Resumen: Este artículo explora la interrelación entre el ateísmo existencialista de Jean-Paul Sartre y su noción de responsabilidad vinculada a la libertad humana, centrando el análisis en la obra “Las moscas” y su relación con “El ser y la nada”. En “Las moscas”, Sartre utiliza la figura de Orestes para ilustrar el descubrimiento de la libertad individual, en contraste con la influencia represiva de la superstición divina, representada por Júpiter. Se analiza cómo esta libertad existencial no está exenta de angustia y responsabilidad, pero permite al sujeto asumir la autoría de sus acciones sin recurrir a justificaciones trascendentes. Esta obra dramatiza, así, el compromiso ético de la filosofía sartreana, en la que el individuo debe enfrentarse a la vida sin ilusiones metafísicas, siendo la libertad una condición inherente e ineludible de su existencia.
Palabras clave: existencialismo, libertad, ateísmo, superstición, responsabilidad, Sartre.
Abstract: This article explores the interrelation between Jean-Paul Sartre’s existentialist atheism and his notion of responsibility linked to human freedom, focusing on an analysis of “The Flies” and its connection with “Being and Nothingness”. In “The Flies”, Sartre uses the character of Orestes to illustrate the discovery of individual freedom, in contrast to the repressive influence of divine superstition represented by Jupiter. The analysis shows how this existential freedom, though marked by anguish and responsibility, allows the subject to assume authorship of their actions without recourse to transcendent justifications. This work dramatizes the ethical commitment of Sartrean philosophy, in which individuals must face life without metaphysical illusions, with freedom being an inherent and unavoidable condition of existence.
Key words: existencialism, freedom, ateism, superstition, responsibility, Sartre.
A mi amiga R.P.R.
“¡Nada más pobre bajo el sol conozco que vosotros, oh dioses!”
W. Goethe, Prometeo
Introducción
Es famoso el postulado de la ontología existencialista sartreana que plantea como base un ateísmo, el cual remite a una priorización de la existencia a la esencia:
“El existencialismo ateo (…) Declara que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es (…) la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define”.[1]
En ese sentido, que el ser humano se defina a sí mismo encierra una noción de responsabilidad ante su libertad. En la obra teatral “Las moscas” (1943) de Jean-Paul Sartre, también parece remitirse a esta libertad ante la muerte de Dios y la actitud filosófica de responsabilidad ante ella, la cual está vinculada a su obra del mismo año “El ser y la nada” (1943).
Sobre esto hay que considerar que la literatura fue un instrumento importante para la divulgación de las ideas filosóficas para Sartre, lo cual toma notoriedad en obras como “La náusea” y en la mayoría de sus obras teatrales. Al respecto, “Las moscas” es una obra que podría considerarse referente sobre el concepto de libertad sartreano, hasta el punto de que se señala:
“En Las moscas, ha apuntado Jeanson, es la totalidad de los problemas sartreanos la que se ve surgir inmediatamente, hasta el punto de que, sin demasiada exageración, podría considerarse la obra de Sartre en su conjunto como el comentario, la crítica y la ampliación del concepto de libertad que propone este drama”.[2]
Por ende, se pretende en el presente trabajo abordar el argumento de Las moscas para comprender, a través de “El ser y la nada” la vinculación entre el ateísmo sartreano (i.e. la muerte de Dios) y la libertad humana como responsabilidad.
Consideraciones sobre el argumento de Las moscas
La obra Las moscas hace referencia al drama griego de la “Orestía”, según el cual el rey Agamenón, al regreso de diez años en la guerra de Troya, es asesinado por su esposa Clitemnestra junto al amante de ésta, Egisto. Esto por la irritación de la primera, al haber sido supuestamente sacrificada por él la hija de ambos, Ifigenia, para permitir a las tropas zarpar hacia dicha guerra.
Tras el asesinato del rey, Orestes (hijo de Agamenón y Clitemnestra) es entregado para que lo asesinen, mientras que su hermana Electra se queda sirviendo en el palacio bajo malos tratos. Orestes no es asesinado, y en su adultez regresa para vengarse, asesinando a su madre y al susodicho amante.
