El Crátilo platónico y el carácter normativo del significado

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El Crátilo platónico y el carácter normativo del significado

5.

I. Introducción

Más allá de discusiones con la tradición, el Crátilo es el dialogo que recoge en buena medida las consecuencias ontológicas y epistémicas de las concepciones tradicionales o clásicas acerca del lenguaje, su naturaleza y su función. Es también un diálogo breve y pionero en la discusión acerca del signo, el significado y el lenguaje. En su interior se debaten de hecho dos posturas filosóficas sobre la realidad, la sofista y la platónica heredera de la tradición parmenídica. En este caso, el lenguaje se vuelve el centro de la disputa acerca de cómo concebir a esa parte de la realidad, o este aspecto de  misma, dado que posee una naturaleza de suyo compleja e inasible. En efecto el lenguaje, los nombres, las palabras, los signos, tienen la innegable característica de convertirse en el medio por el cual discutimos y resolvemos argumentalmente los conflictos y diferendos. Esa es una de sus funciones: ser un medio para expresar. El problema ahora es que el lenguaje no solo es el medio, sino el objeto de esa discusión. Es un  objeto discutido a través de sí mismo. En ese nivel de la paradoja, el lenguaje es quizá el único tema que se coloca como objeto siendo también el medio y el sujeto que habla sobre sí mismo.

5.1

II. La teoría convencionalista del lenguaje

En general, la exposición de Platón en el Crátilo distingue entre el tratamiento etimológico y el tratamiento semántico de las palabras. Igualmente, el autor hace una diferencia entre el análisis de los nombres y el análisis de lo que podríamos llamar la otra parte del lenguaje natural que no son nombres propios. Aquí no me detendré en las discusión etimológica de los nombres, solo expondré con alguna exhaustividad el contenido de la teoría convencionalista del lenguaje cuando se aplica a los nombres propios.

Un nombre propio es cualquier sustantivo que nombra a un objeto, sujeto, persona o ente. Es decir, es el nombre que se aplica en cualquiera de los anteriores casos a partir de un acto bautismal. La tradición en filosofía del lenguaje ha discutido ampliamente el significado y la referencia de un nombre propio. La importancia del tratamiento platónico radica en que formula por primera vez una cuestión bastante sugestiva, a saber, qué función tienen los nombres, y qué tanta adecuación puede establecerse entre un nombre y la realidad.

Cratilo

Crátilo

Desde el punto de vista de lo dicho anteriormente, es relativamente sencillo ver que el tema se puede ajustar dentro de ambas teorías del siguiente modo: los nombres son para la teoría naturalista, que es representada por Crátilo, exactos naturalmente. Esto es, los nombres no son arbitrarios, sino que en ellos se expresa la esencia de la cosa nombrada. En este caso hay una exacta adecuación entre el nombre y la realidad expresada con él. La teoría convencionalista no diría literalmente lo contrario. Esta posición asumiría que la relación entre un nombre y la realidad está dada de manera convencional o por medio de un acuerdo entre lo que los hablantes persiguen. Esto es, el significado es el resultado de los intereses entre los hablantes, nunca es el resultado de una adecuación entre la realidad y el lenguaje.

HERM. – Pues bien, Sócrates, yo, pese a haber dialogado a menudo con éste y con muchos otros, no soy capaz de creerme que la exactitud de un nombre sea otra cosa que pacto y consenso. Creo yo, en efecto, que cualquiera que sea el nombre que se le pone a alguien, éste es el nombre exacto. Y que si, de nuevo, se le cambia por otro y ya no se llama aquél -como solemos cambiárselo a los esclavos-, no es menos exacto éste que le sustituye que el primero. Y es que no tiene cada uno su nombre por naturaleza alguna, sino por convención y hábito de quienes suelen poner nombres[1](385de)

Sin embargo, el convencionalista aceptaría que el nombre expresa de manera exacta a su referente, esto ocurre porque el adjetivo exacta es aplicado una vez que los hablantes han determinado que un nombre se aplica a una cosa comúnmente y no a otra. De otra forma, la exactitud no es una cualidad que resulte de la relación isomorfa entre la realidad y el nombre, sino de los intereses comunes entre los usuarios de los nombres al querer denominar de manera más o menos uniforme a la realidad. Es decir, la exactitud es una calificación a partir de los consensos entre hablantes, no es la cualidad del acuerdo entre la realidad y los nombres para denominarla. A continuación abundaré en esta última posición.

