Yolanda y el niño de la pijama de rayas

Las películas que contienen imágenes de niños sufrientes han
quedado impresas en mi alma y me duelen a cada instante, me
detienen, me agobian.

Una de ellas es “El niño con la pijama de rayas” que muestra la
importancia de hablar. En esta historia los padres desconocían por
completo a su hijo y éste a los padres a pesar de que la apariencia
era de total cercanía.

El ocultamiento de la verdad produce monstruos y muerte. El padre
que es un torturador cree que fingiendo ser bueno puede ser padre,
cree que puede preservar al hijo del horror que es él mismo y eso
envía directamente al hijo al crematorio.

Lo conduce ahí al querer ser bueno para el hijo y el ensayar a serlo
en una forma artificial pero sin el hilo de transmisión que da
consistencia a nuestra vida, la detiene.

Me gusta pensar que la vida es un libro. que escribimos con la ayuda de otros

y los silencios de éstos son páginas en blanco que
van haciendo inentendibles nuestros pasos.

Tal vez el análisis consiste en llenar esos huecos con imaginación,
para hacer existir nuestro libro.

Y al pensar esto recordé un encuentro en el hospital psiquiátrico con
la madre de Yolanda con la que tuve una conversación en el patio
del hospital el viernes.

La madre de Yolanda es una mujer muy bella como su hija que está
internada.

Había conocido a Yolanda la hija, deambulando por la sala de
mujeres y ella me pidió hablar. Y me contó una historia centrada en
que su madre no la dejaba tener novio, en que su madre le impedía
vivir.

No entendí nada y ahora que casualmente la madre me abordaba en
el patio, surgió en mi la pregunta ¿por qué la locura de Yolanda?,
¿en qué consiste?, ¿por qué está aquí?

La madre la deja con los abuelos porque el abuelo se aferra a su niña.

Ella la tuvo cuando tenía dieciocho años con un hombre grande
del que se separó porque los padres no lo aceptaron. Luego se volvió
a casar y tuvo otras dos hijas. La madre no le habló nunca a Yolanda
de su padre. Y advierto entonces que la locura de Yolanda tiene que
ver con esa cadena rota.

“Nunca debiste irte, tendrías que haberte quedado a cuidarme” son
las palabras en las que Yolanda resume su malestar y se echa andar
embarazándose precisamente a la edad en que la madre se embarazó
de ella.

Yolanda quedó embarazada de “cualquiera” como cualquiera puede
haber sido su padre y así se pregunta por su origen a través de su
locura, de su entrega.

¡Pero si yo le heredé mi belleza! dice la madre, y sí, le heredó su
belleza por eso la reconocí en el patio, se parecen, es un hecho,
pero la belleza no se sostiene sin historia.

Carmen Tinajero