Breve historia del café en el hospital Psiquiátrico

Carmen Tinajero #42, #42 - Vidas Infames

El café es un encuentro social. La gente se reúne y conversa alrededor del café. Uno escribe, piensa, se relaciona con otros y consigo mismo en esa especie de ritual aromático que invita a vivir en grupo.

Los llamados “locos” han perdido el lazo social y deambulan rumiando sus ideas (poseídos del delirio y los neurolépticos) por el recinto cerrado, encerrado de “rehabilitación”.

Un día pensé que con el café podríamos compartir recuerdos, anécdotas, tal vez el gusto por recordar el sabor de aquellos días comunitarios y sentir con ellos el disfrutar de algo tan agradable.

No se me ocurría cómo y empecé a llevar bolsitas de café que ellos, como podían, mezclaban con agua. Encontraban el momento de hacerlo y muchas veces de compartirlo; a veces caliente, a veces frío. Luego llevé una cafetera a Crónicos, pero no se pudo organizar la distribución y la cafetera salió de ahí, tuvo otro destino.

Los pacientes seguían apreciando mucho el café en polvo y yo continuaba repartiéndolo inequitativamente porque me di cuenta de lo caro que era y no podía llevarlo siempre para todos, además la convivencia social no acompañaba al placer de beberlo.

Las terapistas no estaban muy de acuerdo con esta repartición por lo que pasó a ser clandestina, secreta. Aducían a la toxicidad de la cafeína y al desorden que provocaba la posesión de este polvo tan deseado por los pacientes. Fue entonces cuando a Lenin Blé[1] y a mi se nos ocurrió organizar una repartición de café que fuera para todos. Llevé una cafetera grande, conseguimos tasas y vasos desechables, café y azúcar. Algunos pacientes que no participaban en nada como Jorge de la Fuente adquirieron vida colaborando con nosotros. Juntos esperaban la hora del café, ayudaban a prepararlo y a repartirlo. Uno de los primeros días tomamos fotos, estaban tan alegres y platicadores que nos contagiaban su bienestar, unos lo tomaban con crema, otros solo, con mucha o poquita azúcar, el café al gusto se pudo repartir aproximadamente a cuarenta y cinco pacientes dos veces por semana y así surgió una hermandad que acercó a las salas.

En la ceremonia del café todos estábamos contentos, sabíamos que era dos veces a la semana y los pacientes esperaban ese momento como un acontecimiento en verdad social.

Pero un día las autoridades de Rehabilitación decidieron suspender esta práctica. El manual de procedimientos del hospital de día no incluía el café y se pensó que no era necesario. Los pacientes preguntaban por él, lo pedían con insistencia. Esta inquietud y este desorden no hubiera tenido lugar si no se les hubiera dado, escuché decir. No cederemos a las exigencias de algo para lo que no hay presupuesto.

Como Lenin y yo argumentamos la necesidad de continuar con la elaboración y repartición del café Alberto Baeza[2] accedió a darlo a los pacientes pero de una manera “ordenada”, que fuera acorde a los planes de trabajo.

Me explicó que no había presupuesto ni disposición del hospital para pagar por este producto superfluo y potencialmente nocivo, por esto yo me comprometí a llevarlo y lo hice. Unos diez días después supe que los pacientes tenían ya acceso al café pero con ciertas condiciones.

Ahora los pacientes ya no participan en la elaboración porque se tomó en cuenta el temor de otros consumidores trabajadores del hospital que protestaban por el poco control higiénico que habría si los pacientes le metían mano. Así que ahora son las terapistas, las encargadas de prepararlo y a los pacientes se les da un poquito de café cuando cumplen la tarea que les corresponde.

¡Se usó como un reforzador de conducta! ¡El café entró a un plan de condicionamiento conductual! y se le quito todo el sentido de lazo social que tiene el hecho de compartir el momento libremente, conversar, elegir. Esto me sorprendió y me disgustó.

No quiero llevar mas café si van a condicionar a los pacientes, como se hace al entrenar animales. No puedo ser cómplice de esta mecánica razonable y ordenada.

Y al decidir esto pienso en Liao Yiwu, el disidente chino que estuvo en la cárcel durante cuatro años por haber escrito el poema Masacre. Él dice que la cárcel es una experiencia que convierte a los hombres en animales y sólo a través de la escritura él pudo liberarse de ello.

El hospital psiquiátrico no es la cárcel, pero es un lugar de encierro donde cada paciente debe conservar su individualidad, su libertad, su diferencia, su palabra, para no convertirse en animal.

En el café la gente diferente se encuentra, puede reír con otra, conversar. Cada quien decide cuándo y con quién lo toma. El café tiene algo mágico en cuanto crea ese espacio de encuentro y no dejo de soñar con un lugar así dentro del hospital que quiero tanto.

Y mientras, creo que seguiré llevando las bolsitas clandestinamente como los cigarros, porque, como sea, los pacientes que se juntan de dos o de tres para fumar y disolver su café hacen entre ellos y conmigo un lazo social, así nada mas por gusto.

 

Notas

[1] Psicólogo encargado del departamento de rehabilitación del hospital de Salud Mental de Villahermosa, Tabasco.
[2] El nuevo jefe de rehabilitación.