La tradición griega refiere ese conjunto de tragedias en la familia de los Atridas a un castigo de los dioses: respecto a estos dioses se revela el Orestes de “Las moscas”. En la obra de Esquilo, dicho personaje pide la ayuda de Zeus para tomar venganza por la muerte de su padre,[3] mientras que en la obra de Sartre reniega de los dioses para obtener su propia libertad.
Si bien Las moscas cuenta con una fuerza retórica muy impresionante, no es suficiente para mostrar los fundamentos del concepto de la libertad de la filosofía sartreana. “El ser y la nada” es la que se encarga de dictaminar dichos fundamentos filosóficos. Parece ser que esta puesta en escena busca ejemplificar la libertad según la concepción del autor, con la intención de darle un sentido práctico a dicho postulado filosófico.
La trama de “Las moscas” se desprende del dilema de Orestes respecto a tomar venganza o no sobre el asesinato de su padre. Orestes fue criado lejos y hasta poco tiempo atrás no sabía nada de su procedencia. Al llegar a Argos, parece renuente al respecto. En el sitio todas las personas visten de negro y hay una plaga de moscas sobre ellos.
El rey sucesor, Egisto, estableció el miedo sobre el pueblo, un miedo moral basado en la superstición religiosa. Una vez al año, todo el pueblo debe ir a una cueva, donde debe enfrentarse con los fantasmas de sus muertos. Esto despierta una vida de remordimiento y terror en todos, incluso en el propio Egisto.
Electra pasa su vida bajo el maltrato de su madre y su padrastro. Los odia en secreto y sueña con el regreso de Orestes para tomar venganza. En la obra se muestra su rebeldía frente a estos, en la ceremonia de los muertos. Asiste con un vestido alegre a dicho evento, en el cual se debía mantener el luto.
Orestes se presenta a la ciudad bajo la falsa identidad de Filebo, conoce la situación general de la ciudad, no parece estar interesado en intervenir. Solo piensa en llevarse a su hermana lejos de dicha situación. Electra no quiere marcharse. Orestes pide al cielo una señal para poder decidir su actuar, y el dios Júpiter (quien es un personaje antagonista de la obra) se la muestra de forma evidente.
Al ver dicha señal es donde nace la conciencia de la libertad en Orestes. Esta señal consiste en una luz que apunta directamente a un guijarro, Orestes exclama: “Entonces… eso es el Bien. (Una pausa; sigue mirando la piedra.) Agachar el lomo. Bien agachado. Decir siempre “Perdón” y “Gracias”… ¿es eso? (Una pausa; sigue mirando la piedra.) El Bien. El Bien ajeno…”.[4]
En este pasaje parece indicarse que “la libertad de Orestes es una libertad «para sí», considerando inesencial su existencia «para otro»”.[5] En ese momento Orestes reniega del bien ajeno, de la sumisión ante los mandatos del otro, especialmente de la dirección divina.
Seguidamente Orestes siente la náusea: “Algo que acaba de morir”.[6] Ese algo es el dios sobre el cual delegaba la responsabilidad de sus actos, tomó conciencia de su libertad. Así, las moscas es una obra que representa el pensamiento existencialista ateo, pues dentro de sus intenciones está la supresión de Dios.
Por su parte, Electra muestra un fuerte arrepentimiento después de que Orestes asesina a Clitemnestra y Egisto, lo cual la lleva a la desesperación, y es presa de las moscas. En la obra estas moscas son producto del dios Júpiter y representan el arrepentimiento, el cual alimenta el poder de la divinidad sobre la libertad humana. Júpiter, al ser un dios, necesita de la servidumbre humana, por lo cual favorecía a Egisto. Aquí es notoria, como una tesis fuerte de la obra sartreana, que la superstición religiosa necesita de un aparato institucional que lo sostente para tener al ser humano en servidumbre.[7] Esto rememora al “Prometeo” de Goethe:
“y de fijo que el hambre os acabara,
si no fuera infinita la caterva
de esos locos, pueriles pordioseros
que nunca la ilusión del todo pierden.”[8]
Desde esta necesidad de la divinidad por la servidumbre, al morir Egisto, Júpiter intenta doblegar a Orestes para que tome el lugar de aquel. De esto se desprende una discusión en la cual Orestes reafirma la autoría de sus actos en libertad, siendo suyas las consecuencias de que estas sean positivas o negativas. Esto, como se señalará más adelante, es central en la filosofía de la libertad de Sartre.
