Una atmósfera perversa: resistencias políticas en Nietzsche, Kant y Sloterdijk

 

Resumen: El siguiente artículo aborda desde una perspectiva crítica la política del terror como atmósfera de la actualidad, con la que individuos deben convivir, entender y si se puede comunicar. Es un ambiente difícil de negar, pero que es posible resistir. Además, su probable desmantelamiento sería inútil si no se consideran el ataque ideológico contra el anhelo por la vida, la falsa representación de la libertad por mantener la paz en el mundo y lo religioso como operaciones estratégicas en la construcción del individuo.

Palabras clave: Crítica, Política, Resistencia, Terror, Individuo.

Abstract: The following article critically addresses the politics of terror as a current climate with which individuals must coexist, understand, and, if possible, communicate. It is an environment difficult to deny, but one that is possible to resist. Furthermore, its likely dismantling would be futile if we do not consider the ideological attack on the desire for life, the false representation of freedom to maintain peace in the world, and religion as strategic operations in the construction of the individual.

Keywords: Criticism, Politics, Resistance, Terror, Individual

 

 

No «existen» hombres brutales, sino sólo su brutalización; no «existe» la criminalidad, sino la criminalización; no «existe» la idiotez, sino la idiotización; no «existe» egolatría, sino adiestramientos egoístas; no «existen» hombres menores de edad, sino víctimas de tutela. Lo que el positivismo político acepta como naturaleza es, en verdad, naturaleza falseada: represión de la oportunidad humana.

Peter Sloterdijk

 

Introducción

La música de la política del terror se deja escuchar en un mundo caótico. Allí los individuos bailan tristemente al son del dolor y el desaliento. Se pierde la felicidad momentánea y despunta una resignación inevitable. ¿Qué hacemos ahora sino obedecer a ese poder sin rostro que establece, ordena, fija, obstaculiza? Es indispensable, al menos, describir cómo opera. Escribir la letra de su perenne canción. Allí van a aparecer los medios adecuados para ejecutar una política del terror: el lenguaje, la libertad y la religión. A través de éstos considero que se puede ubicar una violencia contra la jovialidad, la autonomía y la identidad. El poder pretende, al menos desde mi punto de vista, reprimir cualquier oportunidad para formar una resistencia. Afortunadamente, algunos pensadores nos invitan a descifrar su omnipotencia. La política del terror es difusa, más no inalcanzable. Aquí desfilan como apoyo en las siguientes reflexiones los nombres de Friedrich Nietzsche, Immanuel Kant y Peter Sloterdijk: el primero nos revela la organización represiva y el furor de un ataque contra las sensaciones; el segundo muestra cómo la autonomía se enfrenta con la pluralidad de las perspectivas; el tercero desenmascara crítica e irónicamente el aparato religioso y su dominio. ¿Qué pueden decirnos ellos de una política del terror que se expande como un gas venenoso? Su anuncio es resistir desenmascarando motivos. Así, los fragmentos que siguen son el esfuerzo por trazar la presencia de la política del terror. Quizá detrás de la angustia que expide la única medicina sea la alegría por la existencia. ¡Vamos, pues!

I

El lenguaje tiene un uso político y, por ende, dominante. Nietzsche lo detecta magníficamente cuando escribe: “[…] el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira”[1] La valoración es responsabilidad de un poder que interpreta la realidad: se alude a las cosas, de tal forma que en ellas quedan enlazadas palabras y sentidos. Para Althusser, la ideología se configura desde la superestructura y determina las perspectivas, visiones, saberes, conocimientos y, por supuesto, configura “verdades”: “En una sociedad de clases, la ideología es la tierra y el elemento en los que la relación de los hombres con sus condiciones de existencia se organiza en provecho de la clase dominante.”[2] Es una característica de la humanidad nombrar lo desconocido, usar la razón para destruir mitologías.[3] El mito judío de la fundación del mundo se basa en eso. Allí el primer hombre denomina elementos, los hace emerger de lo desconocido hacia lo conocido. El mundo se reduce a palabras y el lenguaje se presenta omniabarcante. La realidad se manifiesta.

Precisamente, lo flexible del lenguaje se enfatiza cuando un poder lo usa para establecer negatividades. Nombrar, señalar y, además, fundar sentidos es construir mundos. Por un lado, el discurso político lo hace constantemente. Por otro, las ideologías emplean el lenguaje en su afán por entender y exponer una realidad. De alguna forma proceden totalizantes; integran “realidades” a su discurso. Por eso la política del terror controla el lenguaje y crea doctrinas que restringen y limitan. Etiquetas como “derechista”, “izquierdista”, “aborrece el mundo” o “descontrol total” sirven para moldear la percepción pública. Desde un punto de vista gracioso, la sociedad construye para sí su propia vulnerabilidad. Cuántas veces la sociedad ha sentido el atentado contra su unión ante cualquier crítica. Pero, jamás la disuelve, antes bien, la unifica para destruirla y desterrarla de sí.

Aunque es un instrumento de dominio, el lenguaje crea verdades inmediatas. Con él se pueden construir escenarios caóticos evanescentes. La frase que Marshall Berman recupera de Marx, “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, es el leitmotiv de los medios de comunicación. El flujo interminable de noticias amenaza al instinto de supervivencia; pero para el poderoso, llevar a cabo un plan macabro contra la humanidad es apenas un pasatiempo infantil. Por medio de la palabra se ofrenda al exterminio a pueblos enteros. La justificación es la amenaza y el peligro que “representan”. La política del terror impone su imperativo de que no hay que alterar la realidad con fantasías, ¿curioso no?

El rechazo al lenguaje de la política del terror está en la ironía. Frente a los significados obscenos, deterministas, la creatividad irónica edifica realidades alternas: “Ñeroña” en vez de “Noroña”; “presirvienta” en vez de “presidenta”; “Gobiernicola” en vez de “Gobierno”. La ironía es un resistencia gestual, ávida por descolocar el discurso dominante; se nutre de la risa que provoca lo establecido, incluso la mímica que emerge espontánea como rechazo a los imperativos del poder se vuelve catártica. Aquí una fenomenología de la “mentada de madre” podría decir muchísimo. Para que lo gestual tenga un buen funcionamiento tiene que ir cargada con una alta dosis de realidad.

II

La propuesta kantiana de atreverse a usar la razón para alcanzar la libertad es un llamado a la rebelión[4]. La esclavitud y el dominio se vuelven enemigos personales que hay que entender a toda costa. Pero Kant no invita a construir nuevos valores, sino a someter nuestra razón a un público siempre distante, adoctrinado. ¿Cómo hablar de libertad en el ejercicio público de la razón? Es allí precisamente donde nuestra razón puede oponerse al poder. A veces, la crítica a la política se convierte en una mofa para las altas economías. En primer lugar, porque tiene su fundamento en el resentimiento por todo lo superior. En segundo, porque presenta al erudito defensor en posesión de una historia inventada con miras a imponerse. En tercero, porque sus señalamientos críticos se basan en habladurías y maledicencias paradójicas.

El efecto negativo de la soledad en el individuo es una fantasía poderosa con la que se controlan casos excepcionales. Con esto se entiende que tras un aislamiento constante el individuo despersonaliza a su coetáneo hasta que le resulte extraño y ajeno. La política del terror proclama respetar la diferencia, pero solo aquella que define como aceptable y correcta. También usa el ideal de libertad a su favor en la medida en que coacciona a decidirse por caminos que ella ha construido o a lidiar con el temor a la pérdida de libertad que ella constantemente amenaza. Las ideologías luchan contra enemigos fantasmales, ese es su sentido. Tengo la impresión de que el mundo se desvanece lentamente frente a múltiples preocupaciones. Sin embargo, esto es representado por el carácter momentáneo de la existencia que sucumbe ante las fuerzas del individuo por aceptar que la vida es así y nada se puede hacer contra ella. Incluso, la pereza se ve absorbida por el uso continuo del celular y la reflexión se ve desplazada a eventualidades consideradas de suma importancia para la humanidad actual. Podría decirse que la reflexión filosófica ha quedado estancada en el hartazgo de las actitudes de época y la intelectualidad ha sentido una mayor atracción a indagar sobre la muerte, una señal que se reconoce por su continua seducción. Esto no representa un problema filosófico, tal como lo señala Camus: la importancia del valor de la vida. El valor de la vida es siempre una consideración más allá de la muerte.

En la formación de un criterio es necesario el abandono de la dogmática de las ideologías. Por eso cuesta demasiado esfuerzo pensar por uno mismo en medio de un complejo adoctrinado. Y es aquí donde, tras rebelarse, se observa la soledad individual. Al final se está solo cuando no se comparte ninguna ideología reinante. Una resistencia contra la política del terror se logra al considerar a la libertad en una oportunidad para crear una voz propia, un sentido propio de la realidad. Las actitudes del sujeto pueden desmentir su adición a cualquier ideología. Por ejemplo: el instinto por sobreponerse a cualquier autoridad nace del hartazgo a la repetición. Para ser más preciso: la rebelión implica coraje y el coraje nace del repudio a la existencia, pues es lo único que se repite día a día. De ahí que las actitudes del sujeto adherido a una ideología sean señales de una contradicción natural más que de una integridad artificial. Digamos que el feminismo actual extrae su fuerza del materialismo y de un reconocimiento social. La mujer “empoderada”, para ser considerada modelo dentro de la misma ideología, forzosamente debe poseer dinero, una posición social respetable o triunfos materiales que la coloquen como un instrumento en pro del desarrollo del capitalismo. Desafortunadamente, el capitalismo en su machismo e imposición nos enseña constantemente que la ideología no se vive, sino se sueña y se construye con ayuda del materialismo.

La plaga o la peste. Autor: Arnold Böcklin

 

 

III

En la religión asistimos a un lenguaje cifrado de difícil acceso. El poder que ella ejerce por medio de él tiene un efecto represor y placentero. No hace falta ligarse nuevamente con un ser divino y desconocido, sino considerar que las sagradas escrituras están ahí para alimentar las vanidades más groseras. Si además con ello se logra ocultar pasiones desordenadas, pues bien, tanto mejor. Entender a la religión como institución adecuada para fundamentar reglas para seres “racionales” se transforma a ojos del poderoso como el mejor instrumento de control. La política del terror lo sabe bien. Con cuanta fragilidad se presenta la crítica social en nuestros días. Nada nuevo bajo el sol: imposible que los hombres usen esta máxima sapiencial para conformarse con lo que son. Lo que desespera al “marginado” es la condición de ser representado como un esclavo, un muñeco, un títere a merced de la voluntad de otro hombre, quizá, menos inteligente que él. Lo necesario socialmente borra la naturalidad del ingenuo. La única esperanza del fracasado es sentarse por un momento en la silla del vencedor. De aquí nace la rabia por lo “dañino”, por el “poder”. La mayoría le da la razón al fracasado, le impulsa a vivir y evita su extinción de la sociedad. El retorno del fracasado es inminente. Luego, se le inyecta una música de posición política que le debilita. Ahora no piensa en sí, sino en su idea política: contra quien combatir, contra quien luchar, contra quien señalar su “juicio sabio”. Se vuelve amargo, destruye la jovialidad. Es un instrumento de la ideología. Crea enemigos por todas partes, cree ver injusticias sin conocer lo justo. Se cree autentico, único, revolucionario. Pero, realmente quién puede ser autentico en medio de una sociedad carente de arte y, por ende, de verdad. El que abandona la ideología.

El lenguaje religioso no permite en ninguna circunstancia la libre interpretación de los textos sagrados, si no es llevada a cabo por lectores autorizados. Por eso el conocimiento sagrado está destinado a los servidores de la divinidad que creen, a través del autoengaño, ser más que humanos, algo así como nacidos sin pecado concebido. En la opinión del vulgo se enfatiza la salvación a la humanidad como incomprensión de análisis social y de los sectores involucrados. De ahí que su crítica esté fijada hacia “enemigos” evidentes. Ellos consideran estar lejos de cualquier condenación sagrada, lo cual los incita a actuar contra sus propias reglas. Se propaga algo así como el impacto Rasputín: entre más se peca, más se quiere alcanzar la salvación. El odio acumulado aparece como aislamiento e incomprensión. El anhelo por lo mágico y angelical es en sí mismo un sentimiento humano al igual que el resentimiento. De ahí que la aspiración a la divinidad sea incompatible con el hombre.

Peter Sloterdijk considera que el efecto opiáceo está en cómo el religioso percibe lo divino: “En el fondo no se trata de si “hay” Dios; lo esencial es lo que piensan los hombres que afirman que Dios existe y que quiere esto y lo otro”[5] Son unos cuantos los que pueden hablar de un ser supremo y fijar el funcionamiento de los mandatos divinos. Así se construye una deidad. Por eso la conciencia individual es un instrumento para la política del terror, porque desde ahí se reprime a los seres atrevidos y autosuficientes. Actualmente, se ha minimizado la fuerza religiosa haciendo creer a los individuos en la potencia de una secularización, lo cual es sospechoso cuando no se le impulsa a crear sus propios objetos sagrados al margen de una moral de la costumbre. El poder oculta momentáneamente el imperativo religioso mientras prueba el otro tranquilizante llamado política del terror.

 

Bibliografía

Adorno, T., & Horkheimer, M. Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Tecnos, 2018.

Althusser, L. La revolución teórica de Marx. México: Siglo XXI, 1987.

Kant, I. Contestación a la pregunta: ¿Qué es la ilustración? En I. Kant, Obras escogidas (págs. 317-328). Madrid: Gredos., 2010.

Nietzsche, F. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid: Tecnos, 2010.

Sloterdijk, P. Crítica de la razón cínica (Vol. 1). (M. Vega, Trad.) Madrid: Taurus., 1989.

 

Notas

[1] Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, ed. cit., p. 25
[2] Louis Althusser, La revolución teórica de Marx, ed. cit., p. 195
[3] El análisis que desvincula a la razón con la mitología aún no ha sido planteado adecuadamente. Adorno y Horkheimer en su celebre obra Dialéctica del Iluminismo pretendieron distanciarse de los problemas para ejercer una crítica más sincera sobre la razón y el mito. No obstante, reconocieron finalmente que mientras la razón destruye mitos los construye nuevamente: desmitificar la naturaleza solo sirvió para dominarla: “[…] el intelecto que vence a la superstición debe dominar sobre la naturaleza desencantada”. Theodor Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración, ed. cit., p. 60.
[4] Immanuel Kant, Obras escogidas, ed. cit., p. 321
[5] Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica, ed. cit., p. 57