De profanaciones, escarabajos y Sísifo

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De profanaciones, escarabajos y Sísifo

 

Larvatus prodeo[1]
Y en medio del torrente ensordecido
Vuelto de espaldas siempre
Supe que esa obstinada ausencia de mirada
Era el salvaje abrigo de mi tibia cosecha.[2]
Tomás Segovia

 

I

El escarabajo pelotero (Scarabaeus viettei y Scarabaeus laticollis), alimenta a sus crías de excremento, su trabajo de recolección es minucioso, recoge trazas de restos de caca, con ellas elabora una bola la cual arrastra a una distancia considerable para después enterrarla, la bola de excremento se convertirá en comida y en resguardo para los huevecillos que el coleóptero deyecta en temporada de desove. Este pequeño personaje de la sinfonía de los coleópteros es un arquitecto de la mierda. Su ciudad: túneles, espirales de deyección. Habitáculo, incubadora, resguardo alimenticio, la bola de mierda se convierte en la posibilidad de vida del escarabajo pelotero. La materia excrementicia, habitáculo por habitar. Empuja su bola para después enterrarla y cumplir con el ciclo ancestral de transformación de la materia. El escarabajo pelotero antecede al pintor, al escritor, al artista plástico, al vagabundo, al trotamundos, al grafittero de los muros, al amante, pues, al igual que estos insectos modernos de urbe, esta familia de coleópteros durante siglos se ha encargado de trabajar con lo inmundo, descomponen toneladas de materia, producen gases vitales para el ciclo de la vida, y dan cuenta del origen y destinar escatológico del animal en general (incluido el animal humano). El escarabajo pelotero es el ministro de lo inmundo, pariente de las lombrices y las moscas, entre otros guardianes del kópros[3] (el cosmos es un gran kópros). Coprofagia, animal místico, el culto a la caca antecede a cualquier culto por nosotros conocido, incluido el culto al amor. Las larvas del escarabajo pelotero se fermentan y crecen por la potencia de la materia podrida. Las larvas no podrían sobrevivir y alcanzar la vida adulta coleóptera sin este nutricio alimento. Un diamante oscuro, enmascarado, surge del amontonamiento de heces hechas bola.

 

II

El niño está en la función de circo, el circo escueto que llega cada año a su alejado y humilde pueblo de caminos accidentados, caminos de terracería, el circo de a 10 pesos el boleto (un payaso, un malabarista, un enano, una niña de goma, manzanas con caramelo, dos asnos, un mono famélico y pulgoso -parece más una caravana de vagabundos que un circo-). La función es la misma que han presentado los últimos tres años de visita. El niño está aburrido. Un insecto se mueve junto a su zapato derecho (la carpa del circo está asentada temporalmente en el terreno que originalmente ocupa un establo de caballos y vacas), lo toma y comienza a jugar con él.

El insecto tiene poderes hipnóticos, el niño no lo sabe. El niño juega con el insecto que se pasea incansable de una a otra de sus manos. El niño hace de sus manos un camino interminable. El escarabajo camina tratando de escapar del pequeño dictador que le ha abierto el camino. Las manos no cesan de sucederse en el juego al que ha sido sometido el insecto. Repentinamente todo está en silencio. La función ha terminado. Sin embargo, el niño hipnotizado por su animal de juego ha sido transportado al país de los escarabajos peloteros. La función definitivamente acaba de iniciar. El niño comienza a empujar su bola de excremento.

 

III  

Nos refiere Giorgio Agamben en su “Elogio de la profanación”:

“Los juristas romanos sabían perfectamente qué significaba “profanar”. Sagradas o religiosas eran las cosas que pertenecían de algún modo a los dioses. Como tales, ellas eran sustraídas al libre uso y al comercio de los hombres, no podían ser vendidas ni dadas en préstamo, cedidas en usufructo o gravadas de servidumbre. Sacrílego era todo acto que violara o infringiera esta especial indisponibilidad, que las reservaba exclusivamente a los dioses celestes (y entonces eran llamadas propiamente “sagradas”) o infernales (en este caso, se las llamaba simplemente “religiosas”). Y si consagrar (sacrare) era el término que designaba la salida de las cosas de la esfera del derecho humano, profanar significaba por el contrario restituirlos al libre uso de los hombres”.[4]

