por ello, hablar de la mentada muerte del autor desde el arte de la danza no sería sino decir una idiotez plenaria.

Como una explosión, Valery dirá que la danza se da sin más propósito que consumir la energía que la ha engendrado. En ésta el movimiento no se desvanece sino hasta que el danzante, por agotamiento, cesa el acto creador, termina el juego y la coreografía de su cuerpo con el tiempo, las distintas fuerzas y el espacio.

Para Valéry la danza es una esfera de vida lúcida, una ejecución simbólica y ritual; el acto del bailarín es pura voluntad de vida, energía vital del cuerpo y el espíritu encontrando juntos un “[…] medio soberano de expresión e invención”.[14] Por ello la danza no se limita a ser un mero ejercicio, un juego de sociedad o un espectáculo. Es la combinación de la sensibilidad y las fuerzas del organismo, el diálogo en tensión entre los recursos y los límites del cuerpo mismo. Manifestación de la voluntad de poder “[…] la danza es un arte que se deduce de la vida misma”.[15]

Por su antigüedad inmemorial, por su universalidad, por su carácter ritual, por sus poderes ocultos y sus enigmáticos alumbramientos la danza puede ser considerada como la fuente más profunda del delirio y la embriaguez humana. Rito que complementa en su acontecer al mito desde donde se entiende a la existencia como un baile cósmico de fuerzas, la danza es la forma en que el ser humano se reconcilia con la naturaleza, se re-liga con ella religiosamente y se transfiere al mundo habitándolo en el cuerpo y desde el cuerpo.

“[…] ese cuerpo que danza parece ignorar lo que le rodea. Parece que no tenga otra preocupación que sí mismo y otro objeto, un objeto capital, del que se separa o se libera, al que vuelve, pero solamente para recuperar con qué huirle de nuevo […] Es la tierra, el suelo, el lugar sólido, el plano sobre el que […] continúa la marcha, esa prosa del movimiento humano”.[16]

Valery dirá que la esfera de libertad se delinea precisamente en ese espacio-tiempo que separa al bailarín de la tierra sólida. La libertad acaece allí, justo en el momento instantáneo posterior al impulso enérgico y previo a la caída inevitable. Despegar, despegarse de la tierra, iniciar el más corto de los vuelos para saborear, aguantando la respiración, esa inasible eternidad; en eso consiste la libertad privilegiada de la danza, en su poder levantarse y flotar, una y otra vez, sabiendo y sintiendo sin remordimientos ni pena que el suelo, su dureza, su quietud e indiferencia, serán por siempre el último y final destino de todo movimiento que se eleva desde la Tierra. Y no obstante, en la danza, hay que lanzarse “sin prever un final; se adentra en una interrogante ilimitada, en lo infinito de la forma interrogativa”.[17] 

En la danza reconocemos que la esencia de la vida es intrínseca a la existencia pues viene con ella dada, y que la vida es más que vida pues quiere y puede siempre más. En ella se devela que cuerpo y espíritu son uno, en ella materia y energía hacen uno, por medio de ella el cuerpo deja de ser mediador del deseo y herramienta de expresión para volverse la expresión misma del deseo como voluntad creadora.

“(La) […] persona que danza se encierra, de algún modo, en una duración que ella engendra, en una duración eternamente hecha de energía actual, hecha de nada que pueda durar. Es inestable, prodiga lo inestable, pasa por lo imposible, abusa de lo improbable y a fuerza de negar con su esfuerzo el estado ordinario de las cosas, crea en los espíritus la idea de otro estado, un estado excepcional -un estado que sería sólo de acción, una permanencia que se haría y se consolidaría por medio de una producción incesante de trabajo […]”.[18]

Desde esta noción Valery compara a la danza con el vuelo de un abejorro (semejante al colibrí de nuestra geografía) que en su movimiento incesante, lleno de potencia motriz e intensidad tal que produce aparente inmovilidad, cambio y fijeza,  se sustenta consumiendo las fuentes de energía hasta extenuarse y extinguirse, suavemente, flama en el vacío, como un suspiro tras el embate amoroso.

Estado en el que todas las sensaciones del cuerpo se encadenan y configuran azarosamente por la voluntad imaginante, la danza es hija y madre de la sinestesia que conjunta lo distinto y relaciona lo distante. A través de ella presenciamos orden en el caos, armonía suave cual violenta y, así, la apreciamos como lo que es en cada estancia: un lanzamiento de dados… afirmación del azar y la necesidad simultáneamente. Afirmación de la multiplicidad de posibilidades y transformaciones, expresión artística del devenir.