El convencionalista mantendría algunas tesis con respecto al lenguaje en general, y a los nombres en particular, como las siguientes:

  1. No existe una correspondencia entre lenguaje y realidad.
  2. El lenguaje no tiene el propósito ni la capacidad de reflejar la realidad.
  3. Por 1 y 2, el lenguaje en general es producto de la convención social.
  4. Los nombres en particular tienen una función nominal, es decir, son rótulos o etiquetas acordadas por un grupo de hablantes para referirse a las cosas.
  5. El hecho de que el lenguaje cambie, se transforme, que haya homonimia y heteronimia, demostraría que los términos no reflejan a la realidad, sino delatan pura convención.

Esta breve y escueta reconstrucción de la versión platónica del convencionalismo lingüístico nos permite perfilar dos consecuencias filosóficas de interés para el Sócrates platónico, estas son:

  1. que la realidad resulte incognoscible a partir de nuestros recursos para nombrarla,  y,
  2. que exista un relativismo lingüístico que redundaría en un relativismo epistémico.
Sócrates

Sócrates

La primera consecuencia se explica porque si no poseemos ningún otro medio para comunicar la verdad acerca del mundo sino por medio de expresarla lingüísticamente, y este recurso solo refleja nuestros consensos idiosincráticos y coyunturales, entonces cómo sea la realidad es una pregunta cuya respuesta está fuera del alcance de nuestro lenguaje. Se halla más allá de las palabras.

La segunda consecuencia ocurre dado que nuestro conocimiento del mundo está mediado por nuestra forma de referirnos a él, y si la referencia de nuestra expresiones se construyen convencionalmente, entonces tenemos que los nombres para denominar a la realidad solo reflejarían nuestros propósitos y objetivos, azarosos y arbitrarios, relativos a la posición interesada que guardemos con respecto a un tema.

Si se ve, ambas consecuencias están íntimamente relacionadas porque si se pudiera nombrar la realidad de manera objetiva y exactamente, habría un núcleo duro de verdad que disolvería los diferendos. Habría, pues, una verdad más allá de cualquier duda y de cualquier postura epistémica. Si no la hay, entonces cualquier posición parece verdadera o falsa, dado que no hay parámetros únicos y objetivos para contrastarla.

Platón

Platón

 

III. La teoría naturalista del lenguaje

La denominada teoría naturalista del lenguaje es de hecho la descripción de un lenguaje ideal. Un lenguaje ideal, al menos en términos del Sócrates platónico, seria aquel que mantiene una relación semántica necesaria entre las palabras y los objetos que designan estas. El adjetivo ideal solo expresaría que este tipo de lenguaje está limpio de cualquier sesgo idiosincrático o cultural en su significado. Seria plenamente significativo, y su verdad estaría preservada por ser la expresión fiel e isomorfa de la realidad, nunca por reflejar los relativos e inestables propósitos de los hablantes. En el diálogo, esta posición está representada por Crátilo, en oposición a la postura de Hermógenes, quien sostiene una versión reducida y estrecha del convencionalismo lingüístico.

SÓC.- La exactitud del nombre es -decimos- aquella que nos manifieste cuál es la cosa. ¿Diremos que esta definición es suficiente?

CRÁT. – A mí, Sócrates, me parece que por completo. (428 e)

SÓC. -¿Entonces todos los nombres están correctamente puestos?

CRÁT. – Sí, al menos todos los que son nombres. (429 b c)

En los mismos términos del Crátilo la teoría se adjetiva como naturalista. El adjetivo natural o naturalista para hablar de la teoría esbozada por Platón se refiere a la condición de un lenguaje para concordar exactamente con la realidad, dado que las palabras no son producto del consenso social, por ello artificial, sino el reflejo objetivo y verdadero de la realidad.[2] El lenguaje así parece expresar una realidad objetiva, donde el significado de las palabras depende de la relación entre el lenguaje, en este caso los nombres, y la realidad que nombran. En términos de los intereses platónicos, es posible afirmar que los nombres no son otra cosa que la expresión lingüística de las cosas, y de cómo son estas. No hay en ese sentido nombres vacíos, tampoco nombres de más.[3] En ese panorama de austeridad verbal y de compromiso completo con la veracidad y significatividad, el mundo del Crátilo es uno donde ciertamente no hay sitio para la ficción ni para el sinsentido.

