El café no es para los locos

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El café no es para los locos

LOS PACIENTES HACEN COLA PARA TOMAR CAFÉ́ EN REHABILITACIÓN, 2012

El café de los pacientes está suspendido mientras la paranoia flota en el aire. El hilo de palabras cuenta la verdad velada. Se hace sospechoso el rumor, ¡no habrá mas! el olor del café está ausente, falta saborear el líquido que quema las entrañas. Jorge de la Fuente, el paciente que daba vueltas sin control en la sala y había suspendido su mutismo al ayudar a preparar el café, llora por dentro, Yuri que no puede dar más y se conforma, tal vez Wister grite de nuevo por su mamá y por su abuela que como el café, se han ido.

Las penas con pan son menos. ¿Y con café? con café las penas pasan a segundo plano, digo yo. No es necesario, dicen los terapistas.

Y tomar un café con un amigo y fumar un cigarro y conversar ¿es necesario? ¡eso podría ser una descripción del cielo!

¿Hay cielo en el hospital psiquiátrico? Podría haber, podría. Sería un cielo café que invite a trenzar el alma.

¿Y la lectura? También podría haber aquí ¡con café, claro! Leer en voz alta y así tener voz, sí, y que sea alta.

¿Escribir? Sí, pintar y sembrar ¿Podría haber esa felicidad en el hospital psiquiátrico? Sí, tal vez sí.

Imagino a los hombres amasando ideas y que se llene el ambiente con el olor a pan de levadura.

De pronto un xanate se detiene en la banca ¿me detiene? No me mira, con graznidos llama a sus compañeros y me dice que no estoy sola.

Ya no se oyen los gritos de crónicos, ¿estarán dormidos? Hace un rato un paciente me dijo que quería dormir para siempre, ¿sería bueno despertarlo con un café?

Tuve un tío que consiguió en el sanatorio Floresta (para enfermos mentales) que un cuidador le llevará un café cada mañana y en ese momento fueron felices los dos. Me viene ese recuerdo.

Llega hasta mi el olor de las flores, hay flores amarillas, anaranjadas, violetas. El cielo se nubla y amenaza con llover. ¿Será hoy una tarde cafetera?

La paranoia flota en el hospital como el aroma del café que se alucina.

Dice el doctor Herman que a él no le toca organizar el café, tiene a su cargo ocho pacientes y no da más, es de hospital de día, se molestó porque le pedí que diera café y me dice que sabe más que yo, ¡de eso no hay duda!, se indigna porque le recuerdo que es Alberto, el jefe de Rehabilitación el que no quiere dar café a los pacientes, lo considera un gasto inútil, les quiere “quitar el vicio”, se lo dijo a Lenin, el antiguo jefe de Hospital de día. Y sí, muerto el perro, se acabó la rabia, pienso yo.

Hoy tenía pensado escapar del hospital para ir a tomar un café a la Cabaña pero no lo hice, me solidaricé con su ausencia en el recinto de los locos donde el placer de beberlo se inscribe como un deseo perenne, como una alucinación.

 

 

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