Esa sustracción de las “cosas” de los Dioses para el libre uso de ellas en la vida cotidiana de los hombres, se ve reflejada y puesta en acto en el empuje de la roca excrementicia que realiza nuestro escarabajo pelotero. Los escarabajos son sacrílegos, al igual que el poeta que apela a la musa para hacer agujero en el mundo, ambos violan la mirada para poder hacer de ella territorio de posibilidades. El escarabajo sin embargo, profana lo abyecto, he ahí su potencia. El escarabajo pelotero se coloca cara a cara con lo despreciable, la dimensión pútrida del campo de lo humano, y de ello hace habitáculo, vivienda o incubadora, o todo en el mismo espacio, alimento-vivienda-resguardo. El escarabajo coloca frente a nuestros ojos algo que de lo sagrado no cesa de no olvidarse: el deshecho, ya sea excremento o cadáver -y que sin embargo su condición misma de aparición está dada por su olvido. El escarabajo pelotero es un experto en trabajar con lo que “cae”. La profanación primigenia es la profanación del escarabajo pelotero. Arcaico Sísifo.

“Pura, profana, libre de los nombres sagrados es la cosa restituida al uso común de los hombres. Pero el uso no aparece aquí como algo natural: a él se accede solamente a través de una profanación”.[5]

Cosa común restituida al uso común. El registro escatológico le pertenece al escarabajo. Restituir la mierda asiento de la vida, la apuesta del coleóptero que descompone la materia para componer el mundo, del cual nada sabe. Restitución radical. Imaginemos al escarabajo pelotero feliz, feliz y profanando cuerpos muertos y excremento.

IV

Sísifo escarabajo pelotero, refinado por las bellas letras griegas. Remanente mítico de la humanidad. Pensemos a Sísifo feliz, feliz de ser el resto insoportable para los Dioses del Olimpo. Sísifo es asimilado deyección, sin embargo, a la manera del escarabajo pelotero hace de la deyección su forma de soportar la vida y sus contradicciones. Sísifo y Danaides, la posibilidad de hacerse cargo del absurdo del kópros. Si no puedes habitar y ser digno el Cosmos, removerás el Kópros, de este imperativo mítico surgimos los kópricos humanos. Recordemos que Sísifo no es Dios, Sísifo es un mortal que profana, mediante su sagacidad el reino y la “dignidad” de los dioses olímpicos. Sísifo según la leyenda negra, es padre de otro insoportable para los Dioses, Ulises, quien cargaría con la huella de Sísifo kópros, el que empuja la piedra.

Escarabajo pelotero, Sísifo:[6]

“Hijo de Éolo, a su vez hijo de Helén y nieto de Deucaión y Pirra, la mitología grecorromana lo presenta como el más astuto y el menos escrupuloso de los mortales. Se le consideraba uno de los fundadores de Corinto. Cada episodio de su leyenda es la historia de una de sus artimañas. Cuando Autólico, reputado autor de numerosos latrocinios, le robó sus rebaños. Sísifo confundió al cuatrero mostrándole la marca que había grabado por precaución bajo la pezuña de cada uno de sus animales y que rezaba así: «Me ha robado Autólico» Una noche se las arregló para convertirse en el amante de Anticlea, la hija de Autólico, que estaba prometida a Laertes. Según esta tradición, difundida por los autores trágicos pero desconocida en los poemas homéricos, sería el ladino Sísifo, y no Laertes, el verdadero padre de Ulises, que habría heredado de él su legendaria astucia.

Más tarde, instalado en Corinto, donde habría fundado los Juegos Ístmicos, Sísifo fue testigo casual del rapto de Egina, la hija del dios fluvial Asopo, y reveló al desconsolado padre la identidad del raptor -que no era otro que el rijoso Zeus- a cambio de que este hiciese brotar un manantial en la ciudadela de Corinto. La delación atrajo sobre Sísifo la cólera del señor del Olimpo-, que le impuso un castigo ejemplar y eterno: arrojado a los Infiernos, fue condenado a empujar un enorme bloque de piedra hasta lo alto de una colina, desde donde caía nuevamente hasta la base, viéndose obligado Sísifo a empezar una y otra vez, en un esfuerzo eternamente frustrado.