El término natural para hablar de la propiedad de los nombres que los hace cercanos a la cosa de la que hablan, sugiere que las palabras tienen una historia natural, no social o cultural. Esto es, que la denominación está dada con la cosa, de ahí que la formulación de un primer acto bautismal, y de un primer denominador, sea francamente un recurso literario antes que filosófico. De ese modo, es posible incluso sostener que la corrección de un término es tarea de una gramática que subyace a los signos que representan gráficamente a las palabras:

SÓC.- (…) Nada importa que sean unas u otras las letras que expresan el mismo significado; ni tampoco que se añada o suprima una letra con tal que siga siendo dominante la esencia de la cosa que se manifiesta en el nombre. (393d).

Algunas tesis que es posible destacar de la postura del teórico naturalista del lenguaje son las siguientes:

  1. Cada cosa tiene un nombre exacto por naturaleza.
  2. El nombre de cualquier cosa manifiesta la esencia de esta.
  3. Esta manifestación de la esencia de las cosas por los nombres que las designan se da por imitación, por medio de las letras y silabas, de la esencia de lo que es nombrado.
  4. Por lo anterior, conocer el nombre de la cosa, significa conocer qué es la cosa.[4]
  5. La expresión verbal de la idea lo compromete con la sugerencia de que el lenguaje es vehículo para revelar la verdad.

De igual forma, como fueron destacadas algunas consecuencias que se siguen de sostener esta postura, menciono dos complejidades que produce la teoría naturalista del lenguaje. La primera es una problemática de índole ontológica, la segunda es epistémica.

En primer lugar, que el abismo ontológico que parece existir entre lenguaje y realidad se diluye debido a la relación isomórfica entre estos.

En segundo lugar, dos problemas epistémicos, a saber, por 3 y 4, que nuestro conocimiento expresado lingüísticamente es infalible y completo porque conocer el nombre de algo significa e implica conocer cómo y qué es ese algo. Asimismo, por 5, que es imposible hablar falsamente.

Intuitivamente, podemos sospechar que la distinta categoría a la que corresponden lenguaje y realidad nos licita a ser escépticos con respecto a que el lenguaje tenga una adecuación exacta con el mundo, que refleje transparente y nítidamente a la realidad. Normalmente   pensamos que la realidad corre más rápido que nuestros términos para apresarla y expresarla. Pensamos incluso que nuestras palabras son paulatinamente afinadas y transformadas en aras de explicar mejor a la realidad. Sin embargo, en esa dinámica constante de cambio y modificación la pureza semántica de las palabras parece más bien la exigencia de un lenguaje ideal, antes que la confirmación de esa relación completamente exacta y significativa entre lenguaje y realidad.

5.5

IV. Relectura de las teorías naturalista y convencionalista

Existen varias tensiones evidentes en la exposición platónica que deben ser o bien aclaradas o diluidas para lograr una mejor visión de ambas teorías, siempre a la luz del mismo texto platónico. Las tensiones que refiero pueden resumirse en las siguientes afirmaciones:

  1. La lectura de Platón con respecto a la teoría convencionalista conduce a esta a una versión extrema que cae en aporías insostenibles. Aporías como un tipo de relativismo extremo que sostendría que ningún término posee estabilidad en su significado; asimismo que ningún significado tiene un carácter, indispensable semánticamente hablando, normativo.
  2. Igualmente, sobre la primera postura expuesta, afirma que existe un relativismo radical que desconocería cualquier tipo de nexo contextual, lingüístico y extralingüístico, entre los términos usados por dos hablantes con diferentes posturas y procedencias, no obstante compartir una misma circunstancia contextual.[5]
  3. Sobre la teoría naturalista, se puede destacar una tensión evidente, a saber, la diferencia entre dos expresiones vitales en el contexto del diálogo. Esta radica en el uso del adjetivo exacto cuando dice Crátilo que cada uno de los seres tienen el nombre exacto por naturaleza;[6] y la aseveración epistémica fuerte acerca de que conocer los nombres implica conocer las cosas.[7] En este caso, se abre un abismo entre el verbo conocer y el adjetivo exacto, y ese abismo no es solo de categoría gramatical.