Finalmente, Orestes decide cargar con los crímenes de todos los ciudadanos de Argos, llevarse las moscas, asumir la responsabilidad de estos. Aquí entra en escena la responsabilidad frente a la libertad, también componente de la filosofía sartreana.
Abordaje desde “El ser y la nada”
Al final de El ser y la nada, Sartre anuncia una obra que exponga un conjunto de preguntas de orden moral que se desprenden de ésta. De este conjunto de preguntas toma mayor preponderancia en “Las moscas” la que señala: “¿Es posible, en particular, que la libertad se tome a sí misma como valor en tanto que fuente de todo valor, o deberá definirse necesariamente con relación a un valor trascendente que la infesta?”.[9]
Para dar respuesta a ésta, se debe primero hacer referencia a algunos aspectos clave, iniciando con la distinción entre lo que es en-sí, y lo que es para-sí. En Sartre se realiza una diferenciación entre la cosa y la conciencia. El ser humano es sujeto de conciencia, pero conciencia de algo, pues está situado en el mundo por su cuerpo.[10]
Siendo que la “cosa es en-sí; la conciencia es para-sí”,[11] existe entonces una relación en cuanto al ser para-sí, que se refiere al ser humano, sujeto de conciencia, y el ser en-sí, el cual es la cosa carente de deseo, conciencia, angustia, proyectos.[12] De esta forma se puede decir que “El para-sí está condenado a ser libre, no el en-sí, el cual no está ni libre ni determinado ni indeterminado, solo es”.[13]
Sobre estas nociones se fundamenta también la concepción ateísta de Sartre, el cual afirma que:
“Dios es un imposible, una contradicción, pues tendría que ser al mismo tiempo un ser en-sí, pleno sólido, necesario y un ser para-sí, vacío, confuso, desintegrado, es decir, nada. Dios sería al mismo tiempo, el ser y la nada, lo cual es contradictorio”.[14]
Por otra parte, en el debate tradicional entre libertad y determinismo, los primeros han buscado una manera de escapar de la cadena de causa-efecto[15] para poder fundamentar la libertad. La propuesta de Sartre parece abordar su fundamentación por ese rumbo, señalando justamente esa relación del en-sí y el para-sí, aunque de forma peculiar.
Según este pensador francés, el para-sí suele proyectarse en sus fines reconociendo en estos una negación del estado de cosas que son (por ende, saliéndose de este estado de cosas). El para-sí cuenta con una intencionalidad que le remite a una negación del mundo, una situación que no es en el en-sí, estableciendo allí los fines de sus actos, y configurando medios o móviles para alcanzarlos: “Ser, para el para-sí, es nihilizar el en-sí que él es”.[16]
Para Sartre, no hay forma para el ser humano de escapar a la libertad, pues la conciencia es parte constituyente suya, no puede dejar de considerar su realidad como insuficiente, separada por una nada de lo que es y será.[17] Sobre esta condición se puede señalar:
“También nos dirigiremos al cogito para determinar la libertad como libertad que es nuestra, como una pura necesidad de hecho, es decir, como un existente que es contingente, pero que no puedo no experimentar. Soy, en efecto, un existente que se entera de su libertad por sus actos; pero soy también un existente cuya existencia individual y única se temporaliza como libertad. Como tal, soy necesariamente conciencia (de) libertad, puesto que nada existe en la conciencia sino como conciencia no-tética de existir. Así, mi libertad está permanentemente en cuestión en mi ser; mi libertad no es una cualidad sobreañadida ni una propiedad de mi naturaleza: es, exactísimamente, la textura de mi ser”.[17]
Dicha condición de libertad, bajo la cual el ser humano está “condenado”, implica que no es una condición que se presente a unos y a otros no. Sartre señala que “El hombre no puede ser ora libre, ora esclavo: es enteramente y siempre libre, o no lo es”.[18] Dirigiéndolo al caso de “Las moscas”, todos deben estar constituidos en su ser por la misma condición de libertad, al ser sujetos de conciencia. A pesar de esto, es evidente que dicha condición no tiene la misma apariencia en todos los personajes, ni se hace de ella uso de igual forma.[19] La libertad no es sustancial, no se constituye de la misma manera ante un sujeto que ante otro.
