Dispositivos de (des)subjetivación contemporánea: a propósito de la pluralidad

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Dispositivos de (des)subjetivación contemporánea: a propósito de la pluralidad

Las discusiones contemporáneas de filosofía política se desarrollan en un contexto práctico y discursivo tal, que ya no es posible apostar o defender una teoría política unitaria o que se pretenda conveniente para un modelo de individuo. La filosofía política de nuestro tiempo parte del supuesto de la pluralidad inherente al cuerpo social, y afirma que cada identidad debe ser reconocida e incluida en un proyecto de comunidad heterogéneo desde sus fundamentos. La pluralidad es, pues, una de las nociones centrales en los debates actuales de esta naturaleza.

Dicha noción presupone la cohabitación de subjetividades diversas en un territorio determinado; es decir, uno, tres, diez, cientos o millones de otros cuyas identidades puedan distinguirse nítidamente entre sí y referirse, en esa diferencia, como la totalidad de sujetos de una comunidad. Sin embargo, en contrasentido con el brío pluralista de esta época, filósofos como Giorgio Agamben, Pierre Dardot y Christian Laval describen procesos de subjetivación, es decir maneras en las que un individuo deviene sujeto, que no imprimen ya características contundentes ni forjan esencias fijas, sino que vacían de contenido estable las subjetividades contemporáneas y engendran, en consecuencia, un cuerpo social de identidades larvarias y espectrales, imposibles de denotar “sujetos”.

La categoría de sujeto no es en ningún sentido de relevancia filosófica menor, es de hecho sobre la escisión entre sujeto y objeto que nuestra cultura se ha fundado. El presente texto parte de la tesis que afirma que dicha categoría no refiere a disposiciones naturales de una conciencia trascendental, sino a intervenciones y producciones específicas de cuya actividad resultan cuerpos arbitrados, dirigidos y ajustados a necesidades prácticas de una época y un lugar concreto.

Los autores mencionados llevan a cabo sus respectivas indagaciones partiendo de esta tesis también, a través del préstamo del concepto foucaultiano de dispositivo. Vale la pena entonces explorar brevemente los rasgos distintivos de dicho concepto. Foucault utilizó el término “dispositivo” sobre todo a partir de los años 70, cuando sus investigaciones se volcaron por completo al tema del poder. Para el filósofo francés los dispositivos pueden entenderse como formaciones reticulares que vinculan y disponen en formas específicas elementos tan variados como instituciones, proposiciones filosóficas y científicas, edificios, políticas públicas, medidas judiciales, disciplinas, prácticas y otros tantos más, con la finalidad de atender necesidades precisas del régimen de poder-saber dominante en una sociedad dada. De la actividad de estas redes surge un nuevo orden completo, y sujetos y saberes que son sus correlatos; los dispositivos foucaultianos producen toda una ontología del poder: efectos de verdad, dinámicas sociales, discursos privilegiados y, por supuesto, sujetos adecuados a esas condiciones. Así pues, para el filósofo francés, lo que en cada época se ha escrito y asumido sobre la naturaleza humana no es testimonio de una razón en proceso de emancipación, sino de los efectos de verdad generados por ciertos dispositivos en marcha. La verdad del sujeto y la noción de verdad misma, desde la perspectiva foucaultiana, responden a los intereses de estratificaciones específicas y temporales de la totalidad de relaciones de poder en una sociedad.

No hace mucho Agamben escribió algunas tesis sobre este concepto foucaultiano, acerca de sus implicaciones como productor de subjetividades; en el texto “¿Qué es un dispositivo?” el filósofo italiano escribe:

Llamo dispositivo a todo aquello que tiene, de una manera u otra, la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivos. No solamente las prisiones, sino además los asilos, el panoptikon, las escuelas, la confesión, las fábricas, las disciplinas y las medidas jurídicas […] pero también el bolígrafo, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarro, la navegación, las computadoras, los teléfonos portátiles y, por qué no, el lenguaje mismo.[1]

