Selfie: el olvido del ser-para-otro

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Selfie: el olvido del ser-para-otro

 4.

El avance de las nuevas tecnologías y el manejo masivo de la información que éstas posibilitan, al igual que el surgimiento de nuevos espacios de interacción social-virtual, han facilitado la transformación de la experiencia del mundo social y la reformulación del concepto de “otro”. En este contexto, la tendencia fotográfica denominada autorretrato en el formato analógico o Selfie en el formato digital, se ha constituido especialmente en nuestros días en la modificación de la propia imagen de la persona ante el otro, evidenciando así un obstáculo para un reconocimiento intersubjetivo real y reduciendo forzadamente esa experiencia que el otro tiene de mí, al simple conocimiento de un ser auto-objetivado. En ese sentido, valdría la pena abordar los presupuestos expuestos por Jean Paul Sartre con respecto al fenómeno de la mirada y la relación intersubjetiva que surge del reconocimiento mutuo y en la cual es fundamental la experiencia directa, no mediada, que el otro tiene de mí y que Sartre denomina el-ser-para-otro.

 

La selfie, una práctica cotidiana

4.1

Cuando salimos a la calle es común ver a las personas tomándose fotos a sí mismas, se fotografían con quien comen, con los compañeros de trabajo, en los espejos de los baños públicos o mientras esperan su transporte; y el siguiente paso es subir su foto a las redes sociales para compartir con todos sus conocidos lo que está sucediendo en su vida en ese preciso instante, evidenciando así la necesidad que se tiene de ir narrando la propia vida para otros, de los cuales siempre se espera un comentario, un me gusta o un Emoticono. En esta narración biográfica que se hace mediante la selfie en el ciberespacio encontramos, como ya habíamos dicho, el descubrimiento de la propia identidad, respaldada a través de la respuesta de los otros, pero su intención principal es hacer visible al protagonista de la foto, en otras palabras:

En esta llamativa tendencia de la contabilidad biográfica mediante las redes del software social destacan sobre todo dos aspectos en el fenómeno del narrar: en primer lugar, el descubrimiento de su propia identidad, del ‘yo’, no como un ser aislado sino a través del diálogo con los demás ya que mi identidad depende en gran medida de mis relaciones dialógicas con los demás. La contabilidad biográfica, por tanto, sirve principalmente para presentarse a sí mismo como un individuo a los demás y para llamar la atención sobre sí mismo. En este sentido, para el individuo las auto-narraciones y presentaciones en las redes digitales cada vez más se convierten en el fin.[1]

La autofoto se ha convertido en una práctica tan común y tan accesible que sólo implica extender el brazo en cualquier lugar, mirar a la cámara, buscar la pose apropiada o intentarlo desde muchos ángulos y aprender a jugar a construir la propia imagen. Sin embargo, si lo pensamos con detenimiento, ¿qué implica “construir la propia imagen para otros”? ¿Puede dárseme un verdadero reconocimiento por parte del otro a partir de una imagen autoconstruida y forzada?

4.2

La necesidad de mostrar un yo-ideal

La Selfie nos permite crear un yo-ideal que pueda ser admirado por otros, recibiendo el reconocimiento merecido. Pero dicho reconocimiento no tendrá que ver con el que encontramos por medio del fenómeno que Sartre denomina la mirada, donde el otro construye una imagen de mí mismo a partir de una interacción directa. Dicho reconocimiento mediado por la selfie tendrá que ver más con la medida en que el otro-espectador interpreta una imagen elaborada a través de filtros, posturas ensayadas o aplicaciones que permiten acentuar, borrar, difuminar los rasgos, gestos de la persona o incluso insertar fondos en la foto; todo con el fin último de llamar la atención:

En consecuencia, cada vez más recursos se necesitan para el diseño de la imagen y el auto-perfilado. Dado que el desarrollo de la identidad presupone el reconocimiento de los demás las redes digitales adoptan un papel decisivo en la construcción de una comunidad que valora y expresa su opinión. Para llamar la atención se vuelve imprescindible el dominio de las técnicas de presentación multimediales que permitirán una presencia llamativa en Internet.[2]

Todo esto demerita la veracidad de la “narración biográfica para los demás” y promueve el ocultamiento de la realidad de la persona. Cada uno elabora una imagen falsa para difundir en el ciberespacio, los demás celebran y lo admiran por ser esa persona atractiva, delgada, aventurera, solidaria, amistosa y amorosa que está en la foto, es decir, que puede cumplir con los cánones que la sociedad masificada propone como aceptables para una persona exitosa y destacada; mientras que aquel que se toma la selfie, muy contento, murmulla para sí: “ojalá fuera ese”.

