Agamben: el abandono como paradigma de la política

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Agamben: el abandono como paradigma de la política

El presente trabajo reúne una serie de conceptos que permiten ver un fragmento de la obra de Agamben, pertenecientes a su fase crítica; con ellos, se pone en entre dicho el significado y el objeto de la política; biopolítica, estado de excepción, nuda vida y homo sacer, muestran la condición humana de estar expuestos, estar a merced, estar abandonados a una indistinción cruenta y violenta que define la estructura fundamental de la política.

La pertinencia de pensar y cuestionar  la política se suscita día a día, la condición de los migrantes, los crímenes de Estado, la corrupción son pequeñas muestras de cómo acontece ésta. Basta que el lector comprenda tales conceptos para tomar en consideración la propuesta agambeniana y suscitar con ello una reflexión crítica de su realidad política. 

Agamben denuncia que la política ha abandonado al hombre a un estado de indistinción en donde no es posible definir si se encarga de proteger la vida o producir la muerte; dada esta condición, le parece fundamental reflexionar el fundamento y la constitución de la política, poniendo en cuestión la idea de soberanía, orden jurídico, representación política, ya que ninguna de estas categorías escapa a la sospecha de ser su contrario.

Para comprender la situación de abandono que implica la política, Agamben muestra que los fundamentos de ésta descansan sobre una base biopolítica procedente de un poder soberano antiquísimo que produce un estado de excepción que se aplica a un individuo que puede o ha sido reducido a vida nuda, el cual es objeto de sacrificio, un homo sacer al que se le pude dar muerte sin haber cometido homicidio.

Parte del pensamiento de Agamben se encarga de ampliar el proyecto que Foucault inició: la biopolítica. La corrección sustancial que realiza el italiano a la obra foucaulteana advierte que desde la aparición del derecho romano el ejercicio del poder se ha encargado de abandonar al hombre a una indistinción permanente en donde no se distingue si la política consiste en proteger la vida o en amenazarla. Agamben afirma que la política occidental ha sido biopolítica desde su origen, desde Grecia hasta hoy en día. Agamben avanza admitiendo que el poder político es en sí poder soberano, de donde la soberanía mediante el estado de excepción produce una paradoja que enmarca la tradición política en donde la condición humana está reducida al abandono. 

La paradoja de la soberanía se enuncia de la siguiente forma: “el soberano está, al mismo tiempo, fuera y dentro del ordenamiento jurídico”.[1] Esta expresión advierte que el soberano sostiene una situación paradójica en donde no se incluye aunque esté presente, puesto que no está presente en el conjunto en el que se incluye. El soberano no está ni antes ni después de la ley, sino más allá de la ley, su poder está presente aunque la ley haya sido suprimida; la paradoja implica que el soberano parte de lo alegal para constituir lo legal, suspende la norma para crear la norma. Precisamente, el soberano es: 

“[…] el que decide sobre el estado de excepción, es decir la persona o el poder que, declarando el estado de emergencia o la ley marcial, puede suspender legítimamente la validez de la ley. La paradoja implícita en esta definición […] es que, al tener el poder legítimo de suspender la ley, el soberano viene a encontrarse, al mismo tiempo, fuera y dentro del orden jurídico”.[2]

Agamben afirma que para conocer la política es fundamental comprender el estado de excepción, y más allá, comprender la indistinción que se origina en la suspensión de la legalidad. De modo que, en la excepción no es posible definir lo que está excluido y lo que está incluido, en el estado de excepción el adentro y el afuera no tienen lugar porque la excepción sucede en un umbral de completa indistinción. Cuando alguien recibe el cobijo de una ley no se sabe si en realidad se le está protegiendo o si se le está castigando.

La suprema aplicación de la ley se da con mayor contundencia cuando ésta se suspende. La paradoja  muestra que cuando la ley se aplica, en el estado de excepción, el derecho puede no aplicarse pero estar vigente –forma de ley–, y puede aplicarse sin valor de ley pero con toda la fuerza de la ley –fuerza de ley o ley sin ley–. Con estas dos categorías Agamben quiere exponer que la fuerza de ley es más atroz que la propia ley, pues la fuerza de ley adviene con mucho más potencia cuando ocurre la suspensión; el vacío del derecho y el estado de anomia se convierten en un espacio en donde tienen su origen las determinaciones políticas más cruentas. La suspensión de la ley, es decir, el estado de indistinción advierte que la ley al colocarse fuera se vuelve más perfecta y efectiva, entendiendo por efectividad: potencia de decisión, es decir, facultad de derecho y facultad de soberanía, justo donde el hombre se encuentra frente a una oscilación que va del orden al caos, de la democracia al absolutismo, de la civilización a la barbarie.