De ser considerados por Foucault como grandes aparatos de cuyo punto de red no escapaba ninguna relación humana, los dispositivos pasan a ser, con Agamben, cualquier cosa que determine en algún sentido a los vivientes. Más aún, para el filósofo italiano es lícito realizar una división general de los entes en dos grandes clases: los seres vivos, entendidos como sustancias con infinitas potencialidades y susceptibles a ser delimitados, y los dispositivos, “al interior de los cuales no cesan de ser asidos aquellos”.[2] De la interacción entre ambos conjuntos resultan los sujetos, es decir, resultan vivientes intervenidos, gobernados. Y es bajo la luz que arroja esta relación dispositivo/sujeto, que son evaluadas las formas de subjetividades contemporáneas.

Pierre Dardot y Christian Laval sostienen, por un lado, que la semántica propia del sujeto productor de las sociedades industriales está ya en desuso. Las condiciones de la presente etapa del capitalismo han formado una subjetividad que los autores llaman “neoliberal”, “empresarial” o “de emprendedor”, que es correlato de un dispositivo de “rendimiento y placer”. El neosujeto es, afirman los autores, incierto, flexible, precario, fluido y liviano; se trata de una subjetividad que la sociología y el psicoanálisis ligan, por un lado, a la primacía del discurso científico, y por el otro a las necesidades propias de la forma actual del capitalismo.

Al menos desde el siglo XVII es tarea de la ciencia decir lo que es el hombre y qué debe hacer “con el objetivo de hacerlo un animal productivo y consumidor, un ser de herramienta y necesidad, que un nuevo discurso científico propuso redefinir para medir la personalidad”.[3]

El sujeto emprendedor es aquel inmerso por completo en un contexto de competencias. Los fundamentos del enfoque educativo y los estándares laborales forjan hombres preparados para competir con tal dedicación que la subjetividad de los individuos emprendedores resulta estrechamente vinculada con la actividad que desempeñan. Pero la motivación que estos sujetos reconocen detrás de sus acciones no es otra que la del deseo de “realizarse a sí mismos”, es decir, laboran bajo la suposición de que son motores genuinamente internos los que los impelen a comprometerse integralmente como colaboradores de una empresa. Es imperativo para los neosujetos, señalan los autores, “trabajar para empresas como si trabajaran para ellos mismos, aboliendo de este modo todo sentido de alienación e incluso cualquier distancia entre los individuales y las empresas que los emplean”.[4]

Cada emprendedor se exige ser más eficaz de manera constante, autoregulación que se expresa en la forma de satisfacción de los propios deseos. Salir avante de la competencia es para él el signo evidente de su valor individual. De esta manera, los propios sujetos reproducen, expanden y refuerzan el espacio competitivo en el que se desenvuelven; ellos comparan todas sus actividades “con una forma de producción, una inversión y un cálculo de costo. La economía se vuelve una disciplina personal”.[5]

Existe, pues, una ética de autoayuda propia de los neosujetos, un modo de gobierno interiorizado que se practica en aras de conseguir el éxito personal, y bajo la consigna de que “la vida de cada quién debe ser conducida de acuerdo a sus deseos”. El autogobierno de los individuos empresariales está avivado por los principios y valores de energía, ambición, iniciativa, calculación, vigor y combate, pero aún más, instigados por la creencia que afirma que sólo teniendo éxito laboralmente uno puede tener una vida exitosa.

El sujeto empleado por una empresa deja de considerarse a sí mismo trabajador y empieza a considerarse como una empresa personal, “cuyo valor en el mercado puede ser medido con cada vez más precisión”;[6] coincidiendo éste plenamente con el valor que tiene como individuo. Así, el orden económico sincroniza el comportamiento individual, que es azaroso, incierto y errático, con el orden de la competencia del mercado global.

Las circunstancias de la vida del singular dependen, para los neosujetos, de esfuerzos y decisiones individuales; la acumulación de recursos económicos y un “posicionamiento” de clase evidenciarían entonces trayectorias personales exitosas. El sujeto empresarial, liberado de tradiciones y estructuras colectivas, es responsable de forma ilimitada. La libertad se ha convertido así en una obligación que debe ejercerse; la normatividad a la que son sometidos los sujetos contemporáneos consiste en la estimulación intensiva del rendimiento singular.