De esta manera podemos decir entonces que la tendencia fotográfica denominada selfie, donde la persona trata de mostrar la mejor versión de sí misma para los demás, posibilita una autoconstrucción forzada de esa imagen, no que el otro construye de mí, sino que le llega ya prefabricada. De esa relación otro-yo mediado, no puede resultar un verdadero reconocimiento de mí mismo como sujeto por parte del otro, sino simplemente el conocimiento de mí mismo como objeto para el otro. Ya lo dirá Norberto Murolo:

Entonces, ¿para qué se produce la selfie? Para que los otros nos vean. La idea detrás de ella es ejercer una especie de control sobre lo que los demás ven de nosotros y, por extensión, sobre la imagen mental que se produce en los otros sobre nosotros, siempre intentando estar lo más cercanos al estereotipo de belleza deseable en la sociedad y el momento histórico que atravesamos.[3]

  

La importancia de la mirada directa del otro

Para Sartre, a través de la mirada directa sujeto-sujeto se establece una dialéctica [de] conocimiento en el que ambos agentes se cosifican mutuamente tratando de alcanzar cada uno su propia libertad e imponiéndola sobre la del otro. Se establece entonces un conflicto intersubjetivo, un enfrentamiento con el otro que sólo puede ganarse pensando en forma egoísta, lo cual oculta el verdadero carácter de la relación intersubjetiva.

4.3

Si bien es claro que el fenómeno de la mirada descrito por Sartre revela ante todo la presentificación del otro e, indirectamente, de mí mismo (pues me doy cuenta de que soy yo mismo por una negación interna de la presencia del otro). A pesar de esto, cuando el otro me mira no sólo ve que estoy presente en el mundo, como otro frente a él, sino que mediante su mirada reinterpreta todo mi ser, e inclusive mis acciones. De esta manera, al representar por medio de selfies mi vida a los demás, muestro imágenes de acciones petrificadas y forzadas de mí mismo (convirtiéndome o queriendo ser un modelo para los demás, un modelo que cumple con los moldes sociales preestablecidos), las cuales no posibilitan una verdadera relación con el otro, aunque las considere esa imagen ideal que yo mismo quiero ser o aparento para ser aceptado socialmente.

El otro encuentra en la selfie mi ser ya petrificado en una imagen forzada y la reinterpreta, rehaciéndola (de acuerdo a sus propios valores) un utensilio más en su entorno, convirtiéndome en objeto sexual, presumido o tonto, incluso con las pocas evidencias que ofrezco de lo que soy a través de la imagen. No me reconocerá entonces como un sujeto libre, sino como un simple objeto de conocimiento, y la selfie se convertirá simplemente en un esfuerzo inútil por encajar en estereotipos artificiales a los cuales muchos no pertenecen. Cuando el otro me cosifica, me roba el derecho de autodefinirme, me convierto en algo explicado por el otro. Al igual que la imagen representada en la selfie, la cual sólo está sometida a una apreciación, la del otro. Sin embargo, yo ya había entregado de antemano al otro una representación forzada de lo que soy y la respuesta a esto era evidente.

4.4

De esta manera, podemos decir que la dialéctica que Sartre atribuye a la mirada se trata de una relación conciencia-cuerpo, ya que es ese cuerpo ajeno el que petrifico y trato de cosificar y, en la medida que ese cuerpo actúa en el mundo, son sus acciones las que puedo juzgar con mi mirada, así, las acciones se convierten en un hacer autorizado o no autorizado por el otro.

