No tengo ninguna duda de que, en el futuro, para mantener su prosperidad, los estados más ricos del mundo introducirán en sus constituciones una disposición referente a la edad máxima hasta la cual sus ciudadanos tendrán derecho a vivir. Aquellos que deseen vivir más tiempo tendrán derecho a emigrar a otro país que carezca de tales regulaciones, mientras que aquellos que deseen morir en su país serán objeto de eutanasia.
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Dado que la existencia de los ancianos supone grandes gastos para los estados, se fomentará cada vez más el suicidio voluntario, visto como una forma de superar el egoísmo. Los ancianos que deciden suicidarse serán condecorados, y sus herederos recibirán todo tipo de deducciones tributarias.
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Los gobiernos preferirán fomentar los suicidios asistidos en lugar de los suicidios clásicos, ya que considerarán que estos estarán mejor controlados y programados, pero no condenarán ninguna forma de suicidio, ya que la muerte voluntaria será considerada una forma de devoción hacia la sociedad, una prueba. de preocupación por el destino de las futuras generaciones.
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Se multiplicarán los concursos de ensayos financiados por el Estado dedicados a elogiar el suicidio y todos irán en búsqueda de un nuevo Hegesías de Cirene.
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Los gobiernos calcularan cada vez con mayor precisión cuánto cuesta mantener a un individuo en vida, una vez que los beneficios que trae consigo su existencia sean superados por los gastos de mantenimiento de su salud, se tomará la decisión de su eutanasia, de tal manera que el Estado no asuma ningún tipo de perdida.
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El individuo será interesante para el Estado mientras su existencia traiga una beneficio. Si llega a la perdida por su mantenimiento en vida, él será eliminado como inútil.
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Si a la razón se le exige siempre calcular, inevitablemente llegará a ordenar una multitud de masacres, ya que gracias a ellas se lograra mucha economía
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Los economistas del futuro partirán de la constatación que si mueren los individuos, pueden hacer muchos ahorros.
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El asesinato en masa se convertirá en un medio indispensable para hacer más eficiente el funcionamiento del Estado.
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Los economistas observarán que, si se eliminan a los ancianos y enfermos, habrá reducciones significativas en los gastos, por lo que recomendarán proceder rápidamente a su liquidación.
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Un hombre despellejado vivo comprende con certeza qué son los dolores del parto.
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Cuando la mente o el cuerpo ya no lo escucha, el individuo tiene la obligación higiénica de recurrir al suicidio. Los más valientes se las arreglan por cuenta propia, mientras que los otros recurren a la muerte asistida.
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Cuanto más disminuya la influencia de la religión, más será aceptada la idea de la muerte asistida, y cada vez más personas la elegirán para morir. Sin embargo, como será la solución más utilizada para poner fin a la vida, será cada vez más difícil negarse a recurrir a ella, y quienes decidan morir solo cuando les llegue su hora serán sometidos a una creciente presión social para proceder como la mayoría. Una persona que espere morir de muerte natural será considerada excéntrica, si no rebelde. Con el tiempo, surgirán cada vez más iniciativas legislativas que intentarán imponer la solución de la eutanasia para todos los ciudadanos que hayan superado cierta edad o sufrimiento de enfermedades incurables. Se hablará de la necesidad de preservar su dignidad y su autonomía, pero, de hecho, todo el mundo pensara en los ahorros que se podrán lograr al eliminar los gastos con las personas que se han vuelto dependientes de la ayuda de la sociedad. Por razones puramente contables, los individuos comenzaran a ser tratados como a los perros.
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El suicidio, considerado durante mucho tiempo un verdadero agravio contra la sociedad, se convertirá en una obligación individual de quien ha llegado a la vejez.
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En el nuevo contexto, dominado por cálculos puramente económicos y liberado de cualquier consideración moral, la lucha por preservar la vida será heroica, al igual que el intento de esperar la muerte, el intento de esperar la muerte, sin esforzarse por su llegada.
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Rechazarán la solución del suicidio socialmente impuesto solo los creyentes y los nativos, los primeros para respetar los preceptos religiosos, y los otros para afirmar hasta el final el inconformismo.
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Hoy morir libremente significa poder suicidarse.
Morir libremente significará en el futuro poder sustraerse de la obligación de suicidarse.
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La obligación de cada ciudadano del futuro será la de poner fin a su vida cuando la sociedad se lo pida.
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Las personas del futuro ya no podrán morir cuando les llegue la hora, sino solo cuando reciban la disposición por parte del gobierno.
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Por decisión gubernamental, se dictaminará cuántas personas deben morir cada año para darle sostenibilidad a las finanzas públicas.
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A las personas se les dirá que demuestra dignidad aquel que se someta sin queja a las disposiciones del gobierno sobre la finalización de su vida.
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Las personas sabrán cuándo deben morir conforme a los gráficos elaborados por altos funcionarios del gobierno.
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No será Dios quien decida el momento de la muerte, sino el gobierno.
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Los primeros en las listas de personas que deberán morir cada año serán los más enfermos y los más viejos.
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Los gobiernos verán el funcionamiento de la sociedad desde una perspectiva espartana, sin compasión por aquellos que sean demasiado débiles para seguir siendo útiles.
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El Estado mantendrá el monopolio de la violencia, pero no solo se dirigirá contra quienes obstaculizan su funcionamiento, sino también contra quienes viven demasiado.
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Se inducirá la idea de que es una discriminación que algunos vivirán más tiempo y otros menos, y se sostendrá que es necesario igualar, en la medida de lo posible, las edades a las que morirán los individuos.
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Los demagogos pedirán el voto de los pobres, argumentando que, si llegan al poder, impedirán que los ricos vivan más que ellos.
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En una sociedad próspera, la apuesta no será necesariamente igualar los ingresos, sino igualar las edades a las que muere.
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Los pobres harán todo lo posible para impedir que los ricos utilicen sus recursos financieros superiores para vivir más tiempo.
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En las campañas electorales, se exigirá que todos mueran a la misma edad, independientemente de su raza, religión, sexo o ingresos.
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El hombre del futuro no aceptará que su vecino viva ni un solo día más que él.
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Los legisladores se esforzarán por no permitir que las personas vivan tanto como puedan, sino solo lo que está permitido.
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El Estado adquirirá las prerrogativas necesarias para establecer cuándo debe terminar la vida de sus ciudadanos, alegando que así eliminará la anarquía de la sociedad.
Nota
Original inédito en rumano: “Cîteva reflecții despre moartea voluntară și tentația totalitară a statului. O distopie”. Traducción al español y notas por Miguel Ángel Gómez Mendoza (Universidad Tecnológica de Pereira-Colombia). Se traduce y publica con autorización del autor.