El concepto de biopolítica que esboza Agamben adquiere mayor importancia cuando se entiende que la indistinción, el umbral, el abandono, siempre está referido a la vida, porque la relación entre la ley y la vida no se da en la aplicación del derecho, sino en el umbral de indiferenciación en donde bueno y malvado, interior y exterior, ley y vida se confunden. Agamben se refiere a esto mediante la locución latina a bando, que significa “estar expuesto”, “estar a merced”, “estar abandonado”. El abandono es estar a disposición del mando soberano. Agamben cita a Nancy para manifestar las dimensiones del abandono:

“Abandonar es entregar, confiar o librar a un poder soberano, y en entregar, confiar y librar a su mando, es decir a su proclamación, a su convocatoria y a su sentencia. El abandono se produce siempre con respecto a una ley. La privación de ser abandonado se mide por el rigor sin límites de una ley a la que se encuentra expuesto. El abandono no constituye una citación de comparecencia bajo una u otra imputación legal. Es una obligación de compadecer absolutamente ante ley, ante la ley como tal en su totalidad. Del mismo modo, el ser puesto en bando no significa quedar sometido a una determinada disposición de la ley, sino quedar expuesto a la ley en su totalidad”.[3]

Por tanto, el  abandono implica la estructura política fundamental, donde la ausencia de legalidad, o la indistinción es la regla que da fundamentación al poder político (en referencia Benjamin).  Las condiciones de existencia de la política se ajustan al estado de excepción en el momento en que estas se dan dentro de una clara indistinción entre biopolítica y tanatopolítica, o bien, entre la amenaza de la vida natural y de la vida social; la conjunción de la biopolítica y la tanatopolítica logran que el soberano disponga completamente de la vida; el estado de excepción al convertirse en regla permite que el poder político tenga la última palabra sobre la existencia.

 

Se reúnen derecho y violencia en el surgimiento de la legalidad, persiste la indistinción, el  abandono; para la constitución de la legalidad, incluso para la erección de cualquier forma de Estado es necesario un “poder constituyente”, identificado con la violencia, y de un “poder constituido”, identificado con la preservación del orden.[4] Por poder constituido se entiende aquella legislación que se identifica con un estado de poca coerción, donde tiene ocasión la cesación del caos. Y por poder constituyente se entiende la fuerza primitiva sin normas ni leyes que originan al Estado por medio de la fuerza. Lo que muestra Agamben es que estas fuerzas convergen sin orden en la realidad política, precisamente en un umbral de incertidumbre. La violencia constituyente y el orden constituido no tienen un lugar establecido, por ello:

“La violencia en el proceso de fundación de derecho es doble. Por una parte, la fundación de derecho tiene como fin ese derecho que, con la violencia como medio, aspira a implantar. No obstante, el derecho, una vez establecido, no renuncia a la violencia. Lejos de ello, sólo entonces se convierte verdaderamente en fundadora de derecho en el sentido más estricto y directo, porque este derecho no será independiente y libre de toda violencia, sino que será, en nombre del poder, un fin íntimo y necesariamente ligado a ella. Fundación de derecho equivale a fundación de poder y es, por ende, un acto de manifestación inmediata de la violencia”.[5] 

Para clarificar el papel que el hombre tiene frente al abandono Agamben recurre a un concepto usado por Benjamin: vida nuda, para referir una vida portadora de violencia y derecho, donde ésta es: zona vacía, estado informe, contenedora de todas las categorías. La biopolítica para Agamben representa la privación de la conciencia moral, la sensibilidad y los estímulos que abandonan al hombre a un no-hombre. Lo que insinúa el concepto –nuda vida– es la existencia sin categorías, sin ropajes, dispuesta y disponible, equiparable al abandono. Y es que “la relación originaria de la ley con la vida no es la aplicación, sino el abandono. […], su originaria «fuerza de ley» es que mantiene a la vida en su bando abandonándola”.[6] Lo que quiere decir que la firmeza y la drástica manera en que se aplica la ley es tanto más extrema y audaz cuando la ley está ausente, el abandono se refiere a un escenario que admite todo cuanto sea pensable e impensable. La exposición de la vida a la política es el paradigma que alienta a la biopolítica y a las más cruentas formas de gobierno, pues, las formas de gobierno y las manifestaciones de poder más enérgicas se dan en una zona de anomia, en el abandono a la totalidad de ley, es decir, al estado de excepción. Desde la política no hay vida que no puede ser politizada, puesto que el proceder de la política es la producción de vida nuda, donde la existencia se entrega a una cultura de peligro.

Si la vida es eminentemente política, por lo tanto, la política sólo puede referirse a la vida amenazándola. Por consiguiente, “Si la excepción es la estructura de la soberanía, ésta no es, entonces, ni un concepto exclusivamente político, ni una categoría exclusivamente jurídica, ni una potencia exterior al derecho, ni la norma suprema del orden jurídico: es la estructura originaria en que el derecho se refiere a la vida y la incluye en él por medio de la propia suspensión”.[7]

En consecuencia, el sujeto biológico no puede ser más que sujeto político, toda referencia biológica implica un orden político, del que la violencia y la protección de la vida navegan en una zona de indiferenciación entre sacrificio y homicidio. El homo sacer es el sujeto por antonomasia de la política  “aquello que queda apresado en el bando soberano […] una vida humana a la que puede darse muerte pero que es insacrificable”.[8] Agamben sustenta que este sujeto ha aparecido en la tradición política a partir de una disección que ha dado pié a la producción de un cuerpo, una vida destinada a yacer en el fondo a estar completamente abandonada.

“Los griegos no disponían de un término único para expresar lo que nosotros queremos decir con la palabra vida. Se servían de dos términos, semántica y morfológicamente distintos: zōé, que expresaba el simple hecho de vivir, común a todos los seres viviente (animales, hombre o dioses), y bíos, que significaba la forma o manera de vivir propia de un individuo o un grupo”.[9] 

La palabra zōé se refiere a una vida natural e informe, que es contingente y caótica, identificada a la vida reproductiva y a la vida alimentaría; semejante a la de un asno, una planta o cualquier viviente. Un punto cero que se extiende al infinito. Zōé es lo que no puede ser afectado por definiciones, es pura apertura y posibilidad, la pura voz sin sentido. Bíos, por su parte, es la vida cualificada, con cauce, con sentido, que cuenta con una definición concreta que se remite a una vida social y política; bíos es incompatible con el mundo de las bestias, es el logos que anula la contingencia y la crudeza de la vida desnuda.

En realidad esta distinción es indiferenciada, pues el derecho no anula la zōé porque necesita de ella para existir, por consiguiente siempre está presente en el estado de excepción, pues la incluye excluyéndola, dado que un viviente sin cualidades es blanco de la fuerza de ley –ley sin ley–. Por eso, la indistinción entre zōé y bíos aparece como otra forma en la que se originaria de la tradición política.

Cuando la soberanía produce un cuerpo, es decir, cuando crea un sujeto de derecho, busca que la realidad corpórea sea reducida a pura zōé, puesto que un cuerpo sin determinación aguanta toda la disposición de la ley. A un cuerpo sin límites se le pude producir una vida, se entiende que al producirle una vida se crea un estado de derecho definido por todo uso, incluido el de la violencia. Agamben nos dice que los campos de exterminio nazi mostraron la posibilidad de reducir al hombre a su pura animalidad, los testimonios de Auschwitz no pueden alcanzar adescribir la experiencia de un judío, pues no hay conceptos desde la nuda vida, sólo carencia de significantes. Lo que podemos escuchar de los campos seguirá siendo incompleto, lo que ahí ha ocurrido está dentro del lenguaje sin límites. Primo Levi permaneció diez meses en el campo de Monowitz, su testimonio relata cómo el hombre ante el estado de abandono podía perder toda afinidad humana, condición de yacer en el fondo, que significa estar reducido a nuda vida. Levy testimonia:

“No tenemos nada nuestro: nos han quitado las ropas, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca. Sabemos que es difícil que alguien pueda entenderlo, y está bien que sea así, pero pensad cuánto valor, cuánto significado se encierra aun en las más pequeñas de nuestras costumbres cotidianas, en los cien objetos nuestros que el más humilde mendigo posee: un pañuelo, una carta vieja, la foto de una persona querida.

Imaginaos ahora un hombre a quien, además de a sus personas amadas, se le quiten la casa, las costumbres, las ropas, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana; […] Comprenderéis ahora el doble significado del término «Campo de aniquilación», y veréis claramente lo que queremos decir con esta frase: yacer en el fondo”.[10] 

Al soberano le interesa la zōé porque en ella se sitúa una violencia fundadora, la política crea la paradoja en la que la animalidad funda la legalidad. La desnudez del hombre reducido a animal hace que la vida esté expuesta a una condición de extrema vulnerabilidad que lograr que ésta se separe de su forma de vida, entiendo por forma de vida aquellos actos, deseos y necesidades que definen la manera de vivir de cada individuo; al aislar su forma, el resto –el cuerpo sin categorías– es lo que está abandonado a la totalidad de la ley. Así, sin forma de vida el extermino de la existencia no constituye ningún remordimiento ni ninguna culpabilidad, por eso es fundamental para la política hacer del hombre una bestia. Tomemos en cuenta que para la subsistencia del Estado es necesario que exista la animalidad –zōé–, y así afirmar y justificar el origen de la organización estatal; el nacimiento del Estado, y la constitución de la política, sólo será posible si existe una cultura del peligro que prometa un distanciamiento con el estado de naturaleza y así proteger a la sociedad de todos los males; por lo tanto, la inclusión de la zōé sirve para justificar el orden y la justicia. Por consiguiente, en donde existe bios existe zōé, no bajo un campo de acción definido sino mediante un campo de indistinción.

 

Como se ha dicho anteriormente, el homo sacer está dado por el bando soberano, el bando es la esfera en donde la existencia es abandonada a su suerte, declaradora expuesta a toda ocurrencia. “En el caso del homo sacer, […], nos encontramos ante una vida nuda residual e irreductible, que debe ser excluida y expuesta a la muerte como tal, sin que ningún rito o ningún sacrificio pueda rescatarla”.[11]

Lo sagrado implica una conjunción entre impunidad de matar y sacrificio. A la vida sagrada se le puede dar muerte aunque sea insacrificable. La sacralidad plantea un punto de indistinción en el que un individuo sagrado no puede ser sacrificado puesto que está consagrado a un mando divino, sin embargo, la naturaleza divina del homo sacer hace que esté separado de la legislación humana; la distancia entre el poder humano y poder divino permite que al hombre sagrado se le pueda dar muerte sin recibir castigo, porque la sacralidad a la que está destinado no le compete a los hombres, por tanto, si a éste se le da muerte no se viola ninguna ley humana, no se comete homicidio.

El homo sacer es el sujeto biopolítico que habita el umbral indiscernible, mora la ley con desnudez,  sufre el estado de excepción. Bajo estos términos, la condición humana no se diferencia de la condición política originaria, es decir, un estado de exposición permanente a merced del bando soberano. Por tanto, el estar absolutamente abandonado define, a su vez, la condición humana y fundamento de la política, del que sólo se espera yacer en el fondo

Basta con abrir los ojos al mundo para corroborar lo expuesto con anterioridad. La barbarie impuesta a la vida se encuentra escrita en las notas de los diarios, en las crónicas audiovisuales y en los testimonios que han encarnado el abandono. Se puede admitir que la inmigración, la matanza exponencial de mujeres, la desaparición forzada, los crímenes de Estado, las fechorías del poder eclesiástico, la corrupción y el latrocinio de la clase política no son tan diferentes de los campos de exterminio, pues la lógica que subyace bajo cada uno de estos implica el mando soberano, la aplicación del excepción, la reducción de la vida a nuda vida y la trasformación del hombre en homo sacer. En suma, la política es administración de vida, administración de muerte, a ella estamos a abando.

 

Bibliografía  

  1. Agamben, Giorgio. Homo sacer. El poder soberano y la vida nuda. Valencia: Pre-textos, 2010.
  2. Agamben, Girogio. La potencia del pensamiento. Ensayos y conferencias. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2007.
  3. Agamben, Girogio. Medios sin fin. Notas sobre la política. Valencia: Pre-textos, 2010.
  4. Bacarlett Pérez, María Luisa. «Giorgio Agamben, del biopoder a la comunidad que viene.» Araucaria 12, nº 24 (2010): 29-52.
  5. Benjamin, Walter. Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Madrid: Taurus, 2001.
  6. Levi, Primo. Si esto es un hombre. Barcelona: El Aleph Eeditores, 1999.

 

Notas

[1] Agamben, Giorgio. Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-Textos, 2010, p. 27.
[2] Agamben, Giorgio. La potencia del pensamiento. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2007, p. 325.
[3] Agamben, Homo sacer, Op. cit., p. 81.
[4] cfr. Bacarlett Pérez, María Luisa, “Giorgio Agamben, del biopoder a la comunidad que viene”. Araucaria vol. 12, núm. 24. (2010): 29-52. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=28214786002. Enero de 2013.
[5] Benjamin Walter, Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV, México: Taurus, 2001, p. 40.
[6] ibíd., p. 44.
[7] Agamben, Homo Sacer, Op. cit., p. 43.
[8] Agamben, Homo sacer, Op. cit., p. 108.
[9] Agamben, Giorgio. Medios sin fin. Notas sobre política, Valencia: Pre-textos, 2010, p. 13.
[10] Levi, Primo. Si esto es un hombre. Barcelona: El Aleph Editores, 1999, pp. 28-29.
[11] Agamben, Homo sacer, Op. cit., p. 131. 

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