Si pensamos en la práctica de la selfie podemos descubrir tres aspectos del fenómeno de la mirada, con relación al cuerpo mirado o a la imagen de ese cuerpo reconfigurado forzadamente y que luego es mirado por el otro:

  1. En primera instancia, mediante la selfie parece que la persona pretende vivir su cuerpo-sujeto haciendo saber a los demás que “es libre” de mostrarse siempre como quiere o como desearía ser, en ese sentido busca petrificar al otro, es decir, convertirlo en un objeto del cual no espera un reconocimiento, negándole la posibilidad de entablar una relación intersubjetiva directa con él, tratando de apropiarse de esa libertad que posee de definir a los demás o simplemente establecer una relación con ellos. El autofotógrafo, al robar dicha libertad que el otro tiene de definirlo, recuperará su puesto como centro de referencia y significación de las cosas en su universo particular, en ese sentido, es dueño de sus acciones, de su cuerpo e incluso de su entorno inmediato y puede modificarlos o significarlos como quiere.
  2. En un segundo momento, el selfista recibirá inevitablemente del otro una significación de objeto, por medio de la imagen autoconstruida y forzada que ofrece al prójimo para ser reconocido como otro que él no es. El otro, de entrada, sólo puede perseguirlo como una cosa que se entrega para ser conocida, que no se autodefine, que no es libre; le ofrece en su mente una interpretación de cuerpo-objeto que él mismo se impone y que el otro puede conocer. De esta manera, el otro me incorpora como herramienta en su proyecto, me califica, me dice lo que soy; me roba la libertad al sustraer de del no-ser, de mi propio devenir natural que me permite definir me continuamente. En este caso, el otro me define como un ser artificial, un impostor, un objeto de uso, no me verá como un sujeto libre sino que objetivará mi cuerpo como un cuerpo que actúa o se muestra de forma inauténtica.
  3. Como consecuencia del segundo momento, aquel mundo que yo he configurado por medio de la selfie desaparece por la intervención del otro, rompe cualquier organización que yo haya hecho y la subsume en su proyecto pero dándole otro significado, y yo se lo permito, es más, lo busco: me acepto como objeto y me quedo sumergido en el proyecto del otro. Sin embargo, no es posible que el para-sí, aunque lo desee, reciba el ser por parte del otro, ya que su propia naturaleza es no-ser, sólo puede definirse a sí mismo, y tratar de entregarse completamente a la interpretación del otro sin involucrarse con él, sin tener una relación directa, sólo lo lleva al fracaso. Dicho fracaso radicará en proponer una libertad sesgada que elimina uno de los términos de la dialéctica, tratando de autodefinirse forzadamente sin el otro, para mantener la libertad propia. Esto es insostenible porque el otro no es un simple objeto que recibe de mí su significación, como dice Sartre: “No percibo jamás un brazo que se eleva a lo largo de un cuerpo inmóvil; percibo a Pedro-que-levanta-la-mano”,[4] Pedro sólo puede ser entendido como la totalidad de lo que es (y no sólo como una de sus partes en acción): un sujeto libre en situación. Esto, claro está, si entablamos una relación directa con el otro.

La libertad sólo puede darse de una manera, sabiendo que hay otro que se me enfrenta, un sujeto libre del cual me separo, pero que es mi única posibilidad de reconocerme a mí mismo en mi libertad.

Ese secreto que el otro tiene de mí, mi ser-para-otro, no será sólo mi presencia ante él, sino que implica también su interpretación de mis acciones y de mi situación, me resignifica como algo que no soy. Pero esa valoración ajena me hace algo reinterpretado, una pertenencia de las valoraciones ajenas, es decir, un esclavo. En palabras de Sartre: “Soy esclavo en la medida en que soy dependiente en mi ser en el seno de una libertad que no es la mía y que es la condición misma de mi ser. En tanto que soy objeto de valoraciones que vienen a calificarme sin que yo pueda actuar sobre esa calificación ni siquiera conocerla, estoy en la esclavitud”.[5]

