La hija re-vivida

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La hija re-vivida

Cámara fotográfica antigua

Hace unos meses en el hospital psiquiátrico tomé unas fotos buenísimas, quise captar una vez más en mis imágenes el horror de la locura y “la sala de Rehabilitación” no me pareció ya tan espantosa porque a través de sus buenas intenciones que no saben de la lógica de la locura sostienen lo insostenible, de manera muy torpe. Después me invadió la sensación de “nada se puede hacer” y me sentí flotar en la locura de todos que se mezclaba para finalmente componer una melodía, una especie de himno a la verdad oculta en los rostros desquiciados de los condenados, que no eran ajenos a los terapistas, psicólogos y enfermeros congregados allí cantando con ellos ese himno sin saberlo…

-Es mi segunda casa dijo Doris-, la rehabilitadora cortadora de pelo,

-paso más tiempo aquí que en cualquier parte-. Y me contó que un paciente le pegó hace unos días, ¡no podía creerlo! El conejo agregó.

-¿El conejo?

-si, me descontó, y eso que le esquivé el golpe si no me hubiera noqueado.

¿Quién será Doris para El conejo? ¡ha convivido al margen de ella tantos años! Muchos pacientes se enamoran de la peluquera, es una mujer bonita que circula por ese gran salón sin saber lo que piensan los que cree que no piensan, los clientes de su estética, los locos.

Ese día había fiesta en Rehabilitación y saqué mi cámara, muchos pacientes querían que los retratara. ¿Querrían con esto salir de ahí? No me detuve a preguntárselos porque yo creo que sí, ya que si no me pedían la foto, querían irse en mi cámara.

Martha una paciente con la que he hablado bastante tiempo quería un cigarro con desesperación. Ya no traigo cigarros le dije y le expliqué que Don Jorge era ya el encargado de repartirlos. Poco a poco se fue calmando y como si retomase el hilo de nuestra amistad, su locura furiosa centrada en su no-lugar, la exclusión familiar y su hija muerta se disolvió en palabras. Me sonrió y su rostro se tornó dulce, se sentó conmigo y le pedí que nos tomáramos una foto.

-Sí, me dijo, pero mejor con mi hija Liz…

-Ah, qué bueno que adoptó a Liz (una joven a la que su familia rechaza argumentando que no es hija de su padre cuya única hermana que la quería murió trágicamente). A Liz la internan porque es agresiva, distinta a los demás, rara, insociable.

-No, no la adopté, me explica Martha, la encontré, ¡Liz es mi hija verdadera! y su rostro se llenó de júbilo.

-¡Liz es mi hija la que le había explicado que perdí! ¿se acuerda?

La verdad inundó la foto de madre e hija y yo me puse detrás para la foto. Detrás de ese saber que construía la escena de amor, para vivir.

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