El último punto no lo enumero porque de hecho ya lo he mencionado al finalizar la sección anterior. El mismo versa acerca de la distancia entre el enunciado que habla del mundo y el mundo mismo, esto es, el denominado isomorfismo entre lenguaje y realidad. Sobre este punto diré solo lo siguiente. Es común pensar que nuestro lenguaje, su profundidad y amplitud, está condicionado por nuestras experiencias lingüísticas y extralingüísticas. Lo anterior parece ser un axioma. Sin embargo, desde el punto de vista de diferentes posturas sobre el lenguaje, pienso en Chomsky por ejemplo, lo seres que podemos articular un lenguaje contamos con recursos para generar a partir de pequeños elementos gramaticales, reglas y esquemas limitados, un sinnúmero de oraciones significativas. El papel del mundo es de un precursor de nuestras potencialidades lingüísticas y semánticas, nunca un demarcador que fije los márgenes de nuestras palabras con los límites del mundo. Tampoco será la función del lenguaje representar un mundo pura y objetivamente. Afirmar lo anterior, implica suprimir la función del sujeto encargado de experimentar la realidad y producir el significado siempre desde una perspectiva condicionada, incluso por las mejores intenciones y actitudes.[8]

Noam Chomsky

Noam Chomsky

Abordo a continuación el punto número tres. En la sección anterior dije que una de las complejidades de la teoría naturalista surge cuando se afirma la imposibilidad de hablar falsamente y que, por ello, coincidamos siempre con la verdad en nuestras aserciones sobre la realidad. Este es una complejidad epistémica inexistente y un falso problema, claro está. Sin embargo, esta aseveración de Platón a través de Crátilo enfrenta una aparente tensión con otros momentos del diálogo, o quizá solo plantea una posible lectura matizada de los intereses platónicos. Dicha tensión es la que surge entre la afirmación acerca de la imposibilidad de hablar falsamente, es decir, nombrar a la realidad con términos exactamente naturales a esta, y por ello, invariables y únicos, con el uso del verbo conocer, cuando, otra vez, Crátilo lanza que quien conoce los nombres, conoce las cosas. La tensión resulta más o menos evidente, porque es innegable que para conocer, al menos en un grado mínimo, debemos poder referirnos a las cosas. Es verdad que esa referencia puede ser lingüística u ostensiva, pero si podemos poner en palabras nuestras experiencias, incluso internas como el dolor o los pensamientos, indica al menos que conocemos algo de ellas. Es decir, conocer implica al menos dos acciones posibles y diferentes en grado: en primer lugar, conocer es determinar la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas, siendo esa determinación exhaustiva; y, por otro lado, conocer también es percibir un objeto o experiencia como distinta a otras que no son la misma, siendo esa percepción limitada aún por el conocimiento sensible, dado que el verbo percibir admite también un uso referido a la captación sensible, o por los sentidos.

Si es correcta la lectura conceptual que realicé recién, el Crátilo da cabida a una lectura alternativa y matizada acerca de los objetivos de una teoría naturalista del lenguaje. Aunque la corrección de esta posibilidad traiga consigo un aparente vacío conceptual en el dialogo, que se vería explicitado al oponerse la denominada exactitud natural de los nombres con el conocimiento, relativo y gradual, de la realidad al conocer también los nombres de las cosas que la conforman.

5.7

A continuación, abordaré los puntos uno y tres de esta sección.