Pero ¿cómo podemos entonces recuperar la libertad frente a la mirada del otro? Sartre nos dirá que la única manera de recuperar la libertad propia frente a la mirada ajena se da por medio de la vergüenza[6] que provoca ser mirado en una situación inadecuada, como cuando espío por una cerradura, por medio de ella tomo conciencia de la presencia del otro, como sujeto que puede calificar mis acciones, y de mí mismo como ser-mirado que siente vergüenza ante él, y tal sentimiento me da la posibilidad de hacer un juicio sobre mí mismo y sobre mis acciones, aunque basado en lo que el otro ve de mí. Esto lo evidencio, por ejemplo, cuando me encuentro hablando con alguna persona de la que espero algún reconocimiento, o en el caso de que me encuentre frente a un auditorio que pueda interpelarme sobre el tema que estoy discutiendo. En primera instancia, comienzo hablar con esa persona o a disertar frente al público, expresando todas las ideas que abarcan la ponencia, luego, en un segundo plano evidencio la mirada del otro sobre mí, y presupongo que a la vez que escucha mi discurso está lanzando un juicio sobre lo que estoy diciendo; sobre mis expresiones, que tal vez muestran inseguridad; sobre mis palabras, que quizás muestran un vacío de conocimiento sobre el tema. Presuponiendo entonces por medio de la reflexión ese juicio (fundado sobre todo en parámetros sociales) que otros hacen sobre mí, me siento afectado por esa mirada que me interpela, me asumo a mí mismo como inseguro e ignorante y trabajo para poder superarlo.

4.5

Sin embargo, en un primer momento la mirada del otro me afecta profundamente, me paraliza, no deja desenvolverme con facilidad, como sucede en A puerta cerrada, donde los protagonistas sienten la incomodidad que produce la mirada del otro y descubren que esa experiencia cosificadora que el otro me produce al definirme es tan perturbadora que se asemeja al infierno, de ahí que Sartre concluya que “el infierno son los otros”. Pero, en un segundo momento, como también sucede en A puerta cerrada, esa experiencia permite abrir mi vida al otro, a la convivencia, y me doy cuenta de que el otro es indispensable para mí. Yo presupongo mediante la reflexión y sobre un contexto compartido esa imagen que el otro tiene de mí, mi- ser-para-otro, lo asumo y trabajo sobre él si es necesario para poder acoplarlo a mi proyecto existencial.

4.6

A través de la mirada el otro se apropia de mi situación (nacimiento, sexo, nacionalidad, clase social, experiencias de vida, todo lo que soy) al calificarla desde su punto de vista, y sólo podemos reaccionar mirándolo a él, lo cual nos lleva a un movimiento infinito observador-observado-observador que confirma que el conflicto intersubjetivo no puede resolverse. En palabras de Sartre: “Mientras yo intento liberarme del dominio del prójimo, el prójimo intenta liberarse del mío; mientras Procuro someter al prójimo, el prójimo procura someterme. No se trata en modo alguno de relaciones unilaterales con un objeto-en-sí, sino de relaciones recíprocas e inestables”.[7]

Para Sartre, yo mismo soy responsable de mi ser-para-otro aunque sólo el otro sea su fundamento, y en la medida en que tomo conciencia de esa responsabilidad, soy proyecto de recuperación de mi ser, se trata “de hacerme ser adquiriendo la posibilidad de adoptar sobre mí el punto de vista del otro”.[8] Sin embargo, la idea no es sólo conocer mi ser-para-otro, ni de someterme al otro, ni de reaccionar agresivamente contra su libertad, sino que “el para-sí quiere identificarse con la libertad ajena como fundamento de su ser en-sí”,[9] esto lo afirmará como sujeto-mirado-por-otro-sujeto. Cuando el otro me mira, me reconoce de forma implícita como subjetividad libre, reconocimiento que se convierte en la base de mi construcción personal como sujeto, y que tendría que salir de su carácter pasivo o implícito y convertirse en el factor fuerte de la captación del otro.

4.7

Podemos decir entonces que la alternativa que Sartre nos propone en el concepto de la mirada se basa en tratar de asimilar la libertad del otro sin afectarlo de forma negativa, sin desconocerlo como sujeto, ya que suprimir su libertad sería suprimir la mía. En ese sentido, estamos llamados a entablar una nueva relación con el otro en donde ambos nos dejamos afectar por la mirada del prójimo, pero dándose al mismo tiempo un reconocimiento en donde cada uno es libre, es libertad.