Una tradición diferente explica el tormento de Sísifo como castigo a otra de sus supercherías. Zeus, para vengarse de la delación de Sísifo, envió a Tánato, la Muerte, para que se apoderase de él, pero fue el astuto mortal quien consiguió hacerlo prisionero y lo retuvo cargado de cadenas, librando así a los mortales por un tiempo del funesto genio alado. Tánato, liberado finalmente por Ares, reemprendió la persecución de su víctima. Esta vez, Sísífo rogó a su esposa que no le tributase honras fúnebres. Al llegar a los Infiernos, Sísifo pudo así pedir a Hades que le permitiera regresar al mundo de los vivos con el pretexto de castigar la impiedad de su esposa. Sísifo regresó por tanto a Corinto y sus días transcurrieron dichosos hasta edad muy avanzada, pero cuando finalmente murió, los escarmentados dioses· le impusieron el suplicio de la roca para mantenerlo ocupado sin descanso y que no pudiera así urdir nuevas tretas”.

Sí uno puede imaginar a Sísifo feliz es precisamente porque al final, en el atardecer interminable al que ha sido sometido después de su muerte, puede esbozar una carcajada por todos aquellos ayeres, Sísifo reta y esquiva temporalmente a la muerte – ¿acaso no es una constante en estos nuestros tiempos tan alejados de Sísifo esquivar una y otra vez a la muerte que está al alcance de todos? Como castigo por este atrevimiento Sísifo aún muerto, no termina de morir.

Sísifo padre clandestino de Ulises, del odioso, del que profana el destino que habían trazado para él los gendarmes y habitantes del Olimpo, el germen de la astucia y la ausencia de escrúpulos por las que es afamado Sísifo, son las cualidades que le permiten al héroe sobrevivir a la travesía de los mares y las tierras inhóspitas. Sísifo deja una enseñanza y los costos de asimilar esa enseñanza. Quitarse al amo y al esclavo de encima no es cosa sencilla, puedes ser remitido a empujar en el terreno del absurdo, sin parar, sin descansar. Imaginemos a Sísifo cansado, pero feliz. Profanar tiene un costo, la piedra cuesta arriba será el pago de Sísifo por haberse burlado del orden de los dioses.

 

V

Así concluye Camus[7] su Sísifo:

“[…] La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”.

El joven Sísifo-Camus comienza a empujar la piedra, pero esta piedra tiene punta, es el estilo, el bolígrafo anacrónico en tiempos de escritura a mano, a máquina. El esfuerzo es inmenso, como remar contracorriente, pero no cesa, carcajada lacónica, felicidad y sonrisa, la piedra estilo comienza a rodar. Es Camus, vía Sísifo quien introduce algo que no cesa de introducirse, la pregunta por el absurdo de bajar al infierno y recoger la piedra para empujarla hasta lo más alto de la montaña, para que, una vez en la cumbre, esta vuelva a desplomarse hasta las raíces de los tiempos, a la espera de Sísifo quien una vez más, lo volvería a intentar.

Sísifo prefiere la noche, para comenzar a empujar hacia arriba. El bolígrafo se desliza por la hoja en blanco, el joven Sísifo queda sorprendido ante la blancura, ante la nada de la hoja que se le planta ante los ojos. Escritura, rastro, empuje de un imposible. Absurdo intentar escribir, absurdo escribir. Imaginar a Sísifo dichoso, inmensamente feliz, imaginar a Sísifo inmensamente triste, triste, lanzando carcajadas en lugar de llanto, retornando a la tarea imposible de empujar la piedra. La picardía de sus actos no es fácil de tolerar por los amos ancestrales encarnados a la geografía del mundo. Los dioses mediante el suplicio de la piedra quieren arrebatarle la carcajada, la felicidad a Sísifo. No lo logran. La felicidad, fidelidad superior que Sísifo arrebata y niega a los Dioses. Sísifo se planta dichoso ante los dioses fríos, inmutables. A diferencia de Orfeo, Sísifo no sucumbe a la trampa de los dioses, los reta una y otra vez. Es Sísifo quien permite que reconozcamos que el esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre ¿y si las cimas fueron arrebatadas y no queda más que andar hacia arriba, empujando, ciegos?

