La filosofía de Hegel entre el re-surgimiento de una concepción biológica-orgánica de lo real

Juan Alberto Bastard Rico #20 - Lo inenseñable en filosofía, Artículos

A pesar de que en varias ocasiones se ha señalado que la Filosofía de la Naturaleza es la parte más débil y la menos importante dentro del sistema hegeliano –incluso se le ha llegado a acusar de contener meras fantasías especulativas que poco o nada tienen que ver con la realidad empírica-, ha habido, por fortuna, uno que otro ‘despistado’ que le ha dedicado interesantes estudios y análisis con plena convicción de que ahí radica más significación de lo que comúnmente se piensa. Y no se está errado sobre todo si se considera que el principal punto de vista que atraviesa la Filosofía de la Naturaleza de Hegel –y, por supuesto, la de Schelling, a la que Hegel debe tanto- es el orgánico, asunto interesante de abordar teniendo en cuenta que Hegel presenciaba el surgimiento de las entonces llamadas ciencias de la vida.

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En efecto, el concepto de vida es para Hegel el principal concepto a considerar dentro de una Filosofía de la Naturaleza. Toda consideración filosófica de la naturaleza debe tener como concepto central el de vida. Así, Hegel ha desarrollado su Filosofía de la Naturaleza con miras a dicho concepto, el cual se vuelve el hilo conductor de las explicaciones mecánicas y químicas dadas previamente. Esto es así porque “la naturaleza es en sí un todo viviente.”[1] En otras palabras, el modo verdadero de concebir a la naturaleza es como un proceso orgánico y, de este modo, el proceso de la vida se vuelve la verdad de todos los procesos mecánicos y químicos de la naturaleza en tanto es su superación (Aufhebung): el mecanicismo y el quimismo son momentos que tienen que ser superados-conservados por la vida.

Lo que intentaremos brevemente en el presente texto es un esbozo de lo que se entiende por organicidad a partir de un comentario que hace Hegel en la tercera parte de su Filosofía de la Naturaleza –la relativa a la orgánica- al respecto de cierto modo en que la biología de la época consideraba a los entes vivos, concluyendo que el punto de vista orgánico no sólo afecta a la Filosofía de la Naturaleza, sino en general a todo el sistema filosófico de Hegel.

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Lo que Hegel comenta, refiriéndose a ciertos investigadores naturalistas franceses contemporáneos a él, es que “en el mundo de los animales se ha adoptado… la contundente distinción de la ausencia o presencia de las vértebras; la división básica de los animales ha sido así esencialmente llevada a aquella que ya vio Aristóteles.”[2] Hay que señalar que Hegel alude aquí a la distinción aristotélica entre animales sanguíneos y no sanguíneos, en donde, según el Estagirita, “todos los animales sanguíneos tienen una columna vertebral, ya ósea, ya espinosa.”[3] Por tanto, para Aristóteles, basándose en sus propias observaciones, los animales que no poseen verdadera sangre suelen ser invertebrados. Como ha señalado Hegel, dicha distinción será retomada por algunos zoólogos de la modernidad, entre los que figura Lamarck –a quien tomaremos para llevar a cabo este análisis, no sin antes revisar un poco más a fondo el particular modo aristotélico de estudiar a los entes vivos.

  1. El punto de vista orgánico de la naturaleza viviente en Aristóteles:

Aunque Aristóteles no fue el primero en hacer análisis biológicos (pues antes de él estaban Empédocles y Demócrito), sí fue el primero en hacer estudios más exhaustivos y observaciones más precisas de los seres vivos que él mismo expuso en varios de sus textos: su Historia animalium, por ejemplo, contiene una serie de datos recogidos de sus investigaciones por demás interesantes. Pero el mérito de Aristóteles no estriba sólo en esto, sino en considerar tales conocimientos empíricos de un modo netamente filosófico, es decir, en elevar todo ese mar de la experiencia al cielo especulativo para penetrar mediante el pensamiento en la verdad del objeto. Al observar y estudiar a los entes vivos, el Estagirita pasa de ofrecernos meras explicaciones anatómicas a ofrecernos explicaciones fisiológicas (es decir, a explicarnos las funciones de cada una de las partes de los entes vivos); pero aún más, a partir de esto Aristóteles nos dice que si tales partes tienen ciertas funciones esto es porque deben procurar el correcto desarrollo del organismo entero: las partes funcionan teniendo un fin en común, el organismo. Con Aristóteles comienza una concepción orgánica del viviente que a su vez presupone, como se verá más adelante, una concepción teleológica. El claro ejemplo de este modo de proceder lo encontramos en su obra De partibus animalium.