Se podría pensar entonces que, al pedir respeto por la libertad del otro en la búsqueda de mi propia libertad, Sartre nos quiere hacer ver que no existe una solución definitiva para el conflicto yo-otro o que ésta ni siquiera es necesaria, ya que la dinámica de la intersubjetividad radica en la constante tensión y confrontación con el otro, y a la vez, en un reconocimiento mutuo. En este sentido, me configuro como mí mismo en medio de esa confrontación con el otro y actuó siempre partiendo de ella, por lo cual ninguna acción que sea contemplada directamente por el otro, está desprendida de tal relación. No hay manera en que podamos ignorar la apreciación de los otros sobre nuestras acciones (como sucede en el caso del autofotógrafo que se aísla del referente del otro y trata de imponer a los demás una imagen falsa de sí mismo, para que el otro le brinde un “reconocimiento” que, dada la limitación de la relación directa con el otro, más bien cae en una cosificación y en una captación superficial y posicional de aquel que aparece en la selfie).

4.8

De esta manera, el conflicto intersubjetivo también puede comprenderse como un reconocimiento implícito de que hay otro frente a mí, que lo reconozco y que necesito relacionarme con él para constituirme como mí mismo.

 

El ser-para-otro y su doble naturaleza

Para Sartre, no es posible que exista un ser completamente aislado de la comunidad en la que está inmerso, pues ser sujeto implica recibir el reconocimiento de otro sujeto en una relación bilateral, dicha relación requerirá que cada uno sea, al mismo tiempo para-sí y para-otro. En realidad no existe una división real entre yo y el otro, sólo nos separa una negación interna por la cual nos identificamos como no-siendo ese otro, y es dicha negación la que mantiene constante el vínculo para-sí-para-otro. En palabras de Sartre:

La negación que el Para-sí realiza así es negación interna; el para-sí la realiza en su plena libertad; es más, él es esa negación en tanto se elige así mismo como finitud. Pero la negación lo religa indisolublemente al ser que él no es, y hemos podido escribir que el Para-sí incluye en su ser el ser del objeto que él no es, en tanto que está en cuestión en su ser como no siendo este ser. Estas observaciones son aplicables sin cambio esencial a la relación primera entre el Para-sí y el prójimo.[10]

De esta manera, el para-sí debe de formarse a sí mismo como una negación del otro, llevando en forma implícita en su propio ser el ser del prójimo como aquel ser que no es, y ese mismo arrancamiento que realiza el para-si es el que hace posible que haya un otro, reconociendo al mismo tiempo su otredad y su libertad como sujeto. La negación interna que se da entre los para-sí se establece entonces como una conexión indisoluble, pues cada uno señala hacia el otro y lo lleva en su interior como una ausencia. Así, al ser igual al otro puedo suponer que, como yo, es un sujeto libre con un proyecto propio, y por la negación interna entre nosotros, cada uno puede suponer al otro como un “sí mismo”, en ese sentido, la negación mutua hace posible un reconocimiento mutuo.

Así, me hago la negación del otro apropiándome de mi ser-objeto, logrando reconocer al otro y, al mismo tiempo, a mi ser-para-otro; es por eso que debo asumir ese ser que el otro me da y del cual me distancio, para poder no-ser el prójimo y comprenderme como mí mismo, pero también para mantener el nexo sujeto-sujeto. En palabras de Sartre, “ese Yo alienado y negado es a la vez mi nexo con el Prójimo y el símbolo de nuestra separación absoluta”.[11]

En cuanto que se convierte en un vínculo con el otro, mi ser-para-otro se constituye en “mi-ser-afuera; no un ser padecido o impuesto y que habría venido de afuera, sino un afuera asumido y reconocido como mi afuera”.[12] Se convertirá en mi límite, en tanto que la conciencia sólo puede ser limitada por otra conciencia en un movimiento recíproco; un límite fijado en la conciencia ajena.

4.9

De todo esto nos queda que es necesario reconocer al otro para reconocerme a mí mismo. El autofotografo desconoce completamente la importancia de una relación directa con el otro, debe darse cuenta que aquellos que lo miran son como él y por eso pueden comprender su comportamiento huidizo, pero también debe entender que es necesario que se sumerja en la relación directa con el otro, haciéndose responsable de su acción (de no mostrarse como es en realidad) y del juicio de los otros sobre ella. Debe liberarse de aquello que lo lleva a vivir en esa dependencia extrema de las exigencias sociales masificadas para tratar de encajar o para relacionarse con un “otro ficticio” e invisible que se esconde en las redes sociales y en el ciberespacio, ese otro sin rostro que sólo existe para aprobar o desaprobar que cumplimos con lo que la sociedad espera de nosotros. Es necesario entonces comenzar a relacionarse con el otro concreto, a convivir y estar con él por fuera de los espacios virtuales y hacer evidente esa comunicación intersubjetiva, muchas veces implícita.