Mientras que el sujeto industrial del periodo temprano del capitalismo estaba entroncado en la cadena de Producción-Acumulación-Consumo, los emprendedores, afirman los autores, se encuentran inmersos en la cadena de Trabajo Exhaustivo-Satisfacción-Consumo y Acumulación, en la que se mantienen en tensión dos actitudes fundamentales: la tendencia ascética de trabajar duro, por un lado, y el consumismo hedonista, por el otro. Una conjunción que se encuentra regida por el principio del exceso: El neosujeto produce excesivamente y disfruta sin mesura los bienes que adquiere. “En cierto sentido –opinan los autores– se trata de una “ultra-subjetivación”, cuya meta no es una condición final y estable de “autoposesión”, sino un más allá del yo que está siempre alejándose, y que está constitucionalmente alineado en su propio régimen con la lógica de la empresa, y sobre todo, con la del “cosmos” del mercado mundial”.[7]

El dispositivo de rendimiento/placer, como le llaman los autores, “está repartido en diversificados mecanismos de control, evaluación, e incentivación y es propio de los engranes de la producción, a todos los modos de consumo y a todas las formas de relaciones sociales”.[8] Bajo estas condiciones, las únicas figuras que genuinamente operan como referencias sociales son el mercado y sus promesas; ni la de naturaleza política, ni la de religiosa, la forma general de la institución humana en las sociedades capitalistas occidentales, señalan los autores, es la empresa.

Así pues, el neosujeto producido por el dispositivo de rendimiento/placer puede entenderse como un tipo de individuo que se autodirige de acuerdo a lo que supone que son sus propios deseos y que está suspendido fuera de los marcos simbólicos que tradicionalmente se utilizan para diferenciar sujetos y objetos. Sus relaciones personales se desarrollan en forma de transacciones y su proyecto de vida está integralmente reducido a su dimensión laboral.

Un sujeto, por definición, no es una empresa; si nos situamos en el discurso clásico del capitalismo encontraremos que, por un lado, están los objetos, cuyo valor es calculable, intercambiable y cuyo fin es ser consumidos o utilizados por aquellos del otro lado, es decir, los sujetos que los producen y los usan. Pero este nuevo tipo de subjetividad hace inoperantes las categorías canónicas de la tradición occidental.

El hecho de que un singular sea indistinguible en sus determinaciones y aspiraciones a las de la empresa en la que labora plantea un problema cuyas implicaciones son de gran relevancia para las discusiones de filosofía política. El sujeto, que repetidamente en nuestra tradición se había proclamado aquél ente, entre todos, cuyo valor no podía ser calculado e intercambiado, por ser intrínseco, tiene ahora las cualidades propias de su contraparte.

En este sentido, podríamos afirmar que lo que tiene lugar en la época presente no es un proceso de subjetivación, sino uno muy peculiar de des-subjetivación, en el que la identidad individual se torna la objetual y repetitiva de la empresa que compite en el mercado mundial, y cuyo único fin es la ganancia sistemática. Sujeto y objeto se vuelven, de esta manera, categorías indecidibles.

Volvamos ahora al texto “¿Qué es un dispositivo?”. Agamben no se enfoca en ningún dispositivo concreto al analizar los procesos de subjetivación contemporánea; después de sentar las tesis fundamentales acerca de la función y naturaleza de este concepto, que analizamos brevemente el principio, continúa señalando que la fase del capitalismo en la que vivimos puede calificarse como una gigantesca acumulación y proliferación de dispositivos; aunque un viviente puede dar lugar a múltiples procesos de subjetivación y aun si los dispositivos existen desde que ha existido el homo sapiens, afirma Agamben, “parece que actualmente no hay un solo instante en la vida de los individuos que no sea moldeado, contaminado o controlado por un dispositivo”.[9]