Las dos primeras tensiones que explicité al inicio de este apartado son acerca de la teoría convencionalista del lenguaje. Ambas son relativas al aparente relativismo radical que les atribuye Platón en boca de Sócrates. Glosadas, las dos tensiones dirían que, por un lado, el convencionalista sostiene que es imposible la existencia de significados, es decir, que no existe una idea o concepto que se asocie a un objeto o ente al que se refiera, dado que los nombres solo son rótulos sustituibles coyunturalmente. Es decir, los significados responden a acuerdos entre hablantes, y no nombran a una realidad unificada. Por otro lado, que el significado es arbitrario, esto es, que los significados responden solo a las necesidades e intereses circunstanciales, coyunturales, incluso caprichosos de los hablantes, desestimando cualquier rol del contexto lingüístico, las diferentes relaciones entre las palabras; o extralingüístico, las diferentes circunstancias y hechos sociales y culturales que dan inteligibilidad a una expresión en un momento dado. En la versión radical de la teoría convencionalista, el contexto no dota a las palabras de significado, así parece no haber ningún elemento que haga inteligible a una expresión; en ese sentido es imposible hablar de verdad o falsedad al interior de esta postura.

Por supuesto, por absurda, la versión que ofrece Platón sobre el convencionalismo es imposible. Lo es por dos razones fundamentales. La primera razón es que si bien se asume sin discusión que el lenguaje es una convención, los significados no tienen ese valor semántico azaroso y caprichoso. Al contrario, es posible sostener que la relación entre los hablantes y el significado es normativo. La segunda razón es relativa al peso cultural y social del lenguaje. Es decir, toda expresión es reflejo de las perspectivas idiosincráticas, políticas y formativas de una tradición, y ese marco contextual de prácticas hacen del lenguaje una forma de actividad condicionada por reglas de uso.

A continuación, para finalizar, detallaré estas razones que hacen de la lectura platónica sobre la teoría convencionalista una lectura reducida.

5.8

V. Reglas y significado

Sostener que el significado de las palabras es azaroso implica que el sentido de nuestras palabras en el lenguaje cotidiano carece de asidero firme para fijar las palabras en la realidad circundante. De este modo, cualquier palabra puede ser usada de acuerdo a los fines que se persigan o al auditorio a quien se dirija un hablante. Incluso podría afirmarse que si no hay estabilidad semántica, el lenguaje considerado como vehículo de comunicación es imposible. Por otro lado, pensar en una denominada estabilidad semántica invariable y perenne implicaría sostener que hay hechos naturales que fijan el significado, en consecuencia, el cúmulo de aporías expuestas en el Crátilo aparecerían. Por ello, mi propósito en este apartado es plantear que no obstante que son los hechos sociales los que fijan el significado, este no resulta arbitrario. Es decir, los significados tienen una historia, pero esta es social, no natural.

Un hecho social se puede caracterizar como una serie de comportamientos o conductas generalizadas al interior de una comunidad de sujetos. Estas conductas o comportamientos son estables y largamente internalizados dentro de una comunidad. Se trata de modos de actuar y formas más o menos uniformes de acción dentro de la sociedad. La característica distintiva de un hecho social es su carácter colectivo, no individual. De este modo, estos comportamientos exhiben una regularidad que crea limites o marcos de acción entre cada uno de los integrantes individuales de una sociedad. La idea es que justo al interior de este colectivo de individuos es donde se decide el peso de las palabras. El anterior es un eufemismo para ilustrar la idea que sostiene que las palabras tienen una carga significativa que es también condición de posibilidad de todo acuerdo y entendimiento entre hablantes. Esto es, los significados son normativos porque sugieren que la comprensión del significado de una palabra implica una uniformidad en su uso presente, pasado y futuro. Conocer y comprender el significado de una palabra implica saber aplicarla en una infinidad de casos futuros y potenciales, en diversos contextos y con diferentes hablantes. El significado, así, constriñe nuestras acciones y comportamientos lingüísticos actuales y potenciales, convirtiéndonos, como hablantes, en individuos comprensibles y confiables en un entorno común y compartido.[9]

Esta forma de observar el significado y su carácter  normativo sostendría que hablar un lenguaje significaría compartir, en términos generales pero relevantes, una visión del mundo. De este modo, comprender una palabra conlleva saber usarla en un entorno generalizado de hablantes que comparten un mismo contexto de significado. Así, si un individuo comprende la gramática de la palabra “felicidad” actuará inteligiblemente frente a los demás. Si no es el caso, el hablante que no aplique el concepto en un número de situaciones potencialmente amplias, o bien no comprende el concepto o es un imitador.[10]