Tendremos entonces que ajustar el concepto sartreano de la mirada, disminuyendo su sentido acusador y cosificador, y redescubriéndolo como una actitud de reconocimiento del otro, lo cual implicaría estructurar una visión del otro que, aunque en cierto modo, nos lleva a objetivarlo, en función de un posicionamiento en el mundo; debería llevarnos también a ponernos en el lugar del otro, es un proyecto, como yo mismo soy mi propio proyecto. Sin embargo, si pensamos en el selfista, aunque intentemos comprender su situación, no podemos ir más allá de los datos que nos ofrece en la imagen que ha compartido en el ciberespacio y con esa poca información sólo nos queda clasificarlo, reinterpretándolo como mejor nos parezca en el mundo de significados en el que cada uno se mueve.

4.10

Conclusión

La selfie demuestra que sentimos una constante incomodidad con nuestro cuerpo e incluso con nuestro propio proyecto de vida, es por esto que no nos aceptamos como somos y queremos construir forzadamente otra imagen para ofrecerla a los demás. Por medio del fenómeno de la mirada que Sartre nos propone, podemos darnos cuenta que es indispensable la interacción directa sujeto-sujeto para poder que se dé un reconocimiento del otro, para poder que él me reconozca, y en esa interacción surjan herramientas que me permitan comprender lo que yo mismo soy.

Vivir siempre buscando una coherencia con los modelos o estereotipos sociales mediante la autofoto se convierte en una representación inauténtica de lo que soy, intentar construir o moldear artificialmente acciones, posturas, gestos, imágenes ajenas a lo que soy verdaderamente y que transformo por medio de artilugios, no puede ser sino interpretado como una conducta de mala fe que oculta intencionalmente lo que somos y nos muestra inevitablemente como seres no libres, inauténticos, anónimos.

La selfie busca un tipo de reconocimiento del otro, pero se trata de un reconocimiento artificial (número de likes en las fotos) y construido por mí mismo, es decir, me hago objeto del otro, pero del otro representado en las exigencias sociales de la imagen, quiero que me reconozcan como cumplidor de esas exigencias y como tal soy captado por los demás. En ese sentido, cuando le digo a los demás cuál es el modo en que quiero que ellos me vean, esa imagen de mí captada por el otro no es un para-otro, sino un para mí-para-otro, ya que el reconocimiento del otro-sujeto de lo que soy, ha sido coartada o limitada premeditadamente por mí.

4.11

En ese sentido podemos decir que el olvido del ser-para-otro consiste en el abandono de mis relaciones con el otro, más bien, en el establecimiento de relaciones artificiales-virtuales que prescinden de la presencia y la interacción sujeto-sujeto, de la convivencia. Mostramos nuestra imagen al mundo para que nos vean como nosotros queremos ser vistos, una actitud que se refuerza con una pobre respuesta de los demás, lo cual nos muestra el gran problema de nuestra época: el vacío en las relaciones intersubjetivas que evidencia el empobrecimiento de mis relaciones con el otro.

No buscar una retroalimentación del otro para comprender y reformular lo que somos no puede sino proyectarnos hacía un futuro incierto en medio de una sociedad que privilegia seres incompletos, aislados, egoístas.

  

Notas

[1] Castillo-Pomeda, José-María. La composición en los tiempos del “selfie”. – Espéculo nº 54 Narrar en la era digital – UCM. Enero- junio 2015. p. 148.
[2] ibídem.
[3] Murolo, N. L. (). Del mito del Narciso a la selfie: una arqueología de los cuerpos codificados. Palabra Clave. Septiembre de 2015. p. 698.
[4] Sartre, Jean Paul. El ser y la nada. Altaya. Barcelona. 1993. p. 372.
[5] Ibíd. p. 295.
[6] Ibíd. pp. 250-251.
[7] Ibíd. p. 389.
[8] Ibíd. p. 390.
[9] Ídem.
[10] Ibíd. p. 310.
[11] Ibíd. p. 312.
[12] Ibíd. p. 313.

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