Es entonces que sólo es posible hablar de una libertad singular, de mi libertad, según señala Sartre. Esto debido a que la libertad es el fundamento de las esencias, no una esencia misma. Lo mismo puede decirse de la conciencia, la cual es también singular en cada individuo (de aquí la importante del cogito como conciencia del yo). Ya que “(…) no podría describir una libertad común al otro y a mí”,[20] y por ende no existiendo esa esencia de la libertad, es entones que el problema del “descubrimiento” de dicha libertad no puede ser encontrada para el otro.
El descubrimiento de la libertad es uno de los ejes centrales en “Las moscas”, Júpiter en representación de la divinidad, teme y desprecia a Orestes al reconocer éste su libertad. Al respecto Júpiter advierte a Egisto (el cual, como rey, cumple el mismo cometido que los dioses): “Te he dicho que fuiste creado a mi imagen. Los dos hacemos reinar el orden, tú en Argos, yo en el mundo; y el mismo secreto pesa gravemente en nuestros corazones”.[21]
Dicho secreto que la divinidad y sus instituciones enajenan consiste en la libertad humana. Sartre apunta en “El ser y la nada” que cuando se tiene los fines como trascendencias al sujeto, como cosas puestas en el mundo, sea por la naturaleza o por Dios, se comete el error de ignorar la responsabilidad de la libertad que es la verdadera fundante del valor de esos fines.[22] Precisamente, sobre Orestes se señala:
“Sin embargo —ha indicado Pollmann al examinar la figura de Orestes—, toda la obra es tan sólo un canto a la libertad individual, porque nunca hay «una libertad que puede ser compartida por dos», no hay un «nosotros» del que pueda predicarse la libertad, sino que siempre hay que enfrentarse en solitario con la acción mediante la respectiva elección”.[23]
Una de las razones por las cuales se evade la libertad es la angustia que esta genera. “El ser humano es el que transforma ‘su’ mundo, por lo que se comprende que la angustia es el sentimiento de una libertad que elige sus actos”.[24] Este sentimiento está muy presente en la novela. Es muy notorio, por ejemplo, en Electra tras el asesinato de Clitemnestra. Sólo que ésta no es capaz de asumirlo, pues no reconoce la noción de libertad de la misma forma en que la reconoce Orestes (aunque la forma de ejercerla de ambos es igualmente efectiva).
Aquí es importante apuntar la distinción entre “móviles” y “motivos” como consecución de fines, y su relación con la libertad. Para Sartre, todos estos componentes se configuran en el desarrollo de la libertad. Se muestran, junto con los actos, como una misma estructura.[25] Y tanto los móviles como los motivos son compatibles con la libertad humana, a pesar de sus diferencias, ya que la libertad se encuentra a la hora de establecer los fines.
Por motivos Sartre entiende “(…) la razón de un acto, es decir, el conjunto de consideraciones racionales que lo justifican”.[26] De aquí podría desprenderse en la obra la posición de Orestes, el cual actúa de forma principalmente racional, identificando la necesidad de afirmar su libertad contra la imposición divina.
Por otra parte, móvil “(…) es considerado comúnmente como un hecho subjetivo. Es el conjunto de deseos, emociones y pasiones que me impulsan a cumplir determinado acto”.[27] Dentro de los móviles se encuentran los que impulsan a Electra a tomar venganza por los maltratos recibidos por su madre.