El diálogo Crátilo es una lectura y exposición reducida incluso de las teorías que pretende ilustrar. En una lectura más exhaustiva el convencionalismo lingüístico recogería el contextualismo implícito en la propuesta normativa que deslicé. En la descripción platónica el convencionalista es de hecho un escéptico radical sobre el significado y la verdad que puede expresar el lenguaje. El lenguaje es una actividad normada por reglas producidas convencionalmente. Bajo esta perspectiva, compartir un lenguaje significa compartir un cúmulo de hechos relevantes social y culturalmente hablando. Entre otras cosas, las palabras crean realidades, pero estas realidades producidas artificialmente no resultan por ello falsas o ficticias porque detrás de cada práctica lingüística se expresa un acuerdo incluso entre lo que consideramos es verdadero.

Bibliografía

  1. Ackrill, J.L; Language and Reality in Plato’s Cratylus, in Essays on Plato and Aristotle, OUP, Oxford, 1997,
  2. Platón, Crátilo en Diálogos II, Traducción e introducción de J. L. Calvo, Gredos, Madrid,2003.
  3. Robinson, R; The theory of names in Plato’s Cratylus, Rev. Internationale de Philosophie, 9, 1955. pp. 221-236.
  4. Wittgenstein, L; Investigaciones Filosóficas, IIF/Crítica, México, 1988.

Notas

[1] Todas la citas pertenecen a Platón, Crátilo, Diálogos II, Madrid, Gredos 2003. Los números entre paréntesis al final de cada cita textual pertenecen a la numeración clásica de los textos platónicos.
[2] Por supuesto, la pregunta que se impone es quién es el gran denominador primero. O cómo se colocan los nombres dado que todo acto bautismal es también un acto convencional y dependiente de nuestros intereses coyunturales. Ante esto, Platón en boca de Crátilo nos dice que un Onomaturgo divino habría dado nombre a las cosas de manera privilegiada. Esta respuesta arcaica carece de interés, por supuesto. No asi la pregunta acerca del “primer acto bautismal”.
[3] Como puede intuirse aquí está esbozada una teoría de la verdad como correspondencia. Hay una completa y correcta adecuación entre la estructura de la realidad y como está compuesta, y nuestros recursos lingüísticos para nombrarla. De este modo, la verdad se determinaría por la correspondencia del enunciado con la cosa o realidad que guarda una composición mínima de significado.
[4] Cfr. 428e. “Veamos, pues, ahora mismo lo que hemos dejado definido. La exactitud del nombre es -decimos- aquella que nos manifieste cuál es la cosa”.
[5] Cfr. 385b y 384d
[6] Crf. 385a
[7] Cfr. 435d
[8] Cuando hablo de la mejor de las intenciones y actitudes quiero referirme a la enorme tradición hermenéutica referente a la postura de apertura dialógica al momento de abordar una realidad diversa. También pretendo evocar los principios metodológicos de Donald Davidson en torno a la interpretación. Principios como el de caridad y del triángulo que cumplen una función heurística al momento de interpretar una lengua distinta que refleje una realidad también diferente.
[9] Incluso también podría decirse que cualquier hablante se vuelve predecible, y por ello confiable, dentro de un entorno de compromisos compartidos socialmente. Esa es justo la idea de confianza. La confianza es una actitud producida hacia un hablante que muestra en su comportamiento una regularidad, es decir, que actúa en un entorno especifico de una manera consistente con situaciones pasadas, además que se comporta de manera más o menos coincidente con cualquier otro sujeto competente lingüísticamente, y con quien comparte un mismo contexto.
[10] El caso del imitador es interesante en un corto plazo, porque si bien cualquier hablante es capaz de imitar o simular la aplicación de un concepto o palabra, el éxito de su imitación seria de muy corto plazo, dado que en desarrollos posteriores de interacción e intercambio lingüístico, el imitador no será capaz de actuar o dar una descripción del sentido de sus respuestas, tampoco de sus posibles errores.

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