El danzante, al crearse a sí mismo como obra de arte, está siempre arriesgándolo todo: en cada baile le va la vida. Su secreto delirio se alimenta del hecho de que “¡Siempre queremos revivir una obra de arte! ¡Hay que modelar la vida de tal forma que se tenga el mismo deseo de sus distintas partes! ¡Éste es el pensamiento principal! […]”.[19] Éste, el santo y seña del danzante.

 

Cierre: La danza primitiva, el poema y el ocaso

 

Porque la danza es expresión de una de las formas más antiguas del lenguaje simbólico, el danzante nos recuerda los orígenes del hombre, aviva la llama del pasado y nos devuelve a los bailes litúrgicos alrededor del fuego. Danza, fuego, comunidad y lenguaje simbólico son algunos de los elementos distintivos de la primera humanidad, rasgos de sus primeras escisiones, suaves y momentáneas, con respecto de su naturaleza salvaje.

Con la danza surge el primer lenguaje complejo: el lenguaje de la no palabra. El mismo lenguaje representativo de las imágenes rupestres que, jugando y danzando con la luz y las sombras de la hoguera, proyectaban vida en los techos abovedados de las cavernas. Surge así, con ella, el instinto de juego y el gusto por la representación, pero también la autoconciencia de la libertad del movimiento grácil y estético que nace junto al ritmo. La danza entonces proporciona al ser humano su primer contacto con el poder y la capacidad creadora de su propio cuerpo que, a partir de ahora, será el símbolo paradigmático del hombre.

Nietzsche dirá que “ahora la esencia de la naturaleza debe expresarse simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de símbolos, por lo pronto el simbolismo corporal entero, no sólo el simbolismo de la boca, el rostro de la palabra, sino el gesto pleno del baile, que mueve rítmicamente todos los miembros”.[20]

Danzando el ser humano se descubre. Ya no sólo es capaz de crear fuego y herramientas, de cazar y construir, ahora genera algo que lo entusiasma y lo transporta a lugares antes desconocidos: al placer y a la emoción pletórica de la fiesta y el rito. Y así, por medio de movimientos cada vez más ligeros y sugestivos, el hombre y la mujer danzarines van desarrollando otra de las características esenciales de nuestra especie: el erotismo.

Ritmo, sensualidad y representación, tres aspectos de la danza que, al liberarnos y diferenciarnos de la vida reducida a la mera sobrevivencia, es también manifestación del libre albedrío y develamiento de la poiesis.

El arte de la danza como lenguaje y representación es el primer acto generador de sentidos y, quizá, también la primera metáfora: el primer poema declamado por la humanidad en esta Tierra. Un poema impronunciable e inabarcable de movimientos, ecos, imágenes, fuerzas y silencios: el inefable lenguaje de la no palabra.

“Un poema, por ejemplo, es acción, porque un poema no existe más que en el momento de su dicción: entonces está en acto. Este acto, como la danza, no tiene otro fin que el de crear un estado; este acto se asigna sus propias leyes; crea, también, un tiempo y una medida de tiempo que le convienen y le son esenciales: no podemos diferenciarlo de su forma de duración. Empezar a recitar versos es entrar en una danza verbal”.[21]

Danzar es recitar un poema con el cuerpo, es transformar a la existencia en un fenómeno estético. De su surgimiento en los albores de la humanidad se adivina el devenir del homo-animal, cazador y recolector, en homo-artista dueño de un cuerpo erotizado, elevado por la embriaguez, que ha conquistado su capacidad creadora. Dionisios y Apolo bailando con nosotros alrededor del fuego (abuelo de todos los dioses), divinidad encarnada en nuestro cuerpo que nace, vive y muere en el transcurso de la danza.

En Valéry y Nietzsche hemos encontrado que la danza es “[…] aquella vida interior […] hecha enteramente de energía y sensibilidad en constante cambio recíproco y reversible”.[22]

“[…] una poesía general de la acción de los seres vivos: (que) hace del cuerpo al que posee un objeto cuyas transformaciones, sucesión de aspectos y búsqueda de los límites de las fuerzas instantáneas del ser nos remiten a la función que el poeta da a su mente… a las metamorfosis que de ella obtiene, a los desvíos que le solicita y que lo alejan, a veces excesivamente, del suelo, de la razón, de la noción media y de la lógica del sentido común”.[23]

La danza expresa la libertad individual, nos posibilita ser originales desde un cuerpo del que nos hemos reapropiado y gracias al cual nos reconocemos como devenir en carne y hueso. La danza llena de felicidad toda existencia pues “La única felicidad está en la creación: ¡todos debéis crear juntos y en cada acción tener esa felicidad!”[24] Gracias a la danza el individuo accede a un estado anímico ligero, fluido y lleno de poder pues se halla, al fin, fundido con el devenir del mundo: se ha reconciliado con el origen enigmático, con la Naturaleza y con el misterio universal.