En el marco de la obra, podría justificarse esta categorización de los personajes sobre el hecho de que Orestes no tenía un resentimiento tan fuerte contra su madre. Poco o nada recuerda de su infancia, ni sufrió los embates del reinado de Clitemnestra.
Ambos, móviles y motivos, responden a un fin, el cual es un estado ideal de cosas que está fuera del mundo, en el sentido en que funge como negación de éste. La pasión, encontrada en los móviles, también realizan este acto de nihilización del mundo, así también toma el papel de los motivos en el marco de la libertad:
“¿La pasión no es, ante todo, proyecto y empresa, no pone, justamente, un estado de cosas como intolerable, y no está obligada por eso mismo a tomar distancia con respecto a ese estado y a nihilizarlo aislándolo y considerándolo a la luz de un fin, es decir de un no-ser?”.[28]
A esto se suma que, la voluntad, que responde a un acto reflexivo de motivos para la consecución de los fines, no es la fundamentación de la libertad. Más bien, esta corresponde a una manera de ser frente a los fines, los cuales pueden ser los mismos en lo pasional.[29] Nuevamente, es notorio en este punto el papel de Orestes, que se dirige a un fin mediante la voluntad y de Electra que lo hace por la pasión.
Pero en el caso de Orestes, no se puede explicar el asesinato solo por su intención objetiva en cuanto a motivos. También hay una parte de móvil, de “irracional”, la cual no puede ser explicada. Si bien su fin era el reconocimiento de la libertad, dentro de sus posibilidades decidió, por ejemplo, el asesinato de Egisto (del cual bien podía prescindir). Respecto a los fines, Foulquié señala:
“Se podría también objetar a Sartre la gratuidad de su hipótesis de una elección original que guiase toda la actividad de nuestra conciencia: siendo anterior a toda reflexión, la elección no puede ser comprobada; así pues, su existencia se supone infundadamente”.[30]
Pero ¿qué pasa con el pueblo que se encuentra sumido por las moscas de la culpa y el miedo? En ellos parece no haber más que sumisión frente a un estado de cosas. Esto no sucede, como bien señala Sartre, por una cuestión de hábito (en “Las moscas” no llegan a habituarse o sentirse cómodos con dicha situación), sino porque capta el estado de cosas en que vive en su “(…) plenitud de ser y no puede imaginar que pueda ser de otro modo”.[31] De este modo:
“Pues es menester aquí invertir la opinión general y convenir en que los motivos para que se conciba otro estado de cosas en que a todo el mundo le iría mejor; no son la dureza de una situación ni los sufrimientos que ella impone; por el contrario, sólo desde el día en que puede ser concebido otro estado de cosas una nueva luz ilumina nuestras penurias y nuestros sufrimientos y de aquí vemos que son insoportables”.[32]
Cuando Electra se presenta vestida con colores de fiesta al encuentro con los fantasmas del pasado y da un discurso increpante, un nuevo estado de cosas vislumbró en el pueblo, pero fue rápidamente reprimido por la superstición. Ante esto Egisto le dice a su esposa: “¿Habéis visto? Si no los hubiera aterrorizado, se libraban en un santiamén de sus remordimientos”.[33]
Pero las elecciones realizadas por los ciudadanos del pueblo también responden a fines. También son ejercicio de su libertad irrenunciable. Aunque sean realizadas desde la mala fe, desde el miedo, etc., impuesto por principalmente desde un marco de superstición religiosa, siguen respondiendo a fines desde los cuales se proyectan.
“La elección puede llevarse a cabo en la resignación o en el malestar; puede ser una huida, puede realizarse en la mala fe. Podemos elegirnos huidizos, inasequibles, vacilantes, etc.; hasta podemos elegir no elegirnos: en estos diferentes casos, hay fines puestos allende una situación de hecho, y la responsabilidad de esos fines nos incumbe; cualquiera que fuere nuestro ser, es elección, y de nosotros depende elegirnos como «grandes» y «nobles» o «viles» y «humillados»”.[34]
Se debe tomar en cuenta también la decisión de Orestes de cargar con las moscas de Argos. Tomando en consideración que la libertad es individual, y que no puede ser otorgada por otro, ni se puede “liberar” a otro, pues todo ser humano está condicionado a la libertad; podría interpretarse de forma errónea dicha escena sin tomar en consideración lo correspondiente a la responsabilidad en “El ser y la nada”.