Urdir un castigo a los dioses, profanarlos, es presentarse feliz a la cita con lo imposible. Inclusive más allá del castigo propinado por acusar el oportunismo de Zeús al raptar a la hija de Autólico, o engañar a la muerte para poder regresar a quedarse a habitar su amado Corinto, Sísifo carcajea porque quizá sabe que no hay cima, sabe que empujar es empujar y ya.

Hay que imaginar que Sísifo carcajea.  

 

VI

Para continuar estas variaciones sobre Sísifo profanando acerquémonos a uno de los márgenes del pensamiento de Descartes: “Como los comediantes, al ser llamados a escena, se ponen la máscara, para no dejar de ver el rubor de su rostro, así yo, dispuesto a subir a este teatro del mundo, en el que hasta ahora he sido espectador, entro en escena enmascarado [larvatus prodeo]”. [8]

Como los comediantes para ocultar su estupor que provoca rubores y sudores en el rostro, el gran filósofo entra a la escena del mundo enmascarado para no mostrar su estupor ante la cruda escena del mundo. Larvatus prodeo. La entrada de Descartes en la escena del mundo es como actor, antes del célebre cogito, nuestro filósofo decide ingresar al servicio militar: actor, soldado, lector del gran libro del mundo. La máscara es fundamental para presentarse y tolerar la experiencia del mundo, lo que posteriormente será la materia extensa que compone el universo:

“Una vez que Descartes abandona sus años de enseñanza decide entrar en el mundo como actor y lo hace como soldado. Su máscara es precisamente el « traje de soldado» que es el que le significa como actor, razón por la cual dice que «entra en escena disfrazado». Aparentemente y ateniéndonos al traje o máscara, como lo llama Descartes, es un soldado, pero en realidad no es un soldado, sino un filósofo a la búsqueda de la verdad”. [9]

La verdad que Descartes busca se presenta como rasgadura de los vestidos de la teología dominante en aquellos tiempos (y en gran medida en estos también), rasgadura que inaugura los tiempos de la razón y pretende dejar atrás los tiempos “oscuros” del medioevo. Descartes, Prometeo de la razón, arrebata el cogito a los dioses para llevarlo a los hombres para que a su vez, cual fuego, comiencen a incendiar el mundo con las luces racionales. Descartes, Sísifo enmascarado, inaugura la piedra que comenzará a empujarse sin parar por el mundo contemporáneo, Descartes funda la roca de la modernidad, esa que no ha parado de ser empujada cuesta arriba, esa que, también, no ha parado de caer, de irse al abismo para ser rescatada de manera urgente por los temerosos hombres que abanderan la razón a cómo de lugar. Fatalidad, el sujeto cartesiano ego cogito ergo sum inscribe la fecha de nacimiento del absurdo de la razón, y por ende, la de su muerte. La escena del mundo sólo puede ser tolerada caminando ocultándose, avanzando enmascarado.

Sísifo se muestra y se oculta, máscara ante la irá de los dioses burlados, los cuales lo seguirán aún más allá de su muerte. El héroe mítico sabe que es necesario hacer frente a los dioses, sabe que es necesario burlarlos, sabe sin embargo que los subterfugios que utilice sólo le servirán de máscara temporal para engañar a aquellos ante los cuales se coloca frente a frente.

Sabe que es necesario comenzar a leer el gran libro del mundo de los dioses. Es por medio del subterfugio larvatus prodeo que Descartes puede salvarse de la hoguera. Es mediante el subterfugio que Sísifo puede burlar a Tánato, a Zeus, a la vida, sin embargo no se salva del suplicio, es desenmascarado. Profanaciones: La razón nos muestra a un Descartes enmascarado y racional. La piedra nos muestra a un Sísifo desenmascarado y feliz. La felicidad de Sísifo es intolerable para el teatro del mundo, pues a diferencia de Descartes, Sísifo se desenmascara para poder acudir a la cita con su tarea absurda, empujar hacia arriba sabiendo que al llegar a la cima todo se desmoronará nuevamente. Con máscara Sísifo no podría empujar la piedra, moriría de tuberculosis en alguna habitación real de los dioses. Es necesario el absurdo para tolerar el andar sin máscara.