Lo que resultaría, no en subjetividades híper-intervenidas o dirigidas integralmente sino en procesos de des-subjetivación. Cada intervención supone una modificación sustancial en las determinaciones del individuo, es decir, en aquello que en todo caso permite referir y diferenciar a los singulares; ahora bien, a cada proceso de subjetivación le correspondería sine qua non el abandono total o parcial de la subjetividad antigua y, por tanto, un proceso de des-subjetivación que dé lugar a la impresión de nuevas determinaciones del individuo. Determinación y anulación de las determinaciones suceden de manera tan contigua y constante que ni uno ni otro mecanismo se muestran acabados, y en consecuencia, tampoco un sujeto concreto. Dice el filósofo italiano:

Aquello que define a los dispositivos que empleamos en la fase actual del capitalismo es que no efectúan la producción de un sujeto, sino más bien que son procesos que podemos llamar “procesos de desubjetivación” […] hoy los procesos de subjetivación y de desubjetivación parecieran ocurrir recíprocamente indiferentes, y no dan más lugar a la recomposición de un nuevo sujeto, sino bajo una forma larvaria y por así decirlo, espectral. En la no-verdad del sujeto no discurre, de ninguna manera, su verdad.[10]

Desde estas dos perspectivas, los procesos que tradicionalmente deberían engendrar identidades nítidas y bien afianzadas, actualmente generan individuos que no pueden subsumirse bajo la categoría clásica de sujeto. Sea porque los singulares se asuman a sí mismos como “emprendedores”, o porque el usuario de teléfonos celulares –que también es internauta, autor de narraciones y espectador que pasa la mayor parte del día frente al televisor– no adquiere ninguna determinación auténtica sino un número telefónico o un punto en la estadística de navegadores en su área, las sociedades de nuestro tiempo, siguiendo a estos pensadores, están conformadas por sujetos que ya no pueden designarse como tales y que, entonces, demandarían la reformulación de la tarea de la política, de sus categorías clásicas y del proyecto antropológico que funda la comunidad humana. Al respecto dice Agamben:

Las sociedades contemporáneas se presentarían como cuerpos inertes atravesados por gigantescos procesos de desubjetivación, los cuales no responden a ninguna subjetivación real. Como consecuencia de ello, surgen el eclipse de la política que suponen los sujetos y las identidades reales (el movimiento obrero, la burguesía, etc.) y el triunfo de una actividad de gobierno que no persigue otra cosa que su propia reproducción.[11]

Una de esas categorías que no bastaría para dar cuenta de la política actual sería, precisamente, la de pluralidad. Pretender conservar la intención política pluralista de considerar e incluir la diversidad de sujetos, sería más que problemático, paradójico. No sólo sería imposible reconocer una heterogeneidad genuina en el cuerpo social, sino reconocer de hecho algún sujeto real. Considero que estas tesis deben instigar no el abandono del quehacer político, sino su reestructuración sustancial.

 

Bibliografía

  1. Agamben, Giorgio, “¿Qué es un dispositivo?”, Sociológica, número 73, 2011, p. 249- 264.
  2. Dardot, Pierre, y Laval, Christian, “The New Way of the World, Part I”, E-flux Journal, New York, Journal 51, 2014, en http://www.e-flux.com/journal/51/59958/the-new-way-of-the-world-part-i-manufacturing-the-neoliberal-subject/
  3. ____________________________, “The New Way of the World, Part II”, E-flux Journal, New York, Journal 51, 2014, en http://www.e-flux.com/journal/52/59938/the-new-way-of-the-world-part-ii-the-performance-pleasure-apparatus/

 

Notas

[1] Giorgio Agamben, “¿Qué es un dispositivo?”, p. 257.
[2] ídem.
[3] Pierre Dardot y Christian Laval, “The New Way of the World, Part I”.
[4] ídem.
[5] ibíd., p. 5.
[6] ibíd., p. 6.
[7] ídem.
[8] Pierre Dartod y Christian Laval, “The New Way of the World, Part II”.
[9] Giorgio Agamben, Op. cit., p. 258.
[10] ibíd., p. 262.
[11] ídem.

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