Para Sartre existe una responsabilidad del sujeto respecto al mundo entero, respecto a las guerras, los conflictos, “más allá de lo que, desde un punto de vista del buen sentido, ha podido libremente elegir”.[35]
Esto es debido a que el para-sí es “(…) aquel por quien se hace que haya un mundo”.[36] Sartre señala sobre esto que es irrenunciable la responsabilidad, y que sea cual sea la disposición que se tenga hacia dichos sucesos, siempre existe esa intencionalidad que forja el mundo. Es entonces que el ser humano debe tomar la responsabilidad de su condición humana.
Bien es claro que esto es una concepción “moralista” según señala el propio autor.[37] Sartre apunta que sea cual sea la situación que daba afrontar el sujeto como su responsabilidad:
“debe asumirla con la orgullosa conciencia de ser autor de ella, pues los mayores inconvenientes o las peores amenazas que pueden afectar a mi persona sólo tienen sentido en virtud de mi proyecto y aparecen sobre el fondo del compromiso que soy”.[38]
Esto es así, aunque dicha aceptación de responsabilidad no implique aprobación, “(…) es simple reivindicación lógica de las consecuencias de nuestra libertad”.[39] Al respecto Orestes asume la carga de las moscas de esta manera, sin pena ni gloria, por un pueblo al cual, fuera de esta lógica, nada debía. Sobre esta responsabilidad, Paul Foulquié asegura que es un “Hecho inexplicable, gratuito, absurdo. Como todo el resto”.[40]
Resulta particular que es seleccionado un personaje que puede resultar desagradable como referente a héroe: Comete asesinato contra su madre (y en esta ocasión el hecho de que sea la asesina de su padre tiene muy poca fuerza, pues no es el móvil principal). Podría decirse que se convierte en un asesinato con razones filosóficas, pues su interés es afirmar su libertad ontológica ante el condicionamiento de la superstición.
La razón por la cual la obra toma un carácter más gris a la hora de mirarla desde “El ser y la nada” podría ser señalada a partir de Bobbio:
“La libertad de la que habla Sartre no es una libertad positiva, creadora: la libertad, por ejemplo, del Dios de la metafísica especulativa (…). Es una libertad destructora, anonadante. El hombre para Sartre es el ser que da origen a la nada”.[41]
Parece retomarse aquí la formula señalada por Camus en el discurso del Nobel, sobre las exigencias a los escritores de su tiempo: “¿Quién podría esperarse de él soluciones redondas y hermosas moralejas? (…) ¿Qué escritor osaría entonces, con buena conciencia, erigirse en predicador de la virtud?”.[42]
Es así como el héroe romántico se vuelve inútil. La imagen del héroe clásico es dejada, para tomar su sitio la de Calígula, Sísifo o, en este caso, Orestes; siendo el existencialista, como señalaba Jaspers, un romántico sin ilusiones, que ha perdido su propia potencia porque perdió su ingenuidad de abarcar el mundo.[43]
Respecto a la pregunta de Sartre planteada anteriormente, sobre si es posible, en casos particulares, que la libertad se tome a sí misma como valor en tanto que fuente de todo valor; puede señalarse, en el caso de su Orestes, una respuesta afirmativa.
A pesar de esto, en casos como el de Electra, la angustia se desborda. Personajes como Orestes, que reconocen la verdadera libertad, debe ser de los pocos capaces de afrontar con el peso de la culpa de todos. En un sentido general se evade las responsabilidades morales, cuando se vuelven trascendentes los fines que el propio individuo genera en el mundo en libertad. Con el existencialismo ateo se regresa a la responsabilidad del sujeto para-sí en su conciencia para la constitución del mundo.