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Para explicar la relación entre la totalidad del organismo con sus partes Aristóteles parte de la distinción entre forma (eidos) y materia (hylé), que conlleva a la distinción entre fin (thélos) y necesidad (anánke): así como forma y finalidad se identifican[4], de igual modo la necesidad es identificada con la materia. Por esto mismo Hegel comenta: “Los dos momentos… de la sustancia, el de forma activa y el de materia, corresponden a estas dos determinaciones [a saber, finalidad y necesidad].”[5]

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Grosso modo, Aristóteles explica el proceso de formación de las partes de un organismo de la siguiente manera: si el organismo debe cumplir una función específica esencial para su sobrevivencia en la naturaleza, entonces es necesario que se den ciertas condiciones materiales para la formación de aquella parte que llevará a cabo tal función. Por lo tanto, si tales partes se han formado y existen en un organismo es porque su función es necesaria y esencial para el buen desarrollo de dicho ente vivo y su bienestar en el mundo natural; dicho con otras palabras, la materia se haya subordinada a la forma. “El proceso de formación se produce, pues, para la existencia, pero no la existencia para el proceso.”[6] Una nariz, por ejemplo, no se explica desde la existencia material ya dada, sino desde el para-qué se formó: en este caso, la respiración como función esencial del organismo. El fundamento no está en la materia, sino en la forma: “la naturaleza según la forma es más importante que la naturaleza material”[7] dice Aristóteles, a lo cual comenta Hegel que “lo necesario se da en la materia, y el fin se refiere al fundamento.”[8]

            Cabe señalar al respecto que este proceso de formación del organismo que explica Aristóteles es lo que Hegel ha llamado en su filosofía natural el proceso de (con)figuración. Las esenciales partes exteriores –materiales- del organismo son configuradas si estas son necesarias según el concepto o la idea del organismo mismo: “la individualidad orgánica existe como subjetividad en tanto la exterioridad propia de la figura ha sido idealizada [hasta llegar a ser] miembros, [o sea] el organismo en su proceso hacia afuera conserva en sí mismo la unidad afectada de mismidad.”[9] En el caso del animal, a diferencia de la planta, ya no sólo hay unidad exterior, sino hay también unidad interior, esto es, hay una relación intrínseca entre el organismo entero y sus partes: sin sus partes esenciales el organismo no podría sobrevivir y, de este modo, las partes existen para llevar a cabo funciones importantes que tienen como fin la estabilidad del organismo. En este sentido, el animal es para Hegel el primer sujeto como tal en tanto su unidad exterior –su figura material- es conforme a su propio concepto o idea. Pero ante esto hay que decir dos cosas: primero, que esto no sucede en todos los animales existentes; y segundo, que la intrínseca relación entre el organismo y sus partes, esto es, la unidad tanto exterior como interior puede ser explicada materialmente. Aunque Aristóteles da los primeros señalamientos de esto, es en los biólogos franceses en quienes Hegel se apoya principalmente.

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Lamarck y Darwin

 

 

  1. La organicidad del ente vivo en Lamarck:

Aunque no es algo que Hegel haya recalcado, no dudo que haya creído en una escala jerárquica de los animales según la complejidad de organización interna que tienen. Así, el género animal se divide en distintas especies que van desde los más simples orgánicamente hasta los más complejos: “el género se particulariza primeramente en especies en general. Las distintas figuraciones y órdenes de los animales… [implican] distintos escalones de su desarrollo, desde la organización más simple hasta la más perfecta.”[10] No cabe duda que aquí Hegel hace clara referencia a Lamarck, quien en su Filosofía zoológica ofrece una taxonomía de las especies animales desde las más simples hasta las más complejas basándose en la ya señalada distinción aristotélica que agrupa en dos a las distintas especies: animales vertebrados y animales invertebrados. Reconociendo que nada digno acerca de los animales apareció desde Aristóteles hasta Linneo, Lamarck dice:

En efecto, Aristóteles dividió primariamente a los animales en dos cortes principales, o, según él, en dos clases, a saber: 1. Animales que tienen sangre: cuadrúpedos vivíparos, cuadrúpedos ovíparos, peces, aves; 2. Animales privados de sangre: moluscos, crustáceos, testáceos, insectos. […] Algunos naturalistas modernos han creído perfeccionar la distinción de Aristóteles, dando a los animales de su primera división el nombre de sangre roja, y a los de la segunda el de animales de sangre blanca. […] Según mi opinión, los fluidos esenciales a los animales dejan de merecer el nombre de sangre cuando no circulan por los vasos arteriales y venosos. […] en mi primer curso en el Museum en la primavera de 1794 (año II de la República), dividí la totalidad de los animales conocidos en dos secciones perfectamente distintas, a saber: animales con vértebras, animales sin vértebras. Hice notar a mis alumnos que la columna vertebral indica, en los animales que están provistos de ella, la posesión de un esqueleto más o menos perfeccionado, y de un plan de organización que les es relativo.[11]

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La posesión de columna vertebral implica la posesión de un esqueleto que soporta el cuerpo del viviente, afirmación basada en la observación aristotélica que dice: “Todos los huesos dependen de uno solo y constituyen un sistema continuo como las venas. No existe ningún hueso aislado de los otros. El punto de partida lo forma la columna vertebral.”[12] Ya en el siglo XVIII Lamarck repite esta idea: “Se sabe que la columna vertebral es la base esencial del esqueleto, que no puede existir sin ella”[13], pero más adelante agrega que “es evidente que cualquier animal provisto de un esqueleto tiene la organización más perfeccionada que los que están desprovistos de él.”[14]

Pero, ¿cuál es la importancia de poseer columna vertebral y qué implica esto? La columna vertebral es el centro de unión de varios de los más importantes órganos de los animales que la poseen: sin ella no habría pulmones, ni tráquea ni laringe (y, por tanto, el animal no gozaría de la voz[15], signo de la perfección orgánica), y la pérdida de los sistemas muscular y nervioso así como del cerebro comienza a ser inminente. Algunos de estos órganos están ya perdidos en los peces, últimos animales vertebrados en la escala lamarckiana, quienes apenas poseen un sistema óseo imperfecto; los otros órganos se van perdiendo poco a poco según la degradación de las especies hasta los insectos: “Así termina en los insectos el importante sistema de la sensibilidad: el que, en cierto grado de desarrollo, da lugar a las ideas y que, en su mayor perfección, puede producir todos los actos de la inteligencia; en fin, el que representa la fuente de la acción muscular y sin el cual parece que no podría existir la generación sexual.”[16] Con la pérdida del sistema nervioso se pierde también la función de la locomoción.

Dado lo anterior, no cabe duda que Lamarck llevó a cabo un análisis de los animales desde una consideración organicista -y por tanto teleológica- pues consideró a las partes y sus respectivas funciones en relación al organismo entero el cual es fin. “Las partes más importantes y que deben proporcionar las principales relaciones son, en los animales, las que son esenciales para la conservación de su vida.”[17]

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Conclusión:

Hegel encontró en el pensamiento aristotélico una buena arma filosófica para contrarrestar las explicaciones de la ciencia empírica moderna –la física, sobre todo- que, a su parecer, se representaban a la naturaleza como actuando sólo de forma mecánica. Así, para Hegel, “el concepto aristotélico de la naturaleza es mejor que el actual, pues lo fundamental es para él [Aristóteles] la determinación interior de la cosa natural misma. Esto lo lleva a concebir la naturaleza como vida, es decir, como algo que tiene un fin de suyo y una unidad consigo misma.”[18] Dicha concepción aristotélica de la naturaleza es, como se ha señalado, una concepción orgánica, teleológica, viva.