 

VII

Sísifo feliz y sonríe, la sombra de la roca reposa sobre su frente sudorosa, polvosa. El gesto, tensión de los músculos. Sonríe. Sísifo en la ciudad volviendo a intentarlo, se agazapa, después levanta la cara. Sísifo buscando su piedra. Sísifo se dispone a escribir un libro, escoge sus piedras, las coloca en perspectiva y comienza a redactar. Su labor, con-mover, empujar la piedra, repetir hasta el absurdo, seguir vociferando a la luz de los tiempos que no cesa de aclarar y oscurecer panoramas. Conmover, seguir seduciendo la nada de tus orejas, siguiendo con el teatro de los triángulos de eros húmedo, miradas ensoñadoras. Resoplar, soportar el martilleo en las orejas, fastidio, la voz como platos rotos, la complacencia, la complacencia de escucha paternal, diciendo el mismo discurso, tejiendo con Penélope los mismos nubarrones para la tormenta que echará todo abajo. Sísifo, otra vez Sísifo. Sísifo profana, una y otra vez. Sísifo profana feliz.

Después de todo: “Debemos seguir imaginando a Sísifo feliz en medio de su tristeza”.[10]

 

VIII

Anuncia Agamben:[11] 

“Lo Improfanable de la pornografía -todo improfanable se funda sobre la detención y sobre la distracción de una intención auténticamente profanatoria. Por esto es necesario arrancarles a los dispositivos -a cada dispositivo- la posibilidad de uso que ellos han capturado. La profanación de lo improfanable es la tarea política de la generación que viene”.

Lo improfanable de la coprofagia nos empuja a una detención sobre la marcha, el escarabajo pelotero y Sísifo nos acercan al grado cero de la detención. Uno profana lo improfanable, los excrementos, y hace de ellos su alimento predilecto, su condición de vida, el otro reta a los dioses, les sustrae su goce para llevarlo al uso común. El destinar es parecido, el escarabajo pelotero empujará bolas de excremento hasta el fin del tiempo, Sísifo, mítico esfuerzo de imposibilidad, seguirá profanando una y otra vez desde ese ejercicio interminable de hacer llegar la piedra a la cima para reiniciar una y otra vez la labor. La profanación tiene en el insecto y en el mito del antihéroe los rasgos de una restitución urgente de la política, ir hacia una política de la profanación que desarme la serie de dispositivos que han sido elevados al grado de lo improfanable es la tarea de los Sísifos actuales, de los escarabajos peloteros actuales. De los niños que atrapados por la ensoñación del circo y el escarabajo comienzan a empujar la bola de excremento, la bola de la imposibilidad.

 

Bibliografía

  1. Agamben, Giorgio, Profanaciones, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2011.
  2. Camus, Albert, El mito de Sísifo. Alianza, Madrid, 1995.
  3. Descartes, René, Obras. Biblioteca de Grandes Pensadores, Gredos, Madrid, 2011.
  4. Diccionario Espasa Mitología griega y romana. Dirigido por René Martin. Espasa Calpe, Madrid, 2005.
  5. Sicilia, Javier, et. al. La felicidad y el absurdo. Camus en el centenario de su nacimiento, Tusquets, México, 2013.

 

Notas
[1] Avanzo ocultándome/Avanzo enmascarado/Avanzo en tercera persona. Impersonal. Ello avanza enmascarado.
[2] Tomás Segovia. Cosecha y viento. En: Lo inmortal y otros poemas. Juan Pablos Editor. Ediciones Sin Nombre, México, D. F, 1998.
[3] Excremento
[4] Giorgio Agamben. Elogio de la profanación. En: Profanaciones. AH Editores, Argentina, 2011, p. 97.
[5] ibídem.
[6] Diccionario Espasa Mitología griega y romana. Dirigido por René Martin. Espasa Calpe, Madrid, 2005, pp. 401-402.
[7] Camus, A. El mito de Sísifo. Alianza, Madrid, 1995, p. 162.
[8] Descartes, R. Citado por Cirilo Flores Miguel, en: Estudio introductorio René Descartes, la constitución de la modernidad. Descartes. Biblioteca de grandes pensadores. Gredos, Madrid, p. 47.
[9] Cirilo Flores Miguel, ibídem.
[10] Javier Sicilia, En: La felicidad y lo absurdo. Camus en el centenario de su nacimiento. Tusquets, México, 2013.
[11] Giorgio Agamben, Op. cit., p. 119.

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