Habiendo señalado todo esto, se comprende que la figura del Orestes de “Las moscas” ya había sido vaticinada en “El ser y la nada”:
“Quien realiza en la angustia su condición de estar arrojado a una responsabilidad que se vuelve incluso sobre su mismo abandono, no tiene ya remordimiento, ni queja, ni excusa; no es ya más que una libertad que se descubre perfectamente a sí misma y cuyo ser reside en ese mismo descubrimiento. Pero, como se ha señalado al comienzo de esta obra, la mayor parte de las veces rehuimos la angustia en la mala fe”.[44]
Consideraciones finales
Con todo lo señalado es posible reconocer que la noción de libertad teatralizada en “Las moscas” es correspondiente con la teoría filosófica sartreana en “El ser y la nada”, y que parte de una posición ateísta clara, la cual está detrás de todo el contexto de la obra teatral y la filosófica. El ateísmo sartreano cumple la función de permitir una libertad que responsabiliza al sujeto no solo de sus actos sino también los de la humanidad. En este sentido no es una libertad que bien puede llenar de angustia, pero también de acción respecto a las condiciones del mundo al concebir un estado de cosas mejor.
En gran medida Sartre desmitifica el mundo. Le expropia su concepción divina, así como su sentido intrínseco. Para Sartre el ser humano da lugar a la nada y en ello radica su libertad, la cual solo puede ejercer mediante la muerte de Dios y todo lo que pueda enajenarlo de su responsabilidad.
Así, el ateísmo existencialista sartreano no resulta gratuito, sino que es contemplado desde un compromiso ontológico, pero también ético y político. Este ateísmo da lugar a la acción y la responsabilidad ante nuevas condiciones de vida para el individuo y su sociedad. Dándose lugar en una sociedad que parece decadente, que requiere menos superstición y más acciones que permitan transformarla de forma efectiva.
Referencias bibliográficas
- Alvarado, Víctor, Introducción a la fenomenología existencia en Jean-Paul Sartre, EUNED, San José, 2012.
- Bobbio, Norberto, El existencialismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1944.
- Camus, Albert, El revés y el derecho. Discurso de Suecia, Alianza, Madrid, 2014.
- Esquilo, Las coéforas. Obras completas, Cátedra, Madrid, 2008.
- Foulquié, Paul, El existencialismo, Oikos-Tau, Barcelona, 1973.
- García, Jacqueline, “El otro: Un encuentro con el pensamiento moral de Sartre”, en Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, Vol. 43, Núm. 109/110, 2005, pp. 151-156. Disponible en: https://archivo.revistas.ucr.ac.cr//index.php/filosofia/article/view/7509
- Goethe, Johann Wolfgang von, Prometeo. Obras completas I, Aguilar, México, 1991.
- Jairo, José, El ateísmo en Sartre (Tesis), Universidad de San Buenaventura, Bogotá, 2006. Disponible en: https://bibliotecadigital.usb.edu.co/server/api/core/bitstreams/1c6eb467-0f29-44f7-a940-076f73921ea5/content
- Muñoz Arias, Adolfo, Jean-Paul Sartre y la dialéctica de la cosificación, Cincel, Madrid, 1987. Disponible en: https://es.scribd.com/document/453854292/33706323-J-A-Munoz-Arias-Jean-Paul-Sartre-y-la-Dialectica-de-la-Cosificacion-3-pdf
- Pucciani, Oreste, “Jean-Paul Sartre”, en La filosofía del siglo XX. Historia de la filosofía (10), Fondo de Cultura Económica, México, 1992.
- Rojas Alvarado, Arturo, “La violencia desde El primer hombre de Albert Camus”, en Reflexiones Marginales, Núm. 80, marzo, 2024. Disponible en: https://reflexionesmarginales.com/blog/2024/03/26/la-violencia-desde-el-primer-hombre/
- Sartre, Jean-Paul, El ser y la nada, Losada, Buenos Aires, 2019.
- Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, Edhasa, Barcelona, 2009.
- Sartre, Jean-Paul, Las moscas. Nekrasov, Losada, Buenos Aires, 1983.
- Zamora, Álvaro, “De la libertad según Sartre: fundamentos y alguna inconsistencia”, en Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, Vol. 43, Núm. 109/110, 2005, pp. 125-131. Disponible en: https://archivo.revistas.ucr.ac.cr//index.php/filosofia/article/view/7506
Notas
[i] “(…) establecer en nosotros una continuidad sin falla de existencia en sí” (EN, 600).
[1] Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo, ed. cit., pp. 30-31.
[2] Adolfo Muñoz Arias, Jean-Paul Sartre y la dialéctica de la cosificación, ed. cit., pp. 47-48.
[3] El Orestes de Esquilo exclama: “¡Oh Zeus, que pueda vengar / yo la muerte de mi padre! / Dígnate tú ser mi aliado” (Esquilo, Las coéforas, ed. cit., vv. 18-20.).
[4] Jean-Paul Sartre, Las moscas, ed. cit., p. 41.
[5] Adolfo Muñoz Arias, Jean-Paul Sartre y la dialéctica de la cosificación, ed. cit., p. 48.
[6] Jean-Paul Sartre, Las moscas, ed. cit., p. 41.
[7] “Como ha sido indicado, en la época de El ser y la nada se refería a esa negatividad, afirmando que el hombre es lo que hace de sí mismo. Su pasado es un en sí, como también lo son las instituciones. Cada individuo ha sido constituido, a cada instante, por la conciencia en situación” (Zamora, Álvaro, “De la libertad según Sartre: fundamentos y alguna inconsistencia”, ed. cit., p. 127.).
[8] Johann Wolfgang von Goethe, Prometeo. Obras completas I, ed. cit., p. 1006.
[9] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 842.
[10] Pucciani, Oreste, Jean-Paul Sartre. La filosofía del siglo XX. Historia de la filosofía (10), ed. cit., p. 200.
[11] Pucciani, Oreste, Jean-Paul Sartre. La filosofía del siglo XX. Historia de la filosofía (10), ed. cit., p. 201.
[12] Alvarado, Víctor, Introducción a la fenomenología existencia en Jean-Paul Sartre, ed. cit., p. 33.
[13] Alvarado, Víctor, Introducción a la fenomenología existencia en Jean-Paul Sartre, ed. cit., p. 81.
[14] Jairo, José, El ateísmo en Sartre, ed. cit., p. 19.
[15] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 599.
[16] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 601.
[17] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., pp. 598, 599.
[18] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., pp. 601.
[19] “En una palabra, el mundo no da consejos a menos que se lo interrogue, y no se le puede interrogar sino para un fin bien determinado” (Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 611).
[20] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 598.
[21] Jean-Paul Sartre, Las moscas, ed. cit., p. 49.
[22] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 600.
[23] Muñoz Arias, Adolfo, Jean-Paul Sartre y la dialéctica de la cosificación, ed. cit., p. 48.
[24] García, Jacqueline, “El otro: Un encuentro con el pensamiento moral de Sartre”, ed. cit., p. 152.
[25] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 597.
[26] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 607.
[27] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 608.
[28] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 604.
[29] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 604.
[30] Paul Foulquié, El existencialismo, ed. cit., p. 89.
[31] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 593.
[32] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 593.
[33] Jean-Paul Sartre, Las moscas, ed. cit., p. 45.
[34] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., pp. 641, 642.
[35] Paul Foulquié, El existencialismo, ed. cit., p. 90.
[36] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 747.
[37] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 747.
[38] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., pp. 747, 748.
[39] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 748.
[40] Paul Foulquié, El existencialismo, ed. cit., p. 91.
[41] Norberto Bobbio, El existencialismo, ed. cit., pp. 87, 88.
[42]Albert Camus, El revés y el derecho. Discurso de Suecia, ed. cit., pp. 12, 13. En este sentido Camus fue muy consecuente, a lo cual se puede referenciar su tratamiento de la violencia en sus obras. Ver Rojas Alvarado, Arturo, “La violencia desde El primer hombre de Albert Camus”, ed. cit.
[43] Norberto Bobbio, El existencialismo, ed. cit., p. 89.
[44] Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, ed. cit., p. 751.