Bailarín símbolo de la vida porque busca “[…] unificarse y fundirse con sus pensamientos, […] ama y odia con pasión, […] expresa simbólicamente su dolor primordial […] ahora él es a la vez sujeto y objeto, a la vez poeta, actor y espectador”.[25]

¡Que la danza nunca se detenga y nos lleve a la transmutación! Ese es el deseo eterno que Zaratustra nos ha regalado en sus canciones. Démosle entonces, a cambio, el amor de nuestro baile.

“Del sol he aprendido esto, cuando se hunde él, el inmensamente rico: derrama oro sobre el mar desde riquezas inagotables, – ¡de tal manera que hasta el más pobre de los pescadores rema con remos de oro! Esto vi en otro tiempo y no me sacié de llorar contemplándolo- Igual que el sol quiere también Zaratustra hundirse en su ocaso”.[26]

Dirijámonos pues a nuestro ocaso inevitable como estrellas danzarinas y derramemos nuevas fuentes áureas en el horizonte de quienes nos siguen. De aquellos que bailarán y renovarán nuestras viejas canciones honrando a la vida, a su ligereza, y rindiendo pleitesía al poderoso misterio de nuestro cuerpo erotizado mediante el divino lenguaje de la no palabra.

 

Bibliografía

  1. Bachelard, Gastón, El aire y los sueños, Fondo de Cultura Económica, México, 2002.
  2. Bachelard, Gastón, La intuición del instante, Fondo de Cultura Económica, México, 2002.
  3. Brandes, George, Nietzche. Un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, Sexto Piso, México, 2004.
  4. Deleuze,  Gilles, Nietzsche, Arena Libros, Madrid, 1965.
  5. Deleuze, Gilles, Nietzsche y la filosofía, Anagrama, Barcelona, 2002.
  6. Nietzsche, Friedrich, Canciones del príncipe, Endimión, Madrid, 1988.
  7. ________________, Así habló Zaratustra, Alianza Editorial, México, 1989.
  8. ________________, La voluntad del poderío, Ed. EDAF, España, 1998.
  9. ________________, El nacimiento de la tragedia,  Alianza Editorial, Madrid, 2003.
  10. ________________, Estética y teoría de las artes, Ed. Tecnos-Alianza, Madrid, 2004.
  11. Valéry, Paul, “La filosofía de la danza” en Teoría poética y estética, Ed. Visor distribuciones, Madrid, 1990.
  12. Vásquez Rocca, A, “Nietzsche: de la voluntad de poder a la voluntad de ficción; aproximación estético epistemológica a la concepción biológica de lo literario”, en Revista Errancia, Litorales, Mayo, 2013.

 

Notas

[1] Nietzsche, Estética y teoría de las artes, p. 53.
[2] Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, p. 69.
[3] íbídem, p. 46.
[4] Hölderlin, Poemas de la locura, p. 39.
[5] Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, pp.142-143.
[6] Nietzsche, Así habló Zaratustra, p. 70.
[7] Bachelard, El aire y los sueños, p. 159.
[8] Nietzsche, Canciones del príncipe, p. 82.
[9] ídem.
[10] Bachelard, El aire y los sueños, p. 165.
[11] La voluntad de poder como voluntad de acrecentamiento del poder de la vida, de su extensión, intensificación y dilatamiento. cfr. A. Vásquez Rocca, “Nietzsche: de la voluntad de poder a la voluntad de ficción; aproximación estético epistemológica a la concepción biológica de lo literario”, en Revista Errancia, Litorales, Mayo, 2013.
[12] Nietzsche, Así habló Zaratustra. p. 272.
[13] ibídem, p. 317.
[14] Valéry, “La filosofía de la danza” en Teoría poética y estética, p. 173.
[15] ibídem, p.174.
[16] ibídem, p. 181.
[17] ídem.
[18] ídem.
[19] Nietzsche, Estética y teoría de las artes, p. 64.
[20] Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, p. 52.
[21] ídem.
[22] Valéry, “La filosofía de la danza” en Teoría poética y estética, p.184.
[23] ibídem, pp. 185-186.
[24] Nietzsche, Estética y teoría de las artes, p. 64.
[25] ibídem, pp. 66-69.
[26] Nietzsche, Así habló Zaratustra, p. 276.

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