            Sin embargo, también Hegel observó que entre las mismas ciencias empíricas modernas surgían algunas que, intentando dar una visión distinta del mundo natural de la que ofrecía la física mecanicista, retomaban aquel punto de vista orgánico del pensamiento antiguo, un punto de vista que además era más amable con el objeto de estudio de estas ciencias: la vida. El hecho de recuperar una concepción orgánica de la naturaleza daba a los contenidos empíricos de estas ciencias una riqueza especulativa de la cual se alegraba Hegel y que provocó incluso augurarles un buen futuro, especialmente a la zoología representada por Lamarck: “entre las ciencias empíricas difícilmente se encontrará una que tanto haya avanzado, mediante su ciencia auxiliar, la anatomía comparada, como la zoología, no sobre todo por la cantidad de observaciones (ya que eso no le ha faltado a ninguna ciencia), sino que lo ha logrado por el lado de elaborar sus materiales mirando al concepto.”[19]

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Lo que quiero destacar, finalmente, es cómo el punto de vista orgánico –y con él, según vimos, el teleológico- que re-surge en el emergimiento de las ciencias de la vida comienza a volverse no sólo en el paradigma del resto de las ciencias –la física y la química, por ejemplo- y con ellas de una filosofía natural, sino en el paradigma de la filosofía misma en general, particularmente de la filosofía hegeliana. Resulta por demás curioso que Hegel haya pensado en su sistema filosófico como un sistema de pensamiento orgánico, vivo, vitalizado; un sistema que tiene que determinarse a sí mismo desde sí mismo, que debe determinarse como un todo a partir de sus propias partes: “El todo de la filosofía constituye por ello verdaderamente una ciencia, pero se la puede ver también como un todo compuesto de varias ciencias particulares.”[20] Antes de terminar, sólo dejo planteada para pensar una pregunta que me ha surgido: ¿cuál será, de entre las ciencias filosóficas particulares, la columna vertebral de toda la filosofía?

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Bibliografía

  • Aristóteles, Investigación sobre los animales, [trad. de Carlos García Gual], Gredos, Madrid, 2008.
  • ————–, Partes de los animales. Marcha de los animales. Movimiento de los animales, [trad. de Elvira Jiménez Sánchez y Almudena Alonso Miguel], Gredos, Madrid, 2000.
  • Lamarck, Jean-Baptiste, Filosofía zoológica, [trad. de Nuria Vidal Díaz], Mateu, Barcelona, 1971.
  • Hegel, G. W. F., Enciclopedia de las ciencias filosóficas, [trad. de Ramón Valls Plana], Alianza, Madrid, 1999.
  • ——————–, Lecciones sobre la historia de la filosofía II, [trad. de Wenceslao Roces], FCE, México, 1955.

Notas



[1] Hegel, “Filosofía de la Naturaleza”, en Enciclopedia de las ciencias filosóficas, § 251.

[2] Ibidem, § 368.

[3] Historia animalium, 516b 20.

[4] Tal identificación la encontramos en Metafísica VII, 17 y Física II, 7-8.

[5] Hegel, Lecciones sobre la historia de la filosofía II, FCE, p. 273.

[6] De partibus animalium, 640a 15.

[7] Ibidem, 640b 25.

[8] Hegel, Lecciones…, p. 277.

[9] Hegel, “Filosofía de la Naturaleza”, en op. cit., § 350.

[10] Ibidem, § 368.

[11] Lamarck, Filosofía zoológica, Mateu, pp. 113-115.

[12] Historia animalium, 516a 7.

[13] Lamarck, op. cit., p. 128.

[14] Idem. La idea de un perfeccionamiento orgánico en aquellos animales vertebrados y de una degradación en los invertebrados parece ser más lamarckiana que aristotélica, es decir, a pesar de la división que Aristóteles plantea entre animales sanguíneos y no sanguíneos no parece plantear tan claramente que unos sean más perfectos que otros, aunque no dudo que esta idea podría estar presupuesta.

[15] “El pulmón es el único órgano respiratorio que puede dar al animal la facultad de tener voz.” Ibidem, p. 147.

[16] Ibidem, p. 159. El desarrollo de órganos sexuales bien definidos y distinguidos (órganos femeninos y órganos masculinos) es signo también de perfección orgánica en los animales para Hegel.

[17] Ibidem, p. 66.

[18] Hegel, Lecciones…, pp. 272-273.

[19] Hegel, “Filosofía de la Naturaleza” en op. cit., § 368.

[20] Hegel, “Introducción”, en